3 Logan
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LOGAN
Era el segundo día, y habíamos completado la parada en el primer puerto sin problemas. Todo un éxito.
Pasamos el día atracados en Cayo Serenidad, una isla exclusiva muy diferente de la mayoría de los lugares de vacaciones.
La mayor parte de los pasajeros aprovecharon para disfrutar de la bonita arena blanca, pero yo, por supuesto, me quedé en el barco para trabajar en nuestro plan de prensa.
El equipo de marketing me había tenido al tanto de los comentarios en internet y, hasta el momento, todos eran positivos.
Por suerte, nadie había dicho nada sobre niños que soltaran palabrotas. Otro éxito.
Y hablando de niños… Miré a donde Noah estaba acurrucado en una mecedora frente a mí, dando golpes furiosos en la pantalla de un iPad.
Estábamos pasando una tarde tranquila en nuestra suite, pero mis esperanzas de hacer algo juntos como padre e hijo se habían desvanecido en cuanto él había cogido el aparato.
Me parecía más pequeño que sus seis años, como si el trauma de lo ocurrido le hubiera hecho retroceder. Desde luego, había afectado mucho a nuestra relación, pero estaba seguro de que nos recuperaríamos.
—¿Qué es eso, peque? —pregunté.
—Un juego de robots —respondió sin levantar la vista.
—¿Te has divertido hoy?
Él se encogió de hombros.
—Siento no haber podido ir a la playa contigo —dije—. Sabes que tengo que trabajar mucho durante este viaje, pero en cuanto volvamos a casa, tendré un montón de tiempo para pasarlo juntos.
—¿A casa? ¿Dónde? —preguntó Noah con ojos muy abiertos, mirándome por fin.
—A California, peque. Ya hemos hablado de eso, ¿no te acuerdas?
Él asintió, con cara preocupada.
—Pero no será siempre así, te lo prometo —expliqué, esperando que me hiciera caso de una vez—. Después de este viaje, cuando volvamos, podremos hacer más cosas divertidas juntos.
Él no contestó, y yo solté un suspiro. Había hecho todo lo posible para ayudarle a gestionar sus emociones, pero tenía la sensación de que todos mis intentos habían fracasado.
Estaba siguiendo al pie de la letra las instrucciones del psicólogo, proporcionando a Noah la rutina que le ayudaría a adaptarse a su nueva vida, y seguía esperando volver a ver, en algún momento, al niño que había sido antes.
No le culpaba por sentirse abrumado por lo ocurrido, pero me habría gustado que recordara cómo éramos antes, y que comprendiera que yo siempre, siempre, lo apoyaría.
—¿Quieres volver al Club de Juegos? Está abierto un par de horas más. A lo mejor podrías jugar un rato con tus amigos.
—No. —Noah sacudió la cabeza.
Me pregunté si habría hecho amigos allí porque, cada vez que había echado un vistazo a las cámaras de vigilancia mientras él estaba en el club, lo había visto solo. Creía que conocía a mi hijo, pero ahora me parecía un completo desconocido.
Se suponía que el viaje era parte de nuestro proceso de recuperación: estaríamos juntos, respiraríamos el mismo aire, y tendríamos oportunidades para hablar.
Su psicólogo me había asegurado que sería suficiente estar presente y a su lado, pero yo no estaba tan convencido.
El muro entre nosotros parecía más alto que nunca.
—Oye, tú —dije a Noah.
Él levantó la vista para mirarme, con la cara iluminada por la tableta que tenía en las manos.
—Te quiero, ¿lo sabes? Un montón.
—Yo también te quiero, papá —respondió, con la sombra de una sonrisa en la cara—. A lo mejor podríamos…
La aplicación de videollamadas de mi portátil empezó a sonar entonces con una llamada entrante, y lo interrumpió.
Miré a Noah preocupado y levanté un dedo para pedirle que me diera un segundo, mientras abría el portátil situado delante de mí, sobre la mesa.
Llamaba el equipo de marketing, para contarme novedades que incluían una serie de entrevistas que querían organizar tanto durante el viaje, como cuando volviéramos.
Terminé por centrarme tanto en la discusión que apenas me fijé en que Noah se había marchado.
Cuando me di cuenta, dividí mi atención entre la llamada y buscar a mi hijo, pero la discusión se complicó y tuve que centrarme por completo en las proyecciones que me estaba explicando mi equipo. Cuando colgué, lo busqué por la habitación.
—¿Noe? ¿Dónde estás, peque?
Tenía una edad en la que ya quería intimidad para cualquier cosa relacionada con el aseo, así que no entré al baño, pero tras unos minutos de silencio, tuve que asegurarme de que no se hubiera caído al váter. Di unos golpes en la puerta.
—Oye, Noah, ¿estás bien?
Cuando no recibí respuesta, asomé la cabeza, y encontré el baño vacío.
—¿Noe? ¿Dónde estás?
El corazón empezó a latirme con rapidez porque, aunque la suite era bastante más grande que un camarote normal, no había muchos sitios en los que pudiera esconderse y, desde luego, debería poder oírme y responder desde cualquier sitio.
—¡Noah! Deja de hacer el tonto.
Mi voz sonó enfadada, y pensé que debía calmarme. Recorrí la suite entera, conteniendo la respiración, hasta llegar a la conclusión de que había salido de la habitación. Al comprenderlo, cogí el teléfono y llamé a mi jefe de seguridad.
—Noah se ha marchado de nuestra habitación —expliqué a Mike—. No sé a dónde ha ido. ¿Puedes enviar a alguien a que lo busque en las cubiertas principales? Yo miraré en esta.
—Entendido. ¿Quieres que te envíe a alguien a ayudarte?
—No, yo me encargo.
Mala idea. Error. Por una vez en mi vida, debía admitir que necesitaba ayuda. La seguridad de mi hijo era más importante que mi orgullo.
—Bueno, en realidad, sí me vendría bien que me mandases a alguien a buscar por aquí. Y comprueba también las grabaciones de seguridad.
Colgué y salí de la habitación a la carrera, intentando ignorar las horribles ideas que se me estaban ocurriendo. La peor era que se hubiera caído por la borda. Eso hacía que se me encogiera el estómago.
Caminé a toda velocidad por el pasillo, tratando de no parecer demasiado nervioso al preguntar a los pasajeros con los que me cruzaba si habían visto a un niño cabezota, pero encantador.
No quería preocupar a nadie, a menos que fuera necesario.
Aún no pasaba nada, pero cada negativa hacía que me latiera más fuerte el corazón.
¿Y si había ido al Club de Juegos por su cuenta? Eso sería lo mejor, sin duda alguna. Me dirigí a toda prisa en esa dirección, tan concentrado en imaginar los riesgos que podría estar corriendo, que atropellé a la última persona a la que quería ver.
—Nina.
Ella se preparó para hacer algún comentario sobre mi torpeza, pero se contuvo al fijarse en mi cara.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Noah ha desaparecido —dije, mirando detrás de ella.
Ella se puso en alerta al momento.
—¿Dónde lo viste por última vez?
—En nuestra suite, hace unos diez minutos.
—Vamos —indicó ella, asintiendo.
Para cuando salí de mi estupor, Nina ya había recorrido medio pasillo.
—Vamos primero al Club de Juegos. No he estado allí en los últimos treinta minutos —dijo, sin dejar de andar a toda prisa.
La seguí sin decir nada.
—No te preocupes, estará bien —me aseguró, y me dio un apretón en el brazo sin reducir la marcha—. Es un niño inteligente.
Eso era justo lo que necesitaba oír.
Cuando llegamos a la puerta del Club de Juegos, Nina la abrió de un tirón.
—Noah, ¿estás aquí? —preguntó hacia el interior del espacio vacío—. ¿Noah?
Revisó la sala con rapidez, comprobando todos los lugares en los que asumí que solía situarse mi hijo: una silla de mimbre colgada del techo, un banco bajo uno de los ojos de buey, y el hueco bajo un árbol artificial.
—Sigamos —propuse—, aunque no tengo ni idea de a dónde ir ahora.
—A la cubierta donde dan postres —dijo Nina en tono confiado—. Ayer fuimos allí y le encantaron los pasteles del chef.
—Vale.
Mientras corríamos a nuestro siguiente destino, me invadió el desánimo; no solo porque no encontrábamos a Noah, sino porque esa mujer a la que solo había conocido hacía un par de días sabía mejor que yo lo que le gustaba a mi hijo.
No, eso no era cierto. Yo conocía a Noah, aunque no a esa nueva versión suya.
Y ¿hasta qué punto era un problema que se refugiara en Nina?
Era evidente que hacía muy bien su trabajo.
Desde que habíamos embarcado, cuando Noah se había decidido a decirme algo más que «sí» o «no», había sido para hablarme de las cosas divertidas que hacía con ella.
Normalmente no cogía cariño a nadie con tanta rapidez.
—¿Y cómo se pierde a un niño de seis años? —preguntó Nina mientras subíamos por la escalera de servicio por la que había ido con los niños.
Agarré la barandilla con más fuerza, porque el tono de su voz me había sentado bastante mal.
—Salió de la habitación mientras yo hablaba con el equipo de marketing —le espeté, porque ¿qué diablos estaba sugiriendo?
—Ah, por supuesto —dijo ella, subiendo un poco más rápido.
Yo empecé a subir los escalones de dos en dos para alcanzarla.
—¿Qué significa eso?
Ella me miró de reojo, y cogió el tirador de la puerta antes de que pudiera hacerlo yo.
—Tú diriges un imperio. Supongo que el trabajo es lo primero.
Cerré la puerta de golpe y me volví a mirarla, bloqueando la salida de modo que los dos quedamos atrapados en la escalera vacía. Me preocupaba mucho Noah, pero también estaba enfadado de cojones.
—Un momento. Quiero que sepas que mi hijo es lo primero para mí, pase lo que pase.
Había esperado que se acobardara un poco, porque prácticamente me salían chispas por los ojos, pero ella se mantuvo firme y me miró en silencio y con detenimiento. Me pareció que se estaba conteniendo para no decir algo.
—Muy bien, de acuerdo —respondió por fin—. Vamos a buscarlo.
Abrí la puerta de un tirón y la atravesé, sin sujetarla para ella. Mi teléfono sonó.
—Mike, ¿hay noticias?
—Negativo, pero he revisado las imágenes de las zonas más, esto, relevantes, y no ha pasado por ellas en la última hora.
Eso significaba que había comprobado el puente, la proa, la popa y las cámaras que vigilaban el agua. Dejé caer la cabeza y suspiré.
—De acuerdo, gracias.
—Tampoco lo hemos visto en ninguna de las otras cubiertas.
Por las escaleras y los ascensores tampoco ha pasado.
Aunque… siento decirlo en este momento, pero las cámaras de las cubiertas de pasajeros no están orientadas para ver a alguien de la altura de Noah.
Hay puntos ciegos, y es posible que haya pasado por algún lugar sin ser grabado.
—Maldición —murmuré—. Bueno, eso significa que es posible que siga en algún lugar de mi cubierta.
Colgué sin despedirme y eché a correr por el pasillo.
—¿Qué pasa? —preguntó Nina detrás de mí.
—No te preocupes por eso —respondí por encima del hombro.
No necesitaba su ayuda, y tampoco la quería. No después de haber sugerido con bastante claridad que no me consideraba un buen padre. Yo ya tenía bastantes dudas por mí mismo, muchas gracias. No necesitaba que nadie las aumentara.
Estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di cuenta de que ella me seguía hasta que llegué a nuestra cubierta. Saqué la tarjeta de mi bolsillo con la intención de comprobar si había vuelto a nuestra suite como por arte de magia.
—Espera —dijo Nina.
Me detuve para mirarla.
—He oído algo aquí abajo.
Corrió a un pequeño almacén de suministros que solía estar cerrado, y abrió la puerta.
—Noah —exclamó, y se dejó caer de rodillas en el umbral.
La puerta había quedado situada de tal modo que solo pude verla a ella mientras me acercaba, pero veía que estaba sonriendo.
Eso debía significar que Noah estaba bien, y sentí tanto alivio, que sentí como si me hubieran golpeado, y tuve que pararme un momento para estabilizarme.
Por fin, logré acercarme a la puerta y, al mirar, me quedé helado.
Noah estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, y tenía en la mano algo que parecía un trozo de periódico arrugado.
—¡Mira lo que he encontrado!
Noah levantó las manos y me enseñó una cosa peluda y sucia que, en ese momento, soltó un maullido.
—¿Un gato? ¿De dónde diablos ha salido?
—A mí también me gustaría saberlo —suspiró Nina—. ¿Cuánto tiempo llevará este pobre gatito aquí?
Noah sacudió la cabeza mientras nos miraba.
—No estoy seguro. Lo oí… o ¿la oí a ella? No sé. —Levantó el gatito para ponerlo delante de sus ojos—. ¿Qué eres?
—Dámelo, deja que lo mire. —Nina tendió la mano y Noah le entregó aquella cosa escuálida.
Ella le acarició el lomo y le dio la vuelta, como si fuera la mujer que susurraba a los gatitos. El animal no se revolvió mientras ella miraba sus partes.
—Este pequeñín es una chica —dijo, volviendo a poner al gatito boca arriba para entregárselo a Noah.
Él le besó la cabecita y, para mi consternación, lo apretó contra su pecho.
No quería que se habituara a aquel animal, por muy mono que fuera.
O, al menos, supuse que tenía el potencial de ser muy mono después de lavarlo y, tal vez, de fumigarlo.
En ese momento, parecía haber salido de un vertedero.
—Ya te quiero mucho —le susurró en la oreja—. Eres la mejor. No te asustes, pequeñita, estás conmigo. Yo cuidaré de ti.
Me revolví un poco. Era evidente a dónde iría a parar todo eso, y no me gustaba nada. Noté que Nina me observaba.
—¿Papá? —preguntó Noah.
—¿Sí?
Seguía acariciando el animal, que no dejaba de retorcerse, aunque el contacto parecía calmarlo.
Le trepó por el pecho de la camisa y se acurrucó bajo su barbilla.
Mi hijo me miró con una expresión que casi me hizo caer de espaldas.
En sus ojos había miedo, esperanza y confusión, mientras seguía acariciando a la gatita, que parecía estar a punto de dormirse.
—¿Puedo quedármela?