14 Logan
LOGAN
—¿Qué quieres decir con que solo necesitas diez minutos en total? —pregunté a Nina mientras íbamos por la autopista a toda velocidad, después de parar en una tienda de mascotas—. Eres consciente de que vas a instalarte en mi casa durante unos meses, ¿no?
Estábamos sentados en la parte trasera de mi SUV, después de la rueda de prensa, y Noah se había quedado dormido entre nosotros dos.
Discutíamos sobre cómo y cuándo iría Nina a recoger sus cosas.
Ella quería pasar por su casa de camino a la mía, y a mí me parecía bien, pero cuando había dicho que solo necesitaba diez minutos, asumí que pensaba coger solo unas cuantas cosas y volver a por el resto en otro momento.
Pero no, ella había insistido en que solo necesitaba diez minutos para recogerlo todo.
—Soy muy ágil y vivo con lo justo —dijo, encogiéndose de hombros—. Y pasaremos muy cerca. Tu asistente ya se ha llevado a Ariel a casa, así que no tenemos que preocuparnos por ella. No tardaré nada.
—Pero ¿y qué hay de todo eso de necesitar una semana para organizar tu vida? —pregunté.
—Bueno, la vida es mucho más que unas cuantas cosas —suspiró—. El cambio lleva consigo todo un proceso psicológico, y yo quiero asimilar lo que va a suponer todo esto, ¿sabes?
Pues yo no y, tal vez, eso era un problema.
Ella debió de ver la expresión sorprendida en mi cara, porque puso los ojos en blanco.
—No te preocupes por eso, pero sí que quiero coger mis cosas. No tardaré mucho. Noah está dormido, seguro que no se despertará mientras lo hago.
—No te voy a dejar recogerlo todo sola. Entraré contigo y te ayudaré, y Danny nos esperará en el coche. Noah lo conoce desde que era un bebé, así que estará seguro con él si se despierta. ¿Verdad, Danny?
—Por supuesto —respondió el chófer—. No hay problema.
—Muy bien, puedes entrar conmigo —aceptó Nina, aunque no parecía demasiado ilusionada con ello—. Pero no me juzgues.
No comprendí lo que quería decir, hasta que llegamos a su edificio.
—¿Vives en un almacén? —pregunté, con la vista clavada en la fachada de ladrillo, en uno de cuyos laterales aún se veían las huellas del cartel anunciando un mercado de frutas.
Un mercado, en una parte horrible de la ciudad.
—Antes era un almacén, y ahora son estudios —dijo ella por encima del hombro, antes de salir del coche.
Comprobé que Noah estaba dormido, y la seguí. Ella tecleó el código de la puerta principal y después sacó un llavero en el que solo había dos llaves. Desde luego que no cargaba con muchas cosas.
Su apartamento, diminuto, consistía en una sola habitación con paredes de ladrillo visto, techo alto y una cama situada tras una estantería de Ikea que hacía las veces de pared divisoria. Había una cocinita con una pequeña encimera y una puerta cerrada que asumí que daría al baño.
—¿Dónde tienes el resto de tu equipaje? —pregunté.
Ella se echó a reír, sin dejar de buscar algo cerca del fregadero de la cocina.
—¿El «resto»? Tengo una maleta que, en estos momentos, está en el maletero de tu coche. Puedo meter todo lo demás en bolsas de basura. No será la primera vez.
Me entregó una bolsa y señaló un perchero con ruedas para ropa.
—Mis cosas están a la izquierda de la percha verde.
Me acerqué al perchero.
—No puede ser. Solo hay… —Conté las prendas con rapidez—. Aquí solo hay siete cosas.
Ella abrió un cajón de la cómoda y vació su contenido en una bolsa de basura.
—Todo lo demás está en la maleta de la que hablaba antes.
Maldición. Yo estaba acostumbrado a mujeres que necesitaban media docena de baúles para un viaje de fin de semana. No sabía qué hacer con una mujer cuya vida entera cabía dentro de una sola maleta y unas cuantas bolsas.
—¿Y de quién es el resto de la ropa? —pregunté, señalando las restantes prendas apiñadas en el perchero.
—De mi compañera de piso, Tasha.
Volví a mirar aquel espacio, del tamaño de mi baño principal. Todo el piso habría cabido en una sola habitación de mi casa. ¿Cómo se las apañaba para compartirlo?
—¿Compañera de piso? —pregunté.
Ella dejó de meter cosas en la bolsa de basura y me miró.
—Te dije que no me juzgaras.
—¿Y duermes con esa compañera? —pregunté, señalando la única cama en aquel lugar.
—Eres ridículo —protestó Nina—. Ella es escritora de viajes.
Casi nunca coincidimos en la ciudad, así que acordamos vivir juntas.
Apenas se puede decir que vivamos juntas, porque nunca estamos aquí a la vez.
Creo que, en todo el año pasado, solo coincidimos una noche y, sí, esa vez, tuvimos que compartir la cama. Es mi mejor amiga, no fue un problema.
—Ah, entiendo.
Me puse a doblar la ropa, tratando de no imaginar qué aspecto tendría con cada prenda.
—No hace falta que tengas tanto cuidado con la ropa —indicó ella—. Tampoco es que sea de diseño. La he comprado en el supermercado. Puedes meterla en esa bolsa.
—Pero son tus cosas —señalé, mirándola extrañado—. ¿Por qué no las tratas con cuidado?
Ella se encogió de hombros y fue a recoger las cosas del baño, mientras yo volvía a mirar aquel lugar.
Parecía un sitio temporal, no un hogar. No me gustaba imaginarla durmiendo en aquel piso tan deprimente y falto de decoración.
No había ni un solo objeto personal, como una foto enmarcada o algo así.
—Bien, ya he terminado.
Como me había prometido, le había llevado menos de diez minutos. Al verla con unas cuantas bolsas de basura medio llenas a modo de equipaje, se me encogió el corazón. Nina merecía mucho más.
—Permíteme.
Me sorprendió que me dejara llevar las bolsas al coche. Cuando nos sentamos en el interior, Noah ni siquiera se movió.
—¿Vamos a casa? —preguntó Danny.
—Sí, por favor.
Hicimos el resto del trayecto en silencio, mientras pensábamos en lo que ocurriría después.
Observé a Nina, que miraba cómo cambiaba el paisaje a medida que dejábamos atrás su parte de la ciudad y nos adentrábamos en la mía.
Parecían mundos diferentes y, cuando la miré, pude ver que estaba asimilando las diferencias: calles más amplias, árboles más grandes, coches más rápidos.
Era casi imposible ver lo impresionantes que eran las casas, pero las puertas de acceso y los setos sugerían que cada una de ellas sería una mansión.
Cuando se abrió la verja de mi casa, ella cambió de posición en el asiento para ver mejor el que sería su nuevo hogar por un tiempo.
—Vaya, caray —suspiró al ver la casa.
Sí, hasta yo tenía que admitir que era la leche de impresionante.
Aunque me encantaba la casa en la que había crecido, y que mi madre había decorado con tanto cariño, yo había elegido una más simple para mí mismo.
Claro, que la simplicidad también podía ser lujosa, si se hacía bien.
Los espacios eran limpios, con líneas rectas y muchas ventanas.
La casa estaba pintada de color gris oscuro, de modo que en los días de niebla casi parecía invisible.
—Vives en una… guarida —exhaló Nina a medida que avanzábamos por el camino—. ¿Es que eres un villano de James Bond?
—Solo en ocasiones. Digamos tan solo que deberías evitar el sótano.
—Tomo nota —rio ella.
—¿Estamos en casa, papá? —preguntó Noah con voz adormilada, y parpadeando.
—Ya lo creo que sí.
—Hola, señorita Nina —añadió, como si acabara de recordar que ella venía con nosotros.
—Hola, cielo —le sonrió ella, y se miraron durante un instante.
Cualquier preocupación que hubiera tenido hasta entonces, desapareció al observarlos. No importaba lo mucho que me fuera a distraer el hecho de tenerla viviendo en mi casa. Ella era justo lo que necesitaba mi hijo.
—¿Cuándo vas a volver al barco? —preguntó Noah a Nina.
Entonces se me ocurrió que pasaríamos todo el tiempo que estuviéramos juntos alternando entre fingir estar casados, y ser jefe y empleada. ¿Notaría Noah la diferencia entre nuestro comportamiento en público y en privado? Mantener la estabilidad para él iba a requerir un equilibrio muy delicado.
Nina le apretó una mano.
—Oh, por el momento no, peque. Y no te preocupes por eso ahora. Nos espera un montón de diversión, ¿verdad?
—Verdad —dijo él, con un entusiasmo un tanto somnoliento—. Me alegro.
Cuando nos detuvimos, volvió a cerrar los ojos.
—Hala —suspiró Nina, mirando por la ventana—. Cariño, ya estoy en casa.
—Vamos a instalarnos —respondí con una risa—. Henry saldrá a recoger nuestras cosas. Noey, tienes que despertarte.
—¿Es Henry quien te plancha los jerséis negros de cuello vuelto y cuida de tu gato esfinge? —preguntó Nina al bajarse del coche.
—¿Perdona?
—Como los villanos de los cómics —insistió ella, señalando la casa—. Da igual, era una broma tonta.
Noah se estiró por fin y se bajó del coche.
—Hola, Henry.
Henry, el gerente de mi casa, había salido a las escaleras de la entrada con una sonrisa.
—Bienvenidos a casa. Espero que el viaje haya sido fantástico.
Su voz aún conservaba el acento de su idioma natal y, aunque yo le había indicado que no necesitaba llevar chaqueta, él insistía en arreglarse todos los días. Llevaba tanto tiempo conmigo que su pelo negro azabache se había vuelto blanco.
—Señorita Nina —continuó, y le dedicó una pequeña inclinación de la cabeza—. Me alegro mucho de conocerla. Podré ayudarla con cualquier cosa que necesite, al igual que Josie, nuestra ama de llaves.
—Yo también me alegro, muchas gracias —respondió Nina, que parecía un tanto abrumada. Se volvió hacia mí—. ¿Te importa abrir el maletero? Quiero coger mi…
—Por favor, no se moleste —dijo Henry enseguida—. Entre y póngase cómoda. Nos ocuparemos de su equipaje.
Ella se detuvo en el camino, como si no estuviera segura de creer lo que ocurría.
—Vamos —le insté.
Noah se adelantó a nosotros y subió las escaleras.
—Voy a mi cuarto a jugar un rato —dijo.
—Muy bien. Descansa un poco —dije a sus espaldas.
Noah tenía sus dificultades, pero era uno de esos niños que agradecían una siesta cuando estaban cansados. Estaba seguro de que no «jugaría» durante mucho rato.
—Te lo enseñaré todo y podrás instalarte enseguida —dije a Nina.
—¿Estás de coña? —susurró para sí cuando vio el vestíbulo de la casa. Movió la cabeza a un lado y a otro para admirar el espacio, y señaló la colección de lámparas redondas que colgaban del techo a distintas alturas—. Eso es digno de un planetario.
—Esto, supongo que tienes razón —dije, siguiendo su mirada.
Henry entró en ese momento, cargado con dos de las maletas.
—He preparado el dormitorio de la esquina para la señorita Nina. ¿Te parece bien, Logan?
—Perfecto —asentí—. Nina, te enseñaré dónde está. Ven por aquí.
Pasé a su lado en dirección a la escalera que dividía el vestíbulo en dos.
Antes de Noah, había sido diáfana y sin barandilla, como una pieza flotante de arte moderno, pero el experto en protección de niños al que había contratado antes de nacer Noah había echado un solo vistazo y acabado de un plumazo con mi estética limpia.
—¿Me podrías dar un plano de la casa? —bromeó Nina a mis espaldas.
—Todo es bastante intuitivo —le aseguré, mientras avanzaba por un pasillo al que daban varias puertas cerradas—. Ya lo verás.
—Eso dices tú. ¿Cuántas habitaciones de invitados hay aquí?
—Once.
Ella balbuceó un poco.
—Tu dormitorio está justo… aquí —dije.
Abrí la puerta y me hice a un lado para permitirle entrar delante de mí. Ella atravesó la puerta y se detuvo, casi como si no creyera que fuera real.
Henry la había situado en mi dormitorio favorito de la casa, aparte del mío propio.
La habitación hacía esquina, de modo que dos de las paredes eran de cristal y se abrían a una terraza que daba al jardín.
No tenía tanto terreno como nuestra casa familiar, pero mi paisajista había hecho algún milagro, y el jardín parecía extenderse varias hectáreas.
—Es más femenino de lo que habría esperado —dijo Nina, sin moverse de donde estaba.
—La decoradora insistió en que una habitación debía ser más acogedora que las demás. Quería más color, y el acuerdo fue decorar esa pared con detalles florales.
—Las amapolas monocromáticas no cuentan como «color», pero entiendo a qué te refieres.
—El baño está por aquí. —Hice un gesto para que me siguiera—. Y también hay un vestidor y un armario.
Ella asomó la cabeza y lo observó.
—¿A esto lo llamas vestidor? Podría vivir aquí dentro.
—Por suerte, no será necesario.
Al menos, no durante unos meses. Lo que ocurriera después era un misterio.
—Bueno —respondió Nina con una sonrisa de oreja a oreja—. Esto será divertido.
Normalmente, la idea de tener a alguien viviendo en casa a tiempo completo me habría puesto nervioso, pero, por alguna razón, tener a Nina me parecía de lo más natural.