Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper Capítulo 30. Rumbo a la luna de Cork
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Capítulo 30. Rumbo a la luna de Cork

Rumbo a la luna de Cork

—V aya, no creí que Lucius y Dale tuvieran tales alcances —resopló August, asimilando la magnitud del plan que habían trazado contra Kieran.

—¿Le crees, padre? —preguntó Brianna con una esperanza que le iluminaba el rostro.

—Sí —declaró August, y el alivio que sintió Brianna fue casi delirante—. Supongo que nuestro pacto llega hasta aquí. La decisión es suya, señor Callaghan.

—¿Entonces sí había un pacto? —inquirió ella, entrecerrando los ojos.

—Así es, querida hija.

—¿Sobre mis treinta mil libras?

—No. Nunca hablamos de tu dote, sino de colaboración —explicó August con sinceridad—. El padre de Kieran necesitaba un capitalista inglés para obtener mejores términos en sus negociaciones, y yo le ofrecí mi apoyo a cambio de que él me ayudara a... «corregir» a mi hija.

Brianna soltó una risa amarga.

—¿Haciendo un compromiso ficticio con un extranjero? —siguió preguntando.

—Así es —corroboró August.

—¿Y qué beneficio traería ello?

—El que estás viendo —se ufanó su padre—. Pese a tus escándalos, nadie ha podido socavar mi autoridad.

—Así que de eso se trataba.

—Nadie va a menospreciarte por muy mal que te comportes.

—Pero al final terminé haciéndolo —adujo ella culposa.

—Me abocaron a ello —admitió August con una nota de culpa en la voz.

Brianna sonrió con tristeza y luego miró a Kieran.

—Me gustaría hablar a solas con él —pidió.

August se acercó a ella y le puso una mano en el hombro con ternura.

—Solo no te vayas sin despedirte. Tu madre está enojada, pero no olvides que te adora más que a su propia vida.

Tras un asentimiento mudo de Brianna, August montó su caballo y se alejó, dejándolos solos bajo la sombra del roble astillado. Brianna se acercó a Kieran, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo tras la lucha.

—Así que no mentiste sobre el dinero. Pero ¿qué hay de lo otro? —lo desafió—. ¿Estás comprometido? ¿Es esta la última vez que te veré antes de que regreses a cumplir con tu deber?

Kieran la miró con una intensidad que le hizo flaquear las piernas.

—Como cada hombre de mi clan, tengo un compromiso, Brianna —admitió él, dando un paso hacia ella—. Pero no es con una mujer.

—¿Entonces con quién?

—Con un pueblo que se muere de hambre mientras distinguidos señores discuten el precio del grano en palcos de terciopelo.

—Kieran extendió una mano hacia ella, con la palma manchada de pólvora y barro—.

La cacería ha terminado, Brianna. El juego se acabó.

Mañana sale mi barco desde el puerto. ¿Cuál es tu respuesta?

¿Te quedarás a ser la joya codiciada cuyo brillo tu padre jamás dejará apagar o vendrás a ver cómo se ve la luna desde las tierras donde ningún diccionario te explicará lo que siento por ti?

—¿Es una invitación?

—Lo es —contestó él con vehemencia.

—Sin embargo... llegué al final del libro —dijo ella con una chispa de picardía.

—¿Llegaste a la nota por accidente? —Rio él, suavizando sus duras facciones. Brianna asintió—. Entonces aún nos queda la opción dos. Y estoy a tu entera disposición para cumplirla, Brianna Harper.

—¿Dices que partirás mañana?

—Así es —respondió él.

—¿Puedes esperar un poco más mi respuesta? —preguntó haciéndole ensanchar la mirada, luego rio suavizando sus duras facciones.

—Por supuesto que puedo.

Brianna se inclinó y lo selló con un beso en los labios. Después, montó en su yegua y galopó hacia la mansión sin mirar atrás.

***

Al día siguiente, Burford amaneció con un aire de cambio. Fiel a la promesa hecha a su padre, Brianna hizo las paces con Elena, quien no había dejado de llorar desde el alba.

—¿En serio te llevarás solo eso? —preguntó su madre, señalando el escaso equipaje.

—No creo que necesite demasiadas cosas a donde voy, madre. Escribiré, no te preocupes.

August se acercó y le entregó una caja de madera pesada. Brianna la abrió por insistencia de él y sus ojos se iluminaron.

—Hay treinta mil libras —declaró August sobre su regalo.

—¿En serio me las das? —preguntó sorprendida.

—¿No dijiste que sabrías cómo administrarlas?

—Por supuesto que sí. —Se jactó ella con su vieja chispa de arrogancia, ahora convertida en seguridad.

Tras abrazar a sus padres y a la señora Davies, Brianna montó en su yegua torda que la acompañaría en su nueva vida, y guio la carreta rumbo al puerto. Cuando Kieran la vio llegar entre el bullicio de los muelles, corrió a su encuentro con el corazón en la mano.

—¿Pensabas que no vendría? —le preguntó ella con una sonrisa triunfal mientras él la ayudaba a subir el equipaje al barco.

El navío soltó amarras, dejando todo atrás, poniendo proa hacia un nuevo hogar en las verdes y salvajes tierras de Cork.