CAPÍTULO 12 LO VOY A PENSAR
C amila llevaba menos de una semana con las llaves del departamento nuevo y ya había movido la misma biblioteca tres veces.
Cuando Julia llegó, la encontró atravesada junto a la puerta del living, rodeada de cajas abiertas y con una lámpara apoyada en el piso como si también estuviera esperando instrucciones.
Julia dejó su bolso sobre una silla, miró la biblioteca y después miró la hoja de la puerta. No necesitó decir nada. Camila siguió su mirada, abrió la puerta y el borde de madera chocó contra el mueble con un golpe seco.
—No hagas esa cara —dijo Camila.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—La estás haciendo con todo el cuerpo.
La pareja de Camila pasó detrás de ellas con una caja de vasos y eligió, con buen criterio, no participar. Julia agarró un extremo de la biblioteca. Camila resopló, tomó el otro y entre las dos la corrieron hasta la pared opuesta. Esta vez la puerta abrió completa.
—Te odio un poco —dijo Camila, apoyándose contra el mueble.
—Pero ahora podés salir de tu casa.
Camila soltó una risa y le alcanzó una botella de agua. Había polvo en el piso, cinta de embalar pegada a una pata de la mesa y un cuadro todavía envuelto sobre el sofá. Julia tomó un trago mientras Camila se sentaba sobre una caja marcada COCINA.
—Te volví a agregar al grupo —dijo Camila.
Julia ya lo había visto. Había abierto las cuarenta y siete notificaciones, había leído tres y había cerrado el chat antes de arrepentirse de volver. Camila la conocía lo suficiente como para no pedirle entusiasmo.
—No vuelvas a salir —añadió.
—No prometo cosas que dependen de que ustedes aprendan a usar un grupo con dignidad.
Camila aceptó la respuesta como lo más parecido a un compromiso que iba a conseguir y cambió de tema. Preguntó por Bruno sin esa voz cuidadosa que la gente usaba cuando sospechaba una pelea. Julia agradeció que no lo hiciera.
—Estamos bien —dijo—. Probando cosas.
Le explicó, sin convertirlo en informe, que estaban intentando avisar mejor, respetar cuándo el otro estaba ocupado y dejar de interpretar cada silencio como una declaración. Camila escuchó mientras arrancaba un pedazo de cinta de una caja.
—Suena bastante adulto.
—No te acostumbres.
Camila sonrió y señaló otra caja. Julia miró la hora antes de que pudiera asignarle una segunda tarea. Tenía que volver a Almagro, cambiarse y entrar al hospital a las dos. Se fue con la satisfacción de haber salvado una puerta y sin permitir que Camila la convenciera de mover también el sillón.
* * *
A media tarde, la UCI olía a alcohol, plástico y café recalentado. Verónica la interceptó cerca del office con Rocío, una enfermera nueva que llevaba pocos días en el servicio y todavía miraba cada bandeja como si pudiera esconder una evaluación sorpresa.
Verónica quería que Julia la acompañara en un cambio de apósito. Julia calculó el tiempo, protestó apenas por costumbre y aceptó. Antes de entrar repasó con Rocío lo necesario: material, secuencia, qué preparar primero y qué no convenía improvisar una vez abierto el campo.
Rocío trabajó despacio, pero no mal. El error llegó cuando, ya con los guantes estériles, apartó la baranda de la cama con una mano y volvió hacia el campo. Julia la frenó antes de que tocara el material.
—Ese guante no. Tocaste la baranda. Cambiamos el par y seguimos.
No elevó la voz ni convirtió el gesto en una clase. Rocío retiró las manos, repitió la higiene necesaria y continuó. La paciente apenas prestó atención; estaba más preocupada por encontrar una posición cómoda que por la pequeña corrección técnica que acababa de ocurrir.
El procedimiento terminó sin otro problema. Afuera, Rocío cerró la puerta con el hombro y se insultó en voz baja. Julia ya tenía preparada la respuesta automática —la que enumeraba riesgos, consecuencias y todo lo que podía salir mal—, pero la dejó pasar.
—Tocaste una superficie no estéril. Lo viste cuando te lo marqué, lo corregiste y no volvió a pasar.
Rocío la observó, todavía tensa. Esperaba algo más.
Julia entendió que, hacía no tanto tiempo, ella misma se lo habría dado: diez minutos de explicación para asegurarse de que nadie pudiera olvidar el error.
En cambio la llevó al office y repasaron solo el punto exacto donde se había roto la técnica.
Rocío hizo dos preguntas y Julia respondió las dos.
Cuando terminaron, la chica ya no tenía cara de estar esperando una sentencia.
Verónica estaba apoyada contra el marco de la puerta. Había escuchado lo suficiente.
—El mes que viene entran dos personas nuevas a terapia. Quiero que tomes una parte de la inducción.
Julia la miró con desconfianza. Verónica aclaró que sería capacitación interna, dentro de su carga, con otras personas y sin convertirla mágicamente en docente universitaria. Rocío intentó disimular una sonrisa y Julia decidió no darle el gusto de discutir delante de ella.
—Lo voy a pensar.
Verónica aceptó eso como una victoria y se fue antes de que Julia pudiera reducirla de categoría.
El resto del turno tuvo trabajo suficiente para borrar cualquier tentación de seguir analizando la propuesta: controles, cambios de posición, registros, una familia que preguntó tres veces lo mismo con palabras distintas y una máquina de café que seguía sin aceptar ninguna forma razonable de mantenimiento.
Cuando terminó la entrega pasadas las nueve, Julia salió con hambre, dolor en la nuca y un mensaje de Bruno esperando en el teléfono.
Cuando llegues, estoy libre. Dos auriculares ya guardados. No es una metáfora.
Julia sonrió antes de poder evitarlo.
* * *
En el departamento había dos cajas de empanadas abiertas sobre la mesa y Bruno estaba terminando de guardar una herramienta en un cajón.
No llevaba auriculares. Julia dejó el bolso, se soltó el pelo y se sentó frente a él con la sensación agradable de que esa noche no había nada urgente que arreglar.
Mientras comían, le contó lo de Rocío y la propuesta de Verónica. Bruno no convirtió la capacitación en una misión ni intentó convencerla de aceptar. Le preguntó si le había gustado enseñar. Julia tardó más de lo necesario en responder porque la respuesta era sí y eso la irritaba un poco.
—Me gustó que entendiera qué había hecho sin salir pensando que era una inútil —admitió.
Bruno apoyó el codo en la mesa. —Eso suena sospechosamente parecido a enseñar bien.
Julia le dio una mirada que no logró sostener porque él ya estaba sonriendo.
Siguieron comiendo. Hablaron de la mudanza de Camila, de la biblioteca que casi había bloqueado una salida y de la prueba del prototipo que Bruno tenía que preparar para el fin de semana.
No hubo una conversación sobre la relación escondida dentro de ninguna de esas cosas.
En algún momento Julia le robó media empanada de su plato. Bruno protestó sin convicción y después le acercó la caja para que eligiera otra. La cena llegó tarde, como casi siempre cuando Julia trabajaba turno tarde. Esta vez, sin embargo, volvió a sentirse como suya.