CAPÍTULO 15 INCERTIDUMBRE
E l domingo, los datos de la prueba de campo eran mejores de lo que Bruno había esperado.
Los revisó en la mesa del living antes de que Julia se despertara: la vibración aparecía estable, la temperatura no tenía saltos absurdos y el montaje había sobrevivido a un taller real sin convertir cada ruido eléctrico en una catástrofe.
Por una hora, el sistema había hecho exactamente lo que necesitaba que hiciera.
Germán escribió temprano para confirmar que el dueño quería dejar el equipo tres días la semana siguiente. Bruno respondió que hablarían el lunes y cerró la notebook. No abrió otra corrida. No quería usar el proyecto para retrasar una conversación que ya había retrasado lo suficiente.
Julia apareció poco después con el pelo desordenado y una remera vieja.
Preguntó si quería café. Durante varios minutos hicieron cosas pequeñas que no necesitaban explicación: ella preparó dos tazas, Bruno vació el escurridor, Julia abrió una ventana y él dobló una bolsa de papel que llevaba dos días ocupando una silla.
La casa funcionaba aunque ninguno supiera todavía qué hacer con lo del día anterior.
Cuando se sentaron, Bruno no empezó interrogándola.
Le dijo que necesitaba entender en qué momento la preocupación se había convertido en otra cosa.
Julia sostuvo la taza con ambas manos y reconstruyó la secuencia sin adornarla: primero le escribió, después lo llamó, luego buscó a Nico.
Admitió que Nico le confirmó que Bruno estaba con Germán y que, aun así, insistió hasta conseguir el número.
Bruno la escuchó sin interrumpir. La parte que más le costaba no era que Julia se hubiera preocupado. Podía entender una llamada después de varias horas. Incluso podía entender que hubiera preguntado a Nico si sabía algo. Lo que no podía acomodar era lo que vino después.
—Nico te dijo que estaba con Germán —dijo—. Ahí ya tenías una respuesta.
Julia miró el café. —Tenía una respuesta, pero no sabía si estabas bien.
Bruno dejó pasar un momento antes de recordarle que Germán sí se lo había confirmado.
Había dicho que la prueba había terminado, que estaban comiendo y que no había ningún problema.
Julia no discutió eso. Tampoco dijo que la llamada hubiera sido inútil: el alivio que sintió al escuchar a Germán había sido demasiado real.
—Y después le pregunté dónde estaban —dijo ella, casi para sí misma.
Bruno asintió.
—Y le pedí que te dijera que me llamaras.
Otra vez, Bruno asintió. No necesitó repetir la secuencia como una acusación. Julia ya la estaba oyendo completa.
Ella intentó explicar que había frenado antes de hacer cosas peores: no había revisado su teléfono, no había ido al taller, no había buscado una aplicación. Bruno sintió irritación, pero no la dejó convertirse en una réplica rápida.
—No necesito que lo comparemos con cosas peores. Tu preocupación explica por qué empezaste. No explica por qué seguiste después de saber que estaba bien.
La frase quedó entre los dos. Julia apoyó la taza y miró hacia la ventana. Por primera vez desde el sábado no tenía una defensa inmediata que no sonara como una versión más prolija de lo mismo.
Bruno respiró antes de seguir. No quería salir de esa conversación convertido en el hombre razonable que llevaba una lista de errores ajenos.
El viernes había hecho exactamente lo contrario de lo que estaba exigiendo ahora: puso una hora, la cambió sin avisar y después trató a Julia como si ella lo estuviera vigilando por recordársela.
—Eso fue mío —dijo—. Y hace semanas que espero a estar irritado para explicar lo que necesito. También es mío. Pero no quiero que usemos una cosa para descontar la otra. No se compensan.
Julia levantó la vista. Por un instante pareció buscar una respuesta y no encontrarla. Bruno no estaba diciendo que ella fuera la única que hacía daño. Estaba diciendo que su propio error no volvía aceptable lo del sábado.
La conversación perdió velocidad. Ya no hubo necesidad de contestar cada frase con otra. Afuera pasó una moto y el ruido se alejó calle abajo. Julia giró la taza entre los dedos hasta que finalmente habló.
—Cuando Nico me dijo que estabas con Germán, pude parar.
Bruno esperó.
—Y no paré.
Julia dejó las manos quietas sobre la mesa. —Cuando Germán me dijo que estabas bien, tendría que haber cortado. En vez de eso pregunté dónde estaban y pedí que me llamaras. Esa parte no sé defenderla.
—No te estoy pidiendo que la defiendas.
El cansancio de Bruno estaba ahí, pero ya no tenía el filo de la noche anterior.
Le explicó que no podía vivir pendiente de que un silencio suyo activara una red de búsqueda: primero Nico, después Germán, después cualquier otra persona disponible.
No quería que un compañero con quien estaba intentando trabajar volviera a preguntarse si había pasado algo en su casa porque él no había contestado el teléfono durante unas horas.
Julia escuchó hasta el final.
—Te amo. No me quiero ir. Pero así no puedo vivir —dijo Bruno.
El aire de la cocina cambió. Julia no buscó las llaves ni se levantó de golpe. Se quedó sentada, más quieta que antes.
—¿Entonces qué me estás diciendo?
Bruno tardó en responder porque no tenía una regla perfecta, y ya estaba cansado de fingir que una regla perfecta era posible.
No sabía cuántas horas debían pasar, qué circunstancias justificaban llamar a otra persona o cómo distinguir en cada caso una emergencia real de una incertidumbre insoportable.
—No sé todavía cuál es el límite exacto —dijo—. Pero ayer no había una emergencia. Había incertidumbre. Y no puede ser lo mismo.
Julia bajó la vista. —Para mí a veces se siente igual.
—Ya sé.
Bruno no agregó nada. Entender por qué se sentía igual no hacía que fuera igual.
Julia se levantó, agarró el canasto de ropa limpia que había quedado junto a la puerta y empezó a doblar una toalla.
No era una fuga; necesitaba hacer algo con las manos.
Dijo que no podía prometer dejar de preocuparse.
Bruno respondió que no le estaba pidiendo eso.
Ella admitió entonces que todavía no sabía qué le estaba pidiendo exactamente, y Bruno tuvo que reconocer que él tampoco lo sabía del todo.
Esa falta de respuesta no los alivió, pero evitó otra negociación inventada para cerrar la mañana. Pasaron un rato sin hablar. Julia guardó la ropa. Bruno llevó las tazas a la pileta. Ninguno salió de la casa y ninguno intentó resolver la conversación con otra conversación.
Al mediodía comieron lo que había quedado de la noche anterior. Cuando Germán volvió a escribir sobre el equipo, Julia esperó a que Bruno terminara de responder antes de preguntarle si realmente querían dejarlo tres días. Él dijo que sí. Ella sonrió, cansada pero sincera, y le dijo que se alegraba.
No había nada que perdonar en esa frase. Tampoco nada que negociar.
El resto de la tarde tuvo una lentitud extraña.
Julia habló un rato con Camila desde el dormitorio.
Bruno ordenó el equipo de campo y separó los soportes que necesitaba llevar la semana siguiente.
No se contaron cada movimiento y tampoco usaron el silencio como castigo.
Seguían incómodos, pero la incomodidad ya no exigía ser llenada a cada minuto.
Al anochecer, Julia fue a bañarse. Bruno se quedó solo en el living con el estuche cerrado y la notebook apagada. Abrió el teléfono y entró a la nota bloqueada.
* * *
CÓMO CONVIVIR CON UNA TÓXICA
Las primeras reglas todavía podían parecerle graciosas si las leía rápido. Avisar. Puertas. Disponibilidad. Información ajena. Debajo de la Regla 6 seguía la línea: Hoy no le escribió.
Bruno se detuvo ahí. Era verdad. Julia había abierto el chat con Nico para conseguir la información que él se había negado a darle y había elegido no enviar el mensaje.
Deslizó un poco más.
Regla 7: no es una regla. Es un recordatorio: no hagas la misma pelotudez de decir una hora específica.
Por favor, leer reglas anteriores. Más específicamente, la número 4.
PELOTUDO.
Esta vez la palabra seguía ahí. Bruno no tuvo ganas de borrarla.
Podía escribir sobre Nico. Podía escribir sobre Germán.
Podía inventar otra regla para convertir el sábado en una entrada donde Julia hacía algo y él lo clasificaba desde afuera.
También podía escribir una regla sobre sí mismo, otra sobre ella y otra sobre todas las situaciones que todavía no sabían manejar.
Apoyó el pulgar en la pantalla.
Escribió:
Regla 8:
La frase quedó sola unos segundos. Bruno la borró.
Después escribió, sin número:
ESTE MANUAL NO SIRVE PARA UNA MIERDA.