1 Logan #2
Me masajeé el puente de la nariz al escuchar aquella revelación inesperada. No solo era una mala noticia; lo peor era que yo no sabía nada de ese asunto. ¿Por qué no me habían avisado los de mantenimiento? ¿Es que aquel viaje estaba maldito? Porque, desde luego, había empezado de pena.
—¿Qué… problema? —escupí.
—Los de la limpieza han utilizado el producto equivocado, y el suelo está tan pegajoso que supone un riesgo. Lo están arreglando.
—¡Maldita sea! —aullé, antes de poder contenerme.
—Cuidado con lo que dices —siseó Nina.
Los niños se echaron a reír, sorprendidos, y se taparon las bocas con las manos.
Las carcajadas fueron en aumento a medida que la energía nerviosa se iba extendiendo entre ellos.
La combinación de estar en un barco enorme y lejos de sus padres les afectaba tanto como si se hubieran dado un atracón de azúcar y refrescos.
—Sienna y Jacob, bajaros de la mesa, por favor —dijo Nina a dos de los niños, que parecían bastante interesados en romperse los cuellos, la mesa, o ambos.
La tensión detrás de mis ojos pareció aumentar más.
El estrés del viaje inaugural, los problemas de suministro y mantenimiento, el escrutinio al que la comunidad de aficionados sometería al crucero…
Me sentía a punto de estallar. Por lo general, soltar una retahíla de tacos me ayudaba a liberar tensiones pero, gracias a los pequeños, tuve que contenerme.
El ruido, cada vez más alto, no estaba ayudando a mi estado mental.
—¿Y bien? —preguntó Nina, abriendo los brazos—. No es que tengamos un montón de opciones, ¿sabes? Tengo que mantenerlos ocupados y quietos hasta la siguiente actividad, y el Pictionary en el centro de negocios me sigue pareciendo la mejor opción.
—Pues no va a poder ser. Yo ya me he instalado aquí, y estoy en medio de una negociación muy delicada.
—¿A eso lo llamas «delicado»? No creo que sepas lo que significa esa palabra.
Escuché una serie de golpes rítmicos y, al volverme, vi que uno de los niños se había sentado en una silla giratoria y daba patadas a una mesa con cada vuelta. Lo señalé con un dedo y miré irritado a Nina.
—Brock, por favor, no hagas eso —le reprendió ella con dulzura—.
Pon los pies en el suelo. —Se volvió a mirarme—.
Han estado bastante nerviosos y emocionados desde que zarpamos.
Tengo que darles algo que hacer y, si no nos vas a dejar usar la pizarra, siempre podemos… No sé, ¿ir a jugar al estudio de yoga?
Me imaginé a una docena de críos convirtiendo las máquinas de pilates en su propio patio de recreo.
—¿Y por qué crees que esa sería una buena idea? —pregunté.
—Porque tú no has sugerido nada mejor. —Nina se encogió de hombros—.
Tal vez podríamos interrumpir la película que están poniendo en la sala de cine, donde creo que hay un grupo muy interesado en la historia de Cruceros Ashford.
O podría llevarlos al spa. Sí, eso sería perfecto.
Pueden pasar el rato en la zona de descanso mientras esperan a que les hagan la manicura y les den masajes en la cabeza.
Estoy segura de que al resto de los clientes no les importará que nos instalemos allí.
Sin duda, un grupo de niños sobreexcitados es justo el ambiente que esperan encontrar, ¿no crees?
—Tienes que estar de coña —resoplé.
Ella se enderezó delante de mí, con la espalda recta y los ojos ardientes.
—Te acepto cualquier otra sugerencia, pero aún no he escuchado ninguna. ¿Tienes una idea mejor? Porque me lo estás poniendo bastante más difícil de lo necesario. Necesitamos esa pizarra.
Miré por encima de mi hombro la impresionante sala de reuniones que había a mis espaldas.
—Ahí dentro hay un montón de cristales y equipo técnico. No es un buen sitio para jugar.
—Son niños, no animales salvajes —me reprendió en un susurro enfadado—. En cuanto les dé algo que hacer, se centrarán y estarán bien.
—Ah, ¿sí?
Señalé a donde dos de los niños estaban pulsando todos los botones de la fotocopiadora, que estaba funcionando y pitando sin parar.
—Eso es porque aún no están ocupados —señaló ella, antes de volverse hacia los niños—. Ryan, Brayden, ¡estaos quietos! —les reprendió con suavidad.
—Tienes que controlarlos —mascullé entre dientes, y me fijé en que algunos de los niños me miraban nerviosos—. Esto es un caos.
Mi voz sonó más bien como un gruñido, pero no pude evitarlo.
—Oye, Noah, ¿cuándo va a parar tu padre de gritar a la señorita Nina? —dijo una vocecita—. Está siendo muy malo.
Me volví a mirar a Noah al momento, y él se encogió de hombros y se encorvó un poco, sin mirar al resto de los niños. Ni a mí.
Lo último que quería era que mi hijo pensara que yo era un capullo antipático.
De algún modo, él debía saber que yo no era así de verdad.
No había vivido con él a tiempo completo desde que era un bebé, pero aunque los fines de semana que habíamos pasado juntos no habían sido tan frecuentes como me hubiera gustado, siempre nos habíamos divertido. O eso pensaba yo.
Se suponía que ese viaje nos ayudaría a cerrar la brecha que se había abierto entre nosotros desde la tragedia.
Me dolía mucho ver tan deprimido a un niño que antes había sido tan alegre, pero no podía culparlo.
Y gracias a Nina, tendría que hacer el doble de esfuerzo para arreglar las cosas con Noah.
—Vamos, Teddy, el señor Ashford no es malo —dijo Nina, pero puso los ojos en blanco de un modo que solo vi yo y que desmintió sus palabras—. Es que tiene muchas cosas de las que ocuparse. Esta es la primera vez que este barco ha salido a navegar. Eso es muy divertido, ¿no?
Los chillidos casi me perforaron el tímpano. ¿Cómo lograba aguantar ese escándalo durante ocho horas cada día?
Ella pareció notar que yo estaba a punto de estallar y, a juzgar por su sonrisilla, la idea le divertía bastante.
—Bueno, niños, hacedme caso un momento. —Nina dio unas palmadas y el ruido bajó de volumen—. Vamos a preguntarle todos al señor Ashford si nos deja usar la pizarra, ¿vale? Uno… Dos… Tres, ¡ya!
Fue como si convirtiera el ruido en un arma contra mí. El estruendo que montaron diez niños alterados suplicando al unísono casi hizo que me sangraran los oídos. Unos cuantos juntaron las manos bajo las barbillas y se dejaron caer de rodillas, lo que tuvo cierta gracia.
—Vale, de acuerdo —grité por encima del ruido—. Os dejo la sala durante una hora, pero ¡tened cuidado!
Entraron en la sala a la carrera, como una manada de perros salvajes, mientras Nina me dedicaba una sonrisa triunfante. Al volverme, vi a Noah detrás del resto de los niños.
—Oye, peque, pásatelo bien —dije cuando pasó a mi lado.
Le froté la cabeza, pero él se apartó con rapidez.
Joder, se suponía que aquel viaje ayudaría a mejorar la relación entre mi hijo y yo, pero había empezado con mal pie, gracias a la atractiva mujer que tenía delante de mí.
Si no hubiera insistido en entrometerse en mi refugio, Noah y el resto de los niños no me habrían visto gritar.
—Las cámaras de vigilancia están conectadas —dije, señalando los discretos aparatos situados cerca del techo.
Si algo iba mal, me enteraría.
—Ah, muchas gracias por preocuparte de nuestro bienestar, ¡es muy amable por tu parte! —dijo Nina con entusiasmo, y una sonrisa demasiado amplia.
Aunque estaba siendo sarcástica, la forma en que la sonrisa transformó su cara me pilló por sorpresa. Casi me hizo creer que la calidez de su expresión era auténtica.
—Y eso que decían que no era fácil congeniar contigo —continuó, con sorpresa fingida.
Se cruzó de brazos, me miró fijamente y, durante un instante, me costó mucho recordar de qué estábamos hablando.
Maldición, céntrate.
—Señorita Reyes —suspiré—. Por favor, limítese a hacer su trabajo.
Al momento, ella volvió a su actitud distante.
—Oh, no te preocupes, lo haré. Pero es curioso que te preocupes de tu preciosa sala de reuniones más que del bienestar de tus pasajeros, entre los que se incluye tu hijo. Muy bonito.
A decir verdad, yo estaba más que preocupado por el estado de ánimo de ese pasajero concreto, pero él parecía no querer nada conmigo, gracias al encontronazo con aquella fierecilla tan molesta.
La observé entrar en la sala de reuniones, hecha un mar de sonrisas y alegría, y se me ocurrió que el viaje sería de todo menos tranquilo.