Capítulo 2 Paso uno – Captar su atención con elegancia (fracaso n.º 1)
Eleanor Blackwood había practicado durante tres días completos cómo caminar como una dama elegante y misteriosa, sin parecer que tenía un calambre.
El gato se había aburrido a las dos horas.
Margaret aguantó hasta el final del segundo día, pero al tercero comenzó a lanzar cojines cada vez que Eleanor intentaba “girar como una ninfa”.
—¿Y si solo caminas como una persona normal? —sugirió Margaret, mientras la ayudaba a ponerse el vestido—. Sin saltitos, sin suspiros largos, sin girar como si fueras un velero atrapado en una corriente emocional.
—¿Y si yo quiero ser un velero emocional? —replicó Eleanor, echándose perfume en el cuello—. Con estilo.
El evento era el Gran Baile de Primavera de Lady Everleigh, que básicamente era una excusa para que todas las madres casamenteras mostraran a sus hijas como si fueran fruta de temporada.
Eleanor no se sentía fruta. Ella era más bien…
un bizcocho que había subido mal, pero que aún tenía mucho carácter.
—Esta es la noche —murmuró mientras descendía las escaleras del gran salón, con la gracia que le permitía un corsé apretado y unas zapatillas que le apretaban el alma—. Paso uno: Captar su atención con elegancia. Fácil. Estoy radiante. Misteriosa. Como una orquídea con secretos.
—Pareces una mujer que está a punto de robarse los cubiertos —susurró Margaret a su lado.
—Perfecto —sonrió Eleanor—. Intriga desde el primer momento.
Lo vio a los diez minutos.
Julian Trevelyan, Duque de Redmoor.
Apoyado contra una columna, vestido de negro impecable, con la expresión de alguien que ya estaba contando cuántos minutos faltaban para poder irse. Alto, serio, muy probablemente con emociones reprimidas desde 1812. Un enigma con patillas elegantes.
—¿Cómo planeas captar su atención? —preguntó Margaret, disimuladamente detrás de su abanico.
—Fácil. Me acercaré. Pero no demasiado. Fingiré que no lo he visto, aunque lo esté viendo con mi alma entera. Luego giraré sutilmente, como si una brisa invisible me moviera. Él quedará encantado. Tal vez hasta suspire.
—Tú vas a girar y te vas a caer encima de un canapé.
—No me voy a caer encima de un canapé.
Como era de esperarse, sí se cayó. No encima de un canapé, pero muy cerca.
Eleanor avanzó con elegancia (o lo que su mente definía como tal), cruzó la pista con una sonrisa en los labios, y justo cuando ejecutó su giro “brisa primaveral”, el tacón izquierdo decidió que era un buen momento para rebelarse contra el sistema.
Tropezó, giró mal, y acabó tambaleándose directamente contra la mesa de refrescos.
El impacto hizo que tres copas de champán se suicidaran, un camarero gritara “¡Cuidado!” como si fuera una ópera, y una bandeja entera de petits fours saliera volando como si fueran palomas de un sombrero mágico.
Y en medio del caos, ahí estaba él.
Julian Trevelyan.
Observándola desde su columna con una expresión que no era burla, ni diversión, ni siquiera fastidio. Solo… seriedad.
Un par de cejas ligeramente alzadas. Una mirada directa. Imposible saber qué pensaba. Como si la escena entera no lo afectara en absoluto. Como si ella fuera un fenómeno meteorológico ocasional.
—Estoy bien —declaró Eleanor, incorporándose con dignidad, trozos de merengue pegados a su guante derecho.
Julian inclinó la cabeza apenas, como si diera crédito a su afirmación. Luego, sin una palabra, se volvió y se alejó lentamente, como si este tipo de cosas le ocurrieran todos los martes.
Margaret llegó corriendo, claramente entre la risa contenida y la compasión.
—¿Él te miró?
—Sí —dijo Eleanor, sacudiéndose un macaron de la falda—. Seriamente. Ni una sonrisa. Ni una palabra. Solo... juicio silencioso.
—¿Y eso es bueno?
—¡Por supuesto que sí! —exclamó Eleanor, recogiendo una cuchara del suelo—.
Podría haberme ignorado. Podría haberse reído.
Podría haber llamado a los guardias y declarado: “¡esa mujer está poseída por el caos!”...
pero no lo hizo. Me observó. Con interés.
O con asombro. O con miedo. Cualquiera de esas opciones sirve.
Margaret suspiró, pero también sonrió.
—Un paso fallido, entonces.
—Sí —admitió Eleanor—. Pero espectacularmente fallido. Y eso cuenta como progreso.