Cómo convivir con una tóxica (Amores imperfectos 4) CAPÍTULO 4 PUERTA CERRADA
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CAPÍTULO 4 PUERTA CERRADA

J ulia descubrió el problema de las puertas un sábado a las ocho y cuarto de la mañana.

No porque una puerta se trabara. Eso habría sido sencillo. La del dormitorio cerraba perfectamente. El problema era Bruno del otro lado y ella de este.

Una hora antes había sonado el timbre.

Bruno apareció en el pasillo con el pelo aplastado de un lado y la cara de alguien que todavía no había decidido si estaba despierto.

—¿Esperamos a alguien?

Julia ya estaba vestida, con una taza de café en la mano.

—Al técnico de internet.

Bruno parpadeó.

—¿Hoy?

—Sí.

—¿A las siete y cuarto?

—La franja era de siete a once.

—Julia.

—¿Qué?

—Me acosté a las tres.

—Lo sé.

—Entonces por qué hay un técnico de internet en nuestra puerta a las siete y cuarto.

—Porque era el primer turno disponible y necesitábamos que arreglaran la caída del wifi.

Bruno la miró durante unos segundos. Julia conocía esa pausa. Era el momento en que él ordenaba una respuesta antes de decirla. Durante el noviazgo le había gustado mucho. En ese instante le pareció innecesariamente larga.

—Podrías haberme preguntado —dijo al fin.

—Te lo dije ayer.

—Me dijiste que ibas a pedir turno.

—Pedí turno.

—No me dijiste que era hoy a primera hora.

Julia bajó la taza.

—¿Qué diferencia hace? El técnico trabaja en el living. Vos podés seguir durmiendo.

El timbre volvió a sonar.

Bruno cerró los ojos.

—Hace la diferencia de que vivo acá.

La frase la irritó más de lo que correspondía.

—Yo también vivo acá. Y el internet se corta cinco veces por día.

—No dije que no hubiera que arreglarlo.

—Entonces no entiendo por qué estamos discutiendo.

—Porque decidiste por los dos a qué hora iba a entrar alguien a casa.

Julia abrió la boca, pero el timbre sonó por tercera vez.

—Si no abrimos, se va.

—Eso sería una tragedia —murmuró Bruno.

Julia abrió.

El técnico resultó ser un hombre de unos cincuenta años con una mochila, un medidor y la resignación profesional de alguien que había tocado demasiados timbres antes de las ocho.

Entró, revisó el módem, pidió acceso a una caja del pasillo y confirmó que el problema estaba en un conector que iba a cambiar en diez minutos.

Julia se sintió vindicada por la eficiencia del universo.

Bruno, sentado en una silla de la cocina con otra taza de café, no pareció compartir el sentimiento.

—Diez minutos —dijo Julia en voz baja al pasar junto a él—. Ni siquiera era para tanto.

Bruno levantó la vista.

—No es por cuánto tarda.

—Ya sé. Es por el concepto.

—Exacto.

—El concepto tiene internet nuevo.

Bruno dejó la taza.

—No hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Convertir lo práctico en prueba de que tenías derecho a decidirlo sola.

Julia cruzó los brazos.

—No decidí si nos mudábamos de país. Pedí un técnico.

—A las siete de la mañana.

—Siete a once.

—No mejora cuando repetís la franja.

El técnico apareció en la puerta de la cocina.

—Listo. Prueben ahora.

Julia tomó el teléfono, abrió una aplicación y sonrió cuando cargó de inmediato.

—Perfecto.

Bruno miró la pantalla y después a ella.

—Fantástico.

El técnico se fue a las ocho y siete. A las ocho y nueve, Bruno seguía molesto. Eso a Julia le pareció una utilización poco eficiente del tiempo.

—¿Seguís enojado?

—No sé.

—¿Cómo que no sabés?

—Necesito pensarlo.

—Es un técnico de internet.

—No estoy pensando en el técnico.

Julia soltó aire.

—Entonces decime en qué estás pensando.

Bruno se puso de pie.

—En que necesito diez minutos sin hablar de esto.

Julia lo siguió con la mirada mientras cruzaba el living.

—¿Diez minutos para qué?

Él se detuvo junto a la puerta del dormitorio.

—Para no contestarte de mal humor.

Eso era razonable. Julia lo supo mientras él lo decía. También supo que todavía tenía una respuesta en la punta de la lengua.

—Pero si lo que estoy tratando de explicar es que...

—Diez minutos, Julia.

Bruno entró al dormitorio y cerró la puerta.

Julia se quedó en el living con la frase incompleta.

La puerta no tenía nada de particular. Madera blanca, picaporte cromado, una marca mínima cerca del zócalo que ya estaba ahí cuando alquilaron.

En el departamento de Bruno, cuando él necesitaba espacio, Julia agarraba sus cosas y se iba a su casa.

En el de ella, él hacía lo mismo. Después llegaba un mensaje: ¿hablamos?

O una llamada. O Bruno aparecía con café y la conversación volvía a abrirse de manera reconocible.

Ahora él estaba a cuatro metros.

Julia miró la hora.

Ocho y doce.

Se obligó a ir a la cocina. Lavó las dos tazas. Guardó el azúcar. Limpió una mancha de café que ya había limpiado antes. A las ocho y catorce se acordó de algo importante.

Volvió al pasillo.

—Bruno.

Silencio.

—No estoy discutiendo. Solo quiero aclarar una cosa.

Desde el dormitorio llegó su voz, amortiguada por la puerta.

—Eso cuenta como hablar del tema.

—Es una aclaración.

—Julia.

—Bien.

Regresó a la cocina. A las ocho y diecisiete se acordó de otra cosa, esta vez genuinamente importante: el técnico había dejado una factura sobre la mesa y necesitaba saber si Bruno quería guardarla con los papeles del departamento o si podía tirarla después de escanearla.

Se quedó mirando el papel.

No era urgente.

Eso la irritó.

A las ocho y veinte exactas volvió al pasillo. Levantó la mano para golpear y se detuvo antes de tocar la madera. Él había pedido diez minutos. Habían pasado once.

La puerta se abrió desde adentro.

Bruno la encontró con el puño levantado.

—¿Qué hacés?

Julia bajó la mano.

—Iba a golpear.

—Eso veo.

—Pasaron diez minutos.

—Sí.

—Entonces ya terminó.

Bruno la miró, todavía cansado pero ya menos irritado.

—Necesitaba diez minutos. No dije que a los diez minutos y un segundo iba a estar listo para retomar.

Julia frunció el ceño.

—Eso es una diferencia bastante importante que podrías haber incluido.

—No sabía que tenía que especificar los términos y condiciones de una pausa.

—Si la pausa ocurre en la misma casa, sí.

Él abrió la boca y después la cerró.

Julia vio que estaba a punto de volver a irritarse y levantó una mano.

—No. No estoy empezando de nuevo. Estoy diciendo que antes vos te ibas y yo sabía que la conversación estaba pausada hasta que volvieras. Ahora salís del dormitorio y no sé si volviste o si solo venís a buscar medias.

Bruno apoyó un hombro contra el marco.

—Eso... tiene sentido.

Julia sintió una satisfacción inmediata.

—Gracias.

—No significa que hablarme a través de la puerta lo tenga.

La satisfacción duró poco.

—Solo hablé una vez.

—Dos.

—La segunda no llegó a ser una frase completa.

—No creo que eso te favorezca.

Julia lo miró. Bruno la miró de vuelta. El absurdo de estar discutiendo sobre el número exacto de frases dichas a través de una puerta empezó a notarse al mismo tiempo para los dos.

Julia soltó una risa primero.

—Esto es ridículo.

—Sí.

—Igual tenías que decirme cuándo volvías.

—Y vos tenías que dejarme llegar hasta ese momento sin comentar desde el pasillo.

—Una vez.

—Dos.

—Una y media.

Bruno negó con la cabeza, pero ya estaba sonriendo.

No resolvieron el sistema ese sábado. Solo descubrieron que necesitaban uno.

El resto de la mañana pasó sin otro conflicto: compraron pan, Bruno durmió una siesta de una hora y Julia aprovechó para llamar a su madre sin bajar la voz ni una sola vez.

A la tarde, cuando Bruno volvió a su proyecto, ella dejó la factura del técnico junto a los papeles del alquiler sin preguntarle dónde quería guardarla.

A las seis, Julia cruzó el living y encontró la puerta del dormitorio abierta.

La miró de reojo.

Bruno levantó la vista desde la mesa.

—¿Qué?

—Nada.

—Ese «nada» tiene antecedentes.

Julia siguió caminando.

—Estoy respetando la libertad de circulación de las puertas.

Bruno soltó una risa.

La casa todavía podía hacerlos reír. Eso no cambiaba que, por primera vez, Julia hubiera sentido una puerta cerrada como algo más que una puerta.

* * *

Esa noche, cuando Julia se quedó dormida viendo una serie, Bruno abrió la nota bloqueada.

CÓMO CONVIVIR CON UNA TÓXICA

Regla 3: una puerta cerrada significa «pausa». No significa «seguí argumentando, pero con peor acústica».

La leyó dos veces. Después agregó debajo:

Nota: especificar duración aproximada. Evidentemente «dame un rato» no tiene validez jurídica.

Bruno sonrió con la segunda línea. Le gustaba más cuando podía reírse de los dos.