Capítulo 8 Paso número siete Consigue que te invite a bailar
(O cómo provocar una catástrofe en tres movimientos y medio).
La meta era simple: Eleanor tenía que lograr que el duque la invitara a bailar. No un vals de compromiso, no un quadrille socialmente inevitable. No. Un verdadero baile. Uno significativo. Uno con conexión visual y tensión dramática y——Y sin vacas.
Eso lo había anotado tres veces en su nuevo plan.
Había elegido el vestido con la ayuda de Margaret, quien declaró que el tono malva la hacía parecer una flor recién florecida y no una dama al borde de la desesperación.
Eleanor aceptó el cumplido sin discutir.
Tenía cosas más importantes en qué pensar.
Como la coreografía estratégica del salón de baile.
La estrategia era la siguiente:
Entrar con gracia.
Reír suavemente con otro caballero para provocar un poco de… intriga.
Caminar cerca del duque, pero no demasiado cerca. Como si el universo la arrastrara, no su obsesión.
Y por supuesto: no caerse.
Todo marchaba según lo planeado hasta que Eleanor ejecutó el paso tres.
Giró con su abanico como si la brisa misma la impulsara y...
se tropezó con un perro. Un perro que no debería haber estado ahí, pero que alguien (probablemente Lady Witherspoon, loca por sus pomeranias) había traído a la fiesta.
El resultado fue que Eleanor dio un paso en falso, chocó con una mesa de ponche y logró la nada pequeña hazaña de derramarlo todo sobre el vizconde de Halberton, quien chilló como una soprano y exigió una nueva levita.
El salón entero se volvió hacia ella. Incluido el duque.
Eleanor deseó desaparecer. Preferiblemente en una nube de humo dramático.
—¿Se encuentra bien, señorita Blackwood? —preguntó él, acercándose por primera vez en toda la noche.
Eleanor, empapada de ponche y humillación, asintió con firmeza.—Solo estaba… revisando la temperatura del ponche. Para… seguridad.
El duque alzó una ceja.Luego extendió su mano.
—Entonces quizá le gustaría bailar. Para entrar en calor.
Margaret, desde el otro lado de la sala, se atragantó con su sorbete.
Eleanor no pudo responder de inmediato. Por un momento creyó que había imaginado esa frase. ¿Él la había invitado… a bailar?¿Después de ver su colisión pública con el ponche?¿Después de leer su lista?¿Después de que ella usara la palabra “seguridad” para justificar un desastre social?
—¿Sí o no, señorita Blackwood? —preguntó Julian con una ligera curva en los labios que casi parecía una sonrisa real.
—Sí —respondió Eleanor, y olvidó respirar por los siguientes tres minutos.
El vals comenzó.Y mientras giraban por la pista, Eleanor notó algo asombroso.Él la miraba. Directamente. Intensamente. Como si la viera de verdad.Y aunque no dijo mucho, su mano sobre su cintura era firme. Presente.
No era exactamente un fracaso.Pero tampoco una victoria limpia.
Porque cuando el baile terminó, Julian la acompañó hasta el borde de la pista, hizo una elegante reverencia y dijo:
—Gracias. Por el ponche. Y por el caos.
Y luego se fue.
Y Eleanor se quedó ahí, flotando entre el orgullo y la confusión.
Sonrió.