10 Logan #2
Carraspeé un poco y miré a nuestro alrededor, aunque sabía que no había nadie cerca. Aun así, necesitaba zanjar el tema con Noah, sin añadir leña al fuego que ya suponía aquel matrimonio.
—Noey —empecé—. ¿Recuerdas lo que te he explicado? ¿Que esto debe quedar entre nosotros tres?
Me estaba acercando bastante a pedirle que guardara el secreto.
—Ajá.
—Pues eso significa que, bueno, es mejor que no hablemos del tema fuera del camarote. Cuando estemos allí, podemos decir lo que queramos, pero en cuanto salgamos, no deberíamos hablar del tema, ¿de acuerdo? Es un asunto privado, solo para nosotros.
—¡Vale!
Tuve la impresión de que no había comprendido lo que le estaba diciendo, y me sentí un poco tenso.
Como decía un refrán marinero: los cotillas hunden las flotillas y, en ese caso, si Noah contaba la historia por ahí, podía hundir mi negocio entero.
El futuro entero de Cruceros Ashford descansaba sobre los delicados hombros de mi hijo.
Al llegar al comedor fui recibido, como siempre, con saludos, apretones de manos y buenas palabras de los pasajeros.
Estar presente era parte de la tradición en los viajes inaugurales, y yo ocultaba mi naturaleza introvertida para convertirme en Logan, el actor.
Ese día, tener a Noah a mi lado suponía una ventaja adicional, ya que parecía haber recuperado su personalidad habitual de niño feliz y despreocupado al que le encantaban las aventuras.
Sin embargo, tenía la sensación de saber la razón de su alegría, y eso me tenía preocupado.
En los últimos meses, se había enfrentado a muchos cambios en su vida, y el nuevo problema que representaba Nina suponía otro obstáculo que necesitaría ayudarle a superar.
Solo esperaba que no se deprimiera de nuevo cuando llegara la inevitable disolución del matrimonio.
Contaba con que Nina me diera algunas pautas para ayudar a mitigar el golpe, pero ya anticipaba que no se lo tomaría bien.
Noah se sentó en su asiento en nuestra mesa.
—¡Vamos a desayunar rápido! Quiero ir al Club de Juegos para hablar con la señorita Nina de… —Se detuvo, miró a su alrededor y bajó la voz—. Esa cosita. Sabes a qué me refiero, ¿verdad?
Noah subió y bajó las cejas deprisa, y me habría echado a reír si no hubiera estado tan preocupado por que lo soltara todo sin querer. Me senté a su lado.
—Sí, ya sé a qué te refieres. Pero recuerda lo que hemos hablado de camino a desayunar, ¿eh? ¿Lo de nuestro camarote?
Nos interrumpimos cuando un camarero se acercó a traer un zumo de naranja para Noah, y él le sonrió.
—Quiero un bollo de fresa. ¡Y bizcocho de chocolate!
El camarero rio un poco y me miró.
—¿Está de acuerdo, señor Ashford?
—Eso es un montón de azúcar, peque —le advertí.
—Pero estamos de vacaciones —protestó él—. Has dicho que aquí las reglas son diferentes y me puedo divertir todo lo que quiera, pase lo que pase.
Era cierto que le había dicho eso en un momento de desesperación la noche antes del viaje, cuando tuvo una pataleta. Por eso, resultaba difícil desdecirme, aunque podía escuchar a mi ama de llaves, Josie, riñéndome por dejarle comer lo que quisiera.
—Muy bien, pero cuando lleguemos a casa, volverás a comer bien, ¿de acuerdo? Te comerás lo que prepare Josie.
—De acuerdo —confirmó el camarero—. Marchando un bollo de fresa y un bizcocho de chocolate. ¿Y para usted, señor?
Llegados a ese punto, a mí se me había revuelto el estómago.
—Solo un café, gracias.
—Puedes compartir conmigo —me ofreció Noah.
Sonreí a mi hijo. Ese era el niño al que conocía: dulce, generoso y cariñoso. Y, en el fondo, sabía que tenía que agradecerle buena parte del cambio a Nina.
Una pareja mayor, a la que reconocí de la fiesta de la primera noche, se acercó a nuestra mesa.
Habían venido al crucero con su hijo, su nuera y su nieta, y eran justo la clase de pasajeros que sabía que podrían hacer futuros viajes en alguno de nuestros otros barcos, así que conjuré mi mejor sonrisa.
—Buenos días, señor y señora Crosby. ¿Qué les parece el viaje hasta ahora? —pregunté.
—Oh, todo es perfecto —respondió la mujer, antes de mirar a Noah—. ¿Te lo estás pasando bien, jovencito?
Él dejó de juguetear con los paquetes de azúcar y le respondió con una gran sonrisa.
—Sí, ¡porque hay un montón de sorpresas estupendas!
Me miró y el corazón se me encogió al ver su expresión alegre.
—Ah, ¿sí? ¿Qué clase de sorpresas? —preguntó la mujer de buen humor.
—Esto, Noah se refiere a algunas de las actividades que han planeado en el Club de Juegos. Van a preparar más magdalenas en la cocina pronto, y también harán algunas manualidades.
—Y más cosas —añadió Noah, que se balanceaba adelante y atrás como un loco.
Apreté los dientes con fuerza.
—Bueno, nuestra nieta, Madison, se lo está pasando genial, y estoy segura de que nos contará todas esas cosas divertidas que vais a hacer.
—Es posible —dijo Noah con aire misterioso—. Pero hay algunas sorpresas especiales que son solo para tres personas. ¿Verdad, papá?
Ay, estaba jodido del todo.
—Estoy seguro de que Madison tendrá un montón de cosas interesantes que contarles —respondí yo, ignorando a mi sobreexcitado hijo.
Era imposible que Noah guardara un secreto tan grande como aquel, pero no tenía más remedio que intentarlo. Nos quedamos mirando a la pareja cuando se alejó y, en cuanto no pudieron oírnos, me incliné hacia Noah para susurrarle al oído.
—Peque, mírame —dije en voz baja.
Él dejó de revolverse en la silla y me miró con ojos muy abiertos. Seguramente se daba cuenta de que iba a hablarle muy en serio.
—Solo en el camarote. Nada de soltar pistas sobre el certificado, ni bromas, ni nada, ¿de acuerdo?
—Ya lo sé —dijo con cara inocente—. Se me da bien seguir las reglas.
Yo asentí, pero perdí toda esperanza cuando empezó a canturrear por lo bajo: Nina y papá, sentados en un árbol…