Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 5 Nina
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NINA

Había oído hablar mucho de Cayo Eco, sobre todo en las redes sociales, un lugar de vacaciones que estaba fuera de mi alcance.

Era uno de los destinos favoritos de influencers y estrellas de cine, pero aquel día, la playa de arena blanca estaba llena del tipo de gente que más me gustaba: niños gritando de alegría.

Para las actividades del día, mis compañeros y yo habíamos organizado a los niños por grupos de edad y, gracias a mi nuevo trabajo, me correspondió estar con Noah y el resto del grupo de cinco a siete años que recibiría clases de surf.

Me alegró ver que había empezado a abrirse un poco, y había hablado a los otros jóvenes viajeros del pequeño polizón que ahora dormía en su camarote.

Como teníamos una política estricta de no dejar teléfonos móviles a los niños, él había optado por dibujar a Ariel en la arena, mientras los otros niños lo observaban asombrados.

Y, hablando de asombro… Miré a donde Logan estaba hablando con uno de los instructores.

Llevaba solo un bañador y una camiseta que casi deseé que se quitara en algún momento, porque me moría de ganas de verle los hombros.

Los bíceps que asomaban por sus mangas me habían dado una pista sobre todo lo que debía ocultarse bajo ella.

No. Calma, chica. Me salpiqué mentalmente con agua fría. Aquel hombre era mi jefe por partida doble, y seguía siendo un maldito gruñón insoportable.

Tanto Logan como el instructor parecieron notar que los estaba mirando, porque se volvieron a la vez y me pillaron.

Me ardieron las mejillas y me giré con brusquedad, como si hubiera oído a alguien decir mi nombre.

Al hacerlo, me alegré de llevar un vestido encima del bikini, para no tener que preguntarme si me estarían mirando el culo.

—Bueno, Equipo Raya —llamé, dando unas palmadas—. Venid todos aquí, por favor. Estamos a punto de empezar.

Mi grupo de niños llegó corriendo hasta mí, justo a la vez que el instructor. Tenía el pelo descolorido por el sol, la actitud relajada de un hombre que está viviendo la vida de sus sueños, y un cuerpo que demostraba que el surf era un ejercicio fantástico.

—Soy Tanner —dijo, mientras me ofrecía la mano—. Parece que nos toca trabajar juntos. —Me guiñó un ojo—. Es mi día de suerte.

—Nina —respondí, sin hacer caso del cumplido—. Es un grupo estupendo. ¿A que sí, Equipo Raya?

Los niños vitorearon y saltaron, pero me fijé en que Noah se apartaba un poco. Oh, oh.

—Equipo Raya, ¡vamos! —exclamó Tanner, llevándose las manos a los dos lados de la boca—. ¿Quién está listo para hacer surf?

Me reí, porque Tanner parecía un niño grande.

Era justo la clase de energía que necesitaba mi grupo de gamberros.

Tanner explicó a los niños los aspectos básicos de cómo subirse a una tabla, practicando sobre la arena, y todos imitaron sus movimientos, hasta Noah.

Pero, cuando llegó el momento de meterse en el agua y mantenerse sobre la tabla, se negó a ir más allá de donde le cubría hasta los tobillos.

Había tenido la sensación de que se estaba retrayendo todo el rato, y ahí tenía la prueba.

Tanner se separó del resto del grupo para acercarse a él.

—¿Qué pasa, pequeño? ¿Estás bien? —preguntó Tanner.

Noah miró la arena.

—Prefiero mirar.

Yo me uní a ellos y puse una mano en el hombro de Noah.

—Yo me quedo con él, no pasa nada.

—Pero el surf es superdivertido, colega —le animó Tanner—. Y tu preciosa monitora no dejará que te pase nada malo, ¿verdad, señorita Nina?

Él me miró y volvió a guiñarme un ojo. Sí, el tío era guapo y todo eso, pero necesitaba calmarse un poco delante de los niños.

—Exacto. Todo irá bien, Noah.

—Voy en un minuto —respondió él.

Tanner pareció a punto de decir algo más, pero yo me puse delante de Noah.

—Saldremos cuando estemos listos.

—Vale, genial. —Nos hizo un gesto surfero con la mano y se acercó al resto del grupo, que nos estaba mirando.

Al hablar a los otros niños de la gatita, me había parecido que Noah hacía progresos, pero ahora volvía a ser el niño asustado y silencioso que prefería estar solo.

Yo sabía que ese no era el auténtico Noah pero, aun así, no estaba segura exactamente de qué le había hecho retraerse. Retrocedí hasta la orilla.

—¿Te sientas conmigo? —le propuse.

Noah se dejó caer a mi lado.

—A mí me encanta nadar, ¿y a ti?

—A mí también —dijo con un hilo de voz—. Mi abuelo tiene una piscina, y me baño cuando voy de visita con mi padre.

Archivé aquella información para más tarde.

—¿Te has bañado alguna vez en el mar?

—Una vez, con mi padre.

Los dos miramos a la gente en la playa, y no me sorprendió que Logan se fijara en nosotros, preocupado.

—Él tuvo que cogerme —añadió Noah, señalando a su padre.

—Ah, vaya —dije, mientras empezaba a comprender de qué iba aquello—. ¿Te lo pasaste bien cuando te bañaste?

—Sí, porque no me caí —asintió él—. Pero una vez intenté meterme solo y tropecé, y las olas me bajaron el bañador.

Bingo. A Noah no le gustaba la sensación de la corriente poco profunda y, seguramente, le preocupaba perder el bañador delante de los otros niños.

—Ay, mi madre, ¡a mí me pasó lo mismo hace mucho tiempo! Me dio mucha vergüenza, pero me reí, porque también fue un poco gracioso.

Noah miraba el agua con aspecto preocupado.

—Tengo una idea: ¿y si te doy la mano y te sujeto la tabla, y cuando pasemos todas esas olas pequeñas tan antipáticas, te subes encima? ¿Te parecería bien?

—Sí —respondió, aunque no sonó nada convencido.

Me puse en pie, cogí la tabla de surf y se la acerqué a Noah, al tiempo que le tendía una mano.

—Vamos.

Él fue a coger mi mano, pero se detuvo.

—Espera, señorita Nina. No puedes meterte en el agua con el vestido.

—Tienes razón, qué tonta soy —reí.

Me quité el vestido de gasa negra que llevaba y, cuando me volví para lanzarlo a la arena, me fijé en que Logan me estaba mirando, pero decidí ignorarlo.

Si quería controlar nuestros movimientos, de acuerdo.

Yo sabía lo que hacía, y lo demostré cuando Noah terminó tendido boca abajo sobre la tabla, donde el agua cubría hasta la cintura.

—¡Vaya! —exclamó Tanner, que se acercó remando sobre su tabla—. Qué bien te veo.

Tenía los ojos puestos en mí.

—Noah es muy valiente, ¿verdad? —respondí—. ¿Te lo pasas bien?

—Ajá —sonrió él—. ¡Mira esto!

Noah remó con las manos en el agua, como Tanner le había enseñado a hacer en la playa.

—¡Sí, tío! —Tanner aplaudió cuando Noah volvió a donde estábamos—. Los dos hacéis un buen equipo. Casi me gustaría que la señorita Nina estuviera en mi equipo. ¿Cuánto tiempo vais a estar en Cayo Eco?

Tanner me lanzó una mirada ardiente que casi me hizo sonrojar. Noah se mecía en el agua entre nosotros, mientras yo discurría cómo esquivar la pregunta.

—Oh, solo vamos a pasar aquí el día —respondí con rapidez.

—¿Sí? Porque he oído que el barco estará atracado toda la noche. Eso significa que tendrás tiempo libre cuando acabe tu turno, ¿no? —dijo Tanner sonriente—. Me encantaría enseñarte algunas de las maravillas ocultas del Cayo. Creo que lo pasaríamos bien juntos.

En lugar de devolver la mirada a Tanner, opté por observar cómo remaba Noah.

—Perdona, pero ¿no deberías estar enseñando a los niños?

Aquella voz brusca, detrás de mí, me sobresaltó.

Era Logan, que se había acercado a nosotros de mal humor.

Su cara de enfado hizo retroceder a Tanner y, cuando me fijé en su pecho desnudo, yo también retrocedí un poco.

¿Por qué tenía mi jefe que tener ese aspecto?

Fui yo quien se quedó admirándolo, porque su torso era digno de un dios griego.

Como para coger un escoplo y un trozo de mármol, y conmemorar aquel cuerpo perfecto de la leche.

Carraspeé un poco y me volví hacia Noah.

—Oh, no te preocupes, hermano —respondió Tanner de buen humor—. Lo tengo controlado. Aquí cubre poco y todo el mundo hace pie. Equipo Raya, ¡yupi! —Levantó un puño hacia el cielo.

—Bien, no olvides que se te paga para enseñar a los niños, no para tontear con el personal.

Aquella reprimenda tan directa me hizo sonrojar. Noah lo estaba observando todo desde su tabla, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras seguía la discusión de los hombres, como quien ve un partido de tenis.

—Tranquilo, tío, respira —rio Tanner, pero era evidente que se sentía intimidado por Logan—. Solo estábamos hablando.

Tras decir eso, Tanner se alejó y nos dejó solos. Noah remaba en círculos, probablemente para exhibirse delante de su padre.

—Oye, te has pasado un poco —dije a Logan en voz baja—. Solo estaba siendo amable.

—Ah, perdona. ¿Preferirías que siguiera ligando contigo mientras uno de los niños se ahoga? ¿Tanto te gusta?

El desdén en su voz me resultó muy chocante.

—Venga ya —siseé, porque Noah se estaba acercando—. ¡Para nada!

—¡Papá, mírame!

Noah intentó ponerse de rodillas en la tabla, pero esta empezó a balancearse de un lado a otro y se vio obligado a tumbarse de nuevo sobre ella, con los ojos muy abiertos por el pánico.

—Peque, no te pelees con el agua —indicó Logan—. Siéntela. Trabaja con ella. Así es como encontrarás el equilibrio.

—Un momento, ¿tú haces surf? —pregunté, incrédula.

—Cuando puedo —respondió él, asintiendo con la cabeza.

Con lo estirado que era ese hombre, era la última persona a la que habría imaginado en plan surfero de buen rollo, pero, a medida que iba dando indicaciones a Noah, me quedó claro que sabía de qué estaba hablando.

—Eh, señorita Nina, ¡venga aquí!

Brayden, de pie en su tabla, me estaba llamando y haciendo señas. Yo levanté un dedo para indicarle que esperase un momento.

—Chicos, disculpadme un segundo. —Miré del uno al otro—. ¿Estaréis bien?

Noah asintió, pero con el ceño fruncido y pinta de que no le hacía mucha gracia la idea de que me alejara. Por alguna razón, su padre tenía una expresión similar. A decir verdad, me habría gustado quedarme con ellos, pero Noah estaba en buenas manos y los otros niños también merecían mi atención.

Cuando nos acercábamos al final de la clase, caí en la cuenta de que no había hecho ni una sola foto.

En el barco había un fotógrafo, por supuesto, pero yo me había acostumbrado a hacer fotos a los niños a lo largo del día y enviárselas a los padres, quienes las agradecían muchísimo.

No era parte de mi trabajo, pero me gustaba hacerlos felices.

Volví a la orilla, disfrutando de aquel día perfecto. El cielo era azul y sin nubes, el agua estaba templada y, a mi alrededor, todo eran risas. Volví a entrar en el agua e hice unas cuantas fotos a los niños mientras se divertían, antes de volver el teléfono hacia Logan y Noah.

Maldición, ¿por qué tenía que exhibirse de ese modo? Esos brazos tan fuertes y capaces que sujetaban la tabla para que Noah se pusiera en pie. No ayudaba nada que estuviera disfrutando de verdad con Noah, y que yo tuviera debilidad por los hombres que eran buenos padres.

Para distraerme, hice un montón de fotos de Noah mientras estaba de pie sobre la tabla y, cuando se sentó, no pude contenerme y enfoqué a Logan.

Sí, necesitaba compartir con Tasha las pruebas de lo bueno que estaba, para que comprendiera a qué me enfrentaba.

Esperé hasta tener el enfoque ideal, cuando él se echó el pelo mojado atrás mientras el agua resbalaba por su cuerpo.

Joder, era perfecto.

Mi jefe no puede estar más bueno, la llevo clara, escribí con rapidez sobre una foto de Logan, antes de enviársela a Tasha.

Tanner hizo sonar un silbato para indicar que la clase había terminado, y todo el mundo empezó a nadar hacia la orilla. Noah se acercó a mí, seguido de Logan.

—¿Me has visto, señorita Nina? ¡Me he puesto de pie!

—¡Claro que sí! Y te he hecho fotos —respondí.

Le entregué su toalla y busqué las fotos que había hecho de ellos dos. Después, le di el teléfono a Noah y observé cómo esbozaba una enorme sonrisa mientras iba viendo las fotos.

—¡Papá, míranos!

Noah entregó el teléfono a su padre y, cuando vi que empezaba a pasar las fotos, recordé las que le había sacado a hurtadillas para enviar a Tasha.

—Oye, ¿me devuelves el teléfono? —pregunté, nerviosa.

Logan no me respondió y siguió pasando las fotos con el pulgar. Noté que empezaba a sonrojarme, pero, tal vez, no se daría cuenta de que las fotos me hacían parecer una admiradora indiscreta.

—Noah, tienes que devolver la tabla a Tanner —dijo una vocecita—. Yo te ayudo.

Se me alegró el corazón al ver que Ryan se acercaba corriendo. ¿Sería eso el principio de una nueva amistad? Cada uno de los niños cogió un extremo de la tabla y se dirigieron al punto de reunión.

—Estas fotos son… interesantes —comentó Logan, lo que me recordó el problema que tenía delante.

Me miró un momento con una sonrisa arrogante que habría podido detectar a diez pasos de distancia, y volvió a bajar la vista a mi teléfono para seguir mirando las fotos.

Pillada.

Entonces, sonó una alerta de mensaje de texto.

—Ah, estaba esperando ese mensaje —dije y fui a coger el teléfono, pero mi mano se cerró en el aire—. ¿Me lo devuelves…?

—¿De Tasha? —preguntó Logan con malicia.

Me quedé helada. Ay, joder, no. No podía creer que él acabara de ver la respuesta a la foto sexi que había enviado a Tasha.

—Dice: «Qué cuerpazo, vaya vistas. ¿Has firmado la política de no confraternizar?». Vaya, ¿qué querrá decir con eso?

—Está, bueno, hablando de, este… —tartamudeé mientras comprendía lo que estaba pasando—. Un tío de su trabajo.

Él frunció los labios y asintió de un modo exagerado.

—Ya, claro. Eso tiene sentido.

Logan se acercó con mi teléfono y los ojos clavados en los míos. Yo quise escaparme, o mirar a otro lado, pero estaba hipnotizada y no pude apartar la vista, por mucho que me avergonzara que aquel tío tan musculoso, mojado, descamisado y antipático supiera exactamente lo que pensaba de su cuerpo.

Dejó el teléfono en mi mano, y tuve que achacar a mi imaginación sobreexcitada el que me pareciera que sus dedos me acariciaban un poco la palma. Después, empezó a alejarse, pero se volvió para hablarme por encima del hombro.

—Para que conste, Cruceros Ashford no tiene una política de no confraternizar.

Joder y más joder. Qué pillada.