Cómo desafiar a tu jefe (Los Hermanos Ashford 3)
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1 Logan
LOGAN
—¿Me tomas el pelo? ¿Tampoco han llegado los fideos de colores?
Recibí la llamada mientras volvía a mi despacho y, para no montar un escándalo en el pasillo, no tuve más remedio que dirigirme a la sala de reuniones principal del centro de negocios del crucero para contestarla.
No era necesario obligar a mis apreciados clientes a escuchar la bronca que iba a soltarle a alguien sobre un ingrediente de repostería.
Incluso logré sonreír a algunos de ellos de forma bastante convincente cuando los sorteé de camino a la sala.
Era probable que no notaran la tensión en mi cara, porque después de una vida entera dedicado a la atención al cliente, mi expresión agradable e insustancial era capaz de ocultar un puto volcán de furia.
Y eso era justo lo que sentía en aquel momento crucial.
Estábamos en pleno viaje inaugural del Royal Oceania y, aunque me había asegurado de poder ofrecer a mis clientes una experiencia inmejorable, las cosas ya se estaban torciendo, y apenas acabábamos de zarpar.
Por suerte, el centro de negocios del barco estaba vacío, y era muy probable que siguiera así durante todo el viaje.
El Royal Oceania era nuestro primer crucero orientado a las familias, lo que, con suerte, significaría que la mayoría de los pasajeros estarían ocupados creando recuerdos bonitos, no trabajando.
La sala de reuniones tenía una enorme pared de cristal que daba al resto del centro de negocios, así que pulsé el interruptor que oscurecía el cristal hasta volverlo opaco, para que nadie viera lo cabreado que estaba mientras le cantaba las cuarenta a aquel imbécil.
Abrí mi portátil y me puse cómodo porque, a juzgar por la actitud combativa del proveedor, iba a estar allí un buen rato.
No solo tuve que levantar la voz durante la discusión, sino que solté un buen montón de palabrotas que, si bien eran excesivas, quedarían entre nosotros.
Yo seguía honrando con orgullo la larga tradición marinera de jurar a discreción, aunque mi barco fuera de lo más moderno.
Cuando el proveedor intentó culpar a mi equipo de olvidar los fideos de colores, perdí los estribos y le solté una retahíla de tacos tan extensa, que seguramente acabaron por sangrarle las orejas.
O al menos, eso esperaba, porque era lo que se merecía.
Un golpe en la puerta interrumpió mi perorata, pero lo ignoré. El proveedor no parecía dispuesto a admitir nada, ni a disculparse, así que lo demás tendría que esperar hasta que lo tuviera donde lo quería.
—Perdona, ¿acabas de decir que me joda? —grité al teléfono.
Los golpes en la puerta comenzaron de nuevo, con más urgencia y sin cesar. Después de diez segundos de estruendo, no pude soportarlo más, me dirigí a la puerta y la abrí de un tirón.
—¿Qué quieres? ¿Es que no sabes lo que significa una puerta cerrada?
La mujer al otro lado se quedó atónita ante mi furia, con una mano alzada en el aire.
Nina Reyes. Me enorgullecía conocer los nombres de todos mis empleados, aunque sería difícil olvidar una cara como la suya.
Pero ¿qué quería de mí la gerente del Club de Juegos?
Mi tendencia a ocuparme hasta del menor detalle me llevaba a estar informado de lo que hacía cada empleado en todo momento.
Gobernaba mi barco con pulso firme, literalmente, y se suponía que, en ese momento, la señorita Reyes debía estar dando una lección de repostería a nuestros viajeros más jóvenes.
De hecho, debería estar preparando magdalenas con fideos de colores.
Maldición.
—Sí, lo sé —le espeté sin más—. Estoy al teléfono con el puto idiota del proveedor. ¿El chef no puede pensar en otro sabor para las magdalenas?
Ella frunció el ceño, como si fuera culpa mía que aquella actividad planeada con tanto cuidado se hubiera fastidiado.
—No, ha dicho que están ocupados descargando un pedido que ha llegado tarde, así que no tienen tiempo, por desgracia. —Ella señaló hacia la sala de reuniones detrás de mí—. He venido porque se me ha ocurrido que, mientras tanto, podríamos…
—Escucha, ahora no puedo dedicarme a buscar soluciones contigo. Tengo que ocuparme del lío que ha armado este gilipollas, ¿vale?
Su bonita cara pareció aún más preocupada, y se volvió para mirar a sus espaldas.
—¿Qué? —pregunté por segunda vez.
—¡Gilipollas! —dijo una vocecita detrás de ella.
Tragué con dificultad. No, eso no podía ser.
—Lío, un lío —canturreó otra voz—. El gilipollas ha armado un lío.
Apreté el teléfono contra mi pecho y me apoyé en la puerta, para ver quién estaba detrás de ella.
—Genial. Muchas gracias por darnos a todos una lección de vocabulario —replicó Nina, enfadada—. ¿Vas a ser tú quien explique a sus padres por qué se ponen a soltar palabrotas en mitad de la cena?
Diez marineros en miniatura habían formado un corro y daban vueltas mientras canturreaban mis palabras. Una niña pequeña se acercó a Nina y le dio unos golpecitos en la cadera.
—¿Se ha atascado el barco? —Me señaló—. El señor malo ha dicho algo de un lío.
Nina se volvió a mirarla y se agachó para ponerse a su altura.
—Oh, no, Becca, ¡para nada! Este señor estaba teniendo una conversación de personas mayores que no debíamos escuchar.
¡Supongo que el señor Ashford no sabía lo delgadas que son las paredes!
—Dio unos golpecitos en el cristal, sonrió a la niña y luego me lanzó una mirada asesina—. Hemos oído muchas tonterías, ¿verdad?
Nina se puso en pie y sacudió la cabeza, mientras el caos continuaba a su alrededor.
—¡Ha dicho una palabrota, ha dicho una palabrota! —canturreó un crío a pleno pulmón, señalándome con entusiasmo—. ¡Le van a castigar para siempre!
—Te volveré a llamar —dije al teléfono, y corté la llamada antes de que pudiera contestar.
Después, miré a Nina—. ¿Qué haces aquí, en lugar de estar en el Club de Juegos?
—Señalé el suelo a nuestros pies—. Nuestro equipo ha trabajado mucho para darte un espacio con todo lo que podéis necesitar los niños y tú, para que tengáis un sitio al que ir entre una actividad y otra. Un sitio que no sea este.
Su mirada de alegre animadora de niños pasó a ser fulminante.
—Es la hora de descanso de los pequeños en el Club de Juegos, y esta pandilla es de todo menos tranquila.
Como nos han cancelado la actividad de repostería —continuó con expresión tormentosa—, necesitábamos un plan alternativo, y hemos decidido jugar al Pictionary.
Noah ha dicho que en esta sala de reuniones hay una pizarra blanca, así que se nos ha ocurrido venir a jugar aquí.
Sí, Noah sabía lo de la pizarra de esa sala.
Yo le había dejado dibujar en ella la semana anterior, mientras repasaba algunos detalles con parte de mi equipo, pero él no había mostrado demasiado interés en nada últimamente.
Miré al grupo de niños y me fijé en que mi hijo estaba solo a un lado, en un llamativo contraste con el resto de los críos, que daban saltos por el lugar como pequeñas pelotas repletas de palabrotas. Parecía muy pequeño, callado y triste.
Joder.
Un niño con aspecto escandalizado se acercó a Nina.
—Mi mamá dice que eso es una palabrota y los niños no pueden decirlas. ¡Pero las están diciendo todos! ¿Puedo yo también?
Vaya, parecía que les había dado a nuestros pasajeros más ilustres una lección de vocabulario que haría que sus padres me odiaran.
—No, ¡ni hablar, Evan! —respondió Nina con rapidez—. Nadie debería decir esas cosas. Son muy malas.
Cuando el niño se marchó corriendo para unirse al grupo, ella me lanzó otra mirada demoledora.
—¿Qué? —pregunté—. Tampoco es que lo haya hecho a propósito. He venido aquí para estar solo.
—Pues yo estaba golpeando la puerta para avisarte de que bajaras la voz —replicó ella—. Pero se ve que estabas demasiado ocupado pegando gritos a la pobre persona que ha conseguido cabrearte.
—Ah, ¿te refieres al proveedor responsable de que estos niños no puedan hacer la actividad que tenían planeada? Cuando uno de mis proveedores o de mis empleados la caga…
Nina se atrevió a chistarme para hacerme callar, y yo me esforcé por no admirar sus labios color rosa cuando lo hizo.
Era tan guapa que me estaba distrayendo.
Los rizos oscuros y perfectos que enmarcaban su cara, esa boca tan apetecible y esos ojos que decían tanto como su boca...
Vestía el uniforme habitual del Club de Juegos: un polo blanco ajustado con el logo de la compañía naviera en el bolsillo y unos pantalones color caqui; pero, de algún modo, en ella parecía ropa de diseño.
A mi pesar, mis ojos habían aterrizado en su trasero cuando se había vuelto a contestar una pregunta, pero, tras un instante, me obligué a apartar la vista.
No. Ese no era el momento y, desde luego, no sería ella. No la conocía mucho, pero intuía que iba a dar problemas.
—Como te decía, si alguien comete un error —continué en un susurro tenso—, espero que lo reconozcan, no que me devuelvan la pelota. Y espero que mis empleados sepan adaptarse cuando sea necesario. Traer a los niños al centro de negocios no es una adaptación adecuada, señorita Reyes.
—Ah, ¿no? ¿Y qué debería hacer con ellos cuando la actividad que he planificado con tanto cuidado no se puede hacer, eh?
—replicó ella—. Por favor, infórmame, porque a mí me parece que un par de partidas de Pictionary hasta que el capitán esté disponible para enseñarles el barco es una forma estupenda de pasar el tiempo.
—¿En un crucero de lujo? —le pregunté—. ¿Eso es lo mejor que se te ha ocurrido? ¿No podían hacer algún proyecto? En la sala de manualidades tienen de todo.
El ruido de fondo que hacían los niños pareció disminuir un poco, como si hubieran notado que se estaba formando una tormenta entre nosotros.
—Ah, ¿no te has enterado de que ha habido un problema con el suelo?