Capítulo 3 Paso dos – Ser misteriosa (fracaso n.º 2)
Eleanor se despertó al día siguiente con una idea clara: su problema había sido el exceso de energía. No podía simplemente aventar su existencia sobre el duque como una tormenta de pasteles. Debía ser sutil. Esquiva. Misteriosa.
—Los hombres aman los misterios, Margaret —dijo mientras se ponía una capa dramática que no necesitaba—. Mira a Lord Byron. Tenía un escándalo nuevo cada semana y aun así las mujeres le enviaban cartas con pétalos y poemas.
—Sí, pero Lord Byron tenía mejillas pecaminosas y el hábito de no llevar corbata. Tú tienes una madre que te recuerda cada mañana que las damas no deben silbar.
—¡No voy a silbarle al duque! Solo voy a ser… intrigante.
—¿Y cómo se hace eso exactamente?
Eleanor se lo pensó un momento.
—No decir mucho. Hablar en medias frases. Aparecer en sitios inesperados. Observarlo desde lejos y desaparecer antes de que se dé cuenta.
—Eso suena más a espionaje imperial que a coqueteo —señaló Margaret—. ¿Y si solo le preguntas cómo está?
—¿Y perder la oportunidad de ser una figura enigmática que perturba su alma en silencio? ¡Jamás!
El plan comenzó en la Biblioteca del Club Literario de Rosebridge. Una vez por semana se abría a las damas para discusiones sobre poesía, aunque la mitad de las asistentes solo iban por los scones de arándanos.
Y allí estaba él.
Julian Trevelyan, Duque de Redmoor.
De pie junto a una estantería, hojeando un libro con la concentración de un hombre que probablemente podía leer griego antiguo y seguir teniendo buen aliento. Su sola presencia hacía que los versos de Shelley sonaran como susurros peligrosos.
Eleanor se acercó sigilosamente. Tomó un libro al azar (el título era Tratado sobre Cultivo de Nabos, un detalle que no notó hasta después) y se ubicó a escasos dos metros. Luego fingió leer, mientras observaba por el rabillo del ojo.
Él no se movía.
Ella decidió murmurar algo.
—Curioso, ¿no?
Julian levantó la vista lentamente.
—¿Perdón?
—Los nabos —dijo, y luego deseó tragarse la lengua—. Quiero decir, los libros. Son... cosas curiosas.
Él cerró el volumen que tenía en las manos. Muy despacio.
—¿Le interesan los tratados agrícolas?
—Profundamente —mintió ella—. Me parecen... intensos.
Un silencio.
Luego él dio un paso hacia ella.
—Está leyendo el volumen II sobre fertilizantes —dijo con total seriedad—. Es bastante técnico. ¿Tiene experiencia con el guano de murciélago?
Eleanor sintió que su cerebro saltaba por la ventana.
—Sí. Bueno. No directamente. He leído sobre él. En un poema. Bastante oscuro. Se usaba como metáfora. Profunda metáfora.
Él asintió. Su rostro era completamente inescrutable.
—Interesante.
Y entonces, antes de que pudiera seguir hundiéndose, Margaret apareció como enviada por la Providencia, arrastrándola con una excusa poco sutil sobre que Lady Winthrop se estaba ahogando con una miga (no era cierto, pero igual funcionó).
Más tarde, de vuelta en su casa, Eleanor anotó en su cuaderno:
Paso dos – Ser misteriosa:Aparecí de la nadaHablé en frases cortasConfundí nabos con seducción
Resultado:El duque piensa que tengo una obsesión agrícola o que colecciono fertilizante.
Margaret se asomó por encima de su hombro.
—¿Qué escribes?
—Crónica de una vergüenza sostenida.
—¿Y piensas rendirte?
Eleanor cerró el cuaderno con firmeza.
—Nunca. Aún me quedan ocho pasos.
—Y ya fracasaste en dos.
—¡Exactamente! Eso significa que tengo espacio para mejorar.