Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 18 Logan #2
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18 Logan #2

—Oooh —comentó fingiendo un puchero—. ¡Pobrecito! Supongo que la buena noticia es que has mejorado la técnica.

Demasiado tarde, se dio cuenta de lo que había admitido, pero me había dado una oportunidad y decidí aprovecharla.

—¿Sí? ¿Tú crees?

—Bueno, eso creo… No estoy segura de recordarlo bien —dijo con coquetería—. El de la rueda de prensa fue superrápido.

Estábamos sentados sobre la cama, uno junto al otro, con los muslos pegados, y Nina me estaba mirando con esperanza, y con sus bonitos labios un poco fruncidos.

—Entonces, el deber me exige refrescarte la memoria —dije en voz baja.

Me incliné hacia ella despacio y deslicé la mano por su mandíbula para acercarla. Me detuve con los labios a unos centímetros de los suyos, para asegurarme de que no la había interpretado mal.

—¿Puedo? —murmuré.

—Eres mi marido —sonrió ella—. Por supuesto.

Y así, empezamos a besarnos como si lo hiciéramos todos los días.

Ella me rodeó el cuello con las manos y enredó los dedos en mi pelo.

Yo la empujé con cuidado sobre la cama y me situé encima de ella.

Al besarla, me inundaron los recuerdos de sensaciones, como la de tenerla desnuda debajo de mí, gritando mi nombre.

Un simple beso habría sido suficiente para excitarme pero, en aquella situación, tumbado encima de ella y notando que deseaba más, me puso como una piedra en un instante.

Entonces, ella empezó a deslizar una mano por mi cuerpo hasta llegar a la hebilla de mi cinturón.

—Nina —dije con voz ronca—. ¿Deberíamos?

Ella se estiró para llegar de nuevo a mi boca, lo que interpreté como una respuesta afirmativa. Nos volvimos a perder en el beso, mientras ella se peleaba con mi hebilla, hasta que escuchamos unas voces que se acercaban desde abajo. Me aparté y apoyé la cabeza sobre su hombro.

—Mierda. Ya han llegado, y van a venir a buscarnos.

—No quiero parar —susurró Nina.

—Créeme, no tenemos otra opción —gruñí contra su cuello, fastidiado.

Nos desenredamos despacio y me tomé unos minutos para pensar en cereales y balances financieros, para intentar calmar mi desaforada erección. Nina se acercó al espejo para arreglarse el pelo.

—Adiós a mi pintalabios —rio al ver su imagen.

Hicimos lo posible por recomponernos, inspiramos hondo y volvimos a bajar las escaleras.

—La pareja del momento —exclamó Drew cuando entramos en el salón, donde estaban todos reunidos—. ¡Me alegro de poner cara a tu voz, Nina!

Se me había olvidado la llamada de emergencia a mi hermano la mañana después de nuestro matrimonio accidental.

Después de hacer las presentaciones, y de admirar a la pequeña Sophia, las chicas se llevaron a Nina a un lado para lo que imaginé que sería una especie de interrogatorio amistoso.

—Empezaremos desde arriba —dijo Harrison con la autoridad que le daba ser el hermano mayor—. El ático es un desastre y hay un montón de cosas que revisar.

—Tú mandas —respondió Drew.

Me sorprendió que lo aceptara con tanta facilidad, aunque solo durante un momento.

La dinámica entre ellos había sido bastante complicada durante la mayor parte de nuestras vidas adultas, pero había cambiado en los últimos años, y yo lo había presenciado en tiempo real.

Los grandes cambios por los que estábamos pasando —matrimonios, un bebé, mudanzas— habían mejorado su relación.

Drew se detuvo con una mano en el pomo de la puerta que daba al enorme ático.

—No olvidéis que vais a entrar en la guarida de Harrison.

Harrison le dio un puñetazo en el hombro.

—No vas a olvidar eso en la vida, ¿verdad?

Nos reímos al recordar la campaña que emprendió nuestro hermano mayor para que le permitieran convertir el ático en su oasis privado, porque decía que siempre le estábamos molestando y revolviendo su habitación y sus cosas.

Me detuve en lo alto de las escaleras y observé las pilas de cajas.

—Maldita sea, hay un montón.

—Tenemos cantidad de trabajo —confirmó Drew y, después de lanzarme una mirada, se acercó a mí y tiró de mi camisa—. Espera, ¿qué has estado haciendo?

Miré a donde lo hacía él y descubrí una mancha de color rosa en el cuello de mi camisa.

—Oh, bueno… Ya sabes —murmuré.

Harrison se acercó con una sonrisa para observarla en persona.

—Me cae bien. Sin duda, es una mejora respecto de… ¿Cómo se llamaba?

—Venga, no hagáis eso —suspiré, y me alejé de los dos.

—No, hay que hacerlo —insistió Drew—. Y se llamaba Gretchen. Nunca me gustó; era demasiado exigente y se comportaba como si fueras de su propiedad. Estoy seguro de que Nina encajará mejor contigo.

—Y pareces, no sé, más relajado —añadió Harrison—. Ya iba siendo hora.

Con eso, se dirigieron a las cajas para empezar a analizar su contenido, mientras yo me detenía a pensar en lo que habían dicho.

Si alguien podía juzgarme bien, eran ellos dos.

Sus parejas los habían hecho cambiar a mejor, y el que sugiriesen que mi matrimonio fingido estaba surtiendo el mismo efecto en mí tenía mucho significado.

Y, sin duda, Nina era muy diferente a Gretchen, mi ex.

Ella siempre había encontrado la forma de excluir a Noah de nuestra relación, con la excusa de que eso era lo mejor para él, mientras que la vida de Nina giraba alrededor de mi hijo.

Aunque eso se debiera, en parte, a que su vida estaba dedicada a los niños, sabía que su relación con Noah se basaba en el cariño, y que siempre pensaba primero en él.

Era una de las cosas de ella que más me impresionaban.

Siempre había tenido en cuenta la relación de mis padres y creído que yo tendría la misma suerte, que encontraría a alguien que me calmara y me permitiera crecer.

Pero conocía bien la verdad sobre las relaciones.

Mi padre y mis hermanos habían logrado encontrar las suyas, pero yo sabía que mi caso era distinto.

Por muy perfectas que parecieran las cosas con Nina, la complicada realidad estaba a la vuelta de la esquina.

Sería mejor mantener el control de mi corazón para evitar el dolor de una ruptura inevitable.