16 Nina #2
—Nada, es solo que tengo una sensación muy positiva sobre cómo van a ir las cosas con Noah. Por primera vez en mucho tiempo, veo la luz al final del túnel para él. —Sonrió aún más—. El que estés aquí le viene muy bien.
—Muchas gracias. Estoy de acuerdo —respondí enseguida.
Sí, la mejor manera de lidiar con la estúpida atracción que sentía por mi jefe era centrarme en la razón por la que estaba viviendo bajo su techo.
—¡Niiiiiiinaaaaaaa!
La vocecita que nos llegó desde más lejos me hizo reír.
—El deber me llama.
—Pasadlo bien —dijo Logan.
Llegué a donde Noah me estaba esperando.
—¡Vamos! —me instó.
Abrió la puerta y echó a correr a través de una explanada de césped que parecía pintado del color verde más perfecto del mundo, y cortado con tijeras de precisión.
—Por aquí. —Señaló delante de sí, y echó a correr.
Lo seguí hasta el otro lado de una pared de arbustos que separaba una zona con una instalación para jugar tan enorme, que no habría desentonado en un parque público.
Simulaba un barco pirata, con la bandera negra con una calavera en lo alto, varias torretas y un cañón que disparaba pelotas de tenis.
—Hala, Noah, ¡esto es increíble!
—¡Es nuevo! Papá lo compró después de… —No terminó la frase y su expresión se entristeció.
Yo me quedé callada, atenta a ver cómo procesaba un recuerdo tan doloroso.
—Cuando vine a vivir aquí —dijo por fin, y el corazón se me rompió por él.
Había conocido adultos incapaces de hablar de la muerte de sus seres queridos, y solo podía imaginar lo difícil que sería para un niño de seis años superar su pérdida. Sus pequeños hombros parecían más caídos, así que me acerqué a él y me agaché para mirarlo a los ojos.
—¿Quieres hablar de cómo te sentiste cuando viniste a vivir aquí?
Él negó con la cabeza y miró al suelo. No podía culparle por ello, y decidí distraerlo.
—Muy bien, de acuerdo. ¿Quieres hablar de quién… debería caminar por la plancha?
Él se animó un poco.
—Este barco no tiene plancha.
Solté un resoplido exagerado.
—Pues yo me imagino que sí la tiene. Está justo ahí, junto a esas cuerdas. ¿La ves?
Él sonrió un poco más, aunque negó con la cabeza.
—No.
—Pues si no la ves —solté otro suspiro dramático—, supongo que tendré que enseñártela. Mírame.
Corrí hacia el barco, me subí y adopté la pose de un osado pirata. Después, apunté con una espada imaginaria al traidor invisible que tenía delante de mí.
—¡Tripulación! ¡Este marinero de agua dulce ha intentado robarnos nuestro botín! ¿Cómo castigamos semejante crimen? —Me puse una mano detrás de la oreja y miré a Noah—. ¿Qué decís? ¡No os oigo!
—¡Caminando por la plancha! —rio él.
—¡Eso es! Y ahora, ¿quién me ayudará con este villano? Necesito brazos fuertes y una espada rápida.
—¡Yo, yo! —gritó Noah.
—¡Ven aquí, grumete! —le grité, mucho más fuerte de lo necesario.
Logan apareció en ese momento, fingiendo estar muy confuso.
—Un momento, ¿qué está pasando aquí? He oído unos gritos desde mi despacho. ¿Hay piratas?
—¡Ahí está el traidor! —grité dramáticamente—. ¡Atrapadlo!
—¡Papá! —Noah corrió riendo hacia su padre—. Nos has robado el botín, y ahora tienes que caminar por la plancha.
—Eso es. En breve estará durmiendo con las sardinas —añadí, levantando un puño.
Noah agarró el faldón de la camisa de su padre y lo llevó hacia el barco.
No estaba muy segura de cómo respondería Logan, pero hube de reconocer que nos siguió el juego.
Unió las manos detrás de su espalda y se las apañó para parecer asustado de un modo bastante convincente. Los dos se detuvieron delante de mí.
—¿Tus últimas palabras, villano? —pregunté a Logan.
—¡No he sido yo, lo juro! —Hizo temblar su voz de un modo creíble—. Dadme otra oportunidad, os lo suplico.
—¿Qué opinas, camarada? —pregunté, mirando a Noah—. ¿Se merece otra oportunidad?
Noah parecía estar disfrutando muchísimo.
—¡No! ¡Camina por la plancha, ladrón!
Logan fingió venirse abajo con un gemido.
—Muéstrale tu acero para que se dé prisa —ordené.
Noah cogió un palo del suelo y pinchó con él a su padre.
—¡Vamos!
—Pero si soy inocente —suplicó—. Por favor, tened piedad.
Aquel hombre era un buen actor. Hubiera dicho que hasta se le habían humedecido los ojos.
—¡Camina por la plancha, papá!
Cuando su padre saltó por el borde del barco al césped, y luego fingió chapotear en el agua, Noah se partió de risa.
—¡Me ahogo! ¡Salvadme!
—Un momento —exclamé—. Tiene razón, él no era el traidor. ¡Hay que salvarlo!
Salté del barco, seguida de Noah, y los tres acabamos riendo, hechos un montón sobre la hierba. Por un instante, mis piernas se enredaron con las de Logan, y recordé haber dormido con mis pies helados entre sus piernas calientes.
—Pero qué… —dijo una voz que se acercaba.
Nos calmamos un poco y vimos que se había acercado Josie, cargada con una bandeja con galletas.
—¡Creí que estaban asesinando a alguien!
—No, solo salvábamos la vida de un buen marinero, acusado injustamente —respondí con mi voz de pirata, lo que hizo reír a Noah—. Lamento el susto, pero no os preocupéis. Los piratas del Venganza de la reina siempre protegerán el castillo Ashford.
—Ah, vale. Eso me tranquiliza mucho —asintió Josie—. Bueno, con tanto pillaje, seguro que os ha entrado el apetito, así que traigo galletas de avena recién hechas.
—¡Galletas! —Noah se puso en pie de un salto y corrió hacia ella.
Logan y yo lo seguimos, un poco más despacio.
—Esto es muy agradable —murmuró Josie—. Es diferente. Necesitábamos más risas.
No pudo decir más porque Noah estaba delante, pero comprendí bien a qué se refería.
Después de mucho tiempo en silencio, el pequeño Ashford por fin dejaba de estar tan triste y volvía a encontrar su sonrisa. Me gustó pensar que yo había contribuido a hacerlo posible.
Era casi como si aquel fuera mi lugar, después de todo.