30 Logan
LOGAN
Había demasiadas cosas que podían salir mal en mi plan maestro y, lo que era aún peor, estaba nervioso de un modo muy poco habitual en mí. Necesitaba mantener las manos en los bolsillos para ocultar lo mucho que me habían temblado al guardar los documentos en el bolsillo de mi chaqueta.
Yo nunca me ponía nervioso. Jamás. Daba igual con quién estuviera hablando: ya fuera una princesa, un presidente, o alguien famoso, yo seguía impertérrito.
Claro, que esas conversaciones ocurrían durante reuniones de negocio, mientras que ese día…
Se trataba de mi futuro, y solo si las cosas salían según el plan, lo que me llevaba a pensar de nuevo en posibles catástrofes.
Nina había aceptado pasarse por la fiesta de cumpleaños de Noah, sí, pero ¿y si cambiaba de opinión y prefería enviar su regalo por correo, en lugar de traerlo ella misma? ¿Y si decidía dárselo a quien le abriera la puerta y marcharse?
Caminé un poco por delante del invernadero, bajo la implacable luz del sol.
Habíamos decidido celebrar la fiesta en casa de mi padre porque Noah quería bañarse en la piscina, y mi padre había estado encantado de abrir la casa para una última fiesta.
Me llevé una mano al bolsillo interior de la chaqueta para volver a comprobar que los documentos seguían ahí, aunque acababa de guardarlos hacía solo unos minutos.
Estaba listo… ¿verdad? Mierda, ¿lo estaba? En mi vida me había sentido tan inseguro. No tenía la menor duda sobre lo que quería, pero ¿y si ella no lo aceptaba?
—Puedes hacerlo —me dije en voz alta mientras volvía a caminar—. Todo saldrá bien. Tiene que salir bien, ¿verdad? No hay otra opción.
Me venía bien hablar conmigo mismo y, como no había nadie cerca para escucharme y pensar que estaba loco, seguí haciéndolo.
—Sí, la has cagado a base de bien, pero puedes arreglarlo. Tú limítate a no comportarte como un puto idiota.
—¿Crees que lo conseguirás?
La voz me sorprendió y, al girarme, vi a Nina observándome con una media sonrisa que parecía forzada.
Bien, había superado los dos primeros obstáculos, consistentes en acudir a la casa y reunirse conmigo en el invernadero, donde había pedido al personal que la enviara. A partir de ahí, todo dependía de mí.
—Ah, hola. Estás, bueno, has venido —empecé, titubeante—. Hola.
Nina miró a su alrededor.
—Me sorprende que no estés recitando tu monólogo delante de un grupo de niños. Lo tuyo es ampliar su vocabulario con este tipo de palabras, ¿no?
No iba a ponérmelo fácil. De acuerdo, mientras no se marchara, yo podría con lo que fuera.
De algún modo, estaba aún más guapa de lo que recordaba, vestida con un top verde claro y vaqueros cortos.
Sujetaba con fuerza un paquete envuelto en papel brillante que, seguramente, se convertiría en el nuevo objeto favorito de Noah, fuera lo que fuese.
Le sonreí con cierta timidez, recordando nuestro primer encuentro.
—Quiero pensar que me he calmado un poco desde entonces.
—No sé —respondió ella, con una ceja levantada y aspecto de dudarlo mucho—. Bueno, el hombre que me ha abierto ha dicho que Noah y los otros niños estaban aquí. —Miró de nuevo a su alrededor—. ¿Están jugando al escondite, o algo así?
—Perdona, les he pedido que te dijeran eso, pero los niños están en la sala de cine viendo una copia avanzada de la nueva película del Niño Viscoso. He pedido un favor para conseguirla antes de que saliera.
—Cómo no —resopló ella con una risa sin ninguna alegría—. Tú puedes mover montañas, eso ya lo sabíamos. Así es como arreglas todos los problemas.
Mierda, ya habíamos empezado con mal pie.
—Bueno, no quiero interrumpir a Noah, así que toma su regalo. —Nina se acercó a mí y me tendió el paquete—. Por favor, dile que…
—¡Papá!
Los dos nos sobresaltamos. Al parecer, Noah se había enterado de que estábamos allí fuera y nos había estado observando desde detrás de un seto. Por suerte, no lo acompañaban el resto de sus invitados, y esperé que siguieran dentro, distraídos con la película y un montón de chucherías.
—Eh, hola, peque —exclamó Nina, que ocultó su confusión al momento—. ¡Feliz cumpleaños!
Mi hijo corrió hacia ella, que se agachó para abrazarlo. Al mirarlos, noté que me escocían los ojos. Juntos, eran la estampa perfecta. ¿Cómo había podido ser tan estúpido como para separarlos?
—Te he traído un regalo —dijo Nina.
—Gracias —respondió él con rapidez, antes de cogerlo para apretarlo contra su pecho.
—¡Noah! ¿Dónde te has metido? —Candace llegó a toda prisa desde la casa y, al vernos, me lanzó una mirada de disculpa.
—Mira quién ha venido —indicó Noah con una enorme sonrisa dirigida a Nina. Ella le respondió con otra, pero yo me fijé en lo tensa que estaba—. Nina se va a quedar para la tarta.
—Ay, cielo… —empezó ella, y yo hice un gesto a Candace para que se llevara a Noah de vuelta a la casa.
Candace rodeó los hombros de Noah con el brazo.
—Vamos a entrar y terminamos la película, ¿de acuerdo? Deja que los mayores hablen un rato.
Escuché sus protestas mientras ella prácticamente lo arrastraba al interior, con mi eterno agradecimiento silencioso. Por muy importante que fuera Noah para nosotros dos, necesitaba hablar a solas con Nina en ese momento.
—Debería irme —dijo ella tan pronto como Noah desapareció de la vista.
—Antes, hay algo que quiero decirte —le pedí—. Por eso he organizado que nos encontráramos aquí.
—Logan, no hay nada que decir —respondió ella con un suspiro—. Ya me has dejado bien claro lo que piensas, y dudo que puedas decir nada que lo cambie.
Hice una pausa para reunir mis ánimos.
—¿Y si te digo que lo siento?
La cara de Nina mostró un destello de dolor, pero no respondió. Yo me aclaré la garganta y seguí hablando.
—Te prometo que no estaba espiando durante aquella conversación con Noah, pero cuando hablaste de las disculpas y del perdón… Todo eso me dio qué pensar. Me di cuenta de que no solo debía disculparme por cómo te he tratado, sino que mereces escuchar las razones por las que lo siento tanto.
Ella apretó los labios, como si se estuviera conteniendo para no hablar, y se lo agradecí.
Había practicado mi discurso hasta que me pareció perfecto, y necesitaba soltarlo sin interrupciones.
Sabía cómo quería que terminase aquel encuentro, pero, aunque Nina no me perdonase, necesitaba explicarle que ella me había cambiado.
—Siempre he sentido la necesidad de mantener el control. Creía que ese era el único modo de asegurar que no se torciera nada. Tú lo comprendiste desde el primer momento.
Nina puso los ojos en blanco, pero asintió, y decidí tomármelo como una señal para continuar.
—Es evidente que así es como llevo mis negocios.
Me obsesiono hasta con los detalles más ínfimos y estoy encima de todo.
También hacía las cosas así en casa y, si en algún momento me parecía que eso no daba resultado, redoblaba mis esfuerzos e intentaba controlarlo todo aún más.
Cuando Noah estuvo tan triste después de perder a su madre, me obsesioné con seguir las indicaciones del psicólogo al pie de la letra, porque necesitaba sentir que estaba haciendo todo lo posible para que Noah estuviera a salvo y bien cuidado.
Su expresión pareció suavizarse al escuchar mi explicación, así que continué.
—Creí que estaba protegiendo mi trabajo y a mi hijo pero, en realidad, lo que hacía era coartar su desarrollo. No ha sido fácil admitir que ese control que me parecía tan necesario, en realidad lo estaba fastidiando todo.
Eso le hizo soltar una carcajada de sorpresa.
—Entonces, apareciste tú y trajiste una alegría maravillosa y descontrolada a nuestras vidas, simplemente siendo tú misma.
Y no lo hiciste porque fuera bueno para los negocios ni por consejo de un experto.
Tú irradias… alegría, y nos hiciste felices con solo estar cerca de ti.
Convertiste nuestra casa en un hogar auténtico durante un periodo de transición muy difícil, y no puedo ni imaginar los problemas que habríamos tenido si tú no hubieras estado allí para guiarnos.
Sus mejillas se ruborizaron bajo el cumplido, pero aún me faltaba mucho para terminar.
—Tu presencia nos convirtió en una familia, por fin. Tú nos completaste, y no fue a base de intentar suplantar a Eleanor, sino actuando como una madre para Noah, a tu manera. Encajaste con él desde el primer momento, y él fue mejorando cada día que pasasteis juntos. Fue maravilloso presenciarlo.
—Es un niño muy especial —dijo Nina en voz baja.
—Lo es —confirmé—, y te quiere mucho.
Eso fue suficiente para hacer brotar las lágrimas, pero no dijo nada mientras le rodaban por las mejillas. Tuve que apelar a todas mis fuerzas para no acercarme a ella y tomarla en mis brazos, porque aún no estaba seguro de que fuera a aceptarlo. Además, aún me quedaba mucho por decir.
—Te dije cosas horribles. —Se me hizo un nudo en el estómago, porque esa era la parte difícil—. Te acusé de querer alejar a Noah de mí y te culpé por algo que los dos sabemos que fue un accidente. Lo lamento muchísimo.
Nina me miró con ojos llorosos, mientras se mordía el labio inferior.
—Logan, te agradezco lo que dices, pero…
El corazón se me encogió en el pecho. Sonaba… resignada, como si me estuviera escuchando pero eso no fuera a cambiar nada. Dios, no, por favor. No era así como se suponía que debían ir las cosas.
—Al echarte, te arrebaté la casa y la seguridad de un solo golpe —continué diciendo con voz ahogada—. Ni siquiera te dejé despedirte de Noah.
Ella sollozó, y yo apreté los puños para contenerme y no abrazarla como me moría por hacer.
—Nunca habrá palabras suficientes para decirte lo mucho que siento todo eso. Lo único que quería hacer era proteger a mi hijo, pero terminé siendo yo quien hizo más daño a las dos personas que más quiero.
Ella me miró sorprendida.
—¿Quieres?
Maldición.
—Me estoy liando un poco —dije, intentando reír, sin conseguirlo—. Pero sí, Nina. Te quiero y haré cualquier cosa para demostrarlo, si me das una oportunidad.
Nina siguió llorando en silencio, sin decir nada durante unos instantes. Después, inspiró entrecortadamente, antes de hablar.
—Te creo cuando dices que lo sientes. —Por un momento, noté que desaparecía la opresión que sentía en el pecho—. Pero…
La opresión volvió de golpe. Levanté los brazos hacia ella, pero me obligué a no tocarla.
—Por favor, no termines esa frase —supliqué.
—Logan —repuso ella, en un tono amable que me sorprendió, aunque su expresión seguía siendo triste—. Te agradezco que me digas lo mucho que lo sientes, pero los dos sabemos que las palabras no lo arreglan todo.
Se cruzó de brazos como para protegerse. Yo sabía que tenía razón, pero eso no hacía que sus palabras resultaran más fáciles de escuchar.
—Tiene que haber algo que pueda hacer. —Estaba dispuesto a suplicarle que me diera otra oportunidad de arreglar lo que había estropeado de un modo tan espectacular.
—No lo sé —respondió sincera, encogiéndose de hombros con delicadeza—. Ahora mismo no puedo pensar en esto. Necesito tiempo.
—De acuerdo —asentí.
Antes de poder continuar, se escuchó un escándalo desde la casa, y reí un poco.
—Parece que se ha acabado la película. —Me volví hacia Nina—. ¿Te quedas a ver cómo abre los regalos?
Ella empezó a negar con la cabeza, pero se detuvo.
—De acuerdo.
Nos dirigimos juntos al jardín de la casa, donde había una gran pila de paquetes.
El que ella había traído estaba en el centro de todos, como si fuera el único que importaba.
Observamos juntos a Noah abrir un regalo tras otro, muy alterado por todo el azúcar de la tarta y los helados.
Al llegar al regalo de Nina, hizo una pausa.
—¿Qué es? —le pregunté con discreción.
—Mira y aprende —dijo ella, que ahora parecía contenta de verdad.
Puede que no fuera el regalo más caro del montón —ese honor quedaba reservado a la impresora en 3D que le había dado Drew—, pero yo sabía que a Noah le encantaría. Nina siempre sabía cómo llegar a su corazón.
Él rompió la caja y sacó la primera parte del regalo.
—¡Hala! ¡El nuevo libro del Niño Viscoso! Pero si aún no ha salido.
—Impresionante —dije con sinceridad.
—Resulta que la hermana de Ashley trabaja para la empresa de relaciones públicas del autor, y me ha echado una mano para conseguir una copia adelantada. —Se volvió hacia mi hijo, que estaba dando saltos—. ¡Ábrelo, Noah!
—¿Lo ha firmado? —Noah abrió mucho los ojos al leer la inscripción—. Dice: «Sigue dibujando, me hará mucha ilusión ver tus novelas gráficas en la librería algún día». ¡Muchísimas gracias, Nina!
—Aún hay más —explicó ella—. El señor Cantwell me dijo que te comprara los mismos cuadernos y lápices que usa él para dibujar los libros del Niño Viscoso, porque son los mejores.
Noah los sacó de la caja con los ojos muy abiertos.
—¿Él dibuja con esto?
Ella asintió con una gran sonrisa.
—¡Gracias, Nina!
Se levantó de la silla, corrió hacia ella y le rodeó la cintura con los brazos.
Todos los asistentes murmuraron «Oooooh» a la vez, y yo noté que se me llenaban los ojos de lágrimas.
¿Cómo iba a vivir sin eso? En aquel momento, me prometí a mí mismo que haría todo lo posible para recuperar la confianza de Nina.
Josie salió al jardín cuando Noah terminó de abrir los regalos, y dio unas palmadas para llamar la atención de todo el mundo.
—Damas y caballeros, aún queda más de la mitad de la tarta y un montón de helado. Les pido que coman un poco más.
Los niños rompieron a gritar y salieron corriendo hacia la mesa de los postres. Nina y yo nos miramos.
—Haré lo que sea —repetí.
Su expresión no se suavizó, pero tampoco me dijo que no pasaría ni en sueños, ni se marchó en ese momento. En lugar de eso, me dejó allí de pie y siguió a los niños a la mesa de postres.