CAPÍTULO 7 ADMINISTRATIVAMENTE CERRADO
B runo llevaba demasiado rato intentando demostrar que una vibración no existía.
El motor pequeño de pruebas estaba sujeto a una base metálica sobre la mesa del living.
El sensor enviaba lecturas a la notebook y, cada tanto, una línea del gráfico saltaba como si la máquina hubiera desarrollado de pronto una enfermedad terminal.
El motor seguía sonando igual. La temperatura seguía estable. El problema era otro.
Bruno había pasado buena parte de la semana descartando posibilidades hasta descubrir que el soporte del sensor tenía una mínima holgura.
La había corregido. Ahora necesitaba una corrida limpia para confirmar que los picos desaparecían y que no llevaba cuatro noches persiguiendo un fantasma mecánico inventado por un tornillo.
Nico le había escrito una hora antes: ¿YA DEJASTE DE CULPAR AL MOTOR POR TUS PROBLEMAS PERSONALES? Bruno había contestado con una foto del soporte corregido y ninguna explicación. Nico había reaccionado con un aplauso y un ataúd.
Bruno dejó el teléfono lejos de la notebook, puso a correr otra prueba y se colocó un auricular. El otro quedó colgando.
Ese fue su primer error.
—¿Vas a querer comer? —preguntó Julia desde el pasillo.
Bruno miró la pantalla.
—Sí.
—Eso no responde nada.
—Quiero comer.
—¿Ahora?
—Después.
—¿Después de qué?
Bruno se quitó el auricular.
—De esto.
Julia apareció junto a la mesa con el pelo húmedo y una remera negra demasiado grande que él sospechaba que, legalmente, todavía le pertenecía.
—Excelente sistema de horario.
—Pedí lo que quieras. Como después.
—Perfecto.
Se fue.
Bruno volvió a la pantalla. La señal llevaba estable varios minutos. Anotó una observación, cambió un parámetro y empezó otra prueba.
—¿Dónde guardaste la cinta métrica? —preguntó Julia desde el dormitorio.
—Cajón de abajo del mueble de la entrada.
—No está.
—Arriba.
Silencio.
Bruno volvió al gráfico.
—Tampoco.
Cerró los ojos.
—En mi caja gris.
—¿Cuál de las ocho cajas grises?
—La que dice herramientas.
—Eso habría sido información útil al principio.
Bruno oyó un cajón abrirse y cerrarse. Después otro. Se obligó a mirar el monitor. La línea azul había vuelto a subir, pero esta vez porque él había tocado la base al girarse.
Reinició la prueba.
Julia apareció otra vez, ahora con la cinta métrica en la mano.
—Tu papá te mandó un audio.
—Lo vi.
—¿Lo vas a escuchar?
—Después.
—Es un audio corto.
Bruno giró la cabeza.
—Julia.
—¿Qué?
—Estoy trabajando.
Ella miró la mesa, después la notebook y por último a él.
—Ya sé.
—No parece.
La expresión de Julia cambió apenas. No se enojó de golpe. Eso habría sido más fácil. Solo dejó la cinta sobre el respaldo de una silla.
—Bien.
Volvió al dormitorio.
Bruno miró el pasillo vacío. Tuvo la sensación inmediata de haber ganado algo que no quería ganar.
Se puso el auricular otra vez. La siguiente prueba salió limpia.
Debería haberle dado satisfacción. En cambio, cuando guardó los datos y desconectó el motor, lo primero que sintió fue alivio por haber terminado para poder dejar de justificar que necesitaba terminar.
Se quedó sentado un momento más. Podía volver a correr la prueba con el soporte fijado de otra manera, solo para estar seguro.
El impulso le duró lo suficiente como para que reconociera que ya tenía los datos que necesitaba y aun así quisiera comprobarlos una vez más. Cerró la notebook antes de obedecerse.
En la cocina encontró una bolsa de comida sobre la mesada y a Julia sentada con un plato casi vacío. Tenía el teléfono apoyado boca abajo al lado del vaso.
—¿Terminaste? —preguntó.
—Sí.
—Bien.
Bruno abrió la bolsa. Había pedido dos platos distintos. El suyo seguía cerrado.
—No te quise hablar así.
Julia tomó agua.
—Pero me hablaste así.
—Estaba en medio de una prueba.
—Eso lo entendí antes de que me lo explicaras por tercera vez con cara de supervisor de planta.
Bruno se sentó frente a ella.
—Te dije que estaba trabajando.
—Cuando ya estabas irritado.
—Estaba bastante claro.
—Para vos.
—Tenía un auricular.
Julia lo miró.
—Uno.
—Cuenta.
—No.
—Es el cincuenta por ciento de una señal bastante conocida.
—Es el cincuenta por ciento de escuchar música.
Bruno apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—No puedo poner una oficina donde no hay una oficina.
—No te pedí una oficina.
—¿Qué me pedís?
—Que no tenga que adivinar cuándo dejaste de estar disponible aunque estés sentado a dos metros de mí.
Bruno abrió la boca y la cerró.
Julia continuó:
—Si necesitás una hora sin que te hable, decímelo. Si necesitás dos, decímelo. Si te ponés los dos auriculares y me hacés una seña, también sirve. Pero no me contestes tres cosas y a la cuarta me hables como si hubiera entrado a una sala de máquinas con una bengala.
—No te hablé así.
—Bruno.
Él miró la bolsa cerrada.
—Estaba concentrado.
—Eso ya lo dijiste.
—Porque sigue siendo verdad.
Julia apoyó la espalda contra la silla.
—Y yo estaba viviendo en mi casa.
La frase lo incomodó más que la discusión del técnico. Quizás porque era exactamente la misma casa que él había reclamado como propia cuando Julia había decidido sola a qué hora entraba alguien. Quizás porque no le gustaba que la lógica funcionara en ambos sentidos.
Abrió el recipiente de comida.
—Mañana podemos probar algo.
—¿Qué?
—No sé todavía.
—Gran avance técnico.
—Estoy en fase de prototipo.
Julia soltó aire por la nariz. No era una risa completa, pero estaba cerca.
Bruno comió un bocado.
—¿Qué querías medir?
Julia señaló la cinta métrica, todavía en el living.
—El espacio al lado de la heladera.
—¿Para qué?
—Una estantería angosta.
—No entra.
—No sabés cuánto mide.
—Sí sé.
—Por supuesto que sabés.
—Cuarenta y tres centímetros hasta el marco.
Julia lo miró con una mezcla de cansancio y ofensa profesional.
—No puedo creer que hayas memorizado eso y no puedas decir «no me hables media hora» antes de enojarte.
Bruno estuvo a punto de defenderse. Tenía, de hecho, una lista bastante razonable: había contestado las primeras preguntas, Julia había visto el motor, él nunca le pedía silencio absoluto y el departamento seguía siendo pequeño.
La lista se parecía demasiado a otra prueba que quería correr después de que ya tenía el resultado.
Tomó otro bocado.
—Es un sistema distinto.
—Evidentemente.
La tensión no desapareció. Tampoco ocupó toda la noche. Julia se levantó a guardar su plato, volvió y le robó una papa del recipiente sin pedir permiso.
—Eso era mío —dijo Bruno.
—Ahora es información histórica.
Él la miró.
Julia sonrió apenas.
Bruno también.
Antes de irse a dormir, ella se detuvo junto a la mesa del living y levantó los dos auriculares de Bruno.
—¿Dos puestos significa no hablar?
—Podría.
—¿Y uno?
—Todavía en discusión.
—Perfecto. Tenemos protocolo beta.
—No uses palabras técnicas para burlarte de mí.
—No eran técnicas hasta que viví con vos.
Bruno le quitó los auriculares de la mano. Julia le dio un beso corto y se fue al dormitorio.
Más tarde, cuando él volvió al living para guardar el sensor, la mesa parecía otra vez una mesa cuando agrupaba las cosas en un extremo. Cerró la notebook. Después abrió el teléfono.
* * *
CÓMO CONVIVIR CON UNA TÓXICA
Regla 5: compartir ambiente no significa compartir disponibilidad. Si estoy trabajando, el novio puede estar físicamente presente y administrativamente cerrado.
La releyó y sonrió.
Agregó debajo:
Nota: un auricular no constituye señal reglamentaria. Dos, quizá.
Eso le gustó más.
La frase de Julia volvió mientras apoyaba el pulgar sobre el borde del teléfono: no tengo que adivinar cuándo dejaste de estar disponible.
Bruno miró el espacio debajo de la nota. Podía escribir algo sobre avisar antes de irritarse. Podía escribir que ella tenía razón en eso.
Bloqueó el teléfono.
Lo haría después.