8 Logan
LOGAN
¿Por qué estaba nervioso?
Tampoco es que fuera una cita. Bueno, a lo mejor sí me había arreglado un poco más de lo normal. Y me había puesto colonia.
Estaba caminando de un lado a otro mientras esperaba a Nina en el muelle. Y no, eso no era una cita, a pesar de todas las indicaciones que lo sugerían. Solo iba a ofrecer a una empleada una noche libre muy merecida mientras estábamos atracados en el siguiente puerto.
Los enormes progresos que estábamos haciendo con Noah se debían a ella.
Cuando le pedí que me acompañara esa noche, pensé que una buena cena y, quizá, unos juegos en el casino de la isla de Nésion, podían ser una buena forma de agradecérselo.
Esa noche se había planeado para que los padres la tuvieran libre, pues los niños, incluyendo a Noah, estarían muy ocupados con una fiesta de pijamas y una película.
Nina y yo estábamos libres de responsabilidades y nos encontrábamos en el sitio perfecto para pasarlo bien.
Aquella isla era una especie de Las Vegas en el mar, donde las cosas podían desmadrarse un poco, pero yo había previsto un plan sencillo.
Una buena comida, tal vez un rato en las máquinas tragaperras y de vuelta al barco.
Casi me había convencido de que aquello no era más que una reunión fuera de la oficina, cuando me volví para ver a Nina acercarse hacia mí.
El sol poniente la iluminaba desde atrás, por lo que la imagen parecía propia de una película, y su vestido se había vuelto transparente a la altura de los muslos.
Yo sentí una cierta presión entre los míos.
No. Calma, chaval.
Ella estaba lo bastante lejos como para permitirme admirarla a medida que se acercaba.
Había pensado que su versión relajada y casual la noche de la pataleta de Noah era espectacular, pero, hostia, Nina bien arreglada era un puto escándalo.
Llevaba su gloriosa melena suelta en ondas que le caían por la espalda.
El vestido rosa acariciaba unas curvas que habían estado ocultas por su uniforme.
Y, que el señor me perdonara, menudas caderas. Suspiré y continué el inventario.
Llevaba tacones altos, pero caminaba como si fueran tan cómodos como deportivas.
Pero ¿quién era esa mujer? Era capaz de tirarse al suelo con sus pantalones caqui y su polo para jugar con los niños y, a continuación, se transformaba en una supermodelo que caminaba como si se pasara el día sobre una pasarela.
Cuando me vio, dejó de buscar entre la multitud con el ceño fruncido y sonrió. Aquella sonrisa era solo para mí y, aunque intenté no creérmelo, apenas lo conseguí.
Su sonrisa no se apagó a medida que se acercaba. Miré a su alrededor y me fijé en que todos los hombres que se cruzaban con ella se volvían a mirarla.
—¡Hola! —saludó con alegría, y me miró de arriba abajo—. Qué buen aspecto tienes.
Ahora que tenía a Nina delante, no me sentía capaz de completar una frase.
—Y tú estás… —Hice un gesto de impotencia.
—Diferente, ¿verdad? —rio ella.
Giró en una vuelta rápida que me ofreció una imagen fantástica de un culo tan respingón, que pensé que se me caería la baba. Enseguida estuvo de cara a mí, y me costó mucho mirar sus ojos, y no esos pechos tan redondos que amenazaban con salirse del escote del vestido.
Maldición, todo en ella era perfecto. No me resultaría fácil mantener la distancia profesional, sobre todo si decidíamos disfrutar del licor típico de la isla, el ouaca, del que se decía que era tan fuerte, que un vaso tumbaría a un leñador de espaldas.
Sí, sería mejor evitar cualquier cosa que afectara a mi capacidad de tomar decisiones, porque Nina me estaba haciendo desear romper todas mis reglas.
—Estás preciosa —logré decir al fin—. ¿Vamos?
—Vamos —sonrió ella—. Hace siglos que no tengo una noche libre. Me encanta estar en el barco pero, al cabo de un tiempo, siempre tengo la sensación de ser un animal enjaulado.
—Pues esta noche podrás correr en libertad —dije, mientras atravesábamos la multitud.
Por fin llegamos al casino y terminamos sentados uno junto al otro en la reluciente mesa del chef de su restaurante de cinco estrellas.
Mientras preparaba la cena, el chef nos iba explicando lo que hacía, lo que nos salvó de tener que hablar de temas triviales y nos mantuvo entretenidos durante la mayor parte de la cena.
No me podía quejar: la comida era increíble y, en cuanto nuestros vasos estaban medio vacíos, nos rellenaban la bebida.
—Oye.
Nina me dio un golpe con el hombro mientras esperábamos el postre. Parecía más sonriente y alegre de lo habitual.
—¿Sí? —Me volví a ella, despacio.
Se inclinó hacia mí y su respiración cálida me hizo cosquillas en la oreja.
—Creo que esta noche voy a tener suerte.
Me aclaré la garganta. Vaya, no había esperado una propuesta tan directa. No supe cómo responder.
—Quiero ir a jugar. —Se inclinó hacia atrás y levantó las manos en el aire—. ¡Creo que voy a ganar todo el dinero que tengan aquí!
Su entusiasmo me hizo reír, aunque me tuve que tragar la decepción al comprender de qué estaba hablando.
—Ah, ¿sí? ¿Cuál es tu juego favorito?
Ella hizo una pausa y puso cara de pensarlo.
—Esto, la verdad es que no lo sé. ¿Cuentan las máquinas tragaperras?
El chef se rio un poco al oírlo, sin dejar de verter chocolate derretido sobre algo que ya parecía bastante chocolatoso.
—No, si eres una jugadora de verdad. Lo que debes probar son los dados.
Tuve que darle la razón. Era difícil encontrar algo más emocionante que una buena partida de dados. Me imaginé que Nina sería capaz de conseguir que toda la mesa la apoyara.
—Pero no sé jugar —respondió con un puchero.
—Parece que tu chico sí que sabe —respondió el chef—. Podéis jugar en pareja.
Los dos nos apresuramos a corregirlo.
—Oh, ella no…
—No, no estamos… —dijo Nina.
—Juntos —terminamos a la vez.
El chef hizo una pausa, con la cuchara llena de chocolate levantada en el aire sobre el plato.
—Ah, bueno, si insistís…
Ocultó una sonrisa, y yo me pregunté qué había visto entre nosotros. Después de todo, no habíamos hecho más que comer. Y reírnos. Y contarnos historias de nuestros peores viajes, entre una charla y otra del chef. Había sido una forma muy agradable de empezar la noche.
El chef desapareció después de entregarnos el postre, para reaparecer unos momentos después seguido de una rubia muy guapa que llevaba un vestido negro y sujetaba en sus manos una tableta.
—Buenas noches, señor Ashford y señorita Reyes. Soy Alanna Jones, responsable de juego —explicó—. He oído que les interesaría jugar a los dados con nosotros esta noche, y quería invitarlos a acceder a nuestro club de jugadores de élite.
Me ofreció una tarjeta de plástico color violeta, en la que no había nada escrito, salvo el discreto logo del casino.
—Ahí es donde juegan nuestros clientes preferentes. Es un juego algo más… elevado que el que encontrarán en la zona principal —continuó.
Traducción: ahí es donde van los idiotas con más dinero que sentido a perder sin que nadie los vea.
—¿Se descontrola mucho? —preguntó Nina.
La palabra «mucho» sonó «musho», y comprendí que empezaba a estar un poco achispada. Alanna ocultó una sonrisa.
—Por lo general, no. Es un lugar donde el juego se toma muy en serio. Los jugadores van a por todas.
—Bueno, entonces, gracias, pero no, gracias —dijo Nina con una sonrisa, y me señaló con el pulgar—. Hemos venido por la diversión, ¿sabes? Hemos trabajado mucho, así que esperamos descontrolarnos un poco.
Oh sí, desde luego que Nina estaba algo achispada. Normalmente, la gente borracha me parecía muy molesta, y ya tenía suficiente con la que había en el barco, pero… Nina me parecía encantadora en ese estado.
—Excelente, lo comprendo —asintió Alanna—. En ese caso, deberían ir a nuestro salón de juego principal. Es muy animado, estarán en buena compañía.
—¡Perfecto! Pero antes, voy a terminarme el… —Señaló el plato que tenía delante y se inclinó un poco para llamar la atención del chef—. ¿Cómo se llamaba?
—Es un tartufo —respondió él.
—¡Está buenísimo! —dijo Nina, golpeando la mesa con la cuchara, lo que me hizo soltar una carcajada. Dios, ojalá no resultara tan graciosa—. Todo estaba buenísimo. ¿Puedo quedarme y seguir comiendo para siempre?
Empezó a mecerse adelante y atrás en su asiento. Oh, vaya, esa noche iba a estar muy ocupado con la señorita Achispada.
Terminamos de cenar y, cuando me puse en pie para marcharnos, sentí la sensación de estar sobre un mar revuelto. El suelo pareció desaparecer bajo mis pies, y tuve que apretar las rodillas para no tambalearme. Un momento, ¿yo también estaba borracho?
No, imposible. Siempre llevaba la cuenta de lo que bebía, y solo había tomado… Maldición, no me acordaba. No podían ser más de cuatro. ¿O tal vez cinco?
Ni siquiera estaba seguro de lo que nos habían servido; solo sabía que cada copa había entrado con suavidad y sin esfuerzo.
—¡A por los dados! —exclamó Nina, señalando delante de sí como un general.
—Así que tú estás al mando esta noche, ¿no? —reí.
Ella parpadeó de un modo muy exagerado.
—Sí —dijo en un ronroneo—. ¿Crees que estás listo?
Joder.
—Estoy listo para cualquier cosa que me eches.
—Ya lo veremos —rio ella.
Nina trastabilló, y yo extendí el brazo para sujetarla.
Mi mano encontró su cintura y se quedó allí hasta que recuperó el equilibrio.
Mi cerebro, propenso a seguir las reglas, me advirtió de que dejar mi mano en la suave y apetecible curva de su cadera durante más de dos segundos rozaba lo inapropiado, pero lo que nos hubieran servido en aquellas copas me convenció de que tocarla era una idea fantástica.