Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 23 Nina #2
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23 Nina #2

—En más de un aspecto —añadió él, dándome un pequeño apretón mientras usaba la otra mano para despedirse de un grupo que se marchaba—. Sé que se está haciendo tarde, pero tengo una cosa más que hacer en mi despacho. ¿Me das quince minutos?

—Hemos venido en tu coche, tampoco es que tenga elección —respondí—. Y también tengo mucho que hacer mientras espero, no te preocupes.

Me senté en el sofá al otro lado de su escritorio, lista para buscar información sobre el campamento de cómics y asegurarme de que fuera adecuado para nuestro pequeño artista en ciernes. Entonces, me paré a pensar en la palabra que había elegido por intuición. Nuestro artista.

Sí, esa parecía la palabra adecuada.

—¿Por qué sonríes? —preguntó Logan desde detrás de su portátil.

—Y tú, ¿por qué me estás mirando, en lugar de trabajar? —bromeé.

—Porque es imposible no mirarte —respondió enseguida—. Sobre todo, con la falda subida de ese modo.

Ni siquiera me había dado cuenta de que tenía al descubierto la mitad de un muslo.

Decidí aprovechar el deseo que veía en su mirada, porque yo misma había estado luchando contra mis fantasías subidas de tono durante todo el día.

Verlo en su papel de jefe me ponía mucho y, cuando se subía las mangas de la camisa, me derretía por completo.

—¿Te refieres a esta falda? —Le provoqué subiéndola un poco más y levantando una pierna en el aire, como una bailarina de ballet.

—No lo hagas —me advirtió, y cambió de postura en el asiento como si se estuviera preparando para lanzarse sobre mí.

—¿Y por qué no? —Me acaricié la pierna e hice una pose seductora, mirándolo con un parpadeo inocente.

—Porque si lo haces, voy a tener que ir hasta ahí y tomar lo que es mío —dijo en voz baja.

—¿Sí?

Se me aceleró el pulso, pero mantuve la calma. Me incliné hacia atrás, me apoyé en el sofá y agité las piernas en el aire. Me encantaba provocar a un multimillonario.

—No hay tiempo. Tenemos que volver a casa —dijo Logan con voz tensa.

—¿Tú crees? Josie me ha enviado un mensaje para avisar de que Diana y Liam se quedan a cenar.

Apenas había terminado de decirlo cuando él se lanzó sobre mí y cubrió mi cuello de besos, al tiempo que deslizaba las manos bajo mi falda.

—No soy capaz de controlarme contigo —exhaló contra mi cuello—. Te prometo que la he tenido dura todo el día, viéndote hacer esas presentaciones. Ha sido muy poco profesional por tu parte venir a mi despacho con ese aspecto tan sexi.

Reí un poco y le mordí el lóbulo de la oreja.

—Sí, esta blusa y esta falda de Club Monaco son tremendamente escandalosas. Tal vez es usted quien debería evitar tener fantasías con sus empleadas, señor.

—No las tengo. —Logan se apartó un poco para mirarme a los ojos—. Tengo fantasías con mi mujer.

Vaya, joder.

Le sujeté la parte posterior de la cabeza y lo atraje hacia mí de nuevo, para darle un beso que no se detuvo, mientras sus manos empezaban a recorrer todo mi cuerpo.

—Esa puerta… ¿tiene pestillo? —jadeé entre un beso y otro.

—Nadie se atreverá a entrar mientras esté cerrada —gruñó contra mi cuello.

—¿Estás seguro de eso?

Por mucho que quisiera aquello, no dejaba de imaginar que alguien entraría en el despacho cuando estuviéramos desnudos. Se le escapó una risa, pero se apartó de mí a desgana el tiempo suficiente para echar el pestillo y volvió junto a mí enseguida.

Los dos estábamos tan desesperados que los preliminares fueron ridículamente breves.

Nos arrancamos la ropa el uno al otro, dando manotazos y besándonos con una desesperación cada vez mayor.

Logan me cogió en brazos y se tambaleó hasta su escritorio para coger un condón.

Cuando me dejó sentada al borde de la mesa, yo me eché hacia atrás y me apoyé sobre las manos.

—Hagámoslo aquí mismo. —Extendí una pierna para engancharlo y acercarlo a mi cuerpo—. Es la altura perfecta.

Él asintió mientras se ponía el condón de un tirón, como si no fuera capaz de pronunciar palabra. Por fin, me rodeó la cintura con una mano y me apretó contra su cuerpo.

—Mientras esté contigo, cualquier sitio es perfecto —me dijo al oído con voz ronca.

Lo siguiente que supe es que estaba dentro de mí, y no me di cuenta de que estaba gimiendo, hasta que me puso un dedo sobre los labios.

—Shhh.

Yo estaba ya muy cerca y, con su otro dedo describiendo círculos entre mis piernas, me faltaba poco, muy poco…

Hasta que no pude más. Me acerqué a él y le mordí un hombro para contener los gritos.

Unos segundos después, Logan me siguió y se corrió con un fuerte gruñido.

Nos apoyamos el uno contra el otro, jadeando.

—Ay —dijo por fin, riendo y frotándose el hombro—. Qué salvaje. Seguro que me has dejado una marca.

—Lo siento. —Le acaricié la señal con el pulgar—. Quizá luego podamos jugar a los médicos.

—Creo que eso me gustaría. Necesito un examen en profundidad. ¿Hace visitas a domicilio, doctora? —preguntó Logan, con una ceja levantada.

—Visitas a domicilio, al asiento trasero de una limusina, al despacho… Ofrezco servicio completo.

Él me rodeó una mejilla con la mano.

—Entonces, nunca más necesitaré otra aspirina.