Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 15 Nina
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NINA

El proceso de instalarme fue muy rápido, pero me di cuenta de que acostumbrarme a mi nueva vida me iba a llevar bastante tiempo.

Después de tantos cambios, estaba agotada en cuerpo y alma, pero durante mi primera noche en aquella mansión tan elegante, me sentí demasiado alterada para dormir.

Daba igual que cada centímetro del dormitorio de invitados estuviera diseñado para la máxima comodidad.

Estaba muy nerviosa, y sentía algo más que no lograba definir.

Era tarde. Había estado mirando cosas en el teléfono durante tanto tiempo, que estaba segura de haber llegado al final de internet y, aun así, el sueño me parecía una fantasía inalcanzable.

¿Qué podía hacer?

Me senté en la cama. Durante la visita rápida a la casa que me había ofrecido Logan, me había sentido muy abrumada, pero recordaba la maravillosa «cieloteca» que me había enseñado: una biblioteca tan amplia y luminosa que parecía situada en las nubes.

Decidí atravesar la casa para encontrarla, coger un libro y leer hasta que me entrara el sueño de una vez.

El problema sería encontrarla. La guarida de Logan consistía en una serie de pasillos largos llenos de puertas cerradas, y me sentí muy expuesta y vulnerable dando vueltas por ellos vestida solo con un pijama que consistía en unos shorts muy cortos y una camiseta fina de tirantes.

En fin, daba igual. Todo el mundo estaría durmiendo, nadie me vería con ese aspecto.

Avancé de puntillas por el pasillo. La espesa alfombra absorbía el ruido de mis pasos, lo que me pareció muy conveniente cuando pasé por delante de la puerta de Noah.

Sabía que se alegraba de que estuviera viviendo con ellos, pero nuestro acuerdo le resultaba confuso.

No dejaba de preguntar cuándo sabríamos si íbamos a tener una gran boda, y cuánto faltaba para la fiesta. Odiaba mentir a aquel niño tan dulce.

Abrí una puerta y asomé la cabeza a una habitación a oscuras. Otro dormitorio. Debía continuar.

Un armario para la ropa, otro dormitorio, una de las tres habitaciones para la colada repartidas por la casa, pero ninguna cieloteca. ¿Estaría situada en el piso superior?

Abrí la última puerta del pasillo y entré sin mirar, porque estaba perdiendo el tiempo y aquella casa de tamaño tan absurdo me estaba empezando a irritar. ¿Para qué necesitaría un tío tanto espacio?

Cuando por fin miré a mi alrededor, me quedé de piedra, porque dicho tío estaba sentado en la cama, y me miraba sorprendido.

Sin camisa. Con gafas. Sujetando… ¿un libro?

—¿Sí? —preguntó.

No supe qué hacer primero. ¿Disculparme por haber irrumpido en su santuario? ¿Taparme los pezones, que se me habían erguido? ¿O me daba la vuelta para correr a mi habitación? Pero lo que no pude hacer fue dejar de mirar la estampa tan sexi que ofrecía.

Estaba apoyado contra el cabecero, con un libro de tapa dura en una mano e iluminado por la luz de una lámpara pequeña junto a la cama. A pecho descubierto.

¿Había mencionado eso antes?

A ver, yo ya había tenido contacto íntimo y personal con su pecho la noche en que consumamos nuestro matrimonio.

Demonios, prácticamente lo había venerado, así que aquella extensión de piel dorada no debería haberme sorprendido tanto, pero saber que había estado apretada contra ella envió a mi cerebro una mezcla embriagadora de deseo y recuerdos reales que me confundió por completo.

¿Había notado ese suave pelo rubio contra mis pezones, o solo me había imaginado que había ocurrido? Crucé los brazos con fuerza sobre mi pecho.

—¡Perdón! —logré decir al fin—. Yo, esto, estaba buscando un libro. Quiero decir, libros. La biblioteca esa. La cieloteca.

Él levantó una comisura de la boca.

—Estás muy cerca. Te llevaré.

Empecé a protestar, pero él salió de la cama, para revelar unos boxers y un par de piernas musculosas.

Yo había estado de rodillas entre aquellos muslos tan enormes.

Di un respingo y aparté la mirada con rapidez, pero no lo bastante deprisa, porque casi me pilló babeando ante el espectáculo. Y se rio un poco. ¡De mí!

—Dame un segundo —dijo, antes de coger una camiseta blanca de un cajón y ponérsela.

Supuse que era evidente que me lo estaba follando con los ojos, y había sentido la necesidad de taparse porque le había mirado como una acosadora obsesionada.

Un momento. ¿Acababa de cometer acoso sexual contra mi jefe sin querer, o no pasaba nada porque, técnicamente, era mi marido?

—Es por aquí —indicó por encima del hombro.

Lo seguí en silencio, sin saber si mirar aquel culo tan redondo, o sus pantorrillas musculosas. Cuando él empezó a volverse, me obligué a mirar hacia un lado, como si los patrones hechos con arena de tonos blancos y negros que colgaban de la pared me resultaran fascinantes.

—Supongo que resulta algo confuso tratar de localizarla —dijo él—. Esta escalera es idéntica a la que hay al otro extremo del pasillo.

—Sí —confirmé.

Logan señaló una ventana.

—Esa es tu referencia. Ya hemos llegado.

Empujó una pesada puerta de madera y entramos en el silencio de una biblioteca a medianoche. Aquella sala hacía juego con la estética minimalista del resto de la casa, a pesar de los lomos multicolores de los libros que llenaban las estanterías.

—Te diré que esto es lo último que habría esperado encontrar en tu mansión —admití—.

La bolera y la pista de baloncesto, sí, son muy típicas de tío.

Incluso la cocina con alacena y sala de preparación tiene sentido, porque me imagino que recibes gente ahí, pero ¿una biblioteca? ¿De dónde sacas tiempo para leer?

Él se detuvo, con una mano en el interruptor de la luz y sin encenderlo.

—Me acabas de ver leyendo.

Ignoré su tono burlón.

—No enciendas la luz —pedí, en parte porque la luna brillaba a través de las cristaleras del techo pero, sobre todo, porque no quería que se fijara en la poca ropa que llevaba.

—Se está bien aquí esta noche —confirmó él—. Bonita luna.

—Me impresiona tu selección —dije, mientras inspeccionaba las estanterías—.

Me imaginaba que solo habría cosas como biografías de atletas y libros de guerra, pero tienes ficción literaria, poesía y…

caray, hasta algún romance. —Seguí caminando a lo largo de una estantería—.

Y teatro y… Un momento, ¿por qué tienes libros bajo llave? ¿Te preocupa que te los roben?

Señalé una repisa en la que había varios libros tras unas puertas de cristal.

—No, eso es más por los libros que por la gente —explicó él—. Son primeras ediciones, o ediciones tempranas de algunos de mis libros favoritos. Muchos de ellos están firmados. Es un espacio con temperatura controlada, con calidad de museo.

Me acerqué para leer los títulos.

—Suave es la noche, Grandes esperanzas, Aguas primaverales. Vale, entiendo el porqué de algunos de estos libros, pero también tienes La casa en la esquina de Pooh y El cuento de la señora Tiggy-Winkle.

—El arte no entiende de edades —sonrió él—. Y puede que fuera de compras cuando nació Noah. También tengo un montón de libros de Dr. Seuss en la colección.

Me pareció encantador que apreciara el valor de los libros para niños. Algún día, si tenía la suerte de vivir el futuro que esperaba, quería tener mi propia biblioteca, llena de libros para lectores de todas las edades.

—Bueno, yo necesito algo para leer que no se estropee con las huellas dactilares y alguna miga que otra. Es evidente que estos no pueden ser. —Señalé las valiosas ediciones de coleccionista—. ¿Tienes alguna sugerencia para mí?

—Algún clásico, sin duda —respondió, mirando a su alrededor—. Mi madre insistió en que los leyéramos cuando éramos pequeños.

—¿No hay un ala de la Biblioteca Pública de Los Ángeles que lleva el nombre de tu madre?

—Desde luego —asintió Logan—. Y gracias a ella se reconstruyó la sala de lectura para niños. Ella fue quien me convirtió en un buen lector.

—¿Cuál era su libro favorito? —pregunté.

—Cualquiera de Austen —respondió enseguida, y se dirigió a una sección de la biblioteca cerca de la chimenea y un sillón muy cómodo.

—Ah, sabía que me caería bien —suspiré, mientras seguía a Logan.

—Aún no he conseguido ninguna primera edición de sus libros, aunque llevo años intentándolo.

Nadie quiere desprenderse de ellos —dijo, inclinándose hacia una estantería para buscar—.

Pero conseguí una colección completa que se reeditó con estas bonitas portadas de cuero y bordes pintados a mano.

Orgullo y prejuicio era su favorito entre todos.

Me entregó el libro y, al cogerlo, lo apreté contra mi pecho, porque estar tan cerca de él, medio desnudos, en la oscuridad y hablando de grandes obras literarias me estaba haciendo sentir muchas cosas.

—Claro, me lo puedo volver a leer —dije, sujetando bien el libro—. Supongo que tú ya lo has leído.

—Varias veces —respondió, con un resoplido—. Austen creó una plantilla que los autores siguen usando todavía.

Puede que eso hiciera que me temblaran las piernas, aunque me esforcé porque no se me notara.

—Sí, los temas de Austen siguen siendo muy relevantes hoy en día, sobre todo los de este libro. —Levanté una ceja, con la esperanza de que captara mi insinuación.

—Ya lo creo. Lizzie se equivocó por completo con Darcy cuando se conocieron —respondió él, con su propia ceja levantada.

—¿Tú crees? —pregunté—. Él fue muy grosero.

—Pero ella lo juzgó demasiado rápido —respondió Logan.

—Fue desagrado a primera vista, y ella tenía buenos motivos —dije con altanería.

—Lo entendió mal —insistió Logan.

—¿Así que decir que su aspecto era «tolerable» no se debe interpretar como un agravio? ¿Te parece adecuado decir que alguien «no es lo bastante hermosa como para tentarme» nada más conocerla?

—Tampoco es que se lo dijera a ella. Él no podía saber que ella lo estaba escuchando.

Además, cambió de opinión enseguida. Sin embargo, ella juzgó su forma de ser desde el primer momento y no rectificó, a pesar de todo lo que él hizo por su familia.

Según Lizzie, era el hombre más desagradable del mundo entero.

—¿Y puedes culparla por ello? —exigí—. Si yo escuchara a un hombre hablar así de mí…

—Eso es imposible —interrumpió Logan, mirándome con intensidad.

Se acercó un poco a mí y dejé de respirar. El corazón me latía tan fuerte como un tambor que resonara por toda la sala.

—Ah, ¿sí? ¿Y eso por qué? —Mi voz sonó como una mezcla entre un susurro y un chirrido.

—Porque ningún hombre en su sano juicio pensaría que eres nada menos que espectacular. —La mirada de Logan parecía hambrienta—. Si alguien fuera a citar a Austen para referirse a ti, seguramente elegiría la frase: «Me has embrujado, en cuerpo y alma».

Dejé escapar una exhalación temblorosa.

—Solo que ella no escribió esa frase. La añadieron en la película de 2005.

Me miró de una forma que me habría derretido por completo en el sitio.

—Pues si Lizzie se pareciera a ti, aunque solo fuera un poco, te garantizo que Darcy se lo habría dicho.

Si no nos besábamos ya, sería señal de que el romance había muerto.

Yo me moría de ganas, y por la forma en que él me miraba, con una necesidad casi salvaje, asumí que sentiría lo mismo. Pero ninguno de nosotros se movió.

El silencio en la biblioteca era espeso, como si los dos esperásemos a que alguien interrumpiera aquella quietud, en la que se habría oído caer un alfiler. Tal vez, si se oyera algo en otro rincón de la casa, nos daría una excusa para dejar de mirarnos a los ojos.

No hubo suerte.

En lugar de eso, los dos nos acercamos un poco, tan despacio que me costó determinar si lo estaba imaginando. Pero entonces, los pies de Logan tocaron los míos. Su muslo acarició mi pierna. Su mano encontró la parte inferior de mi espalda.

Y, al momento, estábamos unidos, con el libro apretado contra mi pecho como única separación entre nosotros. Logan lo apartó, lo lanzó sobre el sillón, y mis pechos quedaron aplastados contra su cuerpo.

Lo miré con respiración entrecortada.

—Mis sentimientos no pueden ser contenidos —susurró Logan.

No podía citarme a Austen sin recibir un beso, así que procedí a ponerme de puntillas y acabar con aquella tensión.

Cuando nuestros labios se encontraron, me sentí abrumada por recuerdos sensoriales. Me acordé de todo lo ocurrido durante nuestra noche de bodas y borrachera, mientras sus manos recorrían mi cuerpo y su lengua encontraba la mía.

Recordé cómo aquella noche había perdido el control por completo, y tuve la sensación de estar en algún lugar entre el bien y el mal.

Bien, porque mi cuerpo parecía hecho para encajar con el suyo.

Mal, porque era mi jefe, y porque durante la mayor parte del tiempo que lo había conocido, no nos habíamos entendido.

Aquellas emociones descontroladas volvieron a apoderarse de mí mientras él me besaba. Deseaba aquello, lo deseaba a él; pero, de algún modo, aún me parecía peligroso. Tabú. Y con razón, porque mientras estuviéramos representando un papel, no nos podíamos permitir el lujo de cometer errores.

Sabía que tenía que dejar de besarlo, pero para poder hacerlo, antes tenía que sacar mis manos de debajo de su camiseta. Y eso me parecía imposible.

—Nina —me susurró al oído.

Aquellas dos sílabas fueron una invitación, y cada célula de mi cuerpo me exigió responder con un sí, pero mi cerebro se puso en marcha para sobreponerse a mis hormonas.

Me obligué a apartarme de él lo bastante como para decir las palabras que no quería pronunciar.

Terminé con la cabeza apoyada contra su pecho.

—No deberíamos.

Él respondió con un largo suspiro, y sus brazos me rodearon para apretarme más contra su cuerpo.

—Lo deseo tanto —continué—. Pero es que parece…

—Sí. —Logan apoyó la barbilla sobre mi cabeza—. Lo entiendo.

Si seguíamos apretados así, no estaba segura de poder seguir resistiéndome, así que, por fin, reuní fuerzas para apoyar las manos contra su pecho y apartarme de él.

Los dos parecimos un tanto inestables por un instante.

Logan tenía el pelo revuelto, y los tirantes de mi camiseta se habían deslizado por mis brazos.

Volví a subirlos y me aparté un poco más de él.

—Buenas noches, Logan —dije, y me di la vuelta para marcharme.

Me había alejado tres pasos cuando él dijo mi nombre. El corazón se me llenó de esperanza, ansioso por oírle decir que había encontrado la manera de hacer las cosas que ambos nos moríamos por hacer desnudos.

Al volverme, lo encontré ofreciéndome el libro.

—No te olvides de esto.

Esperé que no se me notara la desesperación cuando me acerqué a cogerlo.

—Gracias —respondí, y me dirigí a la puerta.

—Que duermas bien —dijo Logan.

Solo conseguí asentir con la cabeza, porque los dos sabíamos que el sueño tardaría mucho tiempo en llegar.