Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 24 Logan
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24 Logan

LOGAN

—¿Has visto al peque? —murmuró Nina—. Se comporta como si fuera el dueño del parque. Mira, ahora está saludando a esa niña. Ay, ¡si le ha cogido una mano!

Era un día perfecto para ir al parque Zuma temprano, antes de que hiciera demasiado calor. Estaba lleno de padres que intentaban agotar la energía infinita de sus hijos y, desde ese punto de vista, Nina y yo encajábamos a la perfección.

Sí, Noah había cambiado mucho respecto del niño triste y apocado que había sido al principio del crucero.

En lugar de mantenerse apartado, mi hijo volvía a liderar el grupo, y no solo eso, sino que parecía muy sintonizado con los sentimientos de los demás.

Gritaba con los más ruidosos y tranquilizaba a los más tímidos.

Siempre había sido empático, pero parecía que superar el duelo había despertado algo en su interior, como si quisiera que todos los que lo rodeaban se sintieran bien.

—Es fantástico —confirmé.

Estábamos sentados juntos en un banco del parque, lo bastante cerca de la zona de juegos como para ver a Noah, sin agobiarlo. Yo quería alimentar la independencia incipiente de la que estábamos siendo testigos.

—Un momento, ¿qué? ¿Está bailando? —señaló Nina, sonriendo.

Estiré el cuello para ver cómo la niña recién llegada había cogido la mano de Noah y le estaba obligando a hacer una especie de baile muy complicado con una mezcla de estilos, y mi hijo intentaba seguirla, muerto de risa.

—Bueno, tengo que hacerle fotos. Es una monada —dijo Nina, poniéndose en pie.

Corrió a buscar un lugar desde donde lo viera mejor, y capturó el momento con una sonrisa muy contagiosa en su cara que me llenó el corazón de algo mientras la miraba.

Algo a lo que no quería poner nombre, porque llamarlo por su nombre supondría el final de todo.

Siempre me ocurría lo mismo. Justo cuando las cosas empezaban a parecer perfectas, el universo hacía desaparecer el suelo bajo los pies de uno, y le hacía caer de culo.

Mi padre y mis hermanos parecían ser las excepciones, pero yo conocía mi propio historial demasiado bien como para creer que podría pasarme lo mismo que a ellos.

De hecho, esa idea me había tenido un tanto nervioso los últimos días, porque cada vez que me permitía pensar en lo bien que iban las cosas, me ponía más nervioso, convencido de que no podía durar.

No sabía qué forma tendría el final, y eso me obligaba a estar preparado a cada momento.

Hacía unos días, pensé que había llegado el momento, cuando tuve la sensación de que Nina me había traicionado para dejar a Noah en casa con Josie todo el día.

El gesto me había recordado demasiado a Gretchen, y la forma en que ella siempre intentaba «sorprenderme» con algún plan de última hora para nosotros dos, o para Noah solo, que le permitiera evitar pasar más de un minuto o dos con él.

Gracias a ella, ahora desconfiaba especialmente de cualquier indicio de que alguien intentara impedirme pasar tiempo con mi hijo.

Un plan como el de ese día, llevar a Noah al parque y animarle, no habría sido posible jamás con Gretchen. Desde ese punto de vista, no había problemas. Si algo iba a hacer que mi relación con Nina se viniera abajo, al menos habría aprendido de mis errores anteriores.

Nina se reunió conmigo mirando algo en su teléfono.

Era guapa de cojones, incluso con una coleta hecha a toda prisa después de levantarse y sin maquillar.

Se me puso dura solo con recordar por qué esa coleta no estaba bien peinada: se la había hecho cuando íbamos a salir, pero yo había tirado de ella para llevarla de nuevo a la cama.

—Bueno, ya me pueden ir dando un Pulitzer, porque mira esta foto.

Nina se dejó caer a mi lado en el banco y me entregó el teléfono para mostrarme una foto de Noah riendo, con la cabeza echada hacia atrás, mientras hacía girar a la otra niña a su alrededor. La luz de la mañana, que envolvía a los niños en sus destellos cálidos, era casi otro personaje en la foto.

—Es muy buena —dije.

—Gracias. He hecho un montón, puedes mirarlas.

Deslicé el dedo por la pantalla, deteniéndome para disfrutar de la alegría en cada foto. Así era como se suponía que debía ser la infancia. Por fin. Seguí pasando las fotos hasta llegar a una captura de pantalla.

—¿Qué es esto? —pregunté, entornando los ojos para leer el texto escrito en alegres letras azules, sobre una imagen de unos niños con cuadernos de dibujo—. ¿Campamento Comix?

—Ay, sí —respondió Nina, muy animada—. Quería contártelo.

Grace, del departamento de marketing, me habló de esto en la oficina.

Es un campamento en Santa Monica para niños a los que les gusta dibujar cómics, y me pareció perfecto para Noey.

Creo que ya está listo para ir, sobre todo si podemos conseguir que Liam le acompañe.

El pulso se me aceleró mientras me contaba los planes. Sus planes, como si yo no pudiera opinar sobre la vida de mi hijo. Como si esperase que yo estuviera de acuerdo con enviar a mi hijo lejos de mí. Ya había pasado antes por eso.

—Las plazas se están agotando muy rápido, así que deberíamos tomar la decisión cuanto antes —continuó Nina—.

No es barato, pero el precio tiene sentido, porque van muchos autores famosos a hacer talleres con los niños.

Hay uno con Brian Cantwell, el autor de los cómics del Niño Viscoso. A Noah le encantan.

Me encontré lidiando con la sensación familiar de hundirme.

¿No acababa de pensar justo entonces que había aprendido de mi pasado y no volvería a cometer los mismos errores?

Pero no, Nina no era Gretchen. Era evidente que ella quería a Noah, mientras que Gretchen solo había fingido disfrutar de su compañía, mientras se lanzaba a aprovechar cualquier oportunidad de apartarme de él.

Me había costado mucho establecer la conexión, porque a Gretchen se le daba muy bien manipular a la gente, y me había encandilado; al menos, al principio.

Me había hecho creer que quería formar parte de la vida de Noah, y por eso había ignorado las evidentes señales de alarma.

Además, en aquella época, Noah seguía dividiendo su tiempo entre mi casa y la de su madre, lo que nos daba a Gretchen y a mí mucho tiempo para estar solos.

Ella era lo bastante buena actriz como para fingir un interés maternal de forma convincente, hasta que se le empezó a ver el plumero.

Y por esa razón, la conversación sobre el campamento me empezaba a parecer familiar de un modo muy desagradable.

—¿Quién habría pensado que un libro sobre un niño hecho de slime acabaría siendo un superventas del New York Times? —murmuró Nina, al parecer sin darse cuenta de que yo aún no había pronunciado palabra.

Apreté los puños, intentando calmarme. Nunca habría imaginado que acabaríamos así.

—Tienen campamentos de día, y también la opción de quedarse a dormir, y creo que él está listo para dormir fuera de casa. Será mejor así, ¿sabes? —continuó—. Se implicará más en la experiencia, y supondrá un gran paso para ser más independiente, antes de que empiece el colegio.

Independencia. Gretchen había usado el mismo argumento cuando me animó a permitir que Noah pasara una noche en casa de Liam.

Lo había planteado como si una noche de comida basura y películas con su amigo fuera una especie de experiencia transformadora y, cuando me opuse, se puso furiosa e insistió en que estaba coartando su independencia por no dejarle pasar una noche en un lugar al que ni siquiera había pedido ir.

Y eso había sido solo una noche. Aquel campamento duraba una semana entera.

—Como te decía, deberíamos tomar la decisión con rapidez —siguió diciendo Nina—. Podríamos contárselo a Noah luego, cuando lleguemos a casa, y dejarle ver la página web.

Era muy inteligente por su parte apremiarme.

Si la decisión era urgente, yo sentiría la necesidad de actuar con rapidez, y no tendría tiempo para pensarlo con calma, buscar mi propia información o analizar siquiera mis sentimientos sobre el asunto.

Gretchen me había hecho lo mismo. Y no, Nina no era Gretchen, pero todo lo que decía me resultaba conocido, del peor modo posible.

La dejé seguir hablando, mientras intentaba contener mi furia para intentar responder de un modo razonable; pero, cuanto más hablaba sobre el campamento, menos posible me parecía esa opción.

Nina me sujetó un brazo, sin dejar de mirar el teléfono que tenía en la mano.

—Espera, ¡un momento! Acabo de mirar la disponibilidad y solo quedan tres plazas. Deberíamos pedir dos, ¿no crees? Si Liam puede ir, tal vez podamos encontrar un…

—Nina —dije, mascullando entre dientes—. Para un poco.

Por fin, ella levantó la vista del teléfono, me miró y se quedó helada al ver mi expresión.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—¿Por qué estás planificando una semana entera del verano de mi hijo sin hablarlo conmigo siquiera?

—Esto… —objetó ella, con la cabeza inclinada y el ceño fruncido—. ¿No es eso lo que estamos haciendo ahora mismo? Lo estamos hablando, Logan. ¿Preferirías que llamara a tu asistente y organice una reunión formal?

—Es posible. A mí me parece que ya lo tienes todo decidido.

Ella se limitó a parpadear sin decir nada, estudiando cada centímetro de mi cara.

—Sí, tienes toda la razón, Logan. En primer lugar, he analizado el campamento para asegurarme de que sea adecuado para un niño de la edad de Noah.

Después, he leído un montón de opiniones para ver si merece la reputación que tiene.

He estudiado todas sus cuentas en las redes sociales, y hasta las de algunos padres que han publicado fotos de sus hijos en el campamento.

También he mirado tu agenda para asegurarme de que pudiera viajar ese día.

Así que, sí, he hecho bastante para asegurarme de que este campamento sea adecuado para el niño que me has contratado para cuidar.