25 Nina #2
El recordatorio fue como un cuchillo clavado en mi corazón porque, además de hacerme sentir como un fracaso, Logan estaba creando un abismo entre nosotros, y eso era peor.
Te pago para que te asegures de que mi hijo esté a salvo. Menuda manera de recordarme que no era más que una empleada jugando a ser esposa. Si de verdad me veía así, eso significaba que lo que habíamos compartido no era real, a pesar de lo que ansiara mi corazón.
—De hecho, estoy empezando a cuestionarme tus motivos para aceptar este trabajo —dijo Logan, en un tono aún más frío.
Al asimilar lo que estaba diciendo, el enfado empezó a superar la tristeza que sentía.
—¿Mis motivos? —Era él quien me había ofrecido el trabajo, no al revés.
Se encogió de hombros.
—Aquí pareces sentirte demasiado… cómoda.
—¿Qué estás insinuando? —Me acerqué a él, irritada.
—Todo eso del campamento me lo ha dejado claro. Estás tratando de quitar a Noah de en medio para asegurarte un puesto en la familia Ashford.
Y ahí estaba: una idea tan absurda que solo pude quedarme mirándolo alucinada.
Pero cuando se me pasó la sorpresa, me sentí cabreada…
y dolida. Nada habría sido un insulto peor que la sugerencia de que habría puesto a un niño en peligro para camelarme a su padre multimillonario.
Si hasta había redactado un acuerdo posnupcial, como si desde el principio se hubiera estado preparando para que todo se fuera a pique.
Aunque no hubiéramos llegado a firmarlo, ya lo había previsto.
—Crees eso de verdad —dije sin entonación.
—Reconozco las señales —dijo Logan, que empezó a caminar de un lado a otro—.
Ya he pasado por esto en otra ocasión, y no puedo creer que no me haya dado cuenta antes.
Eres una nómada en busca de un lugar donde echar raíces, y qué lugar mejor que mi casa, ¿no?
Ya no tendrás que compartir la cama con una compañera ausente, ni colgar tu ropa en un perchero cutre.
—Hizo un gesto a su alrededor—. Esto debe de ser el paraíso, comparado con aquello a lo que estás acostumbrada.
Sacudí el dedo delante de él y mi voz cortó el aire.
—Más vale que te calles ahora mismo.
No fui capaz de decir nada más al escuchar los peores insultos que me habían dirigido en la vida. Ya era malo que me hubiera acusado de ser una trepa, pero sugerir que utilizaría a Noah en mi propio beneficio me hacía sentir sucia.
Logan me ignoró.
—Noah solo era un peón que te permitiría llegar a donde querías ir, y ahora que estas aquí, necesitas apartarlo para tenerme a mí donde tú quieres. De ahí el campamento.
Me pareció que se me disolvían los huesos, como si ya no pudieran sostener mi cuerpo sin un esfuerzo monumental.
En otra vida, me habría plantado delante de su cara y le habría gritado lo equivocado que estaba y lo capullo que era por insinuar siquiera que yo tuviera motivos ulteriores.
Pero solo fui capaz de retraerme en mí misma porque, si era así como me veía, entonces yo no lo conocía en absoluto.
Y era evidente que él no me conocía a mí.
Me quedé esperando el siguiente golpe. Estaba tan dolida que había perdido todas las ganas de luchar.
El viaje al hospital me había dejado agotada, y la humillación inesperada de Logan había sido el golpe de gracia.
No tenía ni idea de qué hacer, o a qué recurrir, y no podía creer que creyera de verdad esas cosas tan horribles sobre mí.
—No sigas hablando —dije—. No tiene sentido discutir esto ahora —continué, señalando por encima de mi hombro—. Voy a…
No terminé la frase, porque en la residencia Ashford ya no había ningún lugar seguro para mí.
—Creo que los dos estamos de acuerdo en que esto no funciona —dijo Logan.
¿Estábamos los dos de acuerdo? Hasta hacía solo unas horas, todo había ido bien, pero ahora… Sí, después de lo que había dicho, y después de saber lo que pensaba de mí, sería imposible dejar las cosas como estaban.
—Y ahora, ¿qué? —pregunté.
—Creo que deberías recoger tus cosas.
Estuve a punto de llevarme una mano a la mejilla, porque sus palabras me golpearon como una bofetada.
—Un momento… ¿Lo dices en serio?
Él apretó los dientes y asintió.
—Pediré a los de publicidad que decidan el mejor momento para emitir un comunicado de prensa anunciando la separación y el divorcio.
—Pero…
Me pareció que el mundo desaparecía bajo mis pies. La situación era muy extraña, pero me resultaba terriblemente familiar al mismo tiempo.
Durante mi infancia, no habían dejado de echarme de todas partes.
Mi madre había ido pasando de un trabajo a otro, de modo que siempre estábamos trasladándonos de una ciudad a la siguiente y pasamos muchísimas noches durmiendo en sofás o catres en casas de amigos y, alguna vez, hasta en sacos de dormir en el suelo de alguien.
Por mucho que intentara portarme bien, por más que recogiera todo lo que manchaba, fuera silenciosa y respetuosa o ayudara a recoger la ropa limpia, lavar los platos o cuidar de los niños de la casa, siempre llegaba el momento en el que ya no nos aguantaban más y nos echaban.
Aquella situación se había repetido más veces de las que podía contar.
Si aquello me había hecho sentir muy mal, ese momento era mil veces peor.
Logan se refería a mí como si fuera tóxica, como si creyera de verdad que necesitaba proteger a Noah de mí, cuando yo solo quería ayudarle.
Y el hombre que me estaba haciendo sentir aquello era alguien a quien había empezado a… a…
Bueno, fuera lo que fuera que hubiera sentido por él, era evidente que me había estado engañando si había creído que podríamos estar construyendo algo duradero.
Algo real. ¿Quién hubiera dicho que se me daba tan bien aparentar?
Se me había dado tan bien lo de convencer al mundo de nuestra relación, que había empezado a creérmelo yo también.
Pero ya había visto la luz. Todo lo que había creído entender de aquel hombre se había venido abajo, y me hubiera dado de bofetadas, porque mi intuición inicial sobre Logan había sido correcta. Si al menos le hubiera hecho caso…
—¿En serio quieres que recoja y me vaya? ¿Ahora mismo?
—Sí quiero —respondió enseguida.
Qué cruel, utilizar esas dos palabras asociadas con las bodas. El corazón se me encogió en el pecho, pero me obligué a mantener la cabeza alta, sin ceder a lágrimas ni a la debilidad. Si él era capaz de terminar lo nuestro con esa expresión de acero, yo también podría hacerlo.
—De acuerdo —respondí sin entonación—. Pero antes quiero despedirme de Noah.
Empecé a alejarme de él, con las piernas temblando, pero él se situó delante de mí para cortarme el paso, como una pared humana.
—No es una buena idea.
No. No podía decirlo en serio.
—Pero Logan —protesté, dando medio paso atrás—, mi marcha le va a alterar, y aún será peor si no me despido.
¿No te das cuenta de lo duro que sería eso para él?
Todos los estudios sobre el desarrollo de la infancia confirman que es una idea malísima desaparecer sin dar tiempo a una transición.
Él ya se ha acostumbrado a mí y a nuestras rutinas.
Si me obligas a marcharme sin decirle adiós, toda la confianza que ha ido desarrollando desaparecerá, y ya no se fiará de la siguiente niñera.
Me dolió solo decirlo. ¿La siguiente niñera sería solo una más de una larga lista?
—Yo sé qué es lo mejor para mi hijo.
Las palabras se me escaparon antes de poder detenerlas.
—¿Eso crees, Logan? Porque las cosas no tenían buena pinta antes de que apareciera yo. A ver, lo perdiste en el barco, ¿no te acuerdas?
Él hizo una mueca. Había sido un golpe bajo, pero se lo merecía.
—¿Y a quién llamaste cuando le dio aquella pataleta durante el crucero? Ah, sí, ¡a mí! —Me golpeé en el pecho, en un intento de crecerme un poco para evitar las lágrimas que amenazaban con caer—. Pero sí, claro, tú eres el experto.
Nos quedamos mirándonos, cada uno atenazado por un dolor demasiado grande para procesarlo. ¿Cómo habíamos acabado así?
Logan no se movió, y se mantuvo firmemente erguido entre el pasillo que llevaba a la habitación de Noah, y yo.
—Pediré un conductor para que te lleve…
—No te molestes —le interrumpí—. Puedo ocuparme yo misma.
—No seas cabezota, Nina.
Un sonido entre un sollozo y una risa brotó de mi garganta.
Jamás había firmado ningún acuerdo con él.
Podía meterlo en un juzgado al día siguiente y convertir su vida en un infierno, y de paso, recibir una buena compensación económica.
Pero si lo hacía, le habría dado la razón, y no estaba dispuesta a darle esa satisfacción.
—Tienes mucha suerte de que no sea la clase de persona que me acusas de ser —le espeté.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada —resoplé—. Dame quince minutos para recoger mis cosas y me iré. Y no te preocupes, solo me llevaré lo que traje.
Me marché enfurecida, pero aliviada por alejarme de su mirada glacial.
La vida que había creído estar construyendo había desaparecido en un solo instante, y tan solo podía pensar en el niño que estaba a punto de despertarse en un mundo que no reconocería.
Y no podría hacer nada para ayudarle.