8 Logan #2
Ella miró por encima del hombro y me sonrió de un modo que pareció transmitir que ella pensaba lo mismo.
Moví la mano a la parte inferior de su espalda y la dejé ahí, con la excusa de acompañarla a través del restaurante.
Logramos llegar al casino sin más problemas, aunque Nina tuvo que sujetarse a la cinta de la escalera mecánica con las dos manos, como si fuera una atracción de feria peligrosa.
Yo me incliné hacia ella mientras bajábamos hacia el caos.
—¿Estás bien?
—¡Ya lo creo! —rio ella—. ¿Y tú? ¿Estás bien, señor No-puedo-andar-en-línea-recta?
Me aparté de ella con un sobresalto.
—¿De qué estás hablando?
—De nada —respondió con un resoplido.
Oculté el hecho de que casi tropecé al bajar de la escalera mecánica fingiendo correr un poco. Luego, extendí el brazo hacia atrás para coger la mano de Nina. Era para ayudarla, por supuesto, pero, cuando lo hice, ya no quise soltarla.
Terminamos en la mesa de dados más escandalosa de todo el casino.
Nina quiso apostar inmediatamente, pero la convencí de que se limitara a mirar durante unas rondas para ver cómo iban las cosas.
Se suponía que interrumpir una serie de buenas jugadas traía mala suerte y, además, yo quería explicarle el juego.
—¿Siempre te lanzas de cabeza a todo lo que haces?
Ella asintió con tanto entusiasmo, que casi perdió el equilibrio, así que la sujeté algo más de cerca para estabilizarla.
—Por supuesto. Bueno, a veces. Sobre todo, si me he tomado un par de copas.
No quise señalar que se había tomado bastante más que un par. Ella soltó algo entre una risa y un ronquido, y se tapó la boca con la mano, antes de echarse a reír sin parar. Cuando por fin logró controlarse, se giró y apoyó una mano en mi pecho.
—De acuerdo, jefe. Me pongo en tus manos. Enséñame.
Se me ocurrieron un montón de cosas que quería enseñarle, pero aparté de mi mente todas aquellas ideas y empecé a explicarle lo que estaba pasando.
—¿Qué significa eso? —Nina señaló a un hombre que tenía las dos manos apoyadas sobre su montón de fichas.
—Le indica al crupier que va con la apuesta que ha hecho. Está bastante seguro.
Nina se puso de puntillas para ver mejor y se tambaleó contra mí.
Fui consciente de que, en lugar de apartarse, prefirió mantener la espalda apoyada contra mi pecho.
Seguí informándole, susurrando en su oído lo que significaba cada cosa, e intentando ignorar lo bien que olía, por no hablar de lo suave y perfecto que parecía su cuerpo, pegado al mío.
No pasó mucho tiempo antes de que se agotara la racha de suerte, y unos cuantos jugadores se alejaron refunfuñando de la mesa.
—¿Podemos jugar ya? —me preguntó Nina, tan ansiosa y adorable como un cachorrito.
—Creo que ya estamos listos —asentí.
Y con eso, iniciamos una racha de media hora que dejó a nuestro grupo de jugadores alucinados.
Con mucha confianza, Nina se ofreció a ser la tiradora, lo que agradó a todos los hombres presentes.
Me fijé en que uno de ellos, situado en el otro extremo, clavaba los ojos en su pecho cada vez que ella se inclinaba para lanzar los dados, así que me quedé mirándolo con mala cara hasta que se dio cuenta y dejó de hacerlo.
Fue una serie de jugadas épicas. Nina no solo se hizo con rapidez con las reglas de aquel juego tan complicado, sino que logró que la suerte le sonriera.
El montón de fichas que tenía delante fue creciendo, junto con el número de copas y vasos vacíos.
No dejábamos de ganar, y tampoco de celebrarlo, aunque las celebraciones se fueron haciendo cada vez más despreocupadas y ruidosas.
Por fin, acordamos hacer una última jugada.
La mesa se quedó en silencio cuando Nina cogió los dados con las dos manos, se volvió hacia mí y me los ofreció.
—Bésalos para darles suerte.
Arrugué la nariz, sin la menor intención de poner la boca sobre esos trastos tan manoseados, estuviera o no borracho.
—Prefiero no hacerlo.
Nina rio.
—Aandaaa —pidió en un arrullo cantarín—. No seas aguafiestas. Bésalos.
Volvió a levantar la mano y… bueno, no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad de poner la boca sobre su cuerpo.
Nos miramos a los ojos, y yo cogí su mano en la mía, le di la vuelta y posé los labios sobre el dorso de su mano, en un beso lento y prolongado.
Ella pareció algo nerviosa y cambió el peso de un pie a otro, hasta que la solté por fin. Se escucharon algunos aplausos.
Nina siguió mirándome, como si supiera con exactitud lo que estaba pensando, aunque eso era imposible, porque ni yo mismo encontraba el sentido a las ideas que me rondaban por la cabeza a toda velocidad.
Me sentía abrumado por ella, por el caos y el escándalo de la sala, y por todo el alcohol que no dejaba de beber, a mi pesar.
Aquella situación no tenía nada de normal y, por alguna razón, eso no me importaba lo más mínimo.
Nina se volvió por fin a la mesa y lanzó los dados.
—¡Tirada caliente! —gritó una voz.
Me volví a mirar cabreado a aquel hombre, pero luego recordé que la expresión era habitual en los dados, no un comentario sobre Nina.
Aunque la verdad era que estaba muy buena.
El montón de fichas delante de ella aumentó tanto que llamó la atención del jefe de zona, quien se acercó a mí.
—Señor Ashford, nos alegramos de que esté con nosotros hoy, y nos gustaría ofrecerle una suite a nuestro cargo, para usted y la señorita Reyes. Le ha ido muy bien esta noche.
Estaba a punto de contestar que no pensábamos quedarnos a dormir, cuando Nina empezó a chillar antes de que pudiera decir nada.
—Ay, Dios mío, ¿nos dejan una suite? ¡Soy una jugadora VIP, gente! —Levantó el puño en el aire una y otra vez—. ¡Sí! ¡Olé yo!
Me di cuenta de que había dicho «nos dejan». ¿Significaba eso que había llegado a la misma conclusión que yo? Pero parecía tan encantada consigo misma, que empecé a preguntarme si, tal vez, deberíamos quedarnos.
—¡Queremos el ático, chaval! —gritó Nina, haciendo bocina con las manos para que su voz resonara aún más.
Reí por lo bajo. Esa mujer era adorable. ¿Quién era yo para aguarle la diversión? Seguramente disfrutaría mucho de una habitación de lujo, después de estar en los estrechos camarotes de la tripulación.
—Eso es muy generoso, muchas gracias —respondí al hombre.
Un momento. Creí que le había dado las gracias pero, cuando levanté la vista, el hombre no estaba por ningún sitio, y descubrí que tenía una tarjeta en la mano, aunque no recordaba haberla cogido.
Pero ¿qué diablos?
Las luces parpadeaban y la música era tan fuerte que me retumbaba entre las sienes. Era hora de irse.
La breve distracción, o tal vez no había sido tan breve, no estaba seguro, bastó para enfriar el ambiente en la mesa. Comprendí que debíamos dejarlo ya, o perderíamos todo lo que habíamos ganado. Nina pareció notarlo también, porque me fijé en que tenía la mirada perdida mientras otros tiraban.
—Vámonos —le susurré al oído.
Ella respondió con un ruidito somnoliento encantador que hizo que me dieran ganas de cogerla en brazos para llevarla a la habitación. Nina tropezó de camino a los ascensores.
—¿Por dónde vamos? Estoy perdida.
—Y yo —logré decir.
Me costó hablar, porque ella había cogido uno de mis brazos para apoyarse en él, y apenas podía pensar en nada que no fuera ella.
Su sonrisa feliz, su aroma embriagador, su pecho, pegado a mí.
Con todo aquello ahí mismo, atrayendo toda mi atención, ¿cómo iba a encontrar el camino?
Descubrí que estábamos caminando en círculos y, aunque habría podido pedir a alguien que nos indicara cómo llegar al ático, descubrí que me gustaba estar perdido con ella.
—Creo que vamos por el camino equivocado —rio ella, señalando más adelante por el pasillo—. Mira.
Lancé una mirada a donde indicaba y vi una pequeña capilla para bodas. En ese momento, apareció de la nada una camarera con una bandeja de bebidas.
—¿Necesitáis un poco de valor líquido antes de lanzaros?
—¡Sí! —respondió Nina, a la vez que yo decía—: No.
—¡Chupito, chupito, chupito! —canturreó Nina, con un puño levantado en el aire.
La camarera rio y nos entregó a cada uno un vaso pequeño con un líquido claro.
—Ouaca. ¡Salud!
Al oler aquel aroma familiar, se me cayó el alma a los pies. Ya me había tomado un par de copas de lo que comprendí que era ese licor tan potente. Si era eso lo que había estado bebiendo toda la noche, no estaba algo achispado: estaba borracho como una cuba.
—¡De un trago, jefe! —me animó Nina, que se bebió el vaso entero e hizo un gesto para que la imitara.
Bueno, un caballero no permite que una mujer beba sola, y yo no podía resistirme a su entusiasmo. En ese estado, Nina Reyes resultaba deliciosa, y no dudé en llevarme el vaso a los labios para beber, ignorando la vocecita en mi cabeza que me decía que ya había bebido demasiado.
Por fin descubrimos cómo retroceder hasta los ascensores. Nina rio y avanzó saltando por el pasillo desierto, pero el alcohol y los tacones finalmente pudieron con ella, y cayó de rodillas.
—Ay —rio ella, mirándome, antes de extender las dos manos y agitar los dedos con rapidez—. ¡Sálvame, mi príncipe!
Cogí sus manos con las mías y tiré de ella, para levantarla y estrecharla en mis brazos.
Ella chocó conmigo y luego se deslizó hasta apoyarse en sus pies, de forma que quedamos pegados, mirándonos a los ojos.
Su pecho subía y bajaba con rapidez, como si hubiera acabado una carrera, pero no se apartó de mí.
Dejé que mis manos rodearan su cintura. Ella abrió un poco la boca y levantó la cabeza hacia arriba.
Por muchas copas que me hubiera tomado, aún era capaz de reconocer una invitación cuando la recibía. La apreté contra mi cuerpo aún más y ella se dejó llevar, con tantas ganas como yo.
Me incliné sobre ella y le di un beso en la boca que la dejó sin respiración, y a mí también.