Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 4 Nina
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Contuve la respiración, esperando a que Logan respondiera a Noah, pero, a juzgar por su ceño y las arrugas entre sus cejas, la cosa no pintaba bien para el pequeño polizón y su nuevo cuidador.

—¿Por favor? —añadió Noah, con el labio inferior temblando.

—Peque —dijo Logan con un suspiro—. Ocuparse de una mascota es algo muy serio. Ni siquiera lo hemos hablado antes.

—Sí, pero ¿no has oído hablar del sistema de asignación de gatos? —pregunté.

Los dos se volvieron a mirarme, como si hubieran olvidado que estaba allí.

—El ¿qué? —El tono de Logan no dejaba dudas sobre su disgusto.

Pues podía estar todo lo disgustado que quisiera, porque yo estaba de parte de Noah. El gatito podría ayudarle a salir de su caparazón.

—El SAG es la idea de que, si el universo te da un gato, es decir, si uno aparece de forma inesperada en tu vida, significa que estáis destinados a estar juntos.

Y a mí esto me parece un ejemplo muy claro del sistema de asignación de gatos.

Si no, ¿cómo se iba a subir esa pequeñina a bordo sin que nadie se diera cuenta?

—¡Sí! —exclamó Noah.

Logan miró con fijeza a su hijo, y yo casi pude ver los cálculos mentales que estaba haciendo.

—Muy bien, esto es lo que haremos… —empezó.

Yo crucé los dedos.

—No sabemos nada de esta gatita. Ni siquiera sabemos si le caemos bien.

Noah miró a su padre con tanta incredulidad que se me escapó una risa. La gata se había quedado dormida bajo su barbilla y estaba ronroneando. Logan siguió hablando.

—Es evidente que ahora mismo no podemos hacer nada, porque estamos en mitad del océano. Puede quedarse con nosotros hasta que lleguemos al siguiente puerto. Allí tomaremos una decisión.

Noah dio un respingo y se movió para proteger un poco más a la gatita.

—Espera un momento, no he terminado —continuó Logan, con más paciencia de la que habría creído posible—.

Veremos cómo van las cosas en los próximos días y, si todos estamos contentos y nos llevamos bien, podemos hablar de la posibilidad de quedárnosla.

¿De acuerdo? No es definitivo, pero tendremos que asegurarnos de que ella también esté a gusto.

Si no somos la familia adecuada para ella, lo mejor será llevarla a un refugio donde puedan encontrarle unos dueños adecuados. ¿Lo entiendes?

Noah asintió con los ojos muy abiertos. Yo respiré aliviada.

No me había parecido que fuera tan cruel como para lanzar a la gata por la borda, pero tampoco creí que se dejara convencer por la dulzura de los ruegos de Noah.

Su «solución» me pareció un buen arreglo temporal para impedir que su hijo se viniera abajo en ese momento.

Al menos, ahora tendría unos días de calma hasta que Logan tomara la decisión definitiva que yo estaba segura de que tomaría.

Por ahora, podrían centrarse en ser buenos padres para la gatita.

Aunque… ¿sabría alguno de ellos lo que tenían que hacer?

Mi instinto de arreglar las cosas se había activado y, antes de que pudiera contenerme, me metí de lleno en mitad de aquel lío.

—Bien, eso significa que necesitaréis comida, agua y un recipiente que pueda usar como arenero. Pero antes de hacer nada, esa pequeñina necesitará un baño, porque ¡está hecha un asco! —Tendí una mano y le acaricié el lomo.

—Uf. —Logan se puso en pie—. ¿Y cómo se… cómo se baña a un gato?

—¿Puede ayudarnos, señorita Nina? —pidió Noah.

Logan frunció el ceño, pero lo ignoré. Mi preocupación era Noah, porque sería él quien más se beneficiaría de tener una mascota, y yo quería que pudiera tener una buena experiencia.

Aunque eso significara que debía ignorar lo poco que me gustaba su padre, e intervenir para demostrarles hasta qué punto podía una mascota podía cambiar las cosas.

—Tengo un poco de tiempo libre… —dije con vaguedad, mirando a Noah, no a Logan.

—Te agradeceremos cualquier recomendación que tengas —respondió Logan.

Caray. Había estado segura de que ignoraría mi opinión, así que me lancé a aprovechar la oportunidad de ayudarles a estrechar lazos con el animal.

—¡Muy bien! Vamos a dar un baño de burbujas a esta monada. ¿Tenéis jabón neutro, como el de niños?

—Sí, tenemos —dijo Logan—. Vamos.

Noah se levantó con un suspiro de alivio, y nos siguió por el pasillo hacia la suite.

Contuve un respingo de sorpresa cuando Logan abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarme entrar, porque aquello era otro mundo.

Mi habitación era poco más que un armario con un ojo de buey, así que me pareció a la vez un lujo, y un insulto, ver cómo vivía la otra mitad.

Una pared entera de cristal se abría a un largo balcón sobre el mar.

La decoración era relajante, en tonos marrones y tostados, con detalles azules a juego con el océano.

Había una sala de estar, pues la suite tenía varias habitaciones, ¡con puertas y todo! ¿Viajábamos en el mismo barco?

—Por aquí, señorita Nina —dijo Noah.

Sujetaba a la gatita con una mano y me dio la otra, lo que me derritió un poco.

Aquel niño era especial. Asumí que Logan se retiraría para hacer lo que hicieran los directivos multimillonarios en sus suites, pero nos siguió a un baño que tenía un tamaño absurdo.

Mi propio baño era tan pequeño que necesitaba encogerme para no meter los pies en la ducha al usar el váter.

En cambio, en aquel baño cabría una mesa de comedor para diez personas.

Noah corrió a la bañera, con la gatita saltando en sus brazos.

—Ese es mi gel y esa es mi toalla —señaló, sonriéndome.

—De acuerdo, vamos allá.

Le expliqué cómo poner el agua a la temperatura adecuada y dejar que la gatita se acostumbrara a la sensación del agua en las patas, antes de llenar la bañera y sumergirla del todo.

Noah escuchó con atención, así que yo me centré en él, y no en el gruñón apoyado en el borde de la encimera detrás de nosotros.

Los gatos y el agua no se llevan demasiado bien, pero habíamos tenido suerte, porque a la gatita pareció encantarle chapotear en los dos centímetros de agua de prueba.

—¡Le gusta! —exclamó Noah—. ¿Ves, papá? ¡Es tan marinera como yo! Hemos nacido para estar en el agua.

Logan y yo intercambiamos una mirada y nos reímos un poco. Supuse que se trataba de una broma familiar. Seguí explicándole qué hacer mientras empezaba el baño, y Noah se pegó a mi lado, cadera con cadera, mientras lavábamos con cuidado el pelo de la gatita.

—¿Cómo sabes tanto de gatos? —preguntó Logan.

—La señorita Nina lo sabe todo —respondió Noah antes de que yo pudiera decir nada.

Sabía un poco de todo, principalmente porque, al crecer, había necesitado todas las habilidades posibles. Pero no quería atraer preguntas sobre mi pasado, pues eso daría a Logan más razones para juzgarme. Di a Noah un golpe con el hombro.

—No es para tanto. —Miré a Logan—. He vivido con algún gato a lo largo de los años. Nunca tuve la suerte de tener mi propio gato, pero fui una buena tía para los que vivían conmigo. Una vez, ¡hasta ayudé a que nacieran unos gatitos!

—Guau —exhaló Noah—. ¡Como un médico!

—Oh, ya me gustaría —reí—. Tuve mucho miedo, pero todo salió bien. Tres gatitos sanos. Bien, ahora vamos a hacer un poco de espuma.

Poco a poco, nuestro masaje con jabón reveló que aquel polizón de color gris era, en realidad, una preciosa gatita blanca. Logan se acercó a mirarla.

—Fíjate, es una belleza.

—¡Es perfecta! —dijo Noah, mientras yo envolvía a la gatita en una toalla, como si fuera un burrito—. La quiero mucho.

Le entregué el bulto, y Noah le besó la cabeza enseguida y la abrazó. Yo lancé a su padre una mirada que decía: te reto a que le niegues esto a tu hijo.

—Necesita un nombre, ¿sabes? —Me senté sobre los talones y miré a Noah—. Podría ser uno relacionado con el mar, o con los barcos.

—Ariel —dijo Noah—. Porque es una sirena. Nadó hasta el barco y trepó a bordo para encontrarse conmigo.

—Ariel, entonces —sonreí.

—Vamos a conseguirle algo de comida y bebida —sugirió Logan—.

La cocina está cerrada, pero seguro que podemos encontrar algo por ahí.

No se permiten gatos, así que, Noah, ¿por qué no te quedas aquí con ella mientras nosotros buscamos algo?

Pediré a Winnie, de seguridad, que venga a quedarse contigo mientras vamos nosotros. Te cae bien, ¿verdad?

Él asintió con solemnidad y abrazó a Ariel un poco más fuerte. Logan salió del baño para llamar a Winnie por radio y se volvió hacia mí.

—¿Vienes?

—Quién, ¿yo? —Me quedé helada—. ¿Quieres que vaya yo?

—Bueno, yo no tengo ni idea de lo que come un gatito —gruñó él, seguramente porque no le hacía gracia admitir que no lo sabía todo—. Y tampoco sé nada de areneros. Así que, sí, ven. —Hizo una pausa—. Por favor.

Vaya, estaba intentando convencerme con la mínima cantidad de cortesía posible. Asentí y me levanté para seguirlo. Cuando llegó Winnie para quedarse con Noah y Ariel, Logan y yo nos dirigimos a la cocina.

Atravesamos varios pasillos en un silencio confuso.

—Eso ha sido inesperado —dije, cuando ya no pude aguantar más.

—Sí —corroboró Logan—. No estoy muy seguro de cómo va a salir esto. ¿Y si está enferma? ¿O es contagiosa? ¿Pueden los gatos tener la rabia?

—Oh, Logan —reí—. Vas directo al peor caso posible.

Es una gatita, no un cachorro de hombre lobo.

Está bien, y si quieres saber mi opinión, creo que animar a Noah a ocuparse de una mascota puede ayudarle a abrirse un poco.

Le hará pensar en algo que no sea él mismo. Me he dado cuenta de que le pasa algo.

Contuve la respiración y dejé la frase en el aire. Si Logan no iba a darme pistas de lo que le pasaba a su hijo, yo tampoco pensaba pedirle más información. No era asunto mío. Aunque me habría encantado envolver a aquel niño tan triste en un abrazo interminable.

—Tienes razón, le pasa algo —suspiró Logan cuando llegamos a la cocina.

Intenté ocultar mi sorpresa. Había asumido que se habría apresurado a insistir que su hijo era normal y feliz, como si eso nos fuera a convencer a los dos.