16 Nina
NINA
Tenía el móvil en la mano, pero aquel sonido desconocido no paraba. El ruido me había despertado y, al cabo de un momento de observar la habitación entre sorprendida y adormilada, por fin logré determinar dónde estaba. En el palacio de Logan Ashford.
Miré el teléfono que tenía en la mano, y vi el destello delator del oro en mi dedo.
Era algo así como la mujer de Logan Ashford.
Volví a recordarlo todo, pero ¿de dónde procedía aquel ruido?
Miré la mesilla. Lo que sonaba era el teléfono de la casa.
—Ho… ¿hola? —tartamudeé en el auricular.
No recordaba la última vez que había utilizado un teléfono fijo.
—¡Buenos días, señorita Reyes! —dijo una voz alegre en mi oído—. Soy Josie, y quería que supiera que serviré el desayuno en veinte minutos. Si no le va bien, dígame a qué hora quiere que se lo sirva, y se lo subiré a su habitación.
—Oh, no, eso no será necesario. Ahora bajo. ¡Muchas gracias!
Lo último que quería era comportarme como una diva.
—Estupendo, entonces la veré enseguida. —Hizo una pausa—. Ah, y una advertencia: me gusta dar abrazos.
—¡Me vendrá muy bien! —reí.
Me vestí enseguida, sin dejar de sonreír, e iba por la mitad de la escalera cuando me di cuenta de que no me acordaba de dónde estaba el comedor.
Ya me había puesto en evidencia al entrar sin invitación en el dormitorio de Logan en mitad de la noche, y no iba a hacer algo semejante otra vez. Saqué el teléfono y le llamé.
—¿Dónde estáis? —pregunté cuando él contestó—. Estoy perdida.
—¿Dónde estás tú? Te enviaré un guía para ayudarte.
—En la entrada principal. Buscad a una pardilla con chanclas.
—Lo dudo —respondió él, riendo—. Aguanta.
Escuché unos pies caminando sobre el mármol, acercándose, hasta que Noah dobló una esquina, jadeante y muerto de risa.
—¡Hola, Nina! He venido a salvarte —dijo, resoplando—. ¡Sígueme!
Echó a correr y no tuve más remedio que apretar el paso para no perderlo de vista mientras él atravesaba la casa a la carrera.
Terminamos en un comedor amplio, que no recordaba haber visto el día anterior, pero era posible que se me hubiera olvidado.
El recorrido de la casa me había resultado abrumador después de un día muy largo.
Además, la mansión era enorme, evidentemente, y no me acababa de situar en ella.
Sin duda alguna, resultaba intimidante, pero me alegró que no fuera desagradable, o intocable.
Si alguna vez lograba tener mi propio piso, esperaba lograr que fuera tan acogedor como aquel lugar.
Su decoradora debía ser una artista, porque la mezcla de calidez y opulencia exhibida no debería haber tenido sentido.
Como aquellos malditos pilares de seis metros de altura a lo largo de la pared más alejada, que no habrían desentonado en un museo, aunque pude ver un par de pegatinas de Noah en la base de uno de ellos.
—Buenos días —saludó Logan—. ¿Has dormido bien?
Incliné la cabeza hacia él y, en silencio, los dos reconocimos lo que había estado a punto de ocurrir unas horas antes.
—Para mi sorpresa, sí, pero solo después de leer un rato.
—¿Ah, sí? —preguntó, en un tono que parecía una insinuación.
Me estrujé el cerebro para soltar alguna gracia relacionada con Austen, pero me interrumpió una mujer rechoncha vestida con una chaqueta negra, que entró en el comedor cargada con una bandeja llena de platos.
—Ah, ¡ahí está! —dijo aquella mujer, que debía ser Josie—. ¡Bienvenida!
Dejó la bandeja en una mesa auxiliar, se limpió las manos en el delantal y se acercó a mí con una sonrisa enorme.
—Soy Josie, y me alegro mucho de tenerla aquí. —Se giró de un modo un tanto exagerado para mirar a Noah—. Y alguien más también se alegra.
Ella me guiñó un ojo, abrió los brazos y me dio un abrazo asfixiante.
—¡Me alegro mucho de conocerla! —dije cuando nos separamos.
—Espero que tenga hambre, porque este pequeño caballero ha pedido todo un banquete esta mañana.
—¡Sí! —exclamó Noah—. ¡Gofres con fresas, tortitas con chocolate y magdalenas de arándano!
—Creo que alguien confunde el desayuno con el postre —comentó Logan—. También tenemos tortilla, por si prefieres empezar el día con menos azúcar.
Me senté con ellos en la mesa, impresionada ante aquel despliegue.
—¿Hacéis esto todos los días? —pregunté—. ¿Lo de comer juntos?
—Sí, cuando vengo de visita —respondió Noah, pero su expresión se oscureció al recordar que ahora vivía allí a tiempo completo.
Aunque había perdido a su madre hacía solo unos meses, sabía que sus recuerdos seguirían asaltándolo de improviso, y volver de unas vacaciones emocionantes solo iba a aumentar su sensación de desarraigo.
Cuando algo me golpeó un pie, Noah se echó a reír con ganas.
—¡Te ha pillado Ariel!
Sonreí al ver a la gatita agitarse delante de mí bajo la mesa, y luego alzarse sobre las patas de atrás para sacudir las delanteras en el aire.
—¿Qué tal está? —pregunté—. Parece muy contenta aquí.
—Está bien —respondió Noah, antes de meterse medio gofre en la boca.
Miré a Logan, pero él estaba absorto en su teléfono.
—Oye, ten cuidado. Tal vez deberías cortar trozos más pequeños —dije a Noah.
Él sonrió, abrió la boca, sacó el trozo con los dedos y lo dejó en el plato que tenía delante.
—Noey, qué asco —le reprendió Logan sin acritud, antes de dejar el teléfono boca abajo sobre la mesa—. Tendremos que ver esos modales.
—Estoy de acuerdo —confirmé.
—Pero no sé cortar muy bien —protestó él.
Era muy probable que a la madre de Noah no le hubiera importado cortarle la comida, y que Logan hubiera estado demasiado distraído para ocuparse de enseñarle cuando lo tenía consigo.
—Vamos, ya eres muy mayor. Puedes cortarte la comida tú solo —dije—. Enséñame cómo lo haces.
Noah cogió el cuchillo y lo sujetó como un cavernícola.
—Ese es el primer problema, chaval —rio Logan con los ojos puestos en el cuchillo—. Prueba a hacerlo así.
A partir de ese momento, el desayuno se convirtió en una lección muy divertida sobre cómo usar los cubiertos.
Noah se rio mucho cuando Logan y yo fingimos discutir sobre cosas como la mejor manera de situar el meñique para obtener cortes más aerodinámicos.
Supe que se lo estaba pasando muy bien, y no era el único.
La comida resultó cálida y agradable, a pesar de que padre e hijo aún estaban adaptándose el uno al otro, pero los rayos del sol que entraban por la ventana y la gatita que intentaba saltar sobre la mesa para unirse a nosotros hacían que aquel momento pareciera de película.
Era casi demasiado perfecto, y tuve que recordarme a mí misma que, para mí, aquello solo era un trabajo, no un nuevo estilo de vida.
En unos meses estaría de vuelta en mi diminuto piso, intentando olvidar la época en que me sentí como Cenicienta; pero, mientras tanto, iba a disfrutar de dar lecciones de modales a un niño que empezaba a abrirse al mundo.
—No es tan difícil —dijo Noah con voz sorprendida, mientras cortaba una fresa—. ¡Ya me sale!
—Sabía que podías hacerlo —sonrió Logan, orgulloso—. Creo que este año podrás cortar tú el pavo de Acción de Gracias, ¿no?
Noah me miró, masticando con la boca abierta.
—¿Podemos hacer juntos lo del hueso de la suerte en Acción de Gracias, Nina?
La habitación quedó en silencio, salvo por el tintineo de los tenedores en los platos, y yo tragué el nudo que se me había hecho en la garganta.
Aún faltaban unos meses para Acción de Gracias, y él ya estaba asumiendo que yo seguiría allí para participar en su celebración familiar.
Tendría que esquivar la pregunta con delicadeza.
—¿Te gusta esa tradición? —pregunté.
—Sí, un montón —respondió él—. Pero el año pasado lo hice con el tío Harry, e hizo trampas.
Logan se echó a reír al escuchar eso. Josie entró entonces en la sala y empezó a recoger los platos, por lo que me puse en pie de un salto para ayudar.
—No, no haga eso, no es necesario. Yo me encargo —me indicó ella con suavidad.
Abrí la boca para protestar, pero caí en que ese era su trabajo.
Me costaría acostumbrarme a tener asistentes a mi disposición.
De hecho, iba a tener que cambiar mi mentalidad durante mi estancia en Casa Ashford, porque el impulso de hacer las cosas por mí misma era muy fuerte.
Si era yo quien se ocupaba de fregar las sartenes y cazuelas, limpiar el arenero de la gata y fregar el suelo, sería imposible que me considerasen una imposición, y querrían que me quedara simplemente porque resultaba útil.
—Tengo que ocuparme de algunas cosas del trabajo —dijo Logan, apartándose de la mesa—, pero vosotros podéis ir a divertiros. Noey, ¿por qué no enseñas a Nina el jardín para que vea dónde juegas?
—¡Vale!
Se levantó de la silla y se inclinó para acariciar un poco a Ariel, antes de salir corriendo.
—¡Vamos! —resonó su vocecita desde el pasillo.
—Supongo que tienes un horario diario para él —dije a Logan—, así que, tal vez, debería echarle un vistazo.
—Aún no —repuso Logan—. He pensado que os podéis tomar esta semana para acostumbraros a esta nueva vida y adaptaros después de las vacaciones, y luego podemos preparar su horario juntos.
—Un momento, ¿ha cambiado tu personalidad de repente? —bromeé—. ¿Vas a dar a tu super planificado hijo un poco de… tiempo libre?
—Por favor. —Me dedicó una sonrisa arrogante—. Puede que te sorprenda, pero sé cuándo escuchar a los expertos.
Noté que se me enrojecían las mejillas. ¿Me acababa de hacer un cumplido?
—Vale, de acuerdo. Entonces, nos vamos a jugar un rato.
—Me parece muy bien —aprobó Logan.
Los dos nos quedamos callados un momento, como si sintiéramos la necesidad de hablar de la sesión de besos que Austen había inspirado la noche anterior. Pero ¿qué le iba a decir? ¿Que cuando por fin me quedé dormida había soñado con él, los dos desnudos y sudorosos?
No, desde luego que no podía decirle eso. Sería mejor callarme esas cosas tan absurdas, porque tener una relación de verdad con Logan sería imposible del todo. No podía olvidar eso, porque me estaba sonriendo de un modo que me hacía querer derribar todas mis defensas.
—¿Qué? —pregunté.