Cómo convivir con una tóxica (Amores imperfectos 4) CAPÍTULO 6 LA SEÑAL
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CAPÍTULO 6 LA SEÑAL

E l monitor empezó a alarmar mientras Noelia todavía tenía una sábana en la mano.

Julia no miró primero el número. Miró al hombre de la cama.

Estaba despierto, apoyado contra dos almohadas, con una cánula de oxígeno y la expresión ofendida de alguien a quien acababan de mover cuando por fin había encontrado una posición tolerable.

Respiraba sin apuro, no intentaba arrancarse nada y no tenía la cara de una persona que estuviera de acuerdo con la urgencia electrónica que acababa de instalarse a su alrededor.

—La saturación está bajando —dijo Noelia.

—Ya la vi.

Julia se acercó a la cabecera mientras miraba al paciente y a la pantalla casi en el mismo movimiento. La curva del oxímetro aparecía irregular, interrumpida por pequeños saltos. El sensor del dedo había quedado torcido después del cambio de posición.

—¿Qué mirás? —preguntó Noelia.

—A él y a la señal. Si una de las dos cosas no coincide con la otra, averiguamos por qué.

El paciente levantó la mano libre.

—Yo voto por no creerle a la máquina. Hace diez minutos que me acusa de cosas.

Noelia sonrió, todavía tensa.

Julia acomodó el sensor, comprobó que el cable no hubiera quedado traccionado y volvió a preguntar mientras la señal empezaba a recuperar una forma limpia.

—¿Se siente distinto? ¿Le falta el aire?

—Me falta un café.

—Eso no lo cubre terapia.

—Hospital público —murmuró él—. Siempre recortando servicios esenciales.

La alarma dejó de insistir. Noelia soltó el aire, pero Julia siguió unos segundos más junto a la cama, comprobando que la lectura se mantuviera estable y que el hombre siguiera tan poco impresionado como antes.

—Yo ya iba a llamar —dijo Noelia.

—Y si hacía falta, llamabas. No esperes a estar segura para pedir ayuda. Pero tampoco dejes que una alarma te explique sola qué está pasando.

—¿Y si era real?

Julia señaló la cama con la barbilla.

—Por eso mirás al paciente y la señal al mismo tiempo. La alarma te avisa que mires. No te explica por qué.

Noelia asintió. Julia no agregó nada. Había aprendido hacía años que una corrección útil podía arruinarse si uno seguía hablando después de que la otra persona ya había entendido.

La tarde siguió con la clase de normalidad que solo existía dentro de una UCI: bombas que sonaban porque una línea se doblaba cuando alguien cambiaba de posición, familias esperando noticias con vasos de máquina en las manos, médicos que aparecían con una pregunta y salían con otras dos.

Julia recorrió el mismo pasillo tantas veces que podía saber qué puerta estaba abierta por el cambio de luz en el piso.

Noelia estaba en su tercera semana en la unidad. Sabía enfermería; lo que todavía no sabía era qué cosas de todo lo que sabía tenían prioridad cuando cinco señales ocurrían al mismo tiempo. Julia recordaba esa etapa. No con cariño.

Antes de las cinco, una bomba avisó que quedaban pocos minutos para que terminara una infusión. Noelia se acercó por reflejo, miró el equipo y después frenó. Revisó primero la indicación, la vía y al paciente. Julia la vio hacer el orden completo sin intervenir.

Noelia levantó la cabeza.

—¿Así?

—Así.

—Nada más.

—¿Querés que invente una crítica para que te sientas acompañada?

—No.

—Perfecto.

Noelia sonrió y siguió con lo suyo. Julia también. Le gustó más de lo que habría admitido ver una decisión bien hecha después de haber explicado otra esa misma tarde.

Más tarde, mientras revisaban juntas una hoja de registros, Noelia señaló una anotación.

—¿Esto lo pongo también en la entrega de turno o ya es demasiado detalle?

Julia leyó la línea.

—Si cambia lo que la persona que viene después tiene que vigilar o hacer, sí. Si solo demuestra que vos estuviste atenta, no.

Noelia la miró.

—Eso fue bastante específico.

—He recibido entregas de turno que incluían la biografía completa de una vía periférica.

—¿Y sobreviviste?

—Con secuelas.

Noelia se rió y tachó una frase.

—Me gusta cuando explicás así.

Julia levantó una ceja.

—¿Así cómo?

—Sin hacerme sentir que soy una idiota.

—Todavía no hiciste nada que lo justifique.

Noelia se quedó quieta un segundo.

—Eso fue casi un cumplido.

—No te acostumbres.

Julia volvió a la hoja, aunque alcanzó a notar que Noelia seguía sonriendo.

Pasadas las siete, Verónica, la referente del turno, la interceptó junto al carro de insumos.

—Te voy a robar veinte minutos la semana que viene.

—No.

—Qué bueno que pregunté.

Julia siguió ordenando material.

—¿Para qué?

—Ingresan dos enfermeros nuevos a la unidad. Quiero hacer una orientación corta sobre monitoreo, prioridades y entrega de turno. Vos podés tomar una parte.

Julia la miró.

—Yo no soy docente.

—Hace cinco horas que te veo enseñar.

—Eso es porque Noelia pregunta.

—Las personas que enseñan suelen necesitar que alguien pregunte. Es un sistema bastante antiguo.

Julia cerró un cajón.

—Veinte minutos.

—Eso dije.

—Y no una presentación de cuarenta diapositivas.

—No te iba a dejar hacer cuarenta.

—No iba a hacer ninguna.

Verónica sonrió.

—Ya veremos.

Julia abrió la boca para discutir qué parte exacta de «ninguna» requería una segunda interpretación, pero Verónica ya se había alejado.

Durante el descanso sacó el teléfono. Tenía un mensaje de Bruno y una foto de la mesa del living. Sobre una base metálica había un motor pequeño de pruebas, una placa, un sensor y dos cables organizados según un criterio que, de lejos, parecía disciplina y, de cerca, probablemente era Bruno.

La foto venía acompañada por una frase:

Encontré por qué me mentía la vibración.

Julia escribió:

¿El sensor o vos?

La respuesta llegó enseguida.

Ambos estamos revisando nuestra versión de los hechos.

Julia sonrió. Le contó lo de Verónica en un audio corto, guardó el teléfono y volvió al turno antes de que Bruno respondiera.

A las nueve terminó el turno. Después de la entrega, salió del hospital con el cuerpo en ese estado ambiguo en el que estaba demasiado cansada para sentir sueño. Tomó un auto de aplicación hasta Almagro y subió los dos pisos con la mochila colgándole de un hombro.

Cuando abrió la puerta, el departamento estaba en silencio.

La mesa del living seguía ocupada por el proyecto de Bruno, pero él no estaba trabajando.

Había dejado todo agrupado en un extremo, con los cables recogidos y una nota de papel encima que decía NO MOVER porque, evidentemente, después de vivir con Julia poco más de una semana había decidido que el castellano necesitaba subtítulos.

Bruno apareció desde la cocina.

—Llegaste.

—Eso parece.

—¿Comiste?

—Técnicamente.

—Eso significa no.

—Significa que una barra de cereal tiene derechos que vos no le estás reconociendo.

Bruno señaló la cocina.

—Hay comida.

Julia dejó la mochila y entró detrás de él. No había preparado nada elaborado: arroz, verduras salteadas y dos huevos. A esa hora le pareció un servicio de hotel.

Se sentaron en la mesa chica. Julia comió tres bocados antes de recordar que había una conversación pendiente.

—Verónica quiere que dé una capacitación.

Bruno levantó la vista.

—Obvio.

Julia dejó el tenedor.

—No es obvio.

—Explicás cosas todo el tiempo.

—Vos también.

—Yo explico hasta que la gente deja de preguntar.

—Eso no es enseñar. Eso es desgaste.

—Funciona.

Julia tomó agua.

—Es una orientación corta.

—¿Le dijiste que sí?

—Le dije veinte minutos.

—Eso tiene una forma bastante parecida a decir que sí.

Julia lo señaló con el tenedor.

—No uses lógica contra mí en mi propia casa.

—Nuestra casa.

—Peor.

Bruno sonrió. Ella siguió comiendo. Tenía las piernas pesadas, la nuca dura y todavía veía a Noelia deteniéndose frente a la bomba para ordenar lo importante antes de tocar nada.

—Hoy hizo algo bien sin que yo se lo dijera —comentó.

—¿Noelia?

—Sí.

—Y te gustó.

—Me gustó que no necesitara que se lo repitiera.

—Eso también es enseñar.

Julia le sostuvo la mirada.

—Estás insoportable.

—Estoy comiendo arroz.

—Las dos cosas pueden coexistir.

Bruno bajó la vista al plato, pero ella alcanzó a verlo sonreír.

El teléfono de Julia vibró sobre la mesada. Era Verónica.

Martes, después del almuerzo. Te guardo el rato. Sin PowerPoint, prometido.

Julia leyó el mensaje. No respondió de inmediato.

—¿Qué pasó? —preguntó Bruno.

—Nada.

—Esa cara dice otra cosa.

Julia escribió un pulgar arriba y dejó el teléfono boca abajo.

—Esto no me convierte en docente.

—No.

—Bien.

Bruno tomó agua.

—Pero ya estás pensando qué vas a enseñar.

Julia lo miró dos segundos, después estiró el pie por debajo de la mesa y le empujó el tobillo.

—Callate y pasame la sal.

Bruno le pasó la sal.