Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 9 Nina
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9 Nina

NINA

Aquello no tenía sentido.

La frase me daba vueltas en la cabeza, una y otra vez, junto con un latido que me forzaba a mantener los ojos cerrados. La habitación estaba llena de luz, aún con las cortinas corridas.

Nada tenía sentido, porque estaba tumbada en una cama, junto a Logan Ashford, que roncaba. Roncaba, y estaba desnudo.

Yacía boca abajo, con el culo al aire, y la sábana cubriéndole tan solo las pantorrillas.

Pero ¿qué diablos?

¿Cómo?

Al menos, yo no estaba desnuda. De algún modo, había terminado vestida con la camiseta interior de Logan, que me quedaba enorme.

Sí, me alegraba de estar tapada, pero el hecho de no llevar nada debajo daba pie a toda clase de preguntas sobre lo que podía haber ocurrido después de que llegáramos a la suite la noche anterior.

La noche anterior. Tenía muchas lagunas en la memoria. Recordaba la mayor parte de la cena, y el principio de la partida de dados pero, después de eso, tan solo me acordaba de algunos momentos fugaces de exaltación. Y risas, muchas risas.

Me miré las rodillas, que me dolían por alguna razón inexplicable, y descubrí que me las había despellejado con la alfombra y tenía dos golpes. Y eso, ¿por qué?

—Joder.

Logan se movió y empezó a sentarse.

—Ay, Dios —dijo en un suspiro, mientras parpadeaba y miraba a su alrededor como si saliera de un coma.

Me obligué a apartar la vista de la forma en que flexionó los bíceps para incorporarse, pero, antes de llegar a sentarse, Logan se dio cuenta de que estaba desnudo a mi lado, y se tapó con la sábana.

Un momento. ¿La sábana había hecho una tienda sobre su regazo, o me lo estaba imaginando? No tuve tiempo de investigarlo, porque él dobló las rodillas al momento.

—Yo, esto…

No terminó la frase, porque ¿qué iba a decir?

La pregunta más obvia, si habíamos dormido juntos, tenía una respuesta bastante evidente.

No estaba segura de cómo se sentiría él, pero mi cuerpo había tenido una noche bastante activa, a juzgar por el montón de envoltorios dorados abiertos sobre mi mesilla.

¿Cuántas veces lo habíamos hecho?

Y, lo que era más importante, ¿recordábamos algo de lo que debía haber sido una noche de polvos épicos?

—Oye —dije con sencillez.

—Qué.

—¿Cuánto bebimos anoche? —pregunté.

—Muchísimo —gruñó él—. Me encuentro tan mal, que prefiero la muerte.

—Yo igual.

Me fijé en que observaba el montón de envoltorios y hacía una mueca.

—Supongo que…

—Ya.

Nos quedamos en silencio, e hice una mueca al recordar durante un instante la cabeza de Logan entre mis muslos.

¿Mi jefe me practicó sexo oral anoche?

—Bueno, podemos olvidarlo, ¿verdad? —dijo, con una determinación que pareció forzada—. Anoche tomamos un montón de malas decisiones que no afectarán a nuestra relación laboral. No volveremos a hablar del tema. ¿Te parece bien?

Otra visión, esa vez de cuando intenté meterme hasta la garganta la impresionante longitud de Logan.

Un momento, no lo intenté. Lo conseguí. Yo nunca sentía náuseas.

—Sí —respondí con rapidez.

Me gustaba mucho mi trabajo, sobre todo la forma en que las cosas iban progresando con Noah. No quería retrasar su recuperación porque su padre y yo nos hubiéramos emborrachado y nos hubiera dado un calentón.

—Bien, entonces. Me alegro de que estemos de acuerdo —dijo Logan en su tono de hombre de negocios—. Nuestra relación no cambia. Ahora solo tengo que encontrar mi ropa.

Los dos miramos por la habitación como investigadores de la escena de un crimen. Su chaqueta no aparecía por ningún sitio, mi vestido estaba arrugado junto a la puerta, y sus pantalones estaban junto a él, en un montón. Mi sujetador había acabado encima de la cómoda.

—Ahí está mi camisa —observó Logan.

Tendió una mano hacia el extremo de la cama, pero se detuvo a medio camino.

—¿Qué es eso?

Miré por la habitación, tratando de descubrir lo que le había sorprendido. ¿Cámaras? ¿Arañas? ¿Un minibar vacío?

—¿Qué quieres decir? —pregunté.

—Mírate… la… mano… izquierda.

La puse delante de mi cara y di un respingo. No se refería a mi manicura estropeada, sino al anillo de oro que brillaba en mi dedo.

Y que hacía juego con el que él llevaba en su mano.

—Tiene que ser una broma —dije por fin—. Es decir, serán bisutería, o algo así. Tal vez sean anillos inteligentes del casino, de esos que se pueden escanear en lugar de usar una tarjeta de crédito.

—Desde luego, espero que sea eso —gruñó él, antes de inclinarse a un lado de la cama.

Supuse que buscaba sus zapatos, pero entonces se incorporó de golpe con una hoja de papel en la mano que parecía un diploma.

—No.

Aquella sílaba iba cargada de sentimientos: enfado, incredulidad, horror… Logan cerró los ojos y se recostó contra el cabecero. Yo me incliné y le quité el papel para leerlo.

Certificado de matrimonio.

En la parte inferior, estaban nuestras dos firmas, y yo había sustituido el punto de la «i» de mi nombre por un puto corazón.

Al pensar en lo que significaba aquello, el corazón empezó a latirme a toda velocidad. En una o dos ocasiones anteriores, me había emborrachado hasta no recordar nada, pero lo peor que había hecho era comerme una pizza entera yo sola.

—No, no, no, esto no puede ser verdad —gemí, con la vista clavada en aquel documento, que parecía muy real.

Nombre del oficiante, firma de los testigos, sello dorado muy oficial y número de licencia.

—Esto no está bien. —Logan hizo constar lo evidente.

—¿Cómo? —chillé—. ¿Por qué nos casaría alguien estando tan borrachos que no nos teníamos en pie?

—Habla por ti misma —respondió él.

—Ah, ¿así que tú estabas en plena posesión de tus facultades mentales cuando firmaste esto? —Sacudí el certificado delante de su cara.

—Está claro que ninguno de nosotros lo estaba —dijo en un tono que supuse que pretendía calmarme—. Ahora tenemos que resolver cómo arreglarlo. Hay que hacer control de daños. ¿Recuerdas algo de la ceremonia? ¿Había alguien más allí?

—No me acuerdo de nada —dije tras una pausa—. Lo último que recuerdo con claridad es a ese hombre ofreciéndonos la suite para pasar la noche.

—Y yo —respondió con una mueca.

Él volvió a inclinarse por el lado de la cama y, al incorporarse, ya había iniciado una llamada con el móvil.

—¿A quién…?

Él ya estaba centrado en la llamada.

—Drew, necesito hablar contigo. —Otra pausa—. No, no se trata de papá, sino de mí. Anoche ocurrió algo en Nésion.

Aunque tenía la cabeza embotada, por fin recordé que Drew era uno de los hermanos de Logan. Debía de haberle llamado para pedirle ayuda con eso del control de daños.

—Yo, esto, me he despertado casado.

La risa que se escuchó al otro lado del teléfono fue tan fuerte que Logan se apartó el teléfono de la oreja, enfadado.

—Sí, la conozco —masculló al teléfono cuando Drew se calmó por fin—. Es Nina Reyes, me está ayudando con Noah.

Lo observé mientras hablaba con su hermano.

—No, aún estamos en la suite que nos han ofrecido. Sí, nos han invitado porque Nina ganó a los dados. No sé, no lo hemos contado. Pero, bueno, ¿tú cómo resolviste… lo tuyo? Te voy a poner en manos libres para que lo oigamos los dos.

Al conectar el altavoz, Drew seguía riendo.

—Hola Nina, soy Drew Ashford. Bienvenida a la familia.

Aquello le provocó otro ataque de risa. Logan apretó la mandíbula mientras esperaba, una vez más, a que se tranquilizara su hermano.

—Hola —dije débilmente.

—Solo dinos qué es lo mejor que podemos hacer en este caso —exigió Logan—. Tú te encontraste metido en un compromiso inesperado, y viviste para contarlo, así que dime: ¿qué deberíamos hacer?

—Lo siento, chicos. Mi caso fue muy diferente.

Yo necesitaba convencer a todo el mundo de que Emilia y yo estábamos juntos, así que nos interesaba que la noticia de nuestro compromiso falso corriera como la pólvora.

Vuestro caso es justo lo contrario: vosotros no queréis que nadie se entere de que os habéis intercambiado los anillos. —Se rio un poco de su chiste malo.

Logan apretó los dientes con fuerza.

—Drew.

—Mira, tampoco tiene que ser un drama. Lo único que tenéis que hacer es evitar que se sepa antes de llegar a casa, y luego pedir el divorcio con discreción.

O tal vez lo podáis anular. Es sencillo, y no tiene por qué enterarse nadie.

Puedes incluso avisar ya a tu gente para que empiecen a trabajar en ello.

Logan lo pensó un momento, con cara de concentración.

—De acuerdo, yo me encargaré. No digas nada a nadie, ¿de acuerdo?

—Venga, tío, ¿ni siquiera una fiesta para celebrar la noticia? Estoy seguro de que a Emilia le encantaría planear…

—Drew —interrumpió Logan—. Ya está bien.

—Perdona, perdona —se disculpó él—. Seguro que todo se arreglará. Guarda bien el certificado, porque lo necesitarás para presentar los papeles del divorcio.

—Y quítate esa cosa —añadí yo, mientras me arrancaba el anillo del dedo.

Logan asintió y tironeó del suyo hasta que consiguió quitárselo.

—Oye, tendrás una gran historia que contar cuando todo se arregle —dijo Drew—. Nina, gracias por aguantar a mi hermano y ayudar a Noey.

—Es un niño estupendo —respondí, contenta de poder hablar durante unos instantes de algo que no fueran nuestras horribles decisiones.

—Bien, pues ya hemos terminado. Gracias por tu opinión. Hasta luego —interrumpió Logan, y desconectó la llamada sin más.

La habitación quedó sumida en un silencio sepulcral, mientras los dos pensábamos en qué hacer a continuación.

—¿Qué hora es? —pregunté al fin.

—Temprano —respondió Logan—. Demasiado temprano, de hecho. Y eso nos viene bien, porque podemos volver al barco antes de que todo el mundo se ponga en marcha. Deberíamos irnos de aquí ya.

—Voy a asearme un poco, dame cinco minutos —dije, saliendo de la cama.

Su camiseta me estaba muy larga, pero, aun así, sentí la necesidad de tirar de ella hacia abajo mientras corría al baño.

Me sorprendió encontrar una repisa provista con todo tipo de productos de higiene, todos ellos de marcas de lujo que solo había visto en internet.

Y, al lado de aquello, había dos chándales negros con el logo del hotel en el pecho.

¡Genial! Así llamaríamos menos la atención si alguien nos pillaba volviendo al barco.

Cuando salí del baño, Logan ya estaba vestido y parecía más o menos despierto.

—Mírate —comentó al verme, con una ceja levantada—. ¿Vas a ponerte los tacones con eso?

—Creo que no tengo más remedio. Iré arreglada, pero informal. —Miré a mi alrededor—. Un momento, ¿dónde está mi teléfono?

Logan puso los ojos en blanco.

—Te llamo.

Los dos inclinamos la cabeza, como un par de perritos aguzando el oído para escuchar mejor mi tono de llamada, una vieja canción de Scarlet Rush que hablaba de encontrar tu cuento de hadas.

—Lo oigo —dijo Logan, mientras empezaba a andar de un lado a otro.

—Y yo.

Me sentí aliviada, porque perder el teléfono habría sido la guinda que coronaría la pesadilla que estábamos viviendo. Por fin, lo encontré metido entre dos cojines del sofá, junto con mi tanga. Parecía que también habíamos hecho algo en el sofá.

Al mirar el teléfono, descubrí varios mensajes de Tasha, preguntándome si seguía viva.

—Dame dos minutos —murmuró Logan, mientras se dirigía al baño.

Su piel parecía un tanto verdosa. Estaba fingiendo bastante bien que no le afectaba mucho la resaca, pero me daba cuenta de que lo estaba pasando tan mal como yo.

Nos esperaba un día muy largo.

Me senté a esperarlo en el sofá. Tash merecía conocer el último acontecimiento de mi desordenada vida, y no pude resistirme a darle una pista, así que volví a ponerme el anillo en el dedo e hice una foto de mi mano con la habitación de fondo. Sabía que ella no se lo contaría a nadie.

Su respuesta fue inmediata: ¿¡¿¡Qué co…?!?!

Le conté todos los detalles que fui capaz de recordar, y cada mensaje que le enviaba era contestado con más signos de exclamación y emoticonos sorprendidos. Por fin, llegué a lo que había ocurrido cuando llegamos a la suite.

¿¿¿¿¿¿Te has acostado con él?????????

Me pregunté si se le romperían las uñas acrílicas al teclear con tanta fuerza sobre la pantalla del teléfono.

Eso parece.

¿A qué te refieres con que parece?, respondió ella.

A un par de chupetones, un tirón que tengo en el muslo y un montón de envoltorios de condones.

Ella me envió el GIF de Meryl Streep aplaudiendo de pie en una entrega de premios.

¿Y cómo ha sido? Quiero todos los detalles escabrosos, por favor.

Sonreí mientras me venían a la mente diversas imágenes de las manos de Logan recorriendo todo mi cuerpo.

No recuerdo gran cosa.

¡Maldita sea! ¡Tendrás que hacerlo otra vez, entonces! ¡Tienes que averiguarlo!, respondió ella.

Es muy poco probable. Vuelve a estar en modo jefe, y todo es la leche de incómodo.

Escuché unos ruidos en el dormitorio y supuse que estaba terminando de prepararse.

¡Porque no puede parar de pensar en lo buena que estás!

Respondí con el emoticono llorando de risa.

—¿Lista?

Logan debía haber hecho una ofrenda a los dioses de la porcelana mientras se lavaba la cara, porque casi parecía normal. Por el contrario, yo, con el chándal y los tacones, parecía vestida para hacer una audición para una nueva versión de Los Soprano.

—¿Por qué te has puesto eso? —preguntó Logan.

Miré a mi cuerpo confusa, porque ya habíamos hablado de ello.

—Porque es más cómodo que mi vestido arrugado.

—No. El anillo.

Ups. Me había pillado. Se me había olvidado volver a quitármelo, lo que era bastante raro, porque nunca llevaba anillos. Debería haberme resultado incómodo, pero aquella alianza parecía hecha para mi dedo. Me la quité y la metí en el bolsillo.

—¿Recuerdas de dónde los sacamos? ¿Fuimos a una joyería, o es que la capilla tiene una selección de alianzas para elegir antes de entrar?

—No tengo ni idea —suspiró él—. Seguramente sean bisutería chapada en oro. Puedes deshacerte de ella. Bien, vámonos.

Yo asentí y lo seguí a la puerta, con la mano metida en el bolsillo, sujetando el anillo como si fuera un amuleto de la suerte. A mí no me parecía barato. Era pequeño, pero tenía cierto peso, y no estaba dispuesta a desprenderme de él.

Algún día, cuando fuera vieja y canosa, y viviera con quince gatos, podría sacarlo de un cajón y recordar la noche loca en que me casé con un multimillonario borracho.