Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 25 Nina
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NINA

Por suerte, en el hospital fueron muy eficientes y no tardamos mucho en encontrarnos en una sala de espera, muy tensos, mientras a Noah le hacían las radiografías y unas pruebas.

En aquel momento, la sala de espera estaba casi vacía, supuse que debido a que todo el mundo estaría disfrutando de la bonita mañana de verano.

Seguramente, más tarde empezarían a llegar los pacientes que se hubieran hecho daño patinando o en alguna excursión; mientras tanto, allí solo había una pareja mayor, al otro lado de la sala, y Logan y yo, que intentábamos mantenernos tan alejados el uno del otro como fuera posible.

El sonido del agua que caía por una cascada decorativa en la pared llenaba el silencio.

El trayecto hasta el hospital había sido horrible, sobre todo porque Noah no dejaba de llorar y gemir, sin que yo pudiera hacer nada para aliviarlo, lo que me había hecho sentir como el ser humano más inútil sobre la faz de la Tierra.

La guinda sobre el pastel la habían puesto las oleadas de furia que emanaba Logan desde el asiento delantero.

Es culpa tuya.

Deberías haberle vigilado mejor.

No sirves para cuidar de él.

Supongo que, hasta cierto punto, estaba justificado, porque no podía dejar de pensar las mismas cosas sobre mí misma; pero, al mismo tiempo, sabía que yo no era la única responsable.

El único motivo por el que había estado más pendiente de Logan que de su hijo en aquel momento tan crítico había sido la reprimenda que me estaba echando por la idea del campamento.

Para mí, su reacción desproporcionada a lo que a mí me había parecido una actividad estupenda para el verano no tenía ningún sentido, así que, por supuesto, le había estado prestando atención para intentar comprender qué diablos le pasaba, y por qué se había enfadado tanto.

Después de todo, antes de toda esa tontería de estar casados, me había contratado para ayudar al desarrollo de Noah, y yo había hecho todo lo posible para lograrlo. Era una pena que él no lo viera del mismo modo, al margen de que estuviéramos en la sala de espera de un hospital.

Una doctora de aspecto amable, que llevaba pequeños animales de peluche colgando de su cinta de identificación, se dirigió directa a nosotros, y nos preparamos para recibir noticias.

—Hola, señores Ashford —empezó—. Soy la doctora Halligan.

Logan apretó la mandíbula al oír la interpelación, y yo me sentí más lejos que nunca de ser la señora Ashford.

—Tengo buenas y malas noticias —continuó la doctora—. La mala es que el pequeño Noah ha sufrido un traumatismo clásico por impacto, una fractura de radio distal. Se producen cuando uno intenta parar una caída. Extiendes las manos, e impactas. —Hizo una demostración de su explicación.

—Maldición —murmuró Logan.

—La buena noticia es que podría haber sido mucho peor. Al parar así la caída, no se ha golpeado la cabeza, que es algo que se debe evitar, y la fractura es sencilla y no afectará a su crecimiento, ni requerirá un control especial.

—¿Y qué hay que hacer para que se recupere? —preguntó Logan, muy profesional.

La doctora sonrió, como si agradeciera la pregunta.

—Tendrá que llevar una escayola durante un mes, y después habrá que limitarle los movimientos durante varias semanas.

Pero, aparte de eso, estará muy bien. —Me miró, y su sonrisa se hizo más cálida y tranquilizadora—.

¡Y se ha portado muy bien! Nos ha contado cómo ha ocurrido, y que ha sido la segunda vez que intentaba escalar.

Le hemos dicho que tendrá que tomarse un descanso una temporada, y lo primero que ha preguntado es cuánto tendría que esperar antes de volver a intentarlo.

¡Parece que tienen a todo un aventurero!

Logan sonrió por fin, aunque seguía tenso.

—Gracias por su ayuda, nos alegramos de que esté bien. ¿Cuándo saldrá?

—Están terminando de ponerle la escayola. En unos minutos podrán irse a casa.

—Gracias —dije yo al fin—. Le agradecemos la ayuda.

Logan empezó a caminar de un lado a otro.

Entendía que estuviera preocupado y nervioso, pero no me hacían ninguna gracia las miraditas que me estaba lanzando para dejar claro que todo su enfado iba dirigido hacia mí.

Él debía de saber que yo siempre me preocupaba por lo que era mejor para Noah, y que, a veces, se producían accidentes.

Diablos, él también había estado allí.

Claro, que eso podía ser parte de lo que le molestaba tanto: el hecho de ser padre a tiempo completo y que ese tipo de accidente pudiera ocurrir en cualquier momento.

Me sentí algo más comprensiva, hasta que se volvió a mí bruscamente, como si notara el peso de mi mirada.

Le dediqué una sonrisa forzada, y él se apartó de mí con la misma brusquedad.

Ahora que teníamos un diagnóstico por el que no había que preocuparse, todas sus iras iban dirigidas hacia mí.

Quería hablar con él de lo que estaba ocurriendo, pero la sala de espera no era el mejor lugar para ello, sobre todo si Noah estaba a punto de salir.

Tendríamos que fingir que todo iba bien hasta llegar a casa y poder hablar con calma, en privado.

No necesitaba que nadie me explicara que, para un Ashford, montar una escena en público sería lo peor.

Ya había oído todo lo que habían tenido que aguantar Gwen y Emilia con los otros hermanos.

Las puertas dobles se abrieron despacio, y el corazón se me rompió en un millón de pedacitos al ver al pequeño Noah, muy pálido, sentado en una silla de ruedas. Al menos estaba sonriendo, y miraba a su alrededor como si esperase tener público.

—¡Hola! ¡Mirad mi coche! —Noah señaló la silla de ruedas con la mano buena, y la enfermera que la empujaba se echó a reír.

Era evidente que le habían dado unos buenos analgésicos, y me alegré de ello. Lo que fuera para que todo le resultara más fácil.

—Hola, peque —dijo Logan al acercarse a él—. ¿Cómo te encuentras?

Me aproximé también con precaución, como una desconocida que intentara hacerse un hueco, pero el corazón se me animó y parte de mi miedo se evaporó al ver a Noah animarse al verme.

—Nina, ¿me harás un dibujo en la escayola?

Me eché a reír, a pesar de las emociones desagradables que me revolvían el estómago.

—Por supuesto. Lo que quieras.

—Puedo, esto, llevarlo fuera, o… —preguntó Logan a la enfermera.

—Vaya a por el coche y apárquelo en la puerta —le indicó, como si estuviera acostumbrada a dar instrucciones a padres nerviosos—. Yo se lo acercaré.

—Yo me quedo con Noah —ofrecí.

Logan hizo un gesto seco de asentimiento con la cabeza y se dirigió al aparcamiento.

Unos segundos más tarde, su coche apareció delante de la puerta; claro, que tampoco había tenido que andar mucho porque, cuando llegamos, había dejado el coche tirado de cualquier manera en una zona prohibida, debido a su preocupación.

Durante el trayecto de vuelta a la casa, nos ahorramos los silencios incómodos, porque Noah no dejó de hablar de todo lo que le habían hecho en el hospital, con la cabeza apoyada sobre mi hombro.

—El pinchazo me ha dolido un poco —dijo—, ¡pero luego ya no me dolió nada más! Ni el brazo, ni el codo, ni la herida de la rodilla. ¡Y me han dejado elegir el color de la escayola! He estado a punto de elegir el rojo, pero este me gusta más. ¿Podemos dibujar cuando lleguemos a casa, Nina?

Me contuve para no recordarle que la mano con la que dibujaba estaba en ese momento embutida en una escayola de color verde neón.

—Creo que será mejor que nos tomemos un descanso hoy. No sé qué opinas tú, pero a mí me vendría bien una siesta. Ha sido una mañana muy ajetreada.

—La doctora ha dicho que te lo tomes con calma —añadió Logan, que nos miraba a través del espejo retrovisor.

—No estoy cansado —insistió Noah, justo antes de que se le escapara un bostezo.

Para cuando entramos en el camino hacia la casa, se había quedado dormido sobre mi hombro.

Logan lo sacó con cuidado del asiento trasero y lo cogió en brazos, sin que él apenas parpadeara.

El estrés y los medicamentos habían surtido efecto, así que llevó a Noah directo a su habitación para lo que imaginé que sería una larga siesta.

Yo di vueltas por el salón donde solíamos pasar el tiempo juntos, intentando mantener la esperanza, aunque sabía que la discusión que tendríamos Logan y yo podría cambiarlo todo.

Sería imposible fingir que no había pasado nada.

Íbamos directos a algo, aunque no sabía con exactitud a qué.

Al oír que se acercaba, se me aceleró el pulso.

Entró en la sala con una expresión que no supe interpretar.

Creía haber visto todas las facetas de Logan, pero en ese momento me pareció irreconocible.

Se detuvo a unos pasos de mí y cruzó los brazos, sin mostrar ni el más mínimo ápice de calidez o ternura.

—Esto no funciona.

Aquellas tres palabras tenían infinitos significados. Esperé en silencio a que continuara, con el corazón martilleándome en el pecho.

—Cuando te contraté, muy precipitadamente, por cierto, estaba convencido de que serías buena para mi hijo. Que lo antepondrías a todo y lo cuidarías. Pero lo ocurrido hoy me ha demostrado lo contrario.

Era una de las cosas más hirientes que me podía haber dicho.

—Logan, eso no es cierto, ¡y tú lo sabes! —espeté—. Noah se ha convertido en el centro de mi vida, y tengo la sensación de que nunca dejo de pensar en él.

Logan cambió de postura, y habría jurado que ponía los ojos en blanco, mientras negaba con la cabeza.

—Entonces, ¿qué ha pasado en el parque?

Su tono frío, desprovisto de emoción, me hizo sentir como si estuviera testificando en un juicio.

—Si quieres la verdad, estaba luchando por mi vida —repliqué—. Estabas enfadado conmigo por lo del campamento, cosa que aún no entiendo, y estaba intentando encontrar el sentido a tu reacción para poder ponernos de acuerdo. Así que, sí, por un instante, no he estado pendiente de Noah...

—Y ese es el problema —interrumpió Logan—. Te pago para que te asegures de que mi hijo esté a salvo, y hoy le has fallado.