Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 6 Logan
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—Eh, peque, llama tu tío. ¿Quieres hablar con él? —pregunté a Noah al ver que Harrison estaba llamando por FaceTime.

Mi hermano mayor había desarrollado una relación muy cercana con Noah que me alegraba el alma y, últimamente, aún la habían estrechado más. Nunca había sido un hombre muy abierto, pero el matrimonio y un bebé lo habían mejorado bastante.

Noah y yo estábamos pasando el rato en el salón de nuestra suite, antes de su hora de dormir, lo que se había convertido en un ritual al que Noah se iba acostumbrando poco a poco. Yo confiaba con esperanza en que eso fuera señal de progreso.

—¡El tío Harry! —exclamó Noah.

Retiró a Ariel de su regazo con cuidado, dejó la tableta a un lado y corrió a sentarse junto a mí en el sofá.

Yo no estaba muy seguro de por qué llamaría mi hermano, pero el hecho de que lo hiciera a través de FaceTime significaba que no debía tratarse de una emergencia relacionada con el trabajo.

Tal vez quería presumir de lo lista que era su hija, lo que había sido el tema de nuestras últimas videollamadas.

Contesté la llamada.

—Eh, tíos, ¿qué tal los siete mares?

—Hola, tío Harry —sonrió Noah, mientras saludaba con la mano—. ¡Hoy he hecho surf!

—Ah, ¿sí? Bueno, ¡ya era hora de que te subieras a una tabla! En esta familia todo el mundo hace surf, no comprendo por qué tu padre no te ha enseñado antes.

Me abstuve de recordar el intento frustrado de hacía años, cuando Noah perdió el bañador y decidió renunciar al océano por completo.

—¿Qué pasa? —pregunté—. Nos alegramos de verte, pero tenemos que prepararnos pronto para ir a dormir.

—De acuerdo. Estoy revisando algunas cosas en casa de papá, y he encontrado una caja de trastos tuyos. Creo que se puede tirar todo, pero antes, quería preguntártelo.

Nuestro padre estaba comenzando el largo y lento proceso de mudarse a una casa más pequeña, y cada uno de nosotros estaba lamentando la pérdida del hogar familiar de distintos modos.

Evidentemente, la casa era demasiado grande para nuestro padre, y hacía siglos que ninguno de nosotros vivía allí.

Aun así, la mansión era mucho más que nuestro hogar: era el último lugar en el que habíamos vivido como una familia completa, dirigida por nuestra querida madre, quien se había dedicado a crear recuerdos maravillosos para todos nosotros.

Incluso después de seis años sin ella, volver a casa aún resultaba agridulce. Encontrar sus huellas por todas partes nos reconfortaba, pero también nos recordaba que se había ido. El vacío que había dejado mi madre tras fallecer de cáncer seguía pareciendo tan grande como el día en que la perdimos.

Al ser el mayor, Harrison se estaba ocupando de organizar las cosas que habíamos acumulado en la casa durante décadas.

Mi hermano mediano, Drew, se ocupaba de nuestro padre, ya que parecían compartir el mismo cerebro.

Y eso me reducía a mí a una especie de intermediario entre ellos, mientras mi padre se preparaba para hacer oficial el traslado y poner la casa a la venta de una vez.

—Si lleva todos estos años en la casa, es posible que se pueda tirar todo, pero enséñamelo, en cualquier caso.

Él rebuscó en la caja que tenía delante y sacó uno de mis viejos coches de carreras por control remoto.

—Este Porsche no está nada mal —bromeó Harrison, que había situado el pequeño coche negro delante de la cámara.

—Sí, ya —reí—. En su día me volvían loco esos trastos, pero ahora deben de estar todos oxidados. Y la tecnología es muy antigua.

—Hay dos más —dijo Harrison—. Un buggy antiguo de playa, y algo llamado un Hellraiser.

—Podemos donarlos —sugerí.

—Qué va. —Harrison negó con la cabeza—. No funcionan, ya lo he comprobado. Las pilas se han corroído.

—Vale, pues tíralos.

—No, espera —intervino Noah, acercándose a la pantalla—. Yo los quiero, papá. No los tires, yo puedo jugar con ellos cuando vayamos a ver al abuelo.

Había apretado los puños, lo que significaba que estaba tratando de controlarse. Harrison se detuvo, con el Porsche aún sujeto ante la parte inferior de la pantalla.

—Peque, están rotos. No funcionan.

—Me da igual. El control remoto no importa. Son míos —insistió Noah.

—Pero si te interesan los coches por control remoto, podemos comprar uno nuevo que te guste de verdad —propuso mi hermano, con el ceño fruncido—. ¿No te parece divertido? Podemos ir a ver qué opciones hay, y luego eliges el que más te guste.

A mí me pareció un plan estupendo, y esperé que lo aceptara, pero a mi hijo le temblaba el labio inferior.

—Pero yo quiero esos coches en casa del abuelo. Quiero que estén ahí la próxima vez que vaya a verlo.

Me aclaré la garganta. Había estado intentando acostumbrarlo a la idea de que se iba a vender la casa y, a causa de todo a lo que se había enfrentado en los últimos meses, quería evitar que su venta se convirtiera en otra fuente de cambio en su vida.

Pero no podía hacer gran cosa frente al hecho de que eso era justo lo que representaba, y a Noah le costaba mucho adaptarse a más cambios.

Por no hablar de que le encantaba la casa, en la que había pasado mucho tiempo, puesto que mi padre se había volcado con su primer nieto.

Noah estaba temblando, y me resultó evidente que íbamos directos a una rabieta, si no lo evitaba con rapidez.

—Noey, ¡no pasa nada! Iremos a comprar coches aún mejores. Esos son viejos y están rotos. ¡Los que hacen ahora van mucho más rápido!

—¡No, papá! —gimió Noah, que dio un pisotón en el suelo y me miró desafiante.

—Oh, oh —dijo Harrison en voz baja—. Os dejo para que lo resolváis, ¿vale?

Asentí con sequedad y escuché el sonido de desconexión de la llamada.

—¡Tío Harry, yo quiero los coches! —chilló Noah a la pantalla apagada, con las lágrimas rodando por las mejillas—. ¡No los tires!

—Eh, eh, no pasa nada —murmuré, e intenté sujetar a Noah para darle un abrazo, pero él se apartó de mí con un grito salvaje—. Venga ya, Noah.

—¡No!

Y, tras decir eso, mi hijo se tiró al suelo y empezó a tener una pataleta que pareció salir de la nada.

Su psicólogo había mencionado que podía perder el control de sí mismo en caso de desviarnos de su rutina, y aquel viaje suponía un cambio monumental respecto de su vida habitual.

Y yo que había creído que le distraería y nos divertiríamos…

Me deslicé del sofá y me senté en el suelo junto a él mientras chillaba. Y ahora, ¿qué?

Intenté frotarle la espalda para hacerle saber que no pasaba nada por llorar, pero él se apartó de mí sin interrumpir el llanto.

—Eh, Noah, venga ya —dije al cabo de, al menos, tres minutos de chillar tanto que no podía ser bueno para él.

¿Debía preocuparme por si se deshidrataba? ¿Y si se alteraba tanto que empezaba a vomitar?

—Ya hemos encontrado la solución, ¿no? Compraremos un coche mucho mejor.

—Yo… yo… ¡yo quiero ese coche! —dijo Noah entre hipos, con los ojos muy apretados y la frente apoyada en la alfombra—. ¡En casa del abuelo!

Se volvió para mirarme muy enfadado, con la cara roja de tanto llorar.

No conseguía inspirar bien, y me estaba empezando a preocupar por su bienestar.

Entonces, empezó a golpear el suelo con las manos y los pies.

Era una pataleta mucho más intensa que ninguna otra que hubiera tenido antes, y me sentí totalmente desorientado.

No se me ocurría qué hacer para lograr que se calmara.

—Oye, ¿dónde está Ariel? ¡Creo que deberíamos ir a buscarla!

Había visto a la gatita asomarse por una esquina, pero se había mantenido alejada de la tormenta. Noah me ignoró.

Solo se me ocurría una persona que podría conseguir llegar hasta él y, aunque estaba en su tiempo libre hasta la mañana siguiente, tenía que intentarlo. Me levanté, cogí el teléfono, y Nina contestó al primer timbrazo.

—¿Va todo bien? —Hizo una pausa y continuó—: Lo estoy oyendo.

Cerré los ojos cuando Noah subió el volumen.

—No, está muy lejos de estar bien. Sé que ya has terminado tu turno, pero no consigo que se calme y…

—Voy para allá —dijo, y colgó sin más.

Casi tuve ganas de llorar yo también. La situación aún no había empezado a mejorar, pero era un alivio saber que no me enfrentaba a ella yo solo.

Me acerqué a abrir la puerta, para que pudiera entrar enseguida, y volví junto a Noah, que seguía llorando en el suelo.

Su respiración no parecía haber mejorado, pero al menos tampoco parecía ir a peor.

No me di cuenta de que Nina había entrado hasta que la vi acercarse a nosotros vestida con un pantalón de algodón y una camiseta de tirantes, y con el pelo recogido en una coleta alta.

Estaba acostumbrado a verla con el uniforme y, una sola vez, en bikini y, al verla con ropa informal, tuve la impresión de estar conociendo otro aspecto suyo.

Ariel se frotó contra las piernas de su rescatadora, pero salió huyendo cuando Noah soltó un grito.

Me puse en pie y la saludé con la cabeza, esperando que pudiera hacerse cargo y resolver el problema. Nina se acercó y se sentó junto a Noah en silencio. Él se dio cuenta de que había llegado y bajó un poco el volumen, pero no se detuvo.

—Hola, amigo —dijo Nina, en voz tan baja que Noah se vio obligado a reducir aún más sus gritos—. Ya sé que ahora estás muy enfadado, y eso está bien. Es difícil cuando las cosas no van como uno quiere.

Eso le provocó un gruñido.

—Cuando yo me enfado mucho, y créeme, hay veces que me enfado un montón, he descubierto que respirar me ayuda a sentirme mejor. Tu éstas respirando ahora, porque, si no, ¡oh, oh! —Rio con suavidad—. Pero a mí me gusta respirar de una forma especial. Mira, es así…

Ella se puso una mano en el pecho y otra en la tripa. Después, inhaló despacio y exhaló.

—Es una especie de prueba, a ver si puedo conseguir hinchar la tripa como un globo cuando inspiro. Mírame y me dices si lo consigo.

Noah volvió la cabeza para mirar cómo inhalaba Nina, y se fue calmando un poco a medida que se intentaba comprender lo que hacía.

—¿Lo has visto? ¿Has visto cómo se me ha puesto la tripa más grande? ¡Eso significa que lo he hecho bien! —Le dedicó una gran sonrisa—. Me pregunto si tú serás capaz de hacerlo también.

Noah negó con la cabeza. Había dejado de gritar, pero aún parecía faltarle la respiración, y resoplaba un poco mientras las lágrimas seguían cayendo.

—Mmm, me pregunto si tu padre será capaz de hacerlo. ¡Seguro que no!

Nina inclinó la cabeza para indicarme que me acercara. Cuando estuve en posición, cogió mis manos con las suyas y las situó en los lugares adecuados de mi cuerpo.

—Tienes las manos heladas —le murmuré.

—Siempre —rio ella—. Soy como un anfibio. Bueno, vamos allá.

Nina me explicó la técnica, que me pareció contraria a la intuición, porque siempre había pensado que inhalar requería meter el estómago hacia dentro. Pero, aunque a mí me pareciera raro, Noah lo encontraba fascinante, y sus lágrimas cesaron al fin.

—Eh, no está mal —exclamó Nina—. Noah, ahora te toca a ti.

En unos minutos, los tres estuvimos sentados con las piernas cruzadas e inspirando hondo.

Observé que Noah se iba calmando poco a poco, y el proceso se aceleró cuando Ariel se subió a su regazo y empezó a ronronear.

Ahora que habíamos dejado atrás la frustración y la tensión, mi hijo empezó a adormilarse, y no pasó mucho tiempo antes de que estuviera metido en la cama con Ariel acurrucada bajo su barbilla. Se quedaron dormidos enseguida.

Después de encenderle la luz nocturna y cerrar la puerta, sentí que podía respirar por fin. Me volví hacia Nina.

—Muchas gracias.

—¿Vas a explicarme qué ha pasado? —preguntó.

—Ha sido por unos coches teledirigidos viejos, si puedes creerlo —dije, y le expliqué lo ocurrido durante la llamada con Harrison.

—Sí, ya —dijo ella—, pero esto no ha sido por los coches de juguete.

A lo mejor eso es lo que lo ha desatado, pero aquí pasa algo más.

—Nina suspiró al ver que yo me ponía tenso, como si fuera a sugerir algo que no quería decir—.

He estado intentando no entrometerme, pero es muy evidente que hay algún problema muy serio que lo mantiene en tensión.

No sé cómo puedo ayudarle si no sé lo que le pasa.

Tenía razón, merecía tener toda la información.

—Vamos a sentarnos —suspiré.

Nos instalamos en los extremos opuestos del sofá de la sala de estar.

—Hace un par de meses, la madre de Noah, Eleanor, murió tras ser atropellada por un conductor que se dio a la fuga —expliqué—.

Noah y ella vivían en Denver, y yo tenía derechos de visita, así que Noah venía a California una vez al mes para estar conmigo.

No hemos vivido juntos desde que él nació.

Han sido… muchos cambios para él, todos a la vez.

La expresión de Nina pasó de la sorpresa a la tristeza al comprender por lo que estaba pasando mi hijo.

—Oh, lo siento mucho. Ahora lo entiendo. Pobre Noah —dijo ella.

—El psicólogo dijo que debía esperar que se sintiera abrumado. Se suponía que la rutina le ayudaría con eso, porque le aportaría coherencia y estabilidad y le ayudaría a sentirse más seguro. Pero es evidente que…

Hice un gesto indefenso hacia la sala, y ella asintió con simpatía.

—Vale, ahora empiezo a entender la situación. Y, si te soy sincera, creo que estás haciendo muchas cosas bien.

—¿Y esto es lo que pasa cuando hago las cosas bien? —pregunté, con un gran suspiro.

—Esto es lo que pasa cuando alguien está de duelo —respondió con suavidad—. Hace falta tiempo para superarlo, y los progresos no suelen ir en línea recta.

—El psicólogo dijo algo así también —resoplé.

—Además, a los niños de su edad no se les da bien regular sus emociones —asintió ella—. Se sienten abrumados con facilidad y no tienen los mecanismos necesarios para manejar sus sentimientos de forma constructiva. Lo que podemos hacer es centrarnos en apoyarlo cuando sienta todas esas emociones.

—¿Qué debería hacer? —pregunté.

Nina me lanzó una mirada calculadora, como si me viera por primera vez.

—Ya lo estás haciendo. Sigue prestando atención a tu hijo y proporcionándole el apoyo que necesita. Que no te asuste pedir ayuda. Ya estás haciendo todas estas cosas. Este proceso no es sencillo, Logan, lo sé. Y me doy cuenta de que haces todo lo que puedes.

Había estado intentando hacer todo lo posible desde que había recibido la llamada sobre el accidente de Elle. Y, aunque la mayor parte del tiempo tenía la sensación de estar fracasando, en ese momento, con Nina, me empezó a parecer que, tal vez, lograríamos superar todo aquello.