Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 26 Logan
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LOGAN

No me sorprendió que Noah se hubiera pasado el día durmiendo, con Ariel enroscada a su lado.

Entre el estrés de su lesión y los analgésicos que le habían dado, el pobre estaba machacado.

Me alegré de que siguiera en la cama cuando se hizo de noche.

Estaba temiendo decirle que Nina se había ido y, por lo que a mí respectaba, cuanto más tardara en tener que contárselo, mejor.

Aún no me parecía real. A pesar de lo dramática que había sido nuestra última conversación, una parte de mí aún esperaba escuchar su risa resonar por el pasillo. Solo hacía unas horas que se había marchado, pero ya notaba el vacío que había dejado tras de sí.

Asomé la cabeza en la habitación de Noah para ver cómo estaba, y lo encontré empezando a despertarse por fin.

A esas alturas, debía estar muerto de hambre.

Decidí darle lo que le apeteciera para cenar, con el fin de suavizar el impacto de la marcha de Nina, y no pensaba negarle nada. Ni siquiera un helado.

Y las únicas miradas de desaprobación que tendría que aguantar a partir de entones serían las de Josie.

—¿Papá? —gimoteó, sentándose en la cama y mirando su brazo como si no fuera parte de su cuerpo—. ¿Ya es de noche?

Sí, definitivamente se le estaba pasando el efecto de los analgésicos.

—Casi. ¿Tienes ganas de cenar?

Podía darle una pastilla para quitarle el dolor, pero los analgésicos debían tomarse con las comidas.

Él asintió, a punto de echarse a llorar. Mierda, las cosas se estaban torciendo desde el primer momento. Por suerte, Ariel se estiró con mucha energía y saltó de la cama, lo que llamó su atención.

—Creo que deberíamos darle la cena a la señorita Ariel también. ¿Por qué no vamos todos a la cocina a comer algo? —propuse.

Él asintió y salió de la cama con cuidado.

—Había pensado que podríamos cenar algo divertido esta noche —dije, mientras caminábamos por el pasillo detrás de la gatita—. ¡Como unas magdalenas!

Noah me miró de reojo.

—Si cenamos magdalenas, me la cargaré. Nina dice que no debo comer demasiados dulces.

Tragué con dificultad. ¿Era ese el momento adecuado para hablarle de la nueva situación?

—Cuando estemos en la cocina, ¿me puedes traer uno de mis rotuladores negros?

—preguntó Noah aún adormilado—. Quiero que Nina dibuje a Ariel en mi escayola.

Y tú podrías escribir tu nombre, porque no dibujas muy bien.

A lo mejor Nina puede enseñarte a dibujar algo.

A mí no se me daba bien dibujar manos y ella me ha enseñado un truco.

Se me hizo un nudo en el estómago, aunque no debería haberme sorprendido que pensara en Nina de inmediato. Ella se había introducido en nuestras vidas con tanta facilidad que ninguno de los dos podíamos imaginar vivir sin ella. O al menos, no por el momento, aunque ya aprenderíamos.

—¿Dónde está Nina? —preguntó Noah, mirando a su alrededor cuando bajábamos las escaleras.

—Vamos a la cocina y hablaremos —respondí.

Josie nos estaba esperando cuando entramos, y fue imposible no notar la mirada enfurecida que me dirigió. Había pillado a Nina haciendo las maletas, y los susurros que escuché después me dejaron claro que tendría que enfrentarme a un ama de llaves muy enfadada.

—¡Ahí estás! Y vaya escayola más chula, me encanta el color —dijo Josie, con una sonrisa que era solo para mi hijo—. ¡Debes estar muerto de hambre! ¿Qué quieres que te prepare, cariño?

—No hace falta, yo me ocupo de la cena esta noche —dije.

—Ah, ¿sí?

Me miró con una ceja levantada, sin duda recordando la última vez que había intentado freír un huevo y el desastre que había creado en la cocina, que hizo falta limpiar con detergente industrial.

—¡Papá dice que cenamos magdalenas! —exclamó Noah, que parecía haber olvidado su mal humor anterior.

La mirada de desaprobación de Josie debía estar motivada, en buena parte, por el hecho de que Nina ya no estaba ahí para apoyarla.

—Lo cierto es que, bueno, no necesitamos más ayuda por esta noche —expliqué—. Te la puedes tomar libre.

Ella miró a Noah y después a mí.

—¿Estás seguro?

—Gracias, Josie —respondí, asintiendo.

—Llámame si me necesitas —dijo, antes de salir por la puerta batiente que daba a sus habitaciones—. Porque tengo la sensación de que te hará falta.

No le contesté.

Ariel pasó entre nosotros dos con la cola erguida en el aire, lo que era su modo de recordarnos que había sido tan paciente como podía, pero estaba a punto de morir de hambre.

—Peque, ¿te puedes ocupar de la cena de Ariel mientras yo preparo la nuestra?

La doctora nos había recomendado que no lo tratásemos como a un bebé, porque a los niños les resultaba fácil recaer en la falta de autonomía durante la recuperación. Si no dábamos mucha importancia a su lesión, volvería a la normalidad con más rapidez.

Noah se dedicó a llenar el cuenco de Ariel y lo situó en su hueco junto a la encimera. Después, se dirigió a la puerta de la cocina.

—¡Nina! —gritó con todas sus fuerzas—. ¿Dónde estás?

—Oye, peque, ¿qué te hemos dicho sobre gritar en casa? —le reprendí con dulzura, pero hice una mueca.

Nina estaba incluida en el «hemos» de mi pregunta.

—Pero ¿dónde está? —Noah se volvió a mirarme con los ojos muy abiertos—. No la he visto desde que volvimos del hospital. Me debe un abrazo.

Suspiré. Era ahora o nunca.

—Noey, ven aquí un momento. —Me dirigí al asiento bajo la ventana—. Vamos a hablar.

Se sentó a mi lado con aspecto confundido, y me di cuenta de que ya estaba preocupado.

—Han cambiado algunas cosas —empecé, pero me detuve enseguida porque no había previsto cómo iba a contárselo.

—¿Dónde está Nina? —susurró, con los labios temblando.

—Ha tenido que irse a su casa, peque.

—Vale. —Noah se relajó un poco—. ¿Y cuándo volverá a nuestra casa?

Decidí no darle más vueltas, y le cogí la mano sana con la mía.

—Noey, no va a venir. Hemos decidido que es mejor que no siga viviendo con nosotros.

—No, no es verdad. —Había empezado a negar con la cabeza incluso antes de que yo terminara de hablar—. Tenéis un permiso de conducir juntos, ella tiene que vivir aquí, con nosotros. Acuérdate de que ibais a hacer una boda. Me lo prometiste.

Su voz iba sonando más aguda con cada palabra, y la preocupación era evidente en cada sílaba.

—Noey, no te prometí eso. Recuerda que te dije que antes nos aseguraríamos de que nos gustara estar casados. —Me aclaré la garganta para no atragantarme con la mentira que iba a contar—. Y hemos descubierto que no nos gusta tanto como creíamos.

Él se quedó mirando al vacío, intentando encontrar el sentido a lo que le estaba diciendo.

—A mí sí me gustaba —dijo, con un temblor en su vocecita que me rompió el corazón.

—Lo sé.

Tendí una mano para acariciarle la cabeza, pero él se apartó y me lanzó una mirada desafiante que no había visto en mucho tiempo.

—Pero… ¿cuándo va a volver? ¿Es para siempre? Porque se supone que tiene que vivir aquí. Tiene que volver a casa.

Su tono estaba pasando del dolor al enfado.

—Noah, ya te he dicho que no va a volver. Esta ya no es su casa, y nosotros no somos su familia.

—¿No va a volver nunca?

No estaba seguro de cuántas veces tendría que romperle el corazón.

—Nunca más —repetí en voz baja.

Se quedó en silencio mientras asimilaba la información y, al poco, se deslizó del banco y se marchó corriendo.

—Oye, ten cuidado —grité.

—¡Nina!

Su quejido lastimero resonó por toda la casa. Yo sabía exactamente a dónde se dirigía, y salí tras él a paso ligero.

—Nina —jadeó al llegar a su habitación.

Abrió la puerta de golpe, para descubrir que no quedaba ni rastro de ella.

Ya no estaba la gorra de los Dodgers que habíamos comprado en un partido y que solía colgar de la esquina del espejo, ni el montón de libros sobre la mesilla, ni el conjunto de cremas y lociones sobre la cómoda.

Y no se trataba solo de la ausencia de sus cosas: sin que supiera cómo había ocurrido, hasta el aire de la habitación había dejado de ser acogedor y doméstico, y parecía más propio de un museo.

Noah se dejó caer de rodillas con un gemido.

—Eh, oye. —Corrí hacia él y lo rodeé con mis brazos, pero él me apartó con el brazo bueno.

—¿Por qué se ha ido? ¿Es porque me he roto el brazo? No quería que pasara, fue un accidente —dijo entre sollozos.

Y yo que pensaba que el corazón no se me podía romper más.

—¡No! En absoluto, ¡no tiene nada que ver contigo! —insistí.

No debió de prestar atención a mis palabras, porque siguió preguntando:

—¿Es porque he sido malo? ¿He comido demasiado azúcar?

—Te prometo que ha sido una decisión de adultos y no tiene nada que ver contigo. Nina aún te quiere —dije.

Sí, hacía unas horas le había dicho a ella justo lo contrario, pero era evidente que Noah necesitaba oírlo.

Noah dejó caer la cabeza hacia atrás y emitió un sollozo interminable. Ariel había encontrado a su niño y daba vueltas a su alrededor con las orejas inclinadas hacia atrás, pero Noah estaba tan triste que ni siquiera la gatita podía distraerlo.

—Quiero a Nina —lloró.

Lo dejé llorar e intenté no sentirme dolido porque no me considerase suficiente.

Parecía sentir, de algún modo, que eran mis acciones lo que había alejado a Nina de nosotros.

No estaba seguro de qué hacer, aparte de dejarlo llorar hasta que se le pasara.

No había tenido una reacción como aquella desde…

Bueno, desde la pataleta en el barco que Nina le había ayudado a superar.

Pero esta vez, yo estaba solo, y se me estaba dando fatal resolverlo.

Noah se dejó caer de lado y se hizo un ovillo sobre el suelo, sujetándose el brazo roto contra el pecho.

Aquel disgusto no podía ser bueno para él, pero no sabía cómo ayudarlo, aparte de estar allí con él.

Me senté en el suelo a su lado, para esperar a que pasara la tormenta.

Necesitaba una solución, porque esa sería nuestra nueva realidad hasta que pudiera encontrar una sustituta para Nina.

Claro, que eso no sería ni remotamente posible.

Noah y ella habían encajado sin esfuerzo desde el principio.

El estómago se me encogió al recordar la advertencia que me había hecho Nina sobre que a Noah no le resultaría fácil adaptarse a una niñera nueva.

Todo había ido muy bien hasta entonces, pero tenía la sensación de que a los dos nos esperaba un camino muy complicado por delante.

Me apoyé sobre la cómoda y puse una mano sobre la espalda de Noah, que él toleró, por suerte. Aquella habitación ahora parecía maldita, como si, aunque pidiera a mi decoradora que la cambiara por completo, el fantasma de Nina fuera a seguir allí.

Observé aquel espacio, que ahora me parecía deprimente.

Ella se había cuidado bien de eliminar cualquier rastro de su estancia pero, a través de la puerta entreabierta del armario, pude ver algunas de las prendas que habíamos comprado juntos.

Me aseguraría de que alguien, que no fuera Josie, las recogiera y se las enviara a… donde fuera que hubiera ido.

Entonces, algo que había quedado en la esquina de la mesilla captó mi atención.

Lo miré con los ojos entornados. ¿Era una goma del pelo olvidada?

No, enseguida comprendí que se trataba de la bolsa de terciopelo en la que había estado el anillo de compromiso que le di aquella noche en el yate.

Lo había dejado allí, por supuesto. Pero…

¿no la había acusado yo de querer ser una Ashford por la fortuna y la estabilidad?

Podría haber vendido el anillo y comprarse un piso con el dinero que le dieran. ¿Por qué iba a dejarlo allí?

Joder. Sacudí la cabeza, intentando disipar las dudas que empezaban a asaltarme. Había tomado la decisión correcta, y no importaba que me hubiera estado enamorando de ella: habíamos llegado al resultado inevitable. El dolor.

Si ella nunca hubiera entrado en mi vida, Noah no estaría acurrucado junto a mí en ese momento, con un brazo y el corazón rotos.

Y, si fuera honesto conmigo mismo, admitiría que mi hijo no era el único que se sentía destrozado.

Sí, yo me había encariñado con Nina, profundamente.

Hubiera sido imposible no hacerlo. Había sabido que sería inevitable desde el momento en que aporreó la puerta de la sala de reuniones en el crucero.

Fruncí el ceño. ¿Qué estaba admitiendo, en realidad? ¿Qué me había enamorado de ella?

Sí. A pesar de todo, amaba a Nina Reyes.

Miré a mi hijo, lloroso y destrozado, y supe con exactitud lo que sentía.