Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 10 Logan
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La mañana siguiente al desastre en el casino, Nina y yo guardamos mucho las distancias. Habíamos acordado lo básico: comportarnos como siempre, no decir nada a Noah, y asegurarnos de que nadie sospechara nuestro colosal error, pero eso no me impedía reaccionar cada vez que la veía.

Para el segundo día, habíamos adoptado una especie de relación cortés y tensa que casi parecía normal. Casi.

Estaba seguro de que nadie se había enterado de mi matrimonio motivado por el alcohol, y eso me había permitido respirar más tranquilo.

Siempre existía la posibilidad de que alguien me hubiera visto en la capilla y quisiera sacar algo de pasta vendiendo la historia, pero había configurado mis alertas de Google, y de momento, solo me estaban llegando avisos sobre lo increíble que estaba siendo nuestro viaje inaugural, así que, en las últimas cuarenta y ocho horas, todo había sido normal. Eso estaba muy bien.

Nina y yo parecíamos haber decidido por separado que mantener una distancia respetuosa era la mejor manera de procesar lo ocurrido porque, a mí, desde luego, me estaba afectando, a pesar de lo borracho que había estado aquella noche.

Mis recuerdos eran bastante difusos, pero una parte se había grabado a fuego en mi cerebro: besar a Nina.

Había besado cada centímetro de su cuerpo perfecto y, cada vez que me venía un destello a la mente, sentía el impulso descontrolado de repetirlo. Obviamente, eso no era posible, así que debía obligarme a ignorar sus labios cada vez que me sonreía.

—¡Papá!

Noah corrió hacia mí con los ojos brillantes, y Ariel trotando tras él.

—¿Qué pasa, peque? ¿Estás listo para el desayuno?

Me acuclillé para dedicarle toda mi atención, algo que Nina me había sugerido y que, por supuesto, ya estaba surtiendo efecto. Ariel se acercó más y se puso a jugar con el cordón de mi zapato.

Noah ya estaba vestido y llevaba una mochila llena de lo que hubiera decidido que necesitaba ese día para «trabajar». Se la quitó, la dejó en el suelo y empezó a rebuscar en ella, sacando Legos y juguetes al azar, hasta encontrar un trozo de papel doblado.

—¿Qué es esto? —Me entregó el papel—. Porque se parece al que tienen el tío Harry y la tía Gwen en la pared. Su permiso de conducir.

Cogí el papel y lo miré con el ceño fruncido. El corazón se me paró al comprender lo que era.

—Noey, ¿dónde has encontrado eso?

—Ahí.

Señaló mi dormitorio, el lugar donde había creído que el temido certificado de matrimonio estaría a salvo de ojos curiosos. Él no podría haber comprendido lo escrito con aquella letra cursiva tan historiada, ¿no?

—Está tu nombre y el de la señorita Nina. ¿Eso significa que tenéis un permiso de conducir juntos, como el tío Harry y la tía Gwen?

Sabía que mi hijo era precoz, pero me sorprendió que hubiera asociado mi certificado de matrimonio con el que colgaba enmarcado en casa de mi hermano.

Me detuve a pensar cómo explicarle el descubrimiento.

Pensé en mentirle sin más, porque solo tenía seis años y no podía entender lo que estaba escrito en el papel, pero podía salirme el tiro por la culata.

Además, Noah ya había sufrido demasiado con la pérdida de su madre.

Tenía la sensación de que nos estábamos entendiendo por fin, y no quería traicionar su confianza.

Se merecía, al menos, una versión de la verdad.

—Es un certificado de matrimonio, peque, no un permiso de conducir.

Él abrió mucho los ojos y sonrió aún más.

—¿Te has casado con la señorita Nina? Mis amigos del crucero se van a morir de envidia cuando se lo cuente.

Horror. Eso no podía pasar de ningún modo.

Tenía que encontrar el modo de arreglar todo aquello para poder seguir con el plan de anular el matrimonio con discreción.

Pero, al mismo tiempo, odiaba la idea de decirle a Noah que mintiera, o que se lo ocultara a todo el mundo.

No quería que mi hijo pensara que era buena idea ocultar secretos a los adultos.

Le puse las manos en los hombros y esperé a que me mirase a la cara.

—El certificado de matrimonio de la señorita Nina conmigo no es como el del tío Harry y la tía Gwen.

—¿No? —Él me miró parpadeando, confundido y curioso.

—No. —Me estrujé el cerebro en busca de una explicación—. Es una especie de matrimonio en prácticas, para… probar si nos gusta, antes de que sea oficial.

—Ah. Como con Ariel. —Su sonrisa se desdibujó un poco, al pensar que tanto la gatita como su niñera podían desaparecer de su vida—. Pero ¿por qué no nos iba a gustar?

Coge una silla, hijo mío, y te explicaré hasta qué punto Nina Reyes no es adecuada para mí.

—Es un cambio muy grande, Noey. Necesitamos tiempo para adaptarnos y asegurarnos de que va a salir bien para todos, incluyéndote a ti.

Él se quedó quieto, mirando a la gatita.

—¿Y qué pasa si sale mal?

El corazón se me encogió al oírlo asumir lo peor, y le acaricié la cabeza.

—Entonces, lo hablaremos y acordaremos ser solo buenos amigos.

—Pero, si sale bien, ¿te quedarás con el permiso de conducir?

—Certificado de matrimonio —le corregí—. Y sí, si todos estamos de acuerdo, supongo que sí.

—¡Bien! —Se puso a dar saltos y palmadas, y yo volví a sentir aquella punzada en el corazón, deseando que las cosas fueran así de sencillas—. Me gusta la señorita Nina. Es divertida.

—Ah, ¿sí? ¿Qué te gusta de ella?

Una parte de mí estaba desesperada por cambiar de tema y dejar de hablar de Nina y nuestro matrimonio, pero le había hecho la pregunta antes de poder contenerme.

Su cara se iluminó, como siempre que algo le hacía ilusión.

Echaba de menos su parloteo feliz e incoherente hablando de su juego favorito, su serie de televisión preferida o los personajes de dibujos que más le gustaban.

Si estaba dispuesto a hablar de Nina, yo estaba más dispuesto aún a escucharlo.

Aún tenía días malos en los que estaba malhumorado, no hablaba, y solo respondía con monosílabos, lo que hacía que momentos como aquel fueran aún más valiosos.

—Bueno, la señorita Nina me ha enseñado a cuidar de Ariel.

—Noah cogió a la gatita que, en sus manos, pareció derretirse como el caramelo y se puso a ronronear cuando la abrazó—.

Y dibuja muy bien. Me deja usar los rotuladores buenos porque dice que tengo mucho cuidado.

¡Y dice tonterías! Se inventa bailes con nosotros.

Yo sonreí, porque todo aquello me cuadraba con ella.

—Y parece una princesa —continuó en tono respetuoso—. Creo que es la señorita más guapa del mundo.

Yo me aclaré la garganta. Ya éramos dos, colega.

—Me alegro de que te caiga tan bien, pero no olvides que la señorita Nina y yo nos tenemos que asegurar de que nos gusta estar casados. Si no, a lo mejor decidimos romper ese certificado.

—¡No! No hagas eso, papá.

Me fijé en que se estaba poniendo tenso, y le froté un poco la espalda para calmarlo e intentar centrarlo en la conversación, en lugar de imaginarse un futuro catastrófico. Esa era otra sugerencia de Nina.

—Ya lo resolveremos, Noey, no te preocupes. —Me mordí el labio sin dejar de frotarle la espalda—. Por ahora, la señorita Nina y yo queremos probar qué tal se nos da estar casados en privado, así que es mejor que no se lo cuentes a tus amigos del crucero.

—¿Por qué? —me preguntó, preocupado.

—¿Sabes que, cuando la gente se casa, normalmente hacen una fiesta muy grande?

—Sí —asintió él—. Como el tío Harry y la tía Gwen.

—Exacto —respondí—. Bueno, pues la señorita Nina y yo no hemos hecho una fiesta, porque queremos asegurarnos de que nos va bien estando casados. Así que, por ahora, es una cuestión privada y solo lo sabemos nosotros tres.

Me estaba metiendo en un agujero cada vez más profundo.

Estaba alimentando la ilusión de que era posible que Nina y yo siguiéramos juntos, pero solo lo hacía para tranquilizarlo en ese momento.

Noah tenía a su disposición todas las diversiones del crucero para distraerse y, diablos, hasta cabía la posibilidad de que se olvidara del asunto por completo.

Sin embargo, él no dejaba de mirar el certificado de matrimonio.

—¿Lo has entendido? —le pregunté.

Él asintió, sin apartar la vista del documento.

—¿Puedo hablar de esto con la señorita Nina?

Lo pensé un momento, antes de contestar.

—Tal vez un poco, pero cuando no haya nadie delante. Cuando estés en el club, céntrate en tus actividades y en tus amigos, no en hablar con la señorita Nina.

—Vale, pero me lo paso muy bien hablando con ella.

—Tienes razón —le sonreí—. Yo también.

Sí, sabía de primera mano que había muchas formas de pasarlo bien con Nina.

—Toma. —Noah me entregó el certificado a desgana.

—Gracias. —Lo cogí con una sonrisa—. Lo voy a guardar y bajamos a desayunar.

Miré la hora mientras salíamos de la suite. Íbamos con quince minutos de retraso, y eso me inquietaba, pero me recordé que Nina tenía razón y había sido demasiado estricto en mis esfuerzos por devolver la normalidad a Noah. Un pequeño desvío respecto de su horario no sería un problema.

Estaba empezando a darme cuenta de que Nina había tenido razón en mucho de lo relacionado con Noah.

Nuestro matrimonio era falso, pero las ventajas de que ella estuviera en nuestras vidas eran muy reales.

Solo necesitábamos sobrevivir al resto del crucero sin que nadie se enterase de nuestro error, y no pasaría nada.

—Hay que ponerse en marcha, peque —dije al ver que Noah seguía sacando cosas de su mochila, y me pregunté qué otra clase de contrabando llevaría ahí dentro—. Guarda todo eso, anda.

Él asintió y volvió a guardar un cuaderno de dibujo que yo no había visto en la vida. Siempre le había gustado dibujar, pero aquel viaje parecía haber aumentado aún más su interés por el arte.

Nos dirigimos al restaurante principal, con Noah saltando a mi lado.

—Entonces, cuando volvamos, ¿la señorita Nina vendrá a casa con nosotros? —preguntó Noah en tono ilusionado, y más alto de lo que me hubiera gustado.