Cómo convivir con una tóxica (Amores imperfectos 4) CAPÍTULO 14 AHÍ DEBERÍA HABER TERMINADO
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CAPÍTULO 14 AHÍ DEBERÍA HABER TERMINADO

E l sábado empezó con Bruno desayunando con una mano demasiado cerca del estuche del prototipo. Julia se dio cuenta cuando intentó moverlo unos centímetros con el pie y él lo sujetó de inmediato, como si la caja pudiera escaparse del departamento por voluntad propia.

—Está cerrado —dijo ella.

—Quiero que siga así.

Julia sonrió y lo dejó en paz. La tensión de la noche anterior seguía presente, pero más baja.

No se habían despertado arreglados; tampoco habían vuelto a discutir.

Afuera entraba un sol limpio por la ventana de la cocina y alguien en el edificio de enfrente había decidido que las nueve de la mañana eran una hora razonable para escuchar cumbia con todas las ventanas abiertas.

Bruno le contó que Germán lo esperaba a las diez y media y que la prueba debía durar alrededor de una hora, aunque después podían quedarse revisando resultados. Julia notó la precisión de “alrededor” y tuvo la decencia de no señalarla.

Antes de salir, Bruno se inclinó para besarla.

No fue un beso de tregua ni de reparación; fue el beso habitual de cuando uno salía y el otro se quedaba.

Julia le sostuvo la nuca un segundo, le deseó suerte y le dijo que no rompiera nada.

Bruno respondió que esa amenaza pertenecía originalmente a Nico y se fue con el estuche.

Durante la primera hora, Julia hizo exactamente lo que había pensado hacer con su sábado.

Puso ropa a lavar, cambió las sábanas, abrió las ventanas y respondió mensajes del grupo de Camila sin salirse.

Camila había enviado una foto de la biblioteca finalmente instalada en otra pared con un triunfal NO BLOQUEA LA PUERTA.

Julia contestó que felicitaciones por descubrir la geometría y siguió doblando ropa.

A las diez y cuarenta y dos, Bruno escribió: Ya entramos. Julia respondió con un pulgar arriba y dejó el teléfono sobre la cama. Se obligó a no convertir una prueba de una hora en una cuenta regresiva.

Al mediodía salió a comprar pan, detergente y algunas cosas para la semana.

Volvió con mandarinas que no estaban en la lista y una botella de vino que tampoco.

Se preparó algo de comer. El teléfono siguió quieto, pero todavía había explicaciones razonables de sobra: podían haber empezado tarde, repetido una medición o terminado hablando con el dueño del taller.

A la una y veinte, Julia terminó de comer y miró otra vez la pantalla. Habían pasado casi tres horas desde el mensaje de Bruno. Escribió ¿Cómo fue? y volvió a guardar ropa. Cerca de las dos llamó una sola vez. El teléfono sonó hasta cortar.

No había ninguna señal objetiva de emergencia. Julia lo sabía. Podía enumerar todas las razones por las que Bruno no contestaba y ninguna incluía un accidente. El problema era que, desde la muerte de su hermano, saber qué era probable nunca había conseguido apagar del todo lo que podía ser posible.

Esperó algunos minutos más. Después abrió el chat con Nico.

¿Estás con Bruno?

La respuesta llegó rápido: No. ¿Por?

Julia explicó que Bruno estaba en la prueba de Pompeya y no respondía. Nico contestó que estaba con Germán y que probablemente seguían ahí. Julia leyó la frase dos veces. Era información suficiente para esperar. Aun así escribió: ¿Tenés el número de Germán?

Nico no respondió por mensaje. La llamó.

—¿Qué pasó?

Julia repitió los datos: una prueba prevista para una hora, varias horas transcurridas, un mensaje sin respuesta y una llamada que había sonado hasta cortar. Nico escuchó y, cuando terminó, le dijo que podía estar ocupado.

—Ya sé.

—Entonces esperá.

Julia cerró los ojos un segundo y volvió a pedirle el número de Germán.

—No.

—Nico.

—Está con Germán. Si hubiera pasado algo, me habrían avisado.

—Pasame el número.

—¿Para qué?

—Para hablar con él.

—¿Con Germán?

—Para saber qué está pasando.

—Ya sabés qué está pasando. Está con Germán.

La respuesta le produjo un alivio que duró menos de lo que debía.

Julia apoyó una mano en la mesa y trató de explicar que no le estaba pidiendo a Nico que se involucrara, solo un teléfono.

Nico respondió que pasarle el número era involucrarse y que, además, no quería convertirse en el primer eslabón de una cadena de gente buscando a Bruno porque no había respondido unas horas.

Julia sintió el impulso de disculparse y esperar. En lugar de eso, la frase de su padre volvió con la velocidad desagradable de las cosas que nunca se habían ido del todo.

—Si después resulta que pasó algo, ¿qué querés que haga? ¿Que me quede sentada porque a vos te incomoda pasarme un teléfono?

Del otro lado hubo un silencio más largo. Julia supo, mientras lo escuchaba, que acababa de empujar la responsabilidad hacia Nico. También supo que podría retirarla. No lo hizo.

—Esto es exactamente lo que no quiero —dijo él al final—. Te paso el número, pero no me metas en una cadena de gente preguntando por Bruno.

El contacto llegó unos segundos después.

Julia escribió un mensaje breve y correcto: se presentó, dijo que era la pareja de Bruno y preguntó si seguía con él porque no conseguía comunicarse. Pasaron tres minutos. Después cuatro. No hubo respuesta. Julia llamó.

Germán atendió con ruido de voces y platos detrás.

Antes de que ella pudiera explicarse demasiado, confirmó que Bruno estaba con él, perfectamente bien.

La prueba había salido muy bien; el dueño del taller los había invitado a comer para hablar de dejar el equipo unos días y Bruno tenía el teléfono guardado en la mochila.

Ahí debería haber terminado.

El alivio llegó primero: físico, inmediato, casi doloroso. Bruno estaba bien. No había accidente, hospital ni emergencia. Julia apoyó la mano libre sobre la mesa y respiró.

Después preguntó dónde estaban.

Germán le dio el nombre del lugar sin notar, o sin querer notar, el cambio. Julia preguntó si podía pasarle a Bruno. Germán explicó que estaba hablando con el dueño del taller y que en ese momento no podía ponerse.

—Entonces decile que me llame cuando termine.

Germán dijo que sí. Julia agradeció y cortó.

Durante unos segundos se quedó inmóvil con el teléfono en la mano.

Ya sabía que Bruno estaba bien. Sabía con quién estaba, por qué la prueba se había extendido y hasta en qué lugar estaban comiendo.

También acababa de pedir que interrumpieran una conversación de trabajo para recordarle que la llamara.

La cantidad de información disponible era casi ofensiva.

Bruno escribió a las tres y diez: Salió bien.

Se extendió. Después te cuento. Julia respondió Bien y dejó el teléfono lejos, sobre la mesada.

El resto de la tarde no tuvo forma de crisis, y eso fue parte del problema.

Terminó la ropa, contestó un audio de Camila sobre una caja de copas rotas, barrió la cocina y puso el vino en la heladera.

Sabía que Bruno estaba bien y, por primera vez desde que había empezado a buscarlo, no pudo fingir que seguía reuniendo información por seguridad.

Bruno volvió cerca de las cinco y media con el estuche en una mano y el orgullo todavía visible en la cara.

Las lecturas habían quedado limpias; el montaje había aguantado y el dueño quería dejar el equipo tres días la semana siguiente.

Julia se alegró de verdad. Durante unos segundos, la conversación pudo haber sido solo eso.

Después Bruno le dijo que Germán le había contado de la llamada. Julia no negó nada. Le explicó que primero había hablado con Nico y que Nico le había dicho que estaba con Germán. Bruno escuchó con una quietud que resultó peor que una pelea.

—Y aun así buscaste el número —dijo.

Julia asintió.

Bruno agregó que Germán le había preguntado si había pasado algo en casa y que también le había contado que Julia quiso saber dónde estaban y pidió que le avisara que llamara. Esa parte hizo que Julia bajara la vista.

Intentó decir que no estaba tratando de controlar qué hacía. Bruno levantó una mano, no para callarla sino para frenar la velocidad con la que ambos podían convertir aquello en otra discusión circular.

—No quiero hablar de esto ahora. Mañana.

Julia sintió el reflejo inmediato de preguntar por qué mañana, cuánto tiempo necesitaba o qué esperaba que hiciera mientras tanto. Lo dejó pasar. Asintió y volvió a sentarse.

Bruno llevó el estuche al living y empezó a guardar una libreta, un cable y el soporte que había usado en el taller.

Las llaves quedaron en el cuenco de la entrada.

Ninguno se fue. Solo quedaron en el mismo departamento, separados por una conversación que ya no podía reducirse a si Bruno había contestado o no.

Bruno estaba a tres metros.

Julia sabía exactamente dónde estaba.

Y esa vez saberlo no le servía.