20 Logan
LOGAN
Me quedé en la puerta de la cieloteca, escuchando cómo Nina le leía a Noah una historia sobre un grupo de gatitos ladrones.
A mi hijo aún le interesaban los dinosaurios, pero desde que habíamos acogido a Ariel, los gatos habían ido ganando terreno.
La gatita le seguía a todas partes y, cuando asomé la cabeza por la sala, no me sorprendió verla hecha un ovillo en su regazo.
Lo que sí me sorprendió fue la oleada de ternura que me invadió al ver a los tres acurrucados juntos.
Aunque aún no podía definir lo que estaba ocurriendo entre Nina y yo, no podía negar que lo que veía en ese momento era muy, muy real.
Ella le hacía mucho bien a Noah y, siendo sincero conmigo mismo, nos lo hacía a los dos.
Nina alzó la vista y encontró mis ojos, como si hubiera sentido que la miraba.
—Hola —dijo ella.
—¡Papá! —exclamó Noah al verme—. Estamos leyendo Aventuras gatunas con Ariel. ¡Ven a verlo!
Me acerqué a ellos y escuché mientras me explicaba el código de honor de los gatitos ladrones.
—Y el próximo libro trata de cómo montan una banda con perros callejeros —terminó—. Se llama Perros malos y gatitos bandoleros.
—Caray —murmuré—. Justicia callejera. Me encanta.
Me agaché para acariciar a Ariel, que abrió un ojo para mirarme, como si la estuviera molestando.
—Noey, ¿te acuerdas de la señora Miller? —le pregunté—. Te cuidaba hace mucho tiempo.
—Sí —asintió él—. Es muy divertida.
Sí que lo era y, en otras circunstancias, habría aceptado ser su niñera a tiempo completo, pero las responsabilidades con sus nietos no le dejaban tiempo suficiente para el trabajo.
—Bueno, pues esta noche va a venir a quedarse contigo mientras Nina y yo vamos a una reunión.
Había aprendido por las malas que Noah quería participar en todo lo que Nina y yo hacíamos juntos, salvo que se tratara de trabajo. Por supuesto, organizábamos visitas al zoo o al parque para dar imagen de familia, pero él había terminado por pensar que debíamos hacerlo todo juntos.
—¿Reunión? —preguntó Nina, preocupada—. ¿Por la noche?
—Considéralo el equivalente del Club de Presidentes, por un trabajo bien hecho —respondí, guiñándole un ojo.
Mi referencia al premio que entregaba la empresa a los empleados con alto rendimiento le ayudó a entender que le estaba ofreciendo una noche libre muy merecida.
—Entendido —asintió ella, y frotó la espalda de Noah—. Sí, peque, va a ser una reunión superaburrida. Te divertirás más aquí con la señora Miller. A lo mejor podéis probar esas pinturas nuevas que brillan en la oscuridad.
—¡Vale!
Noah dejó a Ariel con cuidado en el suelo y se alejó corriendo.
—El Club de Presidentes, ¿eh? —murmuró Nina—. ¿De verdad crees que me lo merezco?
—Claro que sí, joder. Creo que los dos nos hemos ganado un poco de diversión.
Nos miramos a los ojos un momento, porque la última vez que nos habíamos divertido juntos, terminamos casados.
—De acuerdo, muy bien. ¿Qué me pongo?
Tuve que contenerme para no soltar algo muy inapropiado.
—Nada muy arreglado. Quiero que esta noche vayas cómoda.
—Umm —murmuró ella—. Déjame pensar.
En una de nuestras excursiones familiares, habíamos ido a un centro comercial para ayudarle a completar su limitado vestuario.
—¿Es una salida en grupo? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—¿Qué clase de zapatos necesito?
—Sin tacones.
Ella hizo una mueca encantadora.
—Vale, dame veinte minutos.
Me fijé en que Nina no me había preguntado a dónde íbamos, y esa era una de las muchas cosas que me gustaban de ella.
Se apuntaba a todo, aunque lo de esa noche no sería demasiado para ella.
Al cabo de un rato, apareció en el vestíbulo vestida con una camisa blanca muy amplia y unas mallas negras, con un aspecto lo bastante cómodo como para la noche que nos esperaba.
El trayecto al puerto deportivo nos llevó algo más de treinta minutos, y perdí la cuenta de las veces que la miré de reojo durante ese tiempo.
—¿Estás de broma? —preguntó riendo cuando llegamos a nuestro destino.
—¿Por qué? Los barcos son mi vida —dije, mientras aparcaba en mi lugar habitual.
—Eres una especie de adicto.
—Culpable —admití, sonriendo ante su franqueza.
Subimos a mi yate, saludamos a la tripulación y nos dirigimos a la cubierta superior.
—Una vista espectacular —dijo Nina, que se dirigió a la borda para admirar el sol poniente sobre un cielo rosa brillante—. ¿Vamos a quedarnos en el puerto?
—En absoluto. Vamos a hacer un pequeño crucero para cenar en altamar.
—¿Has organizado todo esto para mí? —preguntó, levantando la vista para mirarme con dulzura.
—Te lo mereces, Nina —respondí en voz baja—. Has estado haciendo dos trabajos, ocupándote de Noah y manteniendo las apariencias en nuestro matrimonio. Te lo agradezco mucho.
—Tampoco es tan difícil —resopló ella—. Noah está avanzando muchísimo, y fingir estar casada contigo…
—No es a lo que te apuntaste —terminé la frase por ella.
—No, no lo es —repuso, sin apartar la vista del horizonte—. Pero he llegado a apreciarlo. Como marido temporal, eres bastante bueno.
El cumplido me dejó sorprendido.
—Gracias.
Nina se volvió a mirarme, y la intensidad de su mirada me resultó familiar. Estaba bastante seguro de que me había mirado de ese modo antes, pero los detalles del recuerdo eran muy borrosos. Me molestaba no poder recordar cada segundo de la noche que pasamos juntos.
—Tu futura esposa de verdad será muy afortunada.
El comentario me sentó como un puñetazo. Las palabras eran amables, pero no eran en absoluto lo que esperaba, aunque me recordaron otro aspecto de nuestro acuerdo.
—Hablando de… —Metí una mano en el bolsillo y saqué una pequeña bolsita negra de terciopelo—. Ya iba siendo hora de darte esto.
Ella dio un paso atrás.
—No has…
—Era necesario. La gente no dejaba de preguntar por tu anillo de compromiso, así que es mejor hacer la representación aún más oficial. —Miré por encima de mi hombro y vi al personal muy ocupado dentro de la cabina—. Se me hace un poco raro ponerme de rodillas, dado que ya estamos casados, pero…
Rebusqué en la bolsa hasta sacar un anillo que esperé que le gustara. Nina se quedó mirándolo, con la boca abierta.
—Logan —jadeó por fin—. Pero ¿qué diablos…?
—Supongo que te gusta —reí—. Es un corte esmeralda de seis quilates, engarzado en oro. En general me gusta más el platino, pero como ya tienes la alianza de oro…
—Es tan grande que me da miedo. —Soltó una risilla azorada—. Un momento, eso ha sonado un poco guarro. Quería decir que el diamante es muy grande.
—Eh, acepto el comentario en cualquiera de sus significados —respondí, riendo con ella—. Dame la mano, por favor.
Nina miró a su alrededor antes de tenderme una mano temblorosa.
—¿Estás nerviosa? —pregunté en voz baja.
—Pues claro. Estás a punto de ponerme un anillo que, sin duda, cuesta lo que dos años de mi salario. Estoy aterrada. ¿Y si lo pierdo, o lo rompo?
—Para —la reprendí con dulzura—. Si pasa algo, pues pasa. Para eso están los seguros, así que no te preocupes. Y ahora, vamos a hacerlo oficial.
Le puse el anillo en su dedo esbelto y lo giré para centrarlo perfectamente.
—Caray —suspiró ella, y levantó la mano para moverla un poco y admirar el anillo desde todos los ángulos—. Estoy enamorada.
Oírla decir esas palabras hizo que se me parase el corazón.
Era una tontería emocionarse por un comentario casual, porque también había admitido enamorarse de la mantequilla de cacahuete orgánica que habíamos comprado en el mercado de productos locales, pero no podía negar que escucharla referirse al amor me provocó una cierta sensación.
—Me alegro de que te guste —dije al fin.
—Disculpen, señor y señora Ashford.
Nos volvimos para ver a Peter, el sobrecargo, sonriéndonos desde la puerta.
—Estamos listos para servir la cena en cuanto quieran.
—Esta vista es maravillosa, pero me muero de hambre —susurró Nina hablando por un lado de la boca.
Su entusiasmo me hizo reír de nuevo.
—Gracias, Peter. Ahora vamos.
—¿Puedo traerles algo para beber? —preguntó Peter—. ¿Un cóctel? ¿Una copa de vino?
—Yo solo quiero agua con gas —pedí.
Quería mantenerme sobrio esa noche y, además, solo el hecho de estar con Nina ya me alteraba bastante.
—Otra para mí —pidió ella también.
¿Estábamos pensando lo mismo?
Pasamos la cena riendo, sobre todo al comentar las travesuras de Noah.
Mi hijo parecía estar encontrando el equilibrio de nuevo, y yo atribuía el cambio a la presencia tranquilizadora de Nina.
Pero también hablamos de otras cosas, como los viajes que habíamos hecho, los lugares en los que habíamos estado, los sitios a los que queríamos ir, aquellos a los que no volveríamos por nada del mundo y los destinos que repetiríamos.
Y de temas al azar, como superhéroes favoritos, dibujos animados de cuando éramos pequeños o cereal preferido para el desayuno.
No recordaba la última vez que había sonreído tanto y, para cuando llegamos al postre, casi me dolían las mejillas.
—¿Podemos salir un rato a la cubierta? —preguntó Nina después de terminarse la última cucharada de su sorbete de fresa—. Hace una noche preciosa.
—Por supuesto.
Me puse en pie de un salto para apartar su silla de la mesa, y me alegré de tener la cabeza despejada.
Todo lo que ocurriera a partir de ese momento sería intencionado.
Confié en no estar interpretando mal las señales que me había estado transmitiendo durante la cena, como cuando la pillé mirándome, o el momento en que nuestras piernas se habían encontrado por debajo de la mesa, y ninguno de nosotros se había apresurado a apartarlas.
Salimos a la cubierta y, como siempre, las estrellas parecieron más brillantes sobre el agua de lo que lo eran sobre la tierra. La luna parecía estar tan cerca como para poder tocarla con la mano. Nina dejó escapar un largo suspiro al apoyarse sobre la barandilla.
—Ha sido una noche perfecta. Muchas gracias, Logan. No era necesario que lo hicieras.
—Por supuesto que sí —respondí con rapidez—. Quiero que sepas hasta qué punto agradezco lo que estás haciendo por nosotros. —Hice una pausa—. Por mí.
Nina se estremeció y se rodeó el cuerpo con los brazos.
—¿Tienes frío? —pregunté.
Me habría gustado tener un abrigo para ponerlo sobre sus hombros. Tomarla en mis brazos y apretarla contra mí sería un tanto atrevido, pero no podía pensar en otra cosa.
Ella asintió y me miró con los ojos llenos de… ¿Qué? ¿Expectativas? ¿Esperanza?
Esperé que se rompiera el hechizo, o que uno de nosotros apartara la vista, pero nos quedamos donde estábamos, mientras el viento agitaba sus rizos sobre su cara.
Extendí una mano para apartar un mechón de su mejilla, y noté cómo se relajaba bajo mi mano.
Cerró los ojos, y pareció saborear mi contacto.
—Me gustaría que esta noche no terminara nunca —murmuró, acercándose a mí.
Era ahora o nunca.
—No tiene por qué terminar —dije.
Ella abrió los ojos.
—Y qué hay de…
—La señora Miller se quedará toda la noche. Se ha traído sus cosas.
Nina pareció confusa durante un momento, y miró al interior del barco.
—Estás diciendo que podemos…
Asentí y contuve la respiración. Me estaba muriendo por ella, pero no quería presionarla.
—Sí —suspiró ella, con un alivio y un deseo evidentes—. Oh, Dios mío, sí.
Sin esperar más, la tomé en mis brazos, mi boca encontró la suya, y me besó con tantas ganas que casi me eché a reír.
Por suerte, la tripulación ya había retirado los platos de la cena y había desaparecido, así que no tuvimos testigos que observaran la torpeza con la que atravesamos la cabina y nos dirigimos a mi camarote.
Nina caminó de espaldas, agarrada a mi cuello, hasta que la cogí en brazos para recorrer el pasillo con ella. La necesitaba desnuda, ya.
—Me estaba muriendo por ti —susurré, besándole el cuello.
—Y yo —respondió ella.
Por fin, abrí la puerta de una patada y la dejé sobre mi cama. Ella me miró desde abajo, jadeando como si acabara de terminar una carrera.
—Eres preciosa.
—Entonces, deja de mirarme y fóllame —pidió.
Mi polla estaba a punto de reventarme los pantalones. Nina se quitó la camisa, que ya se había deslizado de sus hombros, y se arrancó las mallas para quedarse con un juego de sujetador y braguitas color rosa neón que hacía brillar su piel.
—¿Estás de broma? —logré decir al verlo.
—Las metí entre el resto de ropa el día que fuimos de compras —explicó con una risilla—. Esperaba que los vieras.
Me empecé a desnudar a toda prisa. Nina deslizó las manos por su propio cuerpo mientras observaba cómo intentaba quitarme los calzoncillos, lo que me hizo sentir aún más torpe. Cuando deslizó una mano entre sus piernas, logré por fin liberar de ellos una erección casi dolorosa.
—No. Déjame —gruñí, situándome sobre ella.
Aparté su mano y encontré la deliciosa calidez entre sus piernas. Solo ese contacto fue suficiente para arrancarle un pequeño gemido. Me incliné para susurrarle al oído.
—Dime qué quieres que te haga.
—Lo que quieras —respondió con voz temblorosa—. Soy tuya.
No necesité oír más. Extendí el brazo hacia la cómoda, cogí un condón y me lo puse.
Después, metí una mano en el elástico de su ropa interior, di un tirón y la delicada tela cedió.
Cuando miré su precioso cuerpo, recordé que no necesitaba apresurarme.
Tenía toda la noche por delante para disfrutar de ella.
—¿Por qué paras? —preguntó Nina, que se había incorporado sobre un codo y parecía fastidiada, de un modo adorable.
—Estoy yendo demasiado rápido —admití—. Intento obligarme a ir más despacio para disfrutarlo, porque quiero saborear cada segundo de lo que vamos a hacer.
Nina separó las piernas, para mostrarse a mí y provocarme aún más. Lo tomé como una invitación y me puse de rodillas delante de ella.
—Logan —dijo en una inhalación aguda cuando mi boca conectó con su clítoris.
Ella puso las piernas sobre mis hombros y yo le hice el amor con la lengua, mientras ella gemía mi nombre una y otra vez.
Con solo escuchar cómo se corría, estuve a punto de hacerlo yo también, pero me obligué a aguantar.
Necesitaba hundirme en su cuerpo y experimentar a fondo todas las sensaciones que, hasta entonces, solo había sido capaz de percibir a través de fragmentos de recuerdos inciertos.
—Más —susurró ella—. Te deseo, Logan. Todo tú.
Yo seguía de rodillas delante de ella, así que le di un último beso, y luego empecé a subir por su cuerpo.
—¿Estás lista? —pregunté, situando mi polla en su entrada húmeda.
Ella se limitó a gemir como respuesta y, cuando me introduje en su interior, los dos dimos un respingo. Percibí el destello de una sensación recordada —ya habíamos hecho eso antes—, pero la realidad de lo que estaba sintiendo era mucho mejor de lo que había soñado.
Entonces comprendí que, después de ese momento, nunca volvería a ser el mismo.