11 Nina
NINA
—¿Te has zampado un millón de tortitas con chocolate para desayunar? —pregunté a Noah—. Estás muy acelerado.
Era nuestro último día de navegación, así que todos los niños estaban más nerviosos de lo habitual, pero Noah parecía distinto esa mañana.
Había entrado en el Club de Juegos muy sonriente y sujetando la mochila contra su pecho.
Mientras nos preparábamos para las actividades del día, había hablado con todo el mundo, incluso con los niños más mayores, que solían tener poca paciencia con los pequeños.
Después de eso, se pegó a mí y me ayudó a repartir el papel de manualidades, la purpurina y el pegamento para el proyecto de esa mañana.
Era como si se sintiera más unido a mí. Claro, que eso no me molestaba en absoluto.
El cambio sugería un avance en su desarrollo y más confianza, dos aspectos que indicaban que Logan y yo debíamos estar haciendo algo bien para ayudarle a recuperarse.
Ya parecía un niño diferente del que había sido cuando zarpamos.
Pero lo que me inquietaba era lo repentino del cambio.
Se había encontrado bien y hacía progresos cada día, pero su actitud esa mañana equivalía a semanas de evolución, como si hubiera experimentado un cambio enorme a mejor.
Solo me quedaba averiguar qué lo había provocado.
¿Tal vez Logan le habría dejado quedarse con Ariel?
Noah no se movió de mi lado cuando el resto de los niños se pusieron a construir sus criaturas marinas. Aún llevaba la mochila colgada por delante, sobre el pecho, y me empecé a preguntar si no habría traído a Ariel al club de contrabando.
Le apreté un hombro, asegurándome de que los otros niños no lo vieran para que no pensaran que le favorecía, porque yo quería por igual a todos los niños del barco. Era solo que, en ese momento, me interesaba mucho el pequeño que tenía a mi lado.
—¿No quieres hacer una criatura tú también? —le pregunté—. Sé que tienes mucha imaginación.
—Vale —respondió él.
Me miraba con una sonrisa enorme, pero no se movió, así que me agaché para mirarlo a los ojos.
—Noey, hoy pareces muy contento. ¿Te ha pasado algo bueno?
Él asintió, con los ojos muy abiertos y una sonrisa aún más amplia.
—¿Quieres contármelo? ¿Llevas algo interesante en la mochila?
Él cambió el peso de un pie al otro y miró a su alrededor.
—¿Sabías que mi padre puede conducir este barco él solo?
Vale, muy bien. La típica pregunta de niño que no tiene nada que ver con el tema. Opté por seguir la conversación, aunque no estuviera muy segura de creer lo que había dicho.
—Hala, no lo sabía. ¡Qué guay!
—Y anoche me contó una historia muy divertida cuando me fui a dormir. Había un conejo que era amigo de un lobo, y tenían aventuras juntos en los bosques.
Eso me pareció encantador, y nada propio de Logan. No habría imaginado que ese hombre fuera capaz de inventar historias, aunque era cierto que no dejaba de sorprenderme. Noah siguió hablando.
—¿Sabías que mi papá es muy, pero que muy alto?
—Sí, me he dado cuenta —reí—. Estoy segura de que tú serás tan alto como él, ¡o incluso más!
—¡Eso dice él! —exclamó Noah con una sonrisa.
Me fijé en que algunos de los otros niños nos estaban observando.
—Oye, ¿no quieres hacer manualidades? —pregunté—. Porque hoy tenemos muchas cosas que hacer. ¡Tenemos un día lleno de planes divertidos!
Él asintió, pero siguió hablando.
—¿Te he contado que Ariel ahora duerme con mi papá en el sofá?
Vale, eso sí era una gran noticia. Había asumido que Logan no toleraría un animal peludo y con garras a su lado. Esa novedad merecía una pregunta adicional.
—¿Y le gusta?
—¡Sí! —asintió Noah—. Dice que Ariel es la mejor gatita del barco.
Me contuve para no comentar que era la única gatita del barco.
—A ti también te gustan los gatitos, ¿verdad? —me preguntó.
—Oh, sí, ya lo creo —respondí.
—Igual que a mi papá —dijo Noah, acomodándose mejor la mochila.
—Oye, ¿por qué no dejamos la mochila en tu casillero? Así no te molestará mientras fabricas tu criatura marina.
Tendí una mano para cogerla, pero él se puso de lado y me miró con desconfianza.
—Es mi mochila de trabajo, como la de mi papá —insistió.
Todo aquello ya me estaba empezando a parecer muy raro. Noah nunca hablaba tanto. ¿Y por qué no dejaba de mencionar a su padre?
Bajé la voz, porque los niños situados más cerca de nosotros estaban pendientes de nuestra conversación.
—Noah, hoy me estás contando muchas cosas interesantes sobre tu padre, y me gusta mucho oírlas, pero ¿puedes explicarme por qué me hablas de todo esto?
En lugar de contestar, por fin dejó la mochila en el suelo y la abrió, para sacar de ella un trozo de papel arrugado. Después, se inclinó hacia mí.
—¡Porque quiero que sigas casada con mi padre! —susurró—. ¡Estoy guardando vuestro permiso de conducir!
No me hizo falta desdoblar el documento para comprender con claridad de qué estaba hablando. Miré a mi alrededor por la sala y, como me había temido, los niños que escuchaban nos miraban ahora con las bocas abiertas.
—Noah, ¿de dónde has sacado esto? —pregunté, al tiempo que cogía el certificado para apretarlo contra mi pecho.
Él se limitó a encogerse de hombros y mirarme con expresión culpable.
—¿Has cogido algo que no debías coger?
—¡No lo he cogido! —insistió él—. ¡Quería enseñártelo!
Yo ya lo había visto bastante más de lo que me hubiera gustado. Le cogí de la mano y me lo llevé a un rincón apartado de la sala, lejos de los demás ojos y oídos.
—Noah, cielo, me alegro mucho de que te haga ilusión lo que ha ocurrido entre tu padre y yo, pero no podemos hablar de eso delante de otras personas, ¿vale? Es una conversación familiar.
—¡Hala! —Su expresión se volvió a animar—. ¿Ahora eres mi familia?
Maldición, había elegido mal la palabra.
No podía alimentar sus ilusiones, o acabaría haciendo más daño a ese niño tan encantador que parecía decidido a asegurarse de que las cosas funcionaran entre nosotros.
En todos mis años de experiencia, nunca me había enfrentado a una situación como aquella, y no sabía cómo explicar a un niño traumatizado que nos habíamos casado accidentalmente y estando borrachos como cubas.
—Noah, yo te tengo mucho cariño —respondí, con la esperanza de que aquello fuera suficiente—, pero tu padre y yo…
—Sí, ya lo sé. Ha dicho que es privado y podemos hablar de eso en el camarote —me interrumpió Noah con impaciencia—. Estáis haciendo una prueba para ver si os gusta estar casados, y cuando lo decidáis, entonces podremos hacer una fiesta, ¿verdad?
Me hubiera gustado que Logan me informara de lo que le había contado a su hijo. Pero claro, ninguno de nosotros había previsto la posibilidad de que se enterase. Sin duda, Logan había asumido que bastaría con decirle a Noah que no contara nada, pero yo sabía que eso no funcionaría.
Noah estaba buscando cualquier tipo de estabilidad en su vida y, en ese momento, yo era un puerto en medio de la tempestad.
Era natural que se aferrase a una persona que le ofrecía un rol maternal.
Su deseo instintivo de recibir seguridad y protección prevalecía por encima de todo lo demás, incluyendo las indicaciones de su padre.
Pero la idea de que Noah hubiera descubierto nuestro matrimonio accidental y estuviera presionando para hacerlo real hacía que me sudaran las manos.
Tenía que lograr distraerlo con lo que fuera, porque le resultaría imposible guardar el secreto mucho tiempo.
Claro, que también estábamos en las últimas horas del crucero. ¿Y si teníamos suerte y llegábamos a puerto antes de que se enterase nadie?
—Tu padre tiene razón en que debemos mantener esto entre nosotros, ¿de acuerdo? Es un asunto privado, entre nosotros tres. ¿Lo comprendes?
Aunque solo estaba repitiendo lo que ya le había dicho Logan, esperaba que escuchármelo decir a mí también sirviera para que captara el mensaje.
No podíamos permitir que contara al mundo que su padre multimillonario se había liado y casado con una empleada.
Después de todo, los dos sabíamos que era imposible seguir juntos.
—Sí, lo entiendo —respondió Noah—. No se lo diré a nadie más. ¡Lo prometo!
Dudé de que cumpliera su promesa, porque casi estaba temblando de emoción. Joder, Logan se iba a cabrear un montón cuando se enterase.
—Bueno, eso está muy bien. ¿Por qué no te pones a trabajar, a ver si alcanzas a los demás?
Me puse en pie y empecé a andar con él hacia el resto del grupo.
—Soy muy bueno guardando secretos —insistió él—. Ya verás.
Lo pensé un momento y, no, esa no era la conclusión que quería que sacara de nuestra conversación. Por desgracia, sabía muy bien lo peligroso que resultaba para los adultos pedir a los niños que guardaran secretos. Me detuve y volví a agacharme delante de él.
—Noey, esto no es un secreto, ¿de acuerdo? Solo es una cosa que debe quedar entre nosotros tres hasta que tomemos una decisión. ¿Lo entiendes ahora?
—¡Sí! —respondió dando unos saltitos—. Es privado, como lo que se hace en el baño.
La comparación me hizo sonreír, pero me valía.
—Sí, algo así. Eso es.
Él extendió la mano hacia mí.
—¿Me devuelves el permiso de conducir?
—Lo siento, peque —sonreí—, pero me lo voy a quedar para devolvérselo a tu padre.
Con eso, lo llevé hasta su silla que, lamentablemente, estaba junto al grupo de niños que nos había estado escuchando.
—¿La señorita Nina es tu nueva mamá? —le preguntó Sienna.
Maldición. Me estrujé el cerebro tratando de pensar en una distracción pero, por suerte, mi compañera Ashley dio unas palmadas para llamar la atención de los niños.
—Escuchad todos. Recordad que cuando terminéis con vuestros animales, me los tenéis que traer para que os ayude a pegar un palito en la parte posterior, porque ¡esta noche vamos a hacer un espectáculo de marionetas durante la cena de despedida!
Los niños se pusieron a gritar emocionados, y yo agradecí en el alma a Ashley la distracción.
Aquello fue suficiente para que los niños volvieran a centrarse en sus animales marinos, incluyendo a Noah, así que me dirigí a un rincón tranquilo de la sala para sacar el teléfono e informar a Logan.
Aun así, me fijé en que Noah me miraba de vez en cuando mientras trabajaba.
Noah se ha traído el certificado de matrimonio al club para enseñármelo. Estaba muy emocionado.
Al momento, aparecieron los puntitos que indicaban que estaba respondiendo.
Joder. Ya lo encontró una vez y se lo quité. Supongo que no lo he escondido bien la segunda vez.
Le he dicho que es un asunto privado, pero no sé si será suficiente para evitar que se le escape, escribí.
Los puntitos volvieron a aparecer, desaparecieron, y luego volvieron una vez más.
Ahora que se lo has dicho tú, creo que hará caso. Siempre atiende a todo lo que le dices.
Oooh.
Hoy tengo un día muy atareado, respondí. Espero que se le olvide. El certificado lo tengo yo, te lo devolveré al final del día.
De acuerdo. Lo necesitaré para pedir la anulación cuando volvamos.
Aunque eso era justo lo que necesitábamos, una puerta diminuta en mi corazón se cerró de golpe. Siempre había asumido que, cuando me casara, sería para siempre. Ahora, gracias a una noche de borrachera, iba directa a mi primer matrimonio fracasado.
Una hora más tarde, habíamos terminado los animales marinos y empezamos a recoger. Ashley y yo nos encargamos de que todos los niños se ocuparan de sus materiales y nos ayudaran, aunque su «ayuda» no sirvió para que termináramos antes.
Sienna tiró una botella llena de purpurina verde y yo corrí a donde estaba tan rápido como pude, con la esperanza de que el desastre no afectara a los otros niños.
Sabía de buena tinta que la purpurina acababa por todas partes.
En alguna ocasión había encontrado restos en los bolsillos de mi uniforme, incluso después de lavarlo dos veces.
—Perdón —dijo ella con un puchero, señalando la purpurina—. Ha sido un accidente.
—Ya lo sé, cariño. No pasa nada, yo me ocupo.
Ella se quedó mirando mientras yo utilizaba un trozo de cartón para recoger todo aquello de la mesa.
—¿Dónde está tu anillo? —preguntó, señalando mi mano—. Cuando Barbie se casa, siempre le dan un anillo muy bonito.
Suspiré hondo, sin dejar de limpiar. Si no se me ocurría una respuesta adecuada, nuestra mentirijilla se iba a extender como la pólvora. Me detuve y miré a Sienna.
—Tienes razón. A la gente le dan un anillo cuando se casa, pero mira. —Le enseñé las dos manos—. ¿Ves algún anillo?
Ella miró mis dedos con atención y luego sacudió la cabeza.
—Supongo que no tengo tanta suerte como Barbie —suspiré—. Pero, a lo mejor, ¡algún día!
Como cambio de tema fue muy malo, pero al menos no había mentido a una niña.
—Pero Noah ha dicho algo de ser su mamá.
Me obligué a reír un poco.
—Yo llamé a mi profesora «mamá» una vez por accidente. Fue muy divertido. ¿A ti te ha pasado alguna vez?
Ella negó con la cabeza. Maldición, ¿por qué me estaba viendo obligada a hacer luz de gas a una niña de seis años?
—Bueno, vamos a darnos prisa en limpiar todo esto —le recordé, señalando el resto de la purpurina—. Nos van a ganar todos lo demás.
Para aquel grupo, ser el último era lo peor, así que Sienna desistió del interrogatorio y volvió al trabajo.
Yo suspiré aliviada, y esperé que lográramos superar aquel día sin más menciones a bodas, anillos o certificados de matrimonio.
Pero cuando me fijé en que Noah me sonreía ilusionado desde el otro lado de la sala, supe que aún me esperaban más problemas.