Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 19 Nina
54%

19 Nina

NINA

Era absurdo sentirme nerviosa. Aquellas mujeres eran agradables y auténticas, y parecía que querían de verdad ayudarme a sentirme cómoda durante mi primera visita a la casa familiar.

Así que, ¿por qué no dejaba de repasar cada palabra que había salido de mi boca?

¿Por qué estaba evitando los aperitivos dispuestos en la larga mesa de teca?

Al menos, podía centrarme en Noah, que estaba chapoteando en aquella piscina tan maravillosa. Entre los jardines que la rodeaban y el tobogán de agua construido en las rocas, parecía digna de un hotel Ashford.

—Noah, nadas muy bien. Eres muy valiente —dijo Candace al verlo pasar dando brazadas—. Tal vez sea hora de tomárselo en serio y ponerte un profesor de natación.

Había estado en el agua con él durante mucho tiempo, pero se había sentado en el borde de la piscina para hablar con nosotras un rato. Al decir aquello, me miró por encima del hombro porque, claro, la vida de Noah era de mi competencia, al menos por un tiempo.

—Buena idea. Miraré a ver si ofrecen clases en el gimnasio.

Gwen sacudió la cabeza.

—Sería mejor un profesor privado. Estoy segura de que Harrison conocerá a algún nadador olímpico que haya volado con su empresa. Podrías empezar por ahí.

Tragué con dificultad. ¿Un nadador olímpico como profesor privado? No podía dejar de recordarme que estaba en un mundo diferente, en el que las mujeres que me rodeaban parecían encajar a la perfección.

Candace encajaba, sin ninguna duda. Representaba el epítome de la elegancia y la clase, incluso recién salida de la piscina.

De algún modo, después de secarse al aire, su precioso pelo blanco seguía tan bonito como cuando me había recibido en la puerta recién peinada.

Logan no me había hablado mucho de ella, pero me moría por saber más.

Por su parte, Gwen parecía tan ideal como una influencer, y con Sophia, el bebé que tenía en el regazo, eran la viva imagen de la perfección doméstica. Logan me había dicho que ella se había tomado un tiempo para dedicarse al bebé, pero que era un genio de las relaciones públicas.

Emilia había dicho algo sobre su tortuga mascota, lo que me sorprendió mucho, pero tal vez ella era la excéntrica de la familia y los demás aceptaban su estilo de vida bohemio.

Y eso me dejaba a mí, con mis mallas de supermercado y una camiseta a juego. La nómada, que no sabía lo que se sentía al tener un hogar.

—Oye, Nina, ¿estás bien? —me preguntó Gwen—. Sé que esta familia puede resultar demasiado. Yo he estado justo en tu lugar.

Era evidente que me había dejado llevar por la preocupación. Las tres se volvieron para mirarme con atención y, al notar lo fruncido que tenía el ceño, me apresuré a convertirlo en una alegría que resultara más aceptable.

—¿Yo? —dije, con un graznido—. Estoy bien. Solo un poco… abrumada, supongo. No estoy acostumbrada a... —Señalé a nuestro alrededor—. Todo esto.

Emilia se echó a reír.

—Lo entiendo. A mí me costó un tiempo sentirme integrada aquí.

—Sí, yo igual —corroboró Gwen—. Y yo fui la primera «intrusa» en esta familia.

Te puedo asegurar que los hombres Ashford son únicos en su clase.

Al principio, su relación era una especie de mezcla rara entre odiarse unos a otros y estar desesperados por que los demás los validaran, todo a la vez.

¡Y no veas cómo ocultan sus emociones auténticas!

Yo tuve que hacer un esfuerzo para derribar las defensas de Harrison.

Creo que, como familia, han superado una etapa, pero sigo pensando que… son distintos de los demás.

—Y que lo digas —rio Candace.

Noté algo de melancolía en su tono.

—Sí, los chicos han sido muy duros contigo —confirmó Gwen—. Y no ha sido justo. Harrison y yo hemos hablado de ello bastante, y él lamenta no haberte recibido mejor.

Candace se puso en pie y cogió su pareo color azul cielo.

—Lo comprendo. Ellos adoraban a su madre y no soportaban la idea de ver a su padre con otra persona, así que me rechazaron. Para mí no resultó fácil, pero creo que ahora todo va mucho mejor.

Se puso el pareo y se inclinó para coger a Sophia de brazos de Gwen. Parecían tener una relación muy cómoda y natural, como si fueran parientes de sangre. Noté una punzada. Tal vez sería mejor que no me implicara, dado que ese estilo de vida no me iba a durar mucho.

—¿Y qué problemas familiares tienes tú? —me preguntó Emilia—. Todos tenemos alguno, y los traumas unen mucho.

Su franqueza me hizo reír. Sí, yo tenía bastante de eso.

—Bueno, no tengo hermanos —empecé—. Mi amiga Tasha es como mi hermana, en realidad.

No merece la pena mencionar a mi padre, ni siquiera recuerdo cuánto hace que no lo veo.

Y si tuviera que resumir a mi madre con una sola palabra, sería «nómada».

Va allí donde hay trabajo, así que dejó de pagar el alquiler y ahora se dedica a viajar por el mundo en una camioneta.

Cuando era pequeña, solía decir que nuestra casa estaba bajo el cielo, y entonces me parecía bien pero, al crecer, necesité más…

—Estabilidad —terminó Gwen por mí—. Lo entiendo. Mi padre tuvo problemas de adicción y, durante un tiempo, las cosas fueron muy precarias, y lo único que yo quería era una vida estable.

Esperé que no se me notara mucho la sorpresa. Gwen parecía tan segura de sí misma, que había asumido que su vida habría sido muy fácil.

Durante unos minutos, solo se escucharon los arrullos del bebé y las salpicaduras de Noah en el agua.

—Lo que importa es dónde estamos ahora —dijo Candace, y luego bajó la voz y se acercó un poco—. Todas estamos intentando asimilar estos grandes cambios en nuestras vidas y, Nina, ya se nota que estás siendo una influencia muy positiva para Noah y su padre.

—Estoy de acuerdo —confirmó Emilia—. Es muy evidente. Noah parece mucho más feliz y estable ahora. —Sacudió la cabeza y sonrió—. Y el cambio en Logan es como la noche y el día. Eres buena para ellos, te necesitan.

Gwen asintió.

—Me gusta más esta versión de Logan. Parece más relajado, y te considero responsable de ello.

El sentimiento era muy dulce, y tenía sentido, porque eso era a lo que me dedicaba.

Yo hacía la vida más fácil a quienes me rodeaban.

En el trabajo, con mis amigos y, evidentemente, con mis antiguos novios.

Mi destino en la vida era arreglar las cosas, y ser quien intervenía para hacer que todo fuera más fácil.

Yo era quien lograba que las cosas funcionaran, pero a veces me habría gustado ser quien recibía el cuidado y la atención de los demás, para variar.

—¡Nina! —gritó Noah—. ¡Mírame!

Cogió carrerilla y saltó a la piscina, en la que cayó con un golpe de tripa que debió doler bastante.

—Uf —comentó Emilia con una mueca—. Eso va a dejarle una marca.

—¿Estás bien? —le pregunté cuando volvió a salir.

Me preparé para una rabieta, pero Noah salió a la superficie escupiendo agua y sin alterarse.

Era muy distinto del niño al que había conocido al comenzar el crucero, ese niño que se quedaba siempre en segundo plano, evitaba el contacto visual y tenía miedo del mar.

Ese nuevo Noah parecía no tener miedo a nada, y aunque a mí me parecía estar conociendo a un niño distinto, él debía haber sido así antes, a juzgar por cómo lo trataban las demás mujeres.

Y, según ese grupo, en parte volvía a ser como antes gracias a mí. No sentía presión, ni nada.

—Candace, ¿cómo va la venta de la casa? —preguntó Gwen—. Harrison dice que Oliver no le da una respuesta clara. ¿Nos lo puedes contar tú?

Candace situó mejor a la pequeña Sophia en su regazo y se recostó en la hamaca con un suspiro.

—Ojalá pudiera. Oliver sabe que vender la casa es la decisión adecuada, pero parece que algo se lo impide.

Creo que son los recuerdos. Vender la casa es como reconocer que Alicia se ha ido de verdad, y me parece que el recuerdo de ella que hay en este lugar le reconforta. Si se muda, lo perderá todo.

—Lo perderán todos ellos —murmuró Emilia—. Esta casa conserva el aura de Alicia. Me habría encantado conocerla. Parece una mujer increíble, le encantaban los animales.

—Y era muy generosa con las obras de caridad —confirmó Candace—. Durante mucho tiempo, ni siquiera hizo públicas sus donaciones. Y no eran solo financieras, también se arremangaba y echaba una mano por sí misma.

Me impresionaba mucho el que Candace no se sintiera amenazada por la difunta esposa de Oliver.

Una mujer menos segura de sí misma podría haber intentado forzar las cosas y acelerar el proceso de mudanza, pero Candace parecía satisfecha con permitir a Oliver procesar a su ritmo lo que supondría el traslado para él y sus hijos.

—Echaré de menos esta casa —dijo Gwen, mirando el paraíso en el que estábamos—. Me imaginaba a Sophia viniendo de visita de vez en cuando mientras crecía. Al menos, Noah recordará lo mágico que es este lugar.

Todos miramos al pececillo nadando en la piscina, que en ese momento intentaba hacer el pino en la parte menos profunda.

Sophia empezó a gimotear y Candace se la devolvió a su madre, con lo que el bebé se calmó enseguida.

Yo no dejaba de recordarme que aquel escenario idílico tenía fecha de caducidad para mí.

Aunque permaneciera en la vida de Logan y Noah, solo lo haría como empleada, y ni siquiera sabía cómo se desarrollaría aquel cambio.

—Bueno, Nina —empezó Emilia, con una mirada juguetona—. ¿Podemos cotillear un poco? Porque Drew me ha contado su versión de lo que ocurrió entre Logan y tú durante el crucero, pero es evidente que se dejó un montón de cosas interesantes. ¿Nos cuentas los detalles?

Sentí el peso colectivo de sus miradas; hasta la pequeña Sophia me miró, ansiosa por saber cómo había acabado siendo su tía provisional.

—Bueno… —Mi mente se llenó de visiones de mi jefe desnudo, y enrojecí. No eran imágenes completas, solo destellos de recuerdos ardientes—. ¿Podemos echarle la culpa al alcohol?

—Bueno, yo opino que el alcohol solo sirve como excusa para realizar nuestros deseos más ocultos —dijo Candace con un guiño.

—Exacto —dijo Emilia con rapidez—, así que doy por hecho que había una atracción innegable entre vosotros dos y la bebida os dio la excusa para lanzaros. ¿Cómo fue la ceremonia? Me imagino que el oficiante sería Elvis.

—Fue en Nésion, no en Las Vegas —le recordó Gwen.

—Ojalá me acordara —dije, encogiéndome de hombros con impotencia.

—¿No te acuerdas de nada? ¿Tanto habías bebido? —Gwen no pudo ocultar su sorpresa.

—No —respondí enseguida—. No del todo. Seguramente no nos habrían permitido casarnos si hubiéramos estado tan mal. Y no olvidéis que, para una boda, se necesitan un novio y una novia. Un cierto señor Ashford también se encontraba bajo los efectos del ouaca.

—No me puedo creer que el impasible Logan Ashford se dejara llevar de ese modo —observó Candace, sacudiendo la cabeza—. Pero, por lo que he visto, a ese hombre le hace falta un poco de diversión. Ya lo ha pasado bastante mal.

Gwen estiró el cuello para mirar mi mano.

—¿Cuándo te va a dar un anillo de compromiso como es debido? Si queréis convencer a la gente de vuestra relación, necesitas un pedrusco en ese dedo.

—Sí, tendremos que ocuparnos de eso en algún momento —confirmé, mirando la alianza de oro—. Pero la verdad es que me gusta la sencillez de este anillo. No estoy acostumbrada a llevar joyas.

—Estoy segura de que, cuando llegue el momento, habrá un anillo enorme —rio Emilia, con una ceja levantada—. Y, hablando de enorme, ¿recuerdas algo de esa parte de la noche?

—¡Emilia! —Candace fingió reprenderla, riendo.

—¿Qué? Dos personas borrachas y atractivas, en la noche de su boda accidental y en una suite gratis es una receta segura para que ocurran cosas excitantes.

—Chicas, lamento informaros de que tampoco recuerdo mucho de eso.

Aparte de los tres orgasmos que había tenido, y la forma en que había sonado su voz susurrándome al oído. Aquellos recuerdos eran suficientes para alimentar mis fantasías.

—Tal vez deberíais repetirlo —propuso Emilia.

Balbuceé tratando de pensar en una respuesta adecuada, pero entonces, Noah se acercó a donde estábamos sentadas, chorreando agua.

—Tengo f-f-fr-ío —dijo—. ¿Me dais una toalla, por favor?

—Noah, ¡tienes los labios azules! Ven aquí —lo llamé.

Cogí una toalla gruesa, lo envolví con ella y él se apretó contra mí.

—Esto es normal para él —dijo Gwen—. Dale cinco minutos y volverá a meterse en el agua.

Normal. Ja. Lo que estaba viviendo yo misma era cualquier cosa menos eso. Aquellas mujeres que me apoyaban, ese escenario tan bonito. El niño adormilado en mi regazo…

Y el hombre guapísimo que atravesaba el césped hacia nosotras, acercándose como mi propio señor Darcy.