Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 24 Logan #2
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24 Logan #2

Su referencia al hecho de que la había contratado aumentó la distancia entre nosotros.

Claro, que tal vez eso no fuera tan malo, porque ahí estaba: el momento que sabía que iba a llegar.

El punto en el que todo empezaba a venirse abajo.

Y qué amarga ironía el que fuera tan similar a la última vez.

Al parecer, yo no había aprendido la lección.

—Te estás extralimitando —empecé, en tono contenido—. No eres tú quien decide si Noah va a un campamento o no.

—Perdona, ¡pero desde luego que es mi responsabilidad! —siseó Nina, y casi tuve que agradecerle que no levantara la voz, porque lo último que necesitaba era un numerito en público—. ¿No recuerdas lo que hablamos en el crucero? ¿Los términos de nuestro acuerdo?

—Claro que sí, y me parece que eres tú quien se está pasando de la raya —insistí.

—Logan, yo no he decidido nada. Quería hablar de esto contigo para decidirlo juntos, y tú estuviste de acuerdo en dejarme tomar la iniciativa en lo relativo a su desarrollo, que es justo de lo que trata esto. No estoy actuando a tus espaldas, así que, ¿cuál es tu problema?

Me estaba mirando como si fuera yo quien se hubiera extralimitado, y esa fue la gota que colmó el vaso. Estallé.

—¡Me has soltado todo esto de imprevisto!

Ella soltó una carcajada sorprendida, y me miró con los ojos muy abiertos.

—Ay, Dios, ¿por qué te comportas como si lo hubiera inscrito en una secta, o algo así?

No he hecho nada sin tu permiso. ¡Jamás haría algo así!

—Se dejó caer de golpe sobre el respaldo del banco y suspiró con intensidad—.

No entiendo qué está pasando. Creí que te alegrarías de que lo hubiera investigado a fondo antes de planteártelo. ¿Pero, de qué vas?

—De alguien que quiere a su hijo —respondí, mirándola—, y no le hace gracia que intentes separarnos.

Su expresión pasó de la sorpresa a la incredulidad, y abrió la boca. Enderecé los hombros, preparado para la pelea que se aproximaba, porque ya había pasado por eso. Entonces, un grito en la distancia rompió la tensión entre nosotros.

Un grito que me resultó familiar. Se me encogió el estómago. No, no podía ser.

Los dos giramos la cabeza para ver qué había pasado, pero la gente que ya se había reunido nos tapaba la vista.

—Ese ha sido… —empecé, intentado ver algo a través de los huecos entre la gente que se había amontonado junto a los columpios.

Al cabo de un instante, el grupo se separó un poco, y vi tendida en el suelo a una forma que me resultó familiar.

—Noah —suspiró Nina.

Echó a correr hacia él a toda velocidad y se abrió paso entre el grupo. Yo iba justo detrás de ella, y llegué un momento después. El corazón casi se me paró al ver la cara enrojecida y llorosa de mi hijo. Se sujetaba un brazo, mientras un desconocido intentaba consolarlo.

—Papá —hipó al verme—. Me-me-me he caído de la pared de escalar.

Aparté a toda aquella gente y me dejé caer de rodillas junto a él, para valorar los daños.

—¿Ha visto alguien lo que ha pasado? —pregunté, mirando las caras preocupadas que nos rodeaban.

—Estaba ahí subido y se le ha resbalado una mano —dijo la niña con la que había estado bailando antes—. Y se ha caído.

—Papá, me duele —dijo Noah.

Había cerrado los ojos y se balanceaba adelante y atrás, llorando mientras se sujetaba el brazo. Una mujer se acercó a mí.

—No había subido muy alto, pero ha sido un golpe fuerte. Yo diría que se ha torcido algo, pero puede que se lo haya roto.

Con cuidado, aparté la mano de Noah de su brazo y encontré un montón de arañazos y sangre, desde la muñeca hasta el hombro. El codo se le estaba hinchando. Nina se agachó a mi lado para examinarlo también.

—No tiene buena pinta —murmuró por lo bajo—. Se está hinchando tan rápido que casi se puede ver. Deberíamos llevarlo al hospital para que le hagan una radiografía.

Asentí, porque en ese momento daba igual lo enfadado que estuviera con ella. Debíamos trabajar juntos por el bien de Noah.

—Noey, te voy a coger en brazos, ¿vale? —avisé.

Él asintió, y yo me preparé para los gritos que soltaría en cuanto lo moviera. Como esperaba, soltó un chillido de dolor cuando lo recogí. Algunas personas me dieron palmaditas de simpatía en la espalda cuando pasé por su lado con Noah abrazado contra mi pecho.

—Nos ocuparemos de ti, no te preocupes. —Nina, que caminaba a nuestro lado, utilizó su tono más tranquilizador, sin duda tanto por nosotros mismos como por Noah—. Te recuperarás enseguida, peque.

—Nina —lloró él, como si acabara de recordar que estaba con nosotros—. Cógeme la mano.

Ella le cogió la mano buena y no se la soltó durante el camino hasta el coche, que recorrimos en una incómoda procesión cargada de dolor y preocupación.

—Estaba siendo muy valiente —dijo Noah entre lágrimas—. No me daba miedo subir alto.

—Eres muy valiente —confirmó Nina—, y estamos muy orgullosos de ti. Te vas a poner bien.

—¿Lo prometes? —sollozó él.

—Claro —respondió Nina.

—¿A dónde vamos? —La voz de Noah sonó asustada cuando nos acercamos al coche.

Yo fui a contestar, sin estar muy seguro de si debía informarle de nuestro destino, pero antes de que pudiera hablar, Nina se me adelantó.

—Vamos a que te hagan unas fotos del brazo, para asegurarnos de que está bien. No te preocupes, no te dolerá —le aseguró.

—Pero… ¿dónde hacen las fotos? —preguntó Noah—. ¿Vamos al colegio, como cuando hacen las fotos para clase?

—Vamos a ir al hospital —respondí—. No pasa nada.

—¿Al hospital? —Le tembló la voz—. ¡No quiero, papá!

Me di cuenta demasiado tarde que debía de haberme callado la boca.

—Será solo un momento, peque —le tranquilizó Nina—. No tendrás que quedarte allí, te lo aseguro. Solo serán un par de fotos rápidas, a ver qué nos dicen.

—¿Te quedarás conmigo, Nina?

Estaba recurriendo a ella para que le tranquilizara. Lo entendía, porque se comportaba de un modo muy maternal, pero aun así, me dolía en el alma que su instinto fuera apoyarse en ella, y no en su padre.

—Pues claro, cielo. Los dos estaremos allí.

Noté que Nina me lanzaba una mirada rápida. Cuando llegamos al coche, ella me ayudó a abrir la puerta e introducir a Noah sin sacudirlo demasiado.

—Me sentaré detrás con él —ofreció ella, y corrió al otro lado del coche para sentarse detrás.

Bien. No me sentía con ánimos de tenerla a mi lado durante el trayecto al hospital.

Y, por enfadado que estuviera con ella, sabía que Noah agradecería tenerla cerca.

Pero eso no significaba que hubiera olvidado nuestra discusión.

Ni de lejos. Todo era diferente, y las cosas estaban a punto de cambiar.

Basándome en mis experiencias pasadas, necesitaba hacerlo. No pensaba arriesgar la relación con mi hijo, y no admitiría en mi vida a nadie que intentara interponerse en ella.