Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 22 Logan #2
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22 Logan #2

—Como esto —suspiró Harrison, levantando un sencillo medallón de oro—. En la parte posterior pone: El amor no tiene edad. Me acuerdo de que papá se lo dio cuando cumplió los cuarenta y estaba tan preocupada por envejecer. Si os parece bien, me gustaría quedármelo para Gwen.

—Pues claro —respondí—. Tú eres el mayor, deberías elegir primero.

—Eh, no tan rápido —intervino Drew—. Me acuerdo de que mamá le dio algunas cosas a Miranda cuando os casasteis, así que, técnicamente, ya has elegido tú primero.

Mamá aún vivía cuando Harrison se casó con su primera mujer, pero siendo sinceros, todos sabíamos que la única razón por la que se había apresurado a casarse era para que nuestra madre pudiera asistir a la boda. Aquel matrimonio había estado maldito desde el principio.

Harrison gimió.

—Después del infierno del divorcio, sabes que no me gusta hablar de ella, pero debo admitir que hizo lo correcto con las cosas que mamá le dio. Lo devolvió todo sin discusión. Pero si te molesta tanto, puedes elegir tú primero.

Drew levantó las manos en gesto de rendición.

—Yo ya tengo lo que quería: el primer anillo de compromiso de mamá. A Emilia le encanta.

Los dos se volvieron a mí.

—Y eso te deja a ti, el soltero empedernido —dijo Harrison—. Hasta ahora. ¿Qué crees que le gustaría a Nina?

La pregunta me pilló desprevenido. Los dos sabían bien cómo había empezado nuestra relación, pero nos habían visto juntos, y era probable que estuvieran sacando sus propias conclusiones sobre cómo avanzaban las cosas entre nosotros.

Aun así, ¿estábamos ya en la fase de intercambiar recuerdos familiares?

—Y no se trata solo de Nina —añadió Drew—. Algún día, podrías tener una niña. ¿Quieres coger algo para tu futura hija?

—Eh, eh —reí—. ¿Quién te ha dicho que me planifiques la vida? ¿Una hija? Estoy muy bien con Noah.

—Mentiroso —murmuró Harrison por lo bajo—. Además, ¿qué opina Nina?

—Bueno, no hemos… No es un… —tartamudeé.

—Nos cae bien —insistió Drew—. Emilia quiere ser su mejor amiga.

—Gwen también —añadió Harrison—. Y resulta muy evidente que los dos os habéis encariñado bastante. Así que, ¿a qué vienen tantas dudas?

Había sabido que revisar el despacho de mi madre iba a hacer aflorar toda clase de sentimientos, pero no me había imaginado que tuvieran que ver con mi futuro con Nina.

A decir verdad, después de llevar meses intentando estabilizar a Noah y superar los días uno a uno, casi se me había olvidado el concepto de mirar adelante y tratar de imaginar un futuro.

En lo que se refería a Nina, estaba disfrutando de dónde estábamos sin pensar hacia dónde iban las cosas.

—No es nada serio —dije por fin.

—Ay, eso es terreno peligroso —me advirtió Harrison de buen humor—.

Sobre todo con Noah de por medio. Me he dado cuenta de que ya le ha cogido cariño, y tú no te comportas como si fuera algo informal.

La traes aquí siempre. No habéis establecido límites ni roles definidos, y esa es una forma segura de complicar las cosas muy rápido.

Qué poco me gustaba que se pusiera en plan paternalista.

—No tuvimos más opción que lanzarnos de cabeza a todo esto, ¿sabéis? —repliqué—. Y sí, las cosas van bien entre nosotros, pero todos sabemos que, en estas cuestiones, no hay ninguna garantía.

—Si va bien, acéptalo —observó Drew, encogiéndose de hombros, antes de empezar a rebuscar de nuevo en un cajón.

—No estoy seguro —insistí.

Me estaba mintiendo a mí mismo. Cada vez que miraba a Nina sentada delante de mí y ella me devolvía la mirada, compartíamos una sonrisa secreta, y no solo me parecía bien, sino que parecía sencillo. Y eso era parte del problema.

En mi experiencia, justo cuando empezaba a sentirme cómodo en una relación, ese era el momento en que todo solía irse a la mierda.

La conexión con Nina era mucho más fuerte que nada que hubiera sentido antes, y me preocupaba que fuera a dar lugar a una auténtica catástrofe cuando todo se fuera a pique.

Y siempre se iba a pique. Ya me había escaldado antes, y ahora me sentía muy escéptico sobre cómo eran las relaciones en realidad, por muy increíbles que parecieran las cosas con Nina.

—¿Quieres mirarlo al menos? —pidió Harrison, empujando hacia mí una bandeja de terciopelo negro llena de collares—. No quiero que, algún día, lamentes no haber cogido nada ¿vale? Aunque no se lo des a nadie, considéralo un recuerdo de mamá.

Su lógica era indiscutible. Tener una joya que ella hubiera llevado cerca de su corazón era otro modo de mantener vivo su recuerdo. Eché un vistazo a las diferentes opciones, cada una de las cuales era un pasaporte a un recuerdo.

—Este —dije, alzando el collar de Harry Winston que mi madre solía ponerse para las funciones benéficas.

Era un collar de diamantes en racimo, con cientos de piedras de diferentes tamaños en tallas pera y marquesa, situadas en distintos ángulos sobre una montura de platino.

En el centro había un único diamante rosa, muy raro.

El efecto era el de un ramillete de gemas brillantes alrededor del cuello de quien lo llevaba, con un punto de color en el centro.

—Buena elección —dijo Harrison asintiendo.

—Es demasiado bonito para guardarlo en tu caja fuerte —señaló Drew.

—Tendré en cuenta tu opinión —dije con sequedad.

Volví a dedicarme a catalogar lo que había en las bandejas, e intenté ignorar el hecho de que no dejaba de pensar en cómo le quedaría a Nina cada una de las joyas.