Cómo conquistar a un duque en diez pasos (y fracasar en nueve) Capítulo 1 El plan perfecto (según Eleanor)
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Cómo conquistar a un duque en diez pasos (y fracasar en nueve)

Cómo conquistar a un duque en diez pasos (y fracasar en nueve)

Por Carmen Natalia Lozada

© inepub.com

Capítulo 1 El plan perfecto (según Eleanor)

Eleanor Blackwood estaba convencida de tres cosas en la vida:

Que los gatos son criaturas superiores a la mayoría de los hombres.

Que las ostras son una trampa del demonio.

Y que podía conquistar al duque más deseado de Londres con un plan de diez pasos… aunque solo tuviera experiencia amorosa comparable a la de una planta decorativa.

—Lo tengo resuelto —anunció, lanzándose sobre el sofá con una hoja de papel en alto—. ¡Ya sé cómo voy a enamorar al Duque de Redmoor!

—¿Tú? —preguntó Margaret, su mejor amiga y testigo oficial de todas sus malas decisiones—. ¿A Julian Trevelyan? ¿El duque silencioso, serio y aterrador que ha rechazado a media aristocracia con solo una ceja levantada?

—Ese mismo.

—¿Y lo harás tú? —repitió Margaret, como si no lo hubiera oído bien la primera vez—. ¿Tú, que le dijiste “buenas noches” a un retrato del Rey ayer por error?

—Fue un gesto de cortesía. El Rey parecía amable.

Margaret se tapó la cara.

Eleanor se irguió, muy seria.

—He diseñado un sistema. Lo he llamado: “Cómo conquistar a un duque en diez pasos”.

Aquí está —agitó el papel como si fuera un tratado militar—.

Elegante, directo, y ligeramente inspirado en los consejos de El arte de la guerra y en una novela romántica que encontré debajo de la cama de mi prima Matilda.

—No estoy segura de que eso sea legal.

Eleanor ignoró la objeción. Señaló el primer paso con el dedo.

—Paso uno: Captar su atención con elegancia. Paso dos: Ser misteriosa. Paso tres: Demostrar inteligencia —leyó con solemnidad—. Y así hasta el diez, que es… bueno, aún no lo decido. Quizás algo con fuegos artificiales. ¿Crees que los fuegos artificiales son demasiado?

—¿Para conquistar a un duque?

—¿Demasiado poco?

Margaret suspiró tan fuerte que el gato de la esquina saltó.

—¿Por qué él, Eleanor?

Eleanor se puso en pie y se dirigió a la ventana, como hacen las heroínas antes de decir algo dramático.

—Porque él es el único hombre en esta ciudad que no me ha mirado como si yo fuera un enigma incómodo o una receta mal escrita.

Y porque cuando me miró —hace dos años y medio, durante un baile en el que me tropecé con una silla—, no se rió.

Ni frunció el ceño. Solo me miró. Como si...

no supiera qué hacer conmigo. Eso, Margaret, fue el momento más emocionante de mi vida.

Margaret parpadeó.

—Eleanor, tú una vez fuiste perseguida por una cabra en los establos de Devonshire. ¿Eso no fue más emocionante?

—¡La cabra tenía propósitos asesinos! El duque no. Al menos no que yo sepa.

Esa noche, Eleanor se encerró en su habitación, rodeada de almohadones, libros de etiqueta, novelas románticas, y una biografía apócrifa del Duque de Redmoor que incluía una sección titulada “Sus sombreros favoritos y lo que dicen de su alma”.

—Elegancia —murmuró para sí misma, dibujando arabescos en su cuaderno—. Seré la elegancia personificada. Una visión de gracia. Como una ninfa. O una condesa francesa. O al menos una mujer que no se cae en público.

Y así, con el corazón lleno de ilusiones y una determinación suicida, Eleanor se preparó para ejecutar el Paso Uno en el próximo baile de sociedad.

¿Qué podía salir mal?

(Aparte de todo, claro.)