18 Logan
LOGAN
—¿Pero qué…? —murmuró Nina por lo bajo cuando nos detuvimos delante de la casa de mi familia.
—Estás de broma, ¿no? —Se volvió hacia mí—. Esto es prácticamente un hotel Ashford.
—Y por esa razón la va a vender —reí—. Es una casa demasiado grande para un hombre mayor que está solo.
Decirlo en voz alta seguía teniendo el mismo efecto que un puñetazo en el estómago. Sí, vender la casa tenía todo el sentido del mundo, pero no podía evitar pensar que estábamos renunciando a un legado familiar, y a los recuerdos de nuestra madre.
—Quiero ir a la piscina —dijo Noah desde el asiento trasero.
Le sonreí a través del espejo retrovisor.
—Tendrás que decírselo a tu abuelo. Ya sabes que necesitas que alguien te acompañe, y Nina y yo estaremos ocupados recogiendo las cosas viejas.
Me mordí la lengua, deseando que no recordara la pataleta que tuvo durante el crucero por los coches teledirigidos.
—Tus tíos y tías también están allí. Si el abuelo no quiere bañarse, puede que alguno de ellos sí lo haga.
—¡A la tía Emilia le gusta bañarse! —exclamó Noah.
—Pues ahí lo tienes.
Nos bajamos del coche y Noah se dirigió a la casa, con Nina detrás de nosotros. Yo me detuve un momento para esperarla, y me fijé en su expresión tensa.
—¿Estás bien? —Le di un golpecito en el hombro.
Ella inspiró hondo y negó con la cabeza.
—La verdad es que no. Estoy de los nervios porque, aun en estas circunstancias, conocer a tu familia es una cosa muy seria.
Aunque sepan que no estamos juntos, vamos a tener que seguir fingiendo estar casados durante un tiempo, y si les caigo mal, va a ser mucho más difícil.
Ni siquiera sé si llevo la ropa adecuada, pero tampoco podía arreglarme porque vamos a estar embalando cosas.
Y dices que tus cuñadas son agradables, pero ¿y si les parezco rara?
Entendía que estuviera tan ansiosa, y también me parecía adorable. Ella caminaba despacio hacia la puerta principal, como si al hablar de sus miedos en voz alta, se hubiera convencido aún más de que estaban justificados.
—Deja que conteste a todo eso por orden —empecé, y le cogí la mano—. Primero, no les vas a caer mal. Segundo, estás guapísima, como siempre.
Ella contuvo una sonrisa.
—Y tercero, sí eres un poco rara, pero esa es una de las cosas que me gustan de ti.
—¿Quién es rara? —interrumpió Noah.
—¡Yo! ¡Yo soy raro! —respondí y, al decirlo, me encogí, puse las manos en forma de garras y empecé a arrastrar un pie, como si fuera un monstruo que iba a por él.
Nina y Noah se echaron a reír, y entonces se abrió la puerta principal.
—¿Qué diablos está pasando aquí?
—¡Abuelo! —exclamó Noah, que echó a correr hacia él y le rodeó la cintura con los brazos.
—Parece que te lo estás pasando muy bien —respondió entre risas, inclinándose para abrazar a su nieto.
Cuando se separaron, Noah salió corriendo, supuse que a ponerse un bañador y pedir compañía, y mi padre se volvió a nosotros.
—Me alegro de que hayáis podido venir.
Se acercó a donde estábamos con la vista puesta en Nina.
—Hola —le saludó con una sonrisa enorme, y le cogió una mano con las suyas—. He oído que tuvisteis algunos problemillas en altamar. Soy Oliver, me alegro muchísimo de conocerte.
Nina se sonrojó mientras le estrechaba la mano.
—Ya lo creo, pero estamos intentando que funcione. —Me miró un momento—. Al menos, eso creo.
No podía decirle que yo no estaba de acuerdo del todo porque, en mi opinión, «intentar que funcionara» debería incluir más tiempo desnudos.
—Me alegro de oírlo —respondió mi padre y, por fin, se volvió a mirarme—. Tus hermanos llegarán pronto, listos para trabajar.
Me dio un abrazo.
—Venga ya. Se van a dedicar a luchar con espadas láser en el sótano —reí, sorprendido por la muestra de afecto.
—Bueno, no pasa nada si tenéis que hacer algún descanso para divertiros un poco —respondió, con el brazo aún rodeando mis hombros—. Tenemos tiempo.
Estaba a punto de preguntarle cuánto tiempo era eso, cuando apareció alguien detrás de él.
—Hola a los dos —saludó Candace con amabilidad.
Aún me resultaba difícil aceptar que aquella mujer no intentaba reemplazar a mi madre.
Pensar que era una especie de madrastra malvada como las de los cuentos no era más que un reflejo infantil, porque mi padre y ella no estaban casados, y ella era de todo menos malvada.
Aun así, aún no me acostumbraba a verlos juntos.
Me fijé en que se quedaba detrás de mi padre, como si él la protegiera, y eso me hizo sentir remordimientos por la forma en que mis hermanos y yo la habíamos tratado al principio.
No habíamos sido especialmente agradables con la mujer que estaba apoyando a nuestro padre durante una nueva fase de su vida, y ya era hora de enderezar las cosas.
—Hola, Candace, me alegro de verte.
Me acerqué a ella para darle un abrazo breve y, aunque al principio me miró sorprendida, pronto se relajó. Cuando la solté, me volví hacia Nina.
—Candace, esta es, bueno, mi esposa por el momento, Nina Reyes-Ashford.
Ellas se abrazaron, riendo un poco.
—Encantada de conocerte, y gracias por venir. Necesitamos toda la ayuda posible —dijo Candace.
—Soy muy trabajadora, solo tenéis que decirme a dónde ir —dijo Nina, al tiempo que enseñaba un bíceps diminuto.
—He pensado que podía enseñarle la casa primero, para ver lo que hay que hacer —intervine yo.
—No he tocado tu antiguo dormitorio —indicó mi padre—. Tal vez podéis empezar allí.
—De acuerdo —dije, asintiendo—. Noah quería bañarse…
—Yo iré con él. Hace un millón de años, trabajaba de salvavidas durante los veranos —dijo Candace—. Vosotros ocupaos de embalar.
Esperé hasta que me miró a los ojos.
—Muchas gracias, Candace. Te lo agradezco.
En ese momento, compartimos un instante de conexión que pareció indicar un cambio en nuestra relación. Éramos compañeros de equipo, no adversarios.
Acompañé a una Nina muy silenciosa por el asombro a ver la casa, hasta que llegamos a mi antigua habitación, donde me apoyé en el marco, y levanté una ceja.
—Prepárate para entrar en otra dimensión —bromeé.
—¿Tienes un montón de pósteres de chicas sexis colgados por todas partes?
—¿Crees que pegaría algo con celo en las paredes? —pregunté, riendo—. Ni hablar. Mi madre nunca me perdonaría algo así. Pero mi habitación es una cápsula del tiempo, sin duda.
Abrí la puerta y me dejé llevar por la nostalgia.
—Vaya —exhaló Nina al entrar—. Es enorme. ¡Y muy llamativa!
Las anchas rayas horizontales azules y blancas de la decoración dejaban claro que, de joven, había sido bastante pijo.
Había llevado siempre el cuello del polo levantado, hasta que me metí en la cultura del surf pero, para entonces, mi habitación se había convertido en mi oasis de tranquilidad y no quise cambiar nada.
Nina se tomó su tiempo para explorarlo todo y mirar de cerca los trofeos y recuerdos que decoraban mis estanterías.
—Veo que estás muy metido en el surf —comentó, señalando una colección de tablas diminutas, de madera, que mi padre había traído de un viaje a Nueva Zelanda.
—Esos días ya han quedado atrás, pero sí. Mis hermanos y yo pasábamos mucho tiempo en el agua.
Miré a mi alrededor y noté la misma melancolía que sentía siempre que pensaba en la venta de la casa.
Me encontraba rodeado de mi pasado, y el paso del tiempo había erosionado los altibajos de la juventud, de modo que solo recordaba las cosas buenas.
Eso hacía que la idea de decir adiós resultara mucho más dolorosa.
—Oye, ¿estás bien? —preguntó Nina, que se acercó con el ceño fruncido.
—Sí —respondí enseguida—. Son los recuerdos, ¿sabes?
—Supongo —dijo ella—. Nunca tuve la suerte de vivir tanto tiempo en el mismo sitio como para cogerle cariño, pero me imagino que esto será muy duro. Lo de repasar toda tu infancia, y demás.
Decidí cambiar de tema.
—Sí, como este recuerdo tan valioso —respondí, cogiendo de la estantería superior un muñeco de los que daban con los menús de McDonald’s.
—Parece que lo tenías en un lugar destacado —rio—. ¿Por qué lo conservas?
—Guerra con mis hermanos. Nuestra madre no nos dejaba comer comida basura, así que nos parecía que ir a McDonald’s era lo mejor del mundo. Una vez que acompañamos a nuestro padre a hacer recados nos compró unos Happy Meals, y te juro que los tres creímos estar en el cielo.
—Me lo imagino —resopló ella.
—No recuerdo a cuál de nosotros tres le tocó este tío —continué, levantando la figura—, pero, por alguna razón, todos la queríamos, así que, durante años, nos dedicamos a entrar a hurtadillas en la habitación donde estuviera para robarla.
Lo difícil era guardarla donde los otros dos no la encontraran, pero lo bastante accesible como para poder disfrutar de tenerla.
Era un poco como en El secreto de Thomas Crown, cuando esconden el cuadro famoso a la vista colgándolo en la cocina, pero sin jugarse tanto.
—Y tú fuiste el último ladrón, porque está en tu estantería —respondió ella con una sonrisa.
—Supongo —reí yo—. La verdad es que se me había olvidado.
—Me gusta imaginarte aquí. Desde luego, no se parece a tu estética actual, pero te pega. —Se acercó al asiento bajo la ventana—. Aquí es donde te sentabas a mirar por la ventana y soñar con las chicas que te gustaban.
—No, es donde me fumaba los cigarrillos que les pedía a los repartidores.
Nina me ignoró y se dirigió a una gran mesa con tablero inclinado que mi madre había pedido hacer a medida cuando mencioné que tal vez quería dedicarme a la arquitectura. Ella siempre había apoyado mis sueños, fueran los que fueran, aunque supiera que terminaría trabajando en el negocio familiar.
—Y aquí es donde hacías los deberes.
—Vuelves a equivocarte. Era donde apoyaba los pies para leer cómics.
Ella sacudió la cabeza y se acercó a la cama.
—Y aquí es donde soñabas con todas las chicas guapas de tu clase. —Se sentó y dio unos golpecitos sobre la cama, a su lado—. Háblame de tu primer beso.
Me acerqué y me senté a su lado.
—No fue nada especial, por mi culpa —respondí—. Gina McAllister. Muy descuidado. Utilicé demasiada lengua, y se acabó porque ella me apartó.