Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3) 2 Nina
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NINA

Mi estómago empezó a rugir a solo unos minutos del fin oficial de mi turno, pero seguí pendiente de mi último cliente, que estaba sentado solo en una mesa mirando al infinito.

El dulce Noah Ashford, que parecía una versión más pequeña, y mucho más triste, de su atractivo y desagradable padre.

El resto de los padres ya habían recogido a sus hijos para prepararlos para la primera cena formal del viaje, pero era obvio que el señor Malhablado pensaba que las reglas no se le aplicaban a él.

Claro, que eso no debería haberme sorprendido, porque parecía que le importaba más el barco que su propio hijo.

No entendía por qué no viajaba con una niñera, ya que Logan parecía la clase de hombre que delegaría a otros cualquier asunto no relacionado con los negocios.

En ese momento, caí en la cuenta: Mierda, la niñera era yo.

Seguro que me haría lo mismo durante el resto del viaje, y me obligaría a trabajar horas extra.

Luché por contener un gruñido de fastidio, porque no quería que Noah me viera enfadada.

Puede que su padre fuera un capullo de marca mayor, pero el niño no tenía la culpa.

De hecho, hacía que me sintiera mal por él.

No era de extrañar que estuviera tan retraído.

Parecía desesperado por conectar con alguien, pero algo se lo impedía.

Bueno, yo sabía bien cómo manejar esas situaciones.

—Oye, Noah —dije al acercarme a él—. ¿Quieres dibujar conmigo? Se te da muy bien, en el Pictionary, todos han reconocido tus dibujos enseguida.

Él levantó un hombro.

—Vamos —insistí—. Mira, hasta tengo los rotuladores prohibidos.

Sacudí la caja de rotuladores, que había escondido cuando provocaron una pelea, y Noah me dejó ver una sonrisa diminuta.

—Vamos a dibujar algo juntos. Podemos inventar un personaje empezando por los pies. Yo dibujo primero y luego doblo el papel para que no veas mi parte. Tú dibujas la parte central, y seguimos alternando hasta llegar a la cabeza. ¿Te parece?

—Vale —asintió él.

Me senté en la silla junto a la suya y me puse a trabajar.

—¡No mires! —le advertí, y giré el cuerpo para ocultar las patas de gallina que estaba dibujando.

Al oírlo reírse, se me alegró el corazón.

Pinté las patas como las de la gallina Caponata, doblé el papel y se lo pasé para que dibujase el torso. Me alegró ver que se ponía manos a la obra inmediatamente. Mientras estaba ocupado, aproveché para preguntarle por cómo se sentía.

—¿Te lo has pasado bien hoy?

—Sí —respondió.

Cogió un rotulador marrón y empezó a hacer un montón de rayas agresivas. Por ahí no voy bien, me reprendí. Nada de preguntas de sí o no.

—¿Qué es lo que más te ha gustado? Empiezo yo. Para mí, lo mejor ha sido conocer a todos los pasajeros jóvenes. —Hice una pausa y bajé la voz—. Sobre todo, a ti.

—¿Por qué?

Su tono incrédulo me dio ganas de llorar. Ese niño lo estaba pasando mal, y yo conocía bien esa sensación. Formaba parte de la razón por la que me dedicaba a trabajar con niños. Si solo dependiera de mí, ningún niño al que conociera se sentiría nunca menospreciado o ignorado.

—¿Es por mi padre? —preguntó—. A todo el mundo le importa más él.

—Ay, no, por Dios —respondí con rapidez—. Eres tú quien me cae bien, Noah. Tú mismo. Vas a tu aire, y eres un artista estupendo. Pienso que la gente creativa es muy guay.

Él dobló el papel y lo deslizó hacia mí. Había hecho unas rayas tan oscuras que traspasaban el papel.

—Bueno, ¿y a ti qué es lo que más te ha gustado de hoy? —pregunté, fingiendo estar concentrada en mi parte del dibujo.

—Umm… Supongo que esto. Dibujar contigo.

—¿En serio? —Me llevé una mano al pecho—. Ay, Noah, eso significa mucho para mí.

Terminé de dibujar los hombros a toda velocidad y le devolví el papel.

—A ti te toca la cabeza, que es la parte más importante. ¡Hazla muy bien!

Una comisura de su boca se disparó hacia arriba.

—Pues claro que la haré muy bien.

—Vale, ¡chulito! —reí.

Él rio también y, por fin, la sonrisa se extendió por toda su cara. Eso era lo que había esperado ver: un rayo de luz atravesando las nubes de tormenta; la prueba de que, en algún lugar de su interior, se ocultaba un niño feliz.

Él siguió dibujando, con la cabeza muy inclinada sobre el dibujo, tan concentrado que la punta de su lengua asomó por un lado de su boca.

—Eh, Noah, ¿estás listo?

Con un sobresalto, los dos nos volvimos hacia Logan, que se acercaba a donde estábamos.

De algún modo, su figura hacía que la sala pareciera más pequeña, como si un gigante hubiera invadido la casa de un gnomo.

Por una parte, se debía a que la sala estaba hecha para niños, pero, sobre todo, aquel hombre era grande.

Grande, en el sentido de musculoso, pero también tenía una especie de aura.

Me había costado mucho mantenerme firme esa tarde, cuando había defendido mi derecho a usar la pizarra, porque sus penetrantes ojos azules me habían atravesado el alma y me habían hecho sentir como un espécimen al que él tuviera que catalogar.

Pero no como un animal exótico; más bien, tuve la sensación de ser un trozo de basura pegado a la suela de su zapato, mientras él trataba de determinar si le daba mucho asco.

Sí, me había dejado muy claro que no me apreciaba nada, lo que empeoraba considerablemente el hecho de que yo no pudiera dejar de apreciarlo a él.

En general, no me gustaban los hombres rubios, así que aún me fastidiaba más que él me resultara atractivo. Claro, que jamás lo reconocería.

Vale, era más que eso. El tío estaba como un tren.

Era tan guapo que casi me temblaban las piernas, y su altura era otro punto a favor, porque yo era algo más alta que la media de las mujeres.

Llevaba el pelo corto y bien peinado, con cierto estilo, y su piel mostraba un ligero bronceado, como si pasara los fines de semana al aire libre haciendo cosas muy masculinas.

Además, era evidente que no le asustaba la crema hidratante, porque tenía una piel perfecta, y eso era bastante raro en su sector.

Los marineros solían tener la piel como un guante viejo de béisbol.

Y luego estaba su cuerpo. Se movía como un felino, con la soltura y confianza de alguien consciente de estar en lo más alto de la cadena alimentaria.

A pesar de parecer siempre muy tenso, había una cierta gracia en su porte, seguramente debida a la potencia del cuerpo oculto bajo su traje a medida.

Tenía hombros anchos de nadador, que me hacían imaginarlo practicando algún tipo de deporte acuático; piernas largas, y lo que asumía que era un culo perfecto bajo el faldón de su chaqueta.

Si no fuera tan imbécil, me habría costado mucho resistirme a él, y más aún después de que mostrara un aspecto nuevo que analizar: una sonrisa que no había creído que existiera.

Como era de esperar, incluía un juego de dientes blancos y muy rectos.

Pero, cuanto más lo miraba, más evidente resultaba que no era una sonrisa genuina.

Miré a Noah y lo encontré aún absorto en el dibujo.

—Noe, ¿estás listo? —preguntó su padre—. Vámonos, tenemos que seguir el horario.

¿El horario? ¿Qué diablos significaba eso?

Logan se detuvo junto a su hijo.

—Noah.

El niño dio un puñetazo sobre la mesa.

—Espera, ¡aún no he acabado!

—Eh, eh… —dije con suavidad.

No me correspondía a mí educarlo, estando su padre delante, pero tampoco pensaba tolerar tan malos modales. Intenté transmitir a Logan con la mirada que se interesara por el dibujo de su hijo, y eso pareció funcionar.

—¿Qué dibujas? —preguntó Logan.

—Es un personaje combinado —respondí yo—. Cada uno de nosotros ha dibujado una parte del cuerpo sin ver lo que ha dibujado el otro.

En ese momento, Noah dejó el rotulador, en señal de que habíamos terminado.

—¿Puedo verlo? —pedí.

Él asintió y desdobló la hoja de papel. Los dos nos echamos a reír a la vez.

—Pero ¿qué…? —reí, señalando el dibujo.

Sobre mis patas de gallina había un torso de gorila, los hombros con alas que había añadido yo y, en lo alto, Noah había dibujado una cabeza de alienígena con un solo ojo.

—Es perfecto —reí.

Miré a Logan, que había torcido la cabeza como un perro que escuchara un silbato.

—¿Qué se supone que es?

Suspiré. ¿Es que aquel hombre no tenía imaginación?

—No es nada —respondió Noah—, y a la vez, es muchas cosas.

—Hay que ponerle nombre —dije yo.

Esa vez fue Logan quien suspiró, y miró el teléfono que tenía en la mano.

—Tenemos que seguir el horario, peque. Vamos.

Su actitud controladora me estaba poniendo nerviosa. Su hijo se estaba divirtiendo, ¡podía dejarlo disfrutar!

—Aún tenemos tiempo, la cena empieza en treinta minutos —dije.

—Soy muy consciente de eso, pero Noah cena antes. Llevamos un horario distinto.

—No he visto nada de eso en sus documentos —respondí, extrañada.

—Me refiero a su horario nocturno.

¿Horario nocturno? ¿Qué significaba eso?

—Franken-pájaro —dijo Noah entonces, aún con la vista puesta en el dibujo.

Como me dedicaba a trabajar con niños, no me sorprendió nada el cambio brusco de tema.

—¡Es un nombre estupendo! —Me volví a mirar a Logan—. ¿Puedes explicarme lo de su horario?

Él lo pensó un momento, y apretó los dientes de un modo que dejaba claro lo mucho que yo le irritaba.

Vale, podía irritarse todo lo que quisiera, pero si yo tenía que pasar todo el día con Noah, necesitaba conocer los requisitos especiales que se le aplicaran.

Logan pareció caer en la cuenta por fin, e hizo una seca inclinación con la cabeza.

—Supongo que necesitas la información. El psicólogo de Noah…

Levanté las cejas al máximo.

—El psicólogo de Noah quiere que siga un horario estructurado —continuó él—. Eso significa que debe comer y acostarse a las mismas horas todos los días, pase lo que pase. Sin excepciones.

Fruncí el ceño sin que Noah me viera. Tenía un millón de preguntas, pero no podía hablar de su diagnóstico con el niño sentado a mi lado. Aun así, había algo que necesitaba preguntar.

—¿Sin excepciones? —repetí—. ¿Ni siquiera en vacaciones?