CAPÍTULO 5 EN CUARENTA ESTOY
E l viernes siguiente, Bruno cometió el error de dar una hora estimada.
Salió de la empresa a las seis y cuarenta y ocho. Antes de guardar el teléfono escribió: Salgo. En cuarenta estoy. Julia respondió con un pulgar hacia arriba y una foto de una bolsa de ravioles sobre la mesada.
Bruno sonrió. Habían tenido una semana razonablemente buena.
Ninguna puerta cerrada. Ningún técnico a primera hora.
Julia había trabajado dos turnos largos y él había conseguido que una lectura de vibración dejara de comportarse como si el motor de prueba estuviera a punto de explotar cada vez que alguien apoyaba una taza cerca del sensor.
A mitad de camino vio el cartel de una casa de electrónica donde llevaba semanas intentando conseguir un conector específico. Dudó un semáforo. Después dobló.
El local estaba lleno. Había tres personas delante de él, un hombre que quería devolver una fuente sin caja y un vendedor que insistía en que «compatible» no significaba «idéntico». Bruno dejó el teléfono en el auto porque había bajado pensando que tardaría cinco minutos.
Tardó treinta y uno.
Cuando volvió, tenía cuatro llamadas perdidas.
Dos mensajes.
Después otros tres.
¿Todo bien?
Bruno?
Dijiste cuarenta.
¿Se te rompió el auto?
Contestame aunque sea con un punto.
Bruno apoyó la frente contra el volante.
Llamó.
Julia atendió antes del primer tono completo.
—¿Dónde estás?
—En el auto.
—Eso no es un lugar.
—A seis cuadras de casa.
—¿Qué pasó?
—Nada.
Hubo un silencio.
—¿Cómo que nada?
—Vi un local, paré a comprar un conector y dejé el teléfono en el auto.
—Bruno.
Él cerró los ojos.
—Ya voy.
—Dijiste cuarenta minutos.
—Lo sé.
—Pasó una hora y doce.
—Lo sé.
—La aplicación decía treinta y dos desde tu trabajo.
Bruno abrió los ojos.
—¿Qué aplicación?
—Mapas.
—¿Buscaste cuánto tardaba desde mi trabajo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no llegabas.
Bruno miró la bolsa del local en el asiento del acompañante.
—Julia, no necesito que calcules mi ruta cada vez que me atraso.
—No calculé tu ruta. Puse dos direcciones.
—Eso es calcular una ruta.
—Es tocar dos botones.
—Llego en diez.
—¿Diez reales o diez tuyos?
Bruno apretó la mandíbula.
—Nos vemos en casa.
Cortó antes de decir algo de lo que tuviera que arrepentirse.
Los diez minutos fueron doce. Julia abrió la puerta antes de que él terminara de sacar la llave.
—¿Estabas esperando atrás de la puerta?
—Escuché el ascensor.
—Claro.
—¿Por qué decís «claro» así?
Bruno entró y dejó la bolsa en el aparador.
—Porque no quiero discutir.
—Yo tampoco. Quiero entender por qué no avisaste.
—Porque no sabía que iba a tardar. Vi el local, paré, dejé el teléfono en el auto.
—Podías volver a buscarlo.
—Había tres personas delante mío.
—Exacto. Tenías tiempo.
Bruno se quedó mirándola.
—¿Me estás diciendo que tenía que salir de la fila, volver al auto, escribirte «me detuve a comprar un conector» y volver a entrar?
Julia abrió las manos.
—Te habría tomado treinta segundos.
—No quiero rendir parte por cada parada que hago.
—No te pedí un parte. Te pedí que avises si vas a tardar una hora más de lo que dijiste.
—No sabía que iba a tardar una hora más.
—Cuando viste la fila, sí.
—Julia.
Ella lo miró con esa expresión concentrada que usaba cuando una discusión tenía, para ella, una solución evidente que la otra persona se negaba a aceptar.
—No entiendo qué te cuesta. Si me decís que llegás a una hora y después cambia, avisás. Yo hago lo mismo.
—Vos me avisás hasta cuando el colectivo tarda cuatro minutos más.
—Porque sé que esperás.
—No siempre estoy esperando.
—Pero podrías estarlo.
Bruno soltó una risa seca.
—Eso no puede ser el criterio.
—¿Por qué no?
—Porque entonces tendría que avisarte cada vez que existe la posibilidad de que estés pensando en dónde estoy.
Julia se quedó callada.
Por un segundo Bruno creyó que había logrado explicarlo. Después ella señaló la bolsa.
—¿Conseguiste el conector?
—Sí.
—Bien. ¿Y costaba tanto decir «paré a comprar el conector»?
Bruno dejó caer la cabeza hacia atrás.
—No. No costaba. Lo que me cuesta es que si no lo hago, en una hora tengo cinco mensajes, cuatro llamadas y un cálculo de tráfico.
—Fueron cuatro llamadas.
—Eso no mejora nada.
—Una se cortó enseguida.
—Julia.
—Bueno.
El «bueno» no significaba que aceptara. Significaba que había oído el tono.
Bruno fue a la cocina. La bolsa de ravioles seguía sobre la mesada. Julia lo siguió, pero esta vez no continuó argumentando. Sacó una olla. Llenó agua. La puso sobre la hornalla con movimientos demasiado precisos.
—No estaba controlándote —dijo al cabo de un rato.
Bruno abrió la heladera.
—Sé que no lo vivís así.
—Porque no es así.
Él sacó queso rallado.
—Ahí está el problema.
Julia giró.
—¿Qué querés decir?
Bruno apoyó el paquete sobre la mesa.
—Que para vos preguntar dónde estoy es una cosa. Para mí, cuatro llamadas porque me atrasé media hora empieza a sentirse como otra.
—No fue media hora.
Bruno la miró.
Julia cerró los ojos un segundo.
—Sí. Ya sé. No es el punto.
Era la primera vez esa noche que ella decía eso.
Bruno bajó un poco los hombros.
—No quiero que dejes de preguntar si te preocupa algo.
—Entonces no sé qué querés.
—Que no todo atraso se convierta en algo que hay que resolver.
Julia se apoyó contra la mesada. El agua empezó a temblar en la olla.
—Si estás bien, se resuelve con un mensaje.
Bruno sintió que estaban de nuevo en el principio.
—Sí.
—Entonces.
—Entonces nada.
El timbre del horno no sonó porque no había nada en el horno. Bruno estuvo a punto de agradecerle al universo que al menos un aparato supiera cuándo no intervenir.
Cenaron los ravioles igual. Hablaron del trabajo de Julia, del proveedor que Bruno había encontrado y de que Camila seguía sin saber si el sillón entraba en el ascensor del departamento nuevo.
La pelea no ocupó toda la noche. Eso era parte de lo que hacía difícil medirla: podían estar mal por una cosa y bien por otras cinco.
Cuando terminaron, Julia dejó su plato en la pileta.
—Mañana entro a las seis.
—Te llevo.
—No hace falta.
—Ya sé.
—Entonces por qué.
—Porque quiero.
Julia lo observó un segundo y asintió.
—Bien.
Después se acercó y le apoyó la frente en el hombro. Bruno le pasó un brazo por la espalda. No era una disculpa. Tampoco necesitaba serlo. Él seguía molesto. Ella seguía creyendo que un mensaje solucionaba todo.
Y aun así seguían siendo ellos.
Más tarde, cuando Julia se fue a dormir temprano, Bruno se quedó en el living con el conector nuevo entre los dedos. Lo dejó junto a las placas. Abrió el teléfono.
* * *
CÓMO CONVIVIR CON UNA TÓXICA
Regla 4: nunca digas «llego en cuarenta» si no estás dispuesto a convertirlo en contrato. Las estimaciones son vinculantes.
Bruno lo releyó.
Agregó:
Anexo: la aplicación de mapas tiene más autoridad sobre tu horario que vos.
Eso sí lo hizo reír.
Después vio las cuatro reglas juntas.
Cuatro reglas en nueve días.
Hasta ese momento el manual había sido una forma de descomprimir. Una estupidez privada. Un lugar donde exagerar a Julia para no exagerarla en voz alta.
Bruno desplazó la pantalla con el pulgar. Regla 1: desaparición. Regla 2: verdades ajenas. Regla 3: puertas. Regla 4: horarios.
La convivencia seguía siendo buena. De verdad buena.
Pero por primera vez entendió algo que no había aparecido en ninguna de sus conversaciones sobre alquiler, muebles o gastos: cuando cada uno volvía a su casa, muchas diferencias terminaban solas porque había distancia.
Ahora las diferencias también vivían ahí.
En el dormitorio, Julia tosió una vez y volvió a quedarse quieta.
Bruno bloqueó la nota.
Empezó a sospechar que, si seguían a ese ritmo, el manual iba a necesitar índice.