Capítulo 9 Paso número ocho Haz le una pregunta profunda y significativa
(Y no, "¿cuál es tu color favorito?" no cuenta… aunque tampoco era una mala idea).
Después del baile y una sonrisa casi visible, Eleanor estaba convencida de que el Duque de Redmoor estaba a un suspiro de rendirse ante sus encantos. Un suspiro. Tal vez dos.
Así que era el momento ideal para lanzar su siguiente ofensiva: una conversación con contenido emocional profundo.
Algo que revelara el alma del duque. Sus anhelos ocultos.
Sus pensamientos más íntimos. ¿Su flor favorita?
No. Algo más dramático. Algo que lo hiciera mirarla y pensar: “Dios mío, esta mujer me comprende como nadie más lo ha hecho”.
Lo tenía. Lo anotó en su libreta como si fuera una fórmula mágica:
Preguntar: “¿Qué es lo que más teme perder un hombre como usted?”
Nada podía fallar. O eso creyó.
La oportunidad se presentó una tarde, en los jardines del conde de Loxley. Julian estaba observando los rosales con la expresión intensa de alguien que debatía con la existencia de las espinas. Eleanor, armada con una sombrilla y toda su valentía, caminó hacia él.
—Duque —dijo, fingiendo sorpresa, aunque llevaba espiándolo tras un seto durante cinco minutos—. Qué inesperado encontrarlo aquí, justo junto a la fuente donde la luz cae tan… artísticamente.
Julian ladeó la cabeza, sin decir nada. Lo que ya era típico.Ella respiró hondo y disparó:
—¿Qué es lo que más teme perder un hombre como usted?
Silencio.
Un cuervo graznó a lo lejos. Las hojas susurraron en un intento de hacer la escena más dramática. Eleanor contuvo el aliento.
Julian giró lentamente la cabeza hacia ella. La miró. Y por una fracción de segundo, una comisura de su boca se curvó apenas.
—Interesante elección de pregunta —murmuró.Y agregó, como si aquello le pareciera un pequeño guiño privado:—¿Sin flores esta vez?
Eleanor se congeló. Él… sabía. Lo había leído.
Pero antes de que pudiera confirmar nada, él ya había retomado su expresión neutral.
—Supongo que perder el control sería desagradable —dijo, con voz baja y sin más explicaciones. Luego, con una leve inclinación de cabeza—: Que tenga una buena tarde, señorita Blackwood.
Y se fue.
Capítulo 10: Paso número nueve: Provoca celos.
(O cómo fracasar cuando tu “duque indiferente” resulta ser inexpresivo… pero no tonto.)
Según El Gran Manual de Conquistas Inventadas por Eleanor Blackwood, provocar celos era una táctica arriesgada pero efectiva. Siempre y cuando se hiciera con elegancia. Y un cómplice.
Por suerte, Eleanor tenía a Reginald Pembroke.
Por mala suerte, Reginald era Reginald.
—¿Estás segura de esto? —preguntó él, mientras intentaba alisarse el cabello frente al espejo del salón principal—. Porque la última vez que seguí uno de tus planes terminé atrapado en el jardín con una cabra.
—Esa cabra no era parte del plan —murmuró Eleanor—. Y esta vez es distinto. Solo tienes que hacerte el encantador. Halágame un poco, ríe de mis chistes, tal vez insinúa que quieres bailar conmigo toda la noche…
—¿Y si me enamoro?
—Entonces, lo siento por ti. Voy tras un duque.
El baile comenzó a las ocho.A las ocho y cinco, Eleanor ya se reía estruendosamente de un chiste de Reginald sobre cucharones.A las ocho y siete, ya había girado la cabeza dos veces para asegurarse de que Julian estuviera observando.Y a las ocho y nueve, él estaba observando.
De lejos.Con su habitual rostro de mármol.Pero Eleanor juraría que su ceja izquierda estaba peligrosamente cerca del techo.
Funcionaba.
Hasta que, claro, dejó de hacerlo.
Reginald, entusiasmado por su papel, decidió añadir improvisación.
—Si fueras mía, Eleanor, no permitiría que otro hombre te mirara así —dijo en voz alta.
¿Dramático? Sí.¿Fuera del libreto? Totalmente.¿Dicho justo cuando Julian pasaba cerca? Por supuesto.
Eleanor casi se atraganta con una aceituna.Julian detuvo el paso. Un segundo. Dos.
Luego, como si hubiera oído que alguien mencionó el clima, siguió caminando.
Sin una palabra. Sin una mirada. Sin un ápice de celos.
Reginald se giró hacia ella con una sonrisa compungida.
—¿Eso fue bueno o demasiado?
—Creo que el duque es inmune al teatro.
—¿Y tú?
—Estoy reconsiderando casarme con la cabra.
Horas más tarde, cuando el salón ya olía a velas apagadas y perfume empolvado, Eleanor salió a tomar aire. Y allí estaba él. Apoyado contra la columna del pórtico, con la mirada perdida en el jardín iluminado por la luna.
—Señorita Blackwood —dijo, sin volverse.
Ella se congeló.
—¿Disfrutó el baile?
—Tanto como se puede disfrutar de un desfile de abanicos y medias bordadas.
Ella se acercó un paso. Luego otro.
—¿Y de mi compañía con el señor Pembroke?
Él la miró.
—¿Era su intención que yo la observara?
Silencio. Más silencio. Más Eleanor deseando meterse dentro de un arbusto.
—No. O sí. Tal vez. No lo sé.
Julian inclinó la cabeza. Muy levemente.
—Entonces… buena noche, señorita Blackwood.
Y desapareció entre las sombras como un fantasma educado con chaqué.
Eleanor suspiró. Largamente.
Paso número nueve: fallido.
Pero no completamente inútil. Porque antes de irse, el duque la había mirado. Y por un segundo, juraría que… había apretado los labios para no sonreír.
Capítulo 11: Paso número diez: Ríndete.
(O cómo enamorar a un duque cuando ya no te quedan más ideas… ni dignidad.)
Eleanor Blackwood había hecho muchas cosas absurdas en su vida.Había perseguido a un duque.Había fingido desmayos.Había hablado de guano de murciélagos durante una conversación formal.Y una vez, solo una vez, había confundido un canapé con una banqueta y terminado en el suelo.
Pero nada, absolutamente nada, la preparó para fracasar tan espectacularmente en todos los pasos de su plan.
Porque ahora estaba en la biblioteca de la casa de los Redmoor, rodeada de libros demasiado serios y retratos de antepasados con cejas intimidantes… y llorando.Llorando como una heroína de novela, pero sin el glamour ni la música de violín de fondo.
Julian Trevelyan, Duque de Redmoor, la observaba en completo silencio desde el otro extremo de la sala.
—No me queda… nada —dijo Eleanor entre sollozos y narices sonoras—. Lo intenté todo. Diez pasos. Diez. Con lista, notas y un mapa de tus lugares favoritos. ¡Hasta el guano! ¿Te das cuenta? ¡GUANO!
Él seguía sin moverse.Impasible. Estoico. Duquésicamente estoico.
—No me mires así —gimoteó ella—. Ya sé que esto es un desastre. Solo vine a darte las gracias por no hacerme arrestar o algo. Y a decirte que... me rindo.Me rindo, Julian.
Por primera vez, él se movió.
Cruzó la habitación con esa calma felina que tanto la irritaba y la fascinaba.Y se detuvo frente a ella.
Eleanor no se atrevió a levantar la vista.
—¿De verdad te rendiste?
Ella asintió, con los ojos aún fijos en la alfombra.
—Entonces, puedo hablar yo —dijo él.
Ella parpadeó.
—¿Hablar tú?
—Sí. Me lo has impedido en los últimos nueve intentos.
Ella se tapó la cara con ambas manos.
—Dios. Me odias.
—No.—¿No?—Me enamoré de ti en el paso número dos.
Silencio.
Más silencio.
Una eternidad de silencio.
—¿Con lo del guano? —dijo Eleanor, con la voz tan aguda que probablemente asustó a todos los ratones de la biblioteca.
—Con lo del guano —repitió él, sonriendo por primera vez. De verdad—. Nunca había visto a una mujer hablar de excremento de murciélago con tanta pasión y, además, con un sombrero ridículamente hermoso.Pensé: esa mujer va a arruinar mi vida.Y tuve razón.
Eleanor lo miró, incrédula.
—Entonces… ¿te gustó mi plan?
—Tu plan era terrible. Pero tú…—¿Sí?—Tú eras brillante, ruidosa, impredecible… y completamente tú.¿Cómo no iba a enamorarme?
Ella dio un paso al frente.
—Entonces, ¿me amas?
—Sí.
—¿Aunque haya fracasado en nueve de los diez pasos?
—Especialmente por eso.
Y ahí, entre los libros polvorientos, la alfombra bordada y la dignidad perdida de Eleanor Blackwood, el duque más serio de Inglaterra la besó.Y, por primera vez en toda la temporada social, alguien en Yorkshire aplaudió de verdad.
(Puede que haya sido Margaret, espiando detrás de una cortina.)
Epílogo: Nunca dejes de sorprenderla.
Varios años después...
Eleanor Blackwood de Trevelyan, Duquesa de Redmoor, se encontraba haciendo una lista, como siempre, en el escritorio del ala este, justo al lado de la ventana donde entraba la luz de la tarde.
Solo que ahora no intentaba conquistar a un duque… sino sobrevivir a la crianza de cuatro pequeños, cada uno más caótico que el anterior.
Tenía una lista. Claro que tenía una lista."Diez pasos para sobrevivir la hora del baño sin perder la paciencia ni el alma."Estaba en el paso siete cuando escuchó pasos firmes detrás de ella.
—¿Sigues haciendo listas? —preguntó Julian, con esa sonrisa que ya no ocultaba nunca—. ¿No has aprendido que no funcionan contigo?
Antes de que pudiera responder, él se inclinó, le robó la hoja y la pluma. Con aire de conspirador, escribió algo al final de la lista, la dobló y la dejó sobre el escritorio.
Ella la desdobló rápidamente.
Paso diez: Esta noche vamos a ver las estrellas con una manta y galletas.
—¿Con los niños? —preguntó Eleanor, sonriente.
—¿Tú quieres llevarlos? —respondió él con fingido horror, antes de besarle la frente y alejarse riendo.
No era la primera vez que lo hacía. A veces el paso diez decía “Esta noche vamos al teatro”, otras “He secuestrado el invernadero, ven sola.” Una vez incluso escribió:“Paso diez: He conseguido una nueva poesía que te va a gustar. Sí, la del guano.”
Y se fue riendo a carcajadas.
Eleanor dejó todo tirado, se levantó y corrió tras él, riendo también.
Porque quizá sí había fracasado en nueve pasos.
Pero ese décimo…
Oh, ese décimo paso valía cada intento.
FIN