28 Logan
LOGAN
Las voces que me llegaban desde la cocina significaban que Josie y Noah habían vuelto del psicólogo.
Era la cuarta vez que mi hijo había pedido que le llevara Josie en lugar de yo mismo y, sí, eso dolía.
Y lo que era peor, Josie aún no me había perdonado la ruptura con Nina.
Entre los dos, me daba la impresión de vivir con una nube de tormenta sobre la cabeza.
Ya empezábamos a superar el enfado inicial, pero el vacío que me hacían tampoco suponía una gran mejora.
Nunca sabía cómo reaccionaría Noah después de una sesión de terapia, y por ese motivo, me quedaba trabajando en casa los días que le tocaba ir.
En ocasiones, volvía más retraído, pero en otras, le daba la misma importancia que si hubiera ido al supermercado, aunque eso no había ocurrido desde que se marchó Nina.
Decidí arriesgarme e ir a ver cómo estaban.
—Hola —saludé al entrar en la cocina.
Noah estaba sentado en un taburete junto a la isla, leyendo un cómic, y Josie estaba en la alacena, sin duda buscando algo para la merienda.
—Hola, papá —respondió Noah sin entonación, y sin mirarme siquiera.
Josie salió de la alacena con una bolsa de almendras y mantequilla de cacahuete.
—Hola.
Y el vacío continuaba.
—¿Qué hacéis?
No había preguntado por la sesión a propósito, porque había aprendido la lección por las malas hacía un tiempo, después de una especialmente difícil.
—Merendar —dijo Noah, encogiéndose de hombros.
—¿Quieres comer algo? —preguntó Josie—. Hay apio con mantequilla de cacahuete y unas almendras.
—No, gracias.
Me habrían apetecido más unas magdalenas con fideos de colores, pero sabía que no debía mencionarlas. Ya lo había hecho una vez y Noah me informó de que no quería volver a comerlas en su vida. Aunque me lo había merecido, me dolió igual.
Josie dejó los ingredientes sobre la encimera y se dirigió a su bolso, de donde sacó un móvil que situó a su lado.
—Te lo devuelvo.
Me quedé mirándolo como si estuviera maldito. Había sido una concesión que había hecho, pero al pensarlo, casi me estallaba la cabeza.
Cuando las cosas se calmaron tras la ruptura, todos habíamos comprendido que el vacío dejado por Nina al marcharse estaba ocasionando a Noah una fuerte regresión.
No ayudó nada que la separación fuera tan brusca y definitiva.
Por fin, Josie sugirió que, tal vez, permitir a Noah comunicarse con Nina directamente podría ayudar a suavizar el golpe, pero yo sabía que no podía intervenir.
También sabía que, por mucho que lo echara de menos, Nina no se sentiría cómoda si hablara con él utilizando mi teléfono.
Yo no había vuelto a mencionar el tema, pero Josie sugirió la idea de un teléfono especial, para contentar a todo el mundo.
Cuando expresé reservas sobre la idea, diciendo que era muy probable que Nina no estuviera de acuerdo, Josie me hizo callar y explicó que Nina y ella ya lo habían acordado sin mí.
Solo necesitaban mi aprobación, que ofrecí al momento.
Lo que fuera para ayudar a Noah a sonreír de nuevo.
Todos habíamos estado de acuerdo en que Noah era demasiado pequeño para utilizar el teléfono sin supervisión, y a él no le importó que los adultos guardaran el teléfono, siempre y cuando él supiera que estaba ahí y que podía llamar con él a Nina cuando quisiera.
—¿Has…. esto, usado el teléfono hoy?
Todos sabíamos lo que estaba preguntando. Josie metió la cabeza en la nevera en lugar de contestar, lo que, en sí, ya era una respuesta.
—Sí —respondió Noah.
Sentí un destello de esperanza. Para él, hablar con Nina surtía un efecto equivalente al de una pastilla para los cambios de humor.
Aunque la echaba de menos, comunicarse con ella le recordaba que seguía en su vida y, aunque no en la forma que le habría gustado, le ayudaba a mantenerse estable y tranquilo.
Sentí la tentación de insistir un poco, pero lo que hubieran hablado no era asunto mío, y preguntarle, preguntar por ella, volvería a abrir una herida que estaba desesperado por cerrar.
Josie seguía negándose a olvidar lo ocurrido, y sabía que obligarla a ocuparse también de Noah mientras yo encontraba a alguien que reemplazara a Nina no estaba ayudando.
Le había doblado el sueldo para compensar las responsabilidades adicionales, y tenía la intención de mantener el aumento cuando encontrara a esa otra persona.
Eso, si lograba encontrarla. Mi asistente ya había hecho una entrevista inicial a varias candidatas, y tenía la impresión de haber agotado todas las posibilidades disponibles en California.
Cuando yo había hablado con las candidatas que superaron la primera fase, me pareció que ni siquiera las más cualificadas tenían la personalidad adecuada.
Lo cierto era que ninguna de ellas podía compararse a la mujer que habíamos perdido.
No, «perder» no era la palabra adecuada. Más bien, se trataba de la mujer a la que yo había echado de mi vida, como un puto imbécil.
Fui a coger el teléfono especial, justo cuando entró un mensaje de texto, que no pude evitar leer:
¡Estoy muy orgullosa de ti, peque! No olvides enviarme fotos de tus últimos dibujos cuando llegues a casa.
—Noah… —dije en tono ahogado, y deslicé el teléfono sobre la encimera hacia él—. Tienes un mensaje.
Qué incómodo resultaba tener que fingir que no pasaba lo que todos sabíamos que estaba pasando. Mi hijo leyó el mensaje y sonrió para sí, con la primera sonrisa que había visto en todo el día. Noah me devolvió el teléfono.
—Bueno, entonces, ¿está todo bien? ¿Necesitáis algo más? —pregunté, y no pude evitar una mueca al escuchar que sonaba más como un camarero que como un padre.
—Lo tengo todo controlado —respondió Josie, sin levantar la vista del apio que estaba preparando.
—Por supuesto —respondí, obligándome a sonar más animado—. Noey, ¿todo bien? Porque voy a estar en mi despacho un rato para hacer unas llamadas, pero si quieres, luego podemos ir a dar un paseo.
—Vale —murmuró él, volviendo una página de su cómic.
No era un sí entusiasmado, pero me bastaba. No podría estar enfadado conmigo para siempre, y mi plan era ir socavando su furia poco a poco, hasta que llegara a olvidarla.
Atravesé la casa, pensando en que me estaba mintiendo a mí mismo.
Aún veía a Nina donde quiera que mirase, como un fantasma que hubiera hechizado el lugar.
Aún había zonas que evitaba por completo, como el comedor.
Habíamos estado desayunando en el jardín porque su silla vacía nos afectaba tanto que nos quitaba el apetito.
Y ni hablar de entrar en la cieloteca. Había ido allí poco después de que Nina se marchara y descubrí que Orgullo y Prejuicio volvía a estar en su sitio.
El recuerdo de la noche en que se lo di me afectó como un puñetazo en el estómago.
Había rastros de ella por todas partes. Si quería poder olvidar todo lo que compartimos, la casa necesitaría un exorcismo.
Mi móvil sonó justo cuando llegué a mi despacho y, como siempre, el corazón se me llenó de esperanza.
Tal vez ella necesitaba hablar conmigo sobre algo que había dicho Noah.
Aún no había ocurrido, pero siempre cabía la posibilidad de que cambiaran las cosas, y yo me aferraba a esa esperanza.
No me parecía bien ser yo quien la llamara, después de todo lo que le dije, pero tal vez ella me llamaría primero. Quizá…
Sacudí la cabeza para apartar esa idea y saqué el teléfono de mi bolsillo trasero. Me desanimé al ver que quien llamaba era Drew.
—Qué pasa —contesté.
—Oye, ¿estás muy liado ahora mismo?
—¿Y cuándo no lo estoy? —respondí, pensando en el montón de trabajo que me esperaba en el despacho.
—Vale, lo pillo. Lo preguntaré de otro modo: ¿puedes acercarte a casa de papá? Estamos terminando con la limpieza del garaje, y papá quería hablarte de los coches.
La posibilidad de comentar el futuro de la colección de coches antiguos de mi padre resultaba una tentación irresistible, pero tenía mucho trabajo que hacer.
—¿Ahora mismo? ¿A media mañana?
—Es que va a ir un tasador más tarde. Creo que deberíamos haber hablado de esto hace ya algún tiempo —admitió él.
—Bueno, ya sabemos cómo ha estado lidiando papá con la mudanza. Lo entiendo. —Suspiré—. Vale, de acuerdo, voy ahora.
Después de avisar a Josie de que iba a salir, aunque ni a ella ni a Noah pareció importarles, conduje hasta la casa de mi padre en silencio.
Al llegar, no me sorprendió ver los coches de mis dos hermanos aparcados delante de la casa.
Los tres teníamos nuestros favoritos entre la docena de coches clásicos que mi padre guardaba en el garaje, y la posibilidad de quedarme con uno de ellos resultaba demasiado tentadora.
Había estado babeando por el Jaguar tipo E color verde botella de 1964 desde el instituto.
Mi padre salió a la puerta para recibirme con un abrazo y una palmada en la espalda.
—Me alegro de que hayas venido, hijo.
Me sorprendió lo apenado que parecía, y asumí que le estaba empezando a afectar el estrés de la mudanza.
—¿Los demás están ya en…? —Dejé la frase sin terminar al ver a Harrison y Drew sentados a la mesa del comedor, con las mismas caras largas. Los miré y me volví a mi padre—. ¿Qué ha pasado?
—Siéntate —me respondió.
—Esto es una intervención —explicó Harrison.
—¿Por qué? —pregunté, y retrocedí unos pasos.
No tenía la capacidad de enfrentarme a lo que fuera que se propusieran decir.
—Tu maldita vida entera —respondió Drew—. Eres un desastre.
Empecé a balbucear una protesta, pero fue inútil.
Tenían razón. Me estaba mintiendo a mí mismo cada día, intentando fingir que no me estaba viniendo abajo desde que había obligado a Nina a marcharse.
Joder, todos los que vivían en mi casa se estaban enfrentando a su pérdida, pero no había esperado que el resto del mundo se hubiera dado cuenta.
—Siéntate —repitió mi padre.
Estaba atrapado y no me quedaba otra opción que escucharlos, así que me dejé caer en una silla.
—Tienes que dejarte de gilipolleces —empezó Drew.