22 Logan
LOGAN
La comida en casa de mi padre resultó caótica de un modo poco habitual, aunque no por eso dejó de ser muy agradable. Por supuesto, habíamos acudido para continuar los preparativos para la mudanza, pero a mí me alegraba mucho ir a la casa y que nos reuniéramos todos.
Y con Nina allí, aún era mejor.
Tal vez se debía a que las chicas estaban de buen humor gracias al lanzamiento del último álbum de Scarlet Rush, y sus risas se estaban contagiando hasta a la pequeña Sophia, quien no dejaba de corroborar todo lo que decían con sus chillidos agudos.
O podía deberse a que Harrison había dejado a Noah probar un nuevo simulador de vuelo que había instalado en su teléfono y que los hacía soltar exclamaciones de alegría cada pocos minutos.
Mi padre lo observaba todo muy sonriente desde la cabecera de la mesa. Había pasado mucho tiempo desde que las paredes de aquella casa habían resonado con tantas risas, y resultaba bastante evidente que lo disfrutaba muchísimo.
Todo ello me hacía feliz y me ponía melancólico al mismo tiempo. El fin estaba muy cerca.
La mudanza era la razón por la que nos habíamos reunido de nuevo. Seguíamos empaquetando o tirando décadas de recuerdos, y avanzábamos despacio, porque no dejábamos de rememorar los viejos tiempos cada vez que alguna baratija evocaba alguna historia.
Miré a Nina, sentada a la mesa entre Emilia y Gwen, donde encajaba a la perfección.
Por supuesto, ellas la habían recibido con los brazos abiertos, porque mis hermanos habían encontrado unas mujeres increíbles, pero el mérito no era todo suyo.
Nina sabía cómo conectar con todas las personas a las que conocía, tanto si se trataba de un pasajero importante en uno de los cruceros, como de un mozo de equipaje cuyo trabajo era llevar las maletas a los camarotes.
La había visto apañárselas sin ninguna dificultad para llevarse bien con cualquier tipo de persona.
—Bueno, chicos, ¿podemos hablar de cómo organizar el trabajo durante el resto del día? —preguntó mi padre en voz alta—. Por agradable que haya sido la comida, sé que estáis ocupados y aún nos queda mucho por hacer hoy.
Todo el mundo se calló y se volvió a mirarlo.
—Hoy es un día importante —continuó—. Hay que ocuparse del vestidor y el despacho de vuestra madre.
Nadie dijo ni una palabra.
Cada uno de mis padres había tenido su propio vestidor junto al dormitorio.
Cuando murió mi madre, mi padre se había limitado a cerrar la puerta de acceso al de mi madre, y no la había vuelto a abrir.
El personal lo mantenía todo limpio, pero se había convertido en una cápsula del tiempo, con todas sus cosas tal y como las había dejado ella.
—Tú… ¿vas a ayudar también? —preguntó Drew.
Mi padre apretó los labios y negó con la cabeza.
—Prefiero recordar las cosas tal y como eran.
Confío en que tomaréis las decisiones adecuadas.
Pero antes de empezar a decidir si algo se guarda o se tira, me gustaría que las chicas pensaran en si les interesa quedarse con alguna cosa.
Alicia tiene una colección considerable de ropa de diseño, que os invito a examinar. Podéis quedaros lo que os apetezca.
Me fijé en que había hablado en presente, porque nuestra madre seguía viva en su corazón.
—Oh, eso es muy generoso, pero lo mío no es la ropa de diseño últimamente —dijo Gwen, mirando a Nina y Emilia.
—Yo no me siento cómoda aceptando nada —objetó Nina, en un pequeño recordatorio de que nuestra relación tenía fecha de caducidad.
—A mí me gustaría quedarme algo como recuerdo, pero he visto lo impresionante que es su colección.
Aunque me quedara un centenar de cosas, todavía quedarían muchas más —añadió Emilia—.
Hay cosas de Givenchy, Halston, Chanel, Dior…
¿Y si lo catalogamos todo y organizamos una subasta benéfica?
Podría ser a favor de un refugio para mujeres.
—Eso sería fantástico —respondió mi padre con una sonrisa—. Es justo la clase de gesto que ella apreciaría. Pero ¿os atrevéis a organizar algo así? Hará que todo sea aún más complicado.
—Yo me encargo, no es problema —aseguró Emilia, con una sacudida de la mano.
La oferta era muy generosa, porque el vestidor de mi madre era más bien un almacén muy sofisticado, protegido por numerosas puertas de cristal iluminadas y con una lámpara de araña colgando en el centro.
Revisarlo todo supondría mucho trabajo, pero me gustaba la idea de que el legado de mi madre fuera destinado a ayudar a mujeres con problemas.
—Maravilloso. ¡Gracias, Emilia! —Mi padre se volvió a nosotros tres—. Y mientras las chicas se encargan de eso, he pensado que vosotros tres podríais ocuparos de su despacho y revisar la documentación que haya allí. Mirad también lo que hay en la caja fuerte y llevaos lo que queráis.
Se trataba de la caja fuerte donde guardaba sus joyas, otra parte de su legado que requería atención especial.
—Por supuesto —dijo Harrison—. Nosotros nos encargamos, papá.
Terminamos de comer y nos dirigimos a las habitaciones de mis padres. Yo no había entrado en el despacho de mi madre en mucho tiempo, así que me preparé para los recuerdos que me asaltarían al entrar en aquel espacio tan bonito. Harrison fue el primero en pasar.
—Vaya —dijo al encender las luces—. Es como tener quince años otra vez.
Nos detuvimos en la puerta y observamos la habitación.
Cada centímetro reflejaba la visión de mi madre y, sobre todo, lo mucho que le gustaba el rosa.
El decorador y ella habían incluido toques de ese color en la habitación, y habían optado por un techo color maquillaje claro y una tela de un rosa muy sutil para las cortinas que flanqueaban las grandes ventanas.
La identifiqué en cada una de las decisiones, como su escritorio, situado delante de una ventana circular que daba al jardín, y una pequeña mesa rodeada de sillas cómodas que utilizaba para sus reuniones.
—Yo me ocupo del escritorio —dijo Drew—. Supongo que su asistente haría una limpieza inicial y nos dejaría las cosas más personales.
Harrison se volvió hacia mí.
—Vamos a ver la caja fuerte. ¿Te sabes la combinación?
—Sé que es un cumpleaños, pero no sé cuál —respondí, con el ceño fruncido.
Nos dirigimos al espejo que ocultaba la caja fuerte, lo retiramos con cuidado y miramos el teclado.
—Chicos, venid a ver esto —interrumpió Drew antes de que pudiéramos intentar abrirla—. Son fotos viejas.
Nos mostró un montón de fotos.
—No estoy seguro de querer verlas —murmuró Harrison—. Creo que deberíamos mantenernos centrados en el asunto.
Todos comprendimos lo que quería decir: ponernos a recordar viendo las fotos antiguas de mi madre podría retrasarnos e impedirnos completar la tarea.
—No, merece la pena. En dos palabras: océano Pacífico.
—Oh no —gemí yo—. ¿Viejas fotos de surf?
—Sí —rio Drew—. Al estilo antiguo, con peinados feos y cuerpos adolescentes raros, a todo color.
Nos dirigimos hacia él y nos fue pasando las fotos, riendo con cada una de ellas.
—Uf. —Harrison reaccionó como si alguien le hubiera dado una patada en el estómago—. ¿Por qué no nos dijo nadie lo ridículos que parecíamos?
Miré la foto que tenía en la mano y me eché a reír.
—Eres como una mezcla entre un surfero y un aspirante a héroe de acción de los años ochenta. Ese pañuelo no tiene precio, Karate Kid.
—Mírate a ti, Logan —dijo Drew, entregándome otra foto—. Muy en plan 007.
Sabía con exactitud a qué época se estaba refiriendo, sin siquiera ver la foto.
Durante mi primer año de instituto, había pasado unos seis meses vistiendo con chaquetas de traje porque pensaba que me hacía parecer más distinguido y adulto.
Era evidente que ser el hermano más pequeño me había afectado.
—¿Dónde están las fotos de tus peores años, Drew? —pregunté—. No finjas que no existió la era del pelo largo.
Él siguió pasando las fotos.
—Aquí no veo ninguna. Supongo que siempre fui así de interesante.
—Mentiroso —dijo Harrison, y se abalanzó sobre él para quitarle las fotos.
Los dos rieron mientras peleaban, hasta que Harrison logró arrebatarle unas cuantas fotos.
—¡He encontrado una! —gritó, levantando una foto—. ¡La fase emo de Drew!
—Maldita sea. —Drew dio una palmada al escritorio—. Quémala.
Cogí la foto de manos de Harrison.
—No está tan mal, aunque llevar esmalte de uñas negro y una camiseta negra con agujeros no es suficiente para ser gótico. Es, más bien, un gótico ligero.
—Mamá no me dejaba teñirme de negro —suspiró.
—Vaya trauma —me burlé—. ¿Vas a escribir un poema triste sobre ello?
Me miró con enfado fingido y luego abrió otro cajón.
—Más fotos, y un montón de trastos. Era como una ardillita que escondía sus tesoros. Mirad.
Levantó un pequeño dispensador de chicles de plástico con forma de bola, dentro de la cual había un pequeño troll con el pelo rosa.
—Estoy seguro de que significaba algo para ella —dijo Harrison—. No me sorprendería que hubiera más cosas así en la caja fuerte, junto a sus diamantes. ¿Preguntamos a papá por la combinación?
—Dejémoslo al margen —propuse—. Podemos ir probando.
—No hace falta —dijo Drew leyendo un pequeño trozo de papel—. Está en código, pero parece que la combinación es el mes de nacimiento de Harrison, el día de mi cumpleaños y el año en que tú naciste.
—Es muy propio de ella dejar la combinación de la caja fuerte con las joyas a solo unos pasos de ella —reí yo.
—Se fiaba de todo el mundo, solo veía lo mejor de cada persona —murmuró Harrison, mientras tecleaba la combinación.
La puerta se abrió con un pitido metálico. A mi madre le encantaban las cosas brillantes, y las cuatro estanterías abarrotadas en el interior de la caja fuerte lo demostraban.
—¿Por qué no se ha ocupado papá de todo esto? —preguntó Harrison, que había sacado una bandeja llena de anillos.
—Estará cansado de tomar decisiones —sugerí—. No sabría si quedárselas, venderlas, regalárselas a sus amigos o cederlas a una subasta. Es más fácil ignorarlo todo. Y luego está la carga emocional, porque estoy seguro de que cada pieza le recuerda algo.