23 Nina
NINA
—Las gachas de avena son un asco. —Noah puso mala cara y dejó caer la cuchara en el cuenco que tenía delante con un estrépito—. ¿Por qué las ha preparado Josie?
Los tres estábamos sentados a la mesa para desayunar —una situación a la que yo aún no me había acostumbrado— y parecía avecinarse una batalla.
Por suerte, Noah parecía más calmado, pero esa impertinencia era una novedad que no me gustaba nada.
El Noah triste había dado paso a un Noah que forzaba los límites.
—Porque yo se lo he pedido —respondí con rapidez—. Vamos a dejar de comer tantas cosas dulces para desayunar, señorito. ¿Has probado a comerlas con la costra de azúcar moreno que tienen encima? Puede que así te gusten más.
Era la única concesión al azúcar que había permitido para ayudarle con el cambio. Josie y yo habíamos estado pensando en cómo hacer que los desayunos de Noah fueran más saludables, pero él estaba poniendo mucha resistencia.
—Puaj —dijo con firmeza, sin molestarse en considerarlo.
—Noah, no seas tan grosero —advirtió Logan—. Si no te gustan las gachas, come fruta.
Aunque íbamos directos a una discusión, tenía que admitir que la situación era muy acogedora.
Durante muchos años, yo había soñado con tener algo así: una casa y una familia a la que pertenecer.
No lo había imaginado exactamente de aquel modo, pero aun así, la oportunidad de sentarnos a comer y hablar del día que teníamos por delante me parecía todo un lujo, mucho más allá de la comida sofisticada y la bonita decoración.
Noah jugueteaba con la cuchara metida en su cuenco.
—Vamos, Noey, hay que desayunar —dijo Logan, a punto de perder la paciencia—. Tenemos que salir en treinta minutos.
—¿A dónde vamos? —preguntó Noah.
—¿No le has dicho que hoy viene a la oficina con nosotros? —preguntó Logan, mirándome confundido.
Mierda, nos habíamos entendido mal.
—No, hoy se queda aquí —respondí—. Será lo mejor para todos, sobre todo teniendo en cuenta que…
En lugar de terminar la frase, hice un gesto con la barbilla hacia Noah, que jugaba al hockey con una fresa. La expresión de Logan se oscureció.
—¿Cómo? Ya he avisado a todo el mundo en el trabajo de que iba a venir y, esta vez, estarán preparados.
Su tono frustrado me provocó una mueca. ¿Por qué estaba tan alterado?
—Tiene más sentido que se quede aquí. Tenemos muchos planes que discutir para la guardería —insistí, mientras Logan parecía ponerse más serio por momentos—. Estaremos reunidos la mayor parte del día y él se aburrirá. Van a venir la hija de Josie y su nieto, y los niños podrán jugar juntos.
—¡Viene Liam! —se animó Noah—. ¡A él también le gusta dibujar!
—Un momento. —Logan hizo callar a su hijo—. ¿Quién ha decidido eso? ¿Por qué no me has consultado si podía quedarse en casa?
Hacía semanas que no le oía usar ese tono. Lo miré con ojos entornados y bajé la voz.
—Oye, ¿qué pasa? ¿Por qué estás tan alterado?
—Porque espero que me consultes estas decisiones —insistió, con una expresión que se había vuelto tormentosa.
Noah se había quedado callado y nos observaba discutir. Lo miré, y comprendí que era importante proteger sus oídos de lo que estuviera ocurriendo entre los adultos. Aunque no lograba entender por qué una decisión tan sencilla había alterado a Logan de ese modo.
—Lo siento, pero creía que, bueno, que habías delegado las decisiones del día a día a la persona que se ocupa de él —dije, con la esperanza de que mi forma indirecta de hablar tuviera sentido para él, y no para Noah—.
Después de todo, esa persona tiene mucha experiencia en este tipo de cosas. Josie y yo…
—Sí, pero esa persona no es quien toma las decisiones finales. Soy yo —me interrumpió.
Josie entró entonces, con unos vasos de zumo de naranja, y nos quedamos callados.
—Liam tiene muchas ganas de conocer a Ariel —dijo ella, mientras situaba uno de los vasos delante de Noah, y me pregunté si habría oído la discusión y había venido a ayudar—. Llegarán en una hora y, mientras tanto, puedes ayudarme a preparar algo para almorzar luego.
Logan apretó la mandíbula un momento.
—Lo siento, Josie, pero ha habido una confusión respecto del programa para hoy. Noah vendrá con nosotros a la oficina.
Ella hizo una pausa y lo miró, confundida.
—Ah, ¿sí? Pero Nina dijo que la última vez que fue con vosotros se aburrió muchísimo, así que propuse que se quedara aquí conmigo mientras Diana y Liam venían de visita.
La tensión en su mandíbula pareció relajarse un poco.
—¿Ha sido idea tuya?
—Pues claro que sí —dijo ella, dejando un vaso de zumo ante Logan—. Nina estaba planeando sus comidas y actividades para el día, y todo parecía tan complicado, que sugerí que se quedara aquí con nosotros.
Vi cómo Logan intentaba asimilar aquella información, con el ceño fruncido. ¿Qué mosca le había picado?
—¿Qué quieres hacer tú, Noah? —preguntó Josie—. ¿Quedarte a jugar con Liam, o ir a la oficina?
Al pronunciar la palabra «oficina», Noah arrugó la nariz e hizo una mueca juguetona. A continuación, se puso de rodillas sobre la silla y levantó las dos manos.
—¡Jugar!
Josie lanzó a Logan una mirada de reprobación.
—Pues ahí lo tienes.
Logan me miró. Aún parecía descolocado por alguna razón, pero al menos ya no lanzaba miradas asesinas a nadie.
—En ese caso, supongo que se queda.
—Eso parece —respondí con delicadeza, y disfrutando mi pequeña victoria.
Josie me guiñó un ojo y se dirigió a la cocina.
—¿Dónde está Ariel? —preguntó Noah, inclinándose para mirar bajo la mesa.
—¿No la ves? —pregunté. La gatita nunca estaba muy lejos de su niño favorito—. Está aquí, pero está durmiendo en un lugar secreto.
—¿Dónde? —Movió la cabecita de un lado a otro mientras buscaba por el comedor.
Logan estaba tecleando en su teléfono, seguramente para avisar a la oficina de que Noah no iría.
—Vamos a jugar a frío o caliente para encontrarla —propuse.
—¡Vale!
—Pero cuando termines el desayuno —añadí.
—Uf —protestó él, pero volvió a coger la cuchara.
—Cómetelo con la costra de azúcar —dije, empujando el cuenco hacia él—. A tu padre le encanta.
Esperaba que aquello sirviera para que Logan volviera a participar en la conversación, pero él siguió a lo suyo.
Hasta se había vuelto hacia el lado contrario al que yo estaba, como si me hiciera un desprecio, pero seguía sin entender por qué.
¿Tan enfadado estaba por no llevar a Noah a su oficina?
¿O el problema era que yo lo había planeado sin hablar con él?
Hasta entonces, se había fiado de que yo tomara las decisiones adecuadas para su hijo, y no sabía qué había cambiado.
—Papá, ¿tú ves a Ariel? —preguntó Noah.
Por fin, Logan dejó el teléfono y miró a su alrededor. Vi cómo su mirada recaía sobre la gatita, acurrucada en un enorme macetero junto a la ventana y rodeada de los restos de un helecho al que había asesinado.
—Sí. Tres cucharadas más de gachas, y jugamos a frío o caliente.
—¡Vale! —Se metió la comida en la boca a toda velocidad y saltó de la silla, masticando todavía—. Vamos.
Su entusiasmo nos hizo reír a los dos, aunque sus modales dejaran mucho que desear.
—Te vas calentando —indiqué a medida que Noah iba avanzando por el comedor.
Solo hicieron falta unos minutos para que todo volviera a la normalidad y nos empezáramos a reír de las tonterías de Noah.
Aun así, tomé nota mental de intentar averiguar por qué Logan se había enfadado tanto por una cuestión tan poco relevante.
¿Era posible quedarse sin nada que decir? Porque, después de un día entero discutiendo planes en la oficina, con mi cerebro como epicentro de la tormenta, lo único que quería era ir a casa, ponerme unos pantalones cómodos, relajarme, y no hablar durante unas doce horas, al menos.
Y eso que a todo el mundo le habían gustado mis ideas.
Íbamos a hacer algo increíble, y yo estaba orgullosa de dirigir la iniciativa, pensando en todas las familias que se beneficiarían del plan.
Cuando por fin decidimos terminar, todo el mundo estaba tan ilusionado con los planes, que la mitad del grupo se quedó en la sala de reuniones para seguir charlando.
En lo que se refería a la zona de manualidades y creatividad, yo había encontrado una buena aliada en Grace, del departamento de marketing, que escribía novelas gráficas en su tiempo libre y también tenía una tienda de éxito en Etsy.
—Me encanta la idea de invitar a artistas a visitar la guardería —me dijo cuando, por fin, empezamos a recoger nuestras cosas—. ¿Puedo ser la primera?
—No sé si yo tomaré parte en esas decisiones —respondí con una risa—, pero hablaré bien de ti. Y es una coincidencia curiosa que te dediques a las novelas gráficas porque, últimamente, Noah está dibujando al estilo de los cómics.
—Anda, ¿sí? Eso me encanta, debes animarlo.
He oído hablar de un campamento organizado por Graphix, la empresa que publica esas novelas gráficas para niños tan increíbles.
Los autores hacen talleres y ayudan a los niños a aprender el arte de contar historias.
Es en Santa Monica, no muy lejos de aquí. Estoy segura de que le encantaría.
Tuve la impresión de que a Noah le encantaría pasar una semana dibujando cómics con sus héroes, aunque por ahora prefiriese pasar más tiempo en casa. Y tal vez podríamos pagar la estancia de Liam también, para que no fuera solo.
—¡Es una idea increíble! Le echaré un vistazo, sin duda. —Cogí mi teléfono—. ¿Cómo se llama?
Grace se echó a reír.
—Campamento Comix, con X. El nombre deja muy claro de qué se trata.
—Apuntado —sonreí, después de hacer una captura de su página web para recordarlo—. Muchas gracias por la idea.
Logan se acercó a nosotras.
—¿Nuevas ideas a estas horas? Me impresiona que sigáis discurriendo tanto.
—No queremos parar, y no podemos —dijo Grace con alegría—. Yo ya me marcho, pero me alegro de volver a verte, Nina. ¡Eres la incorporación perfecta a nuestro equipo!
Contuve una sonrisa cuando Logan me rodeó con un brazo. Su humor había cambiado por completo desde la crisis del desayuno.