Capítulo 29. Una verdad entre astillas
Una verdad entre astillas
E l tiempo pareció detenerse en el claro del bosque hasta que Brianna, aun temblando, alzó la mirada. Se encontró con los ojos de Kieran, que la observaban con un horror y un miedo profundo que, a pesar del peligro, le provocaron una extraña fascinación.
—¿Estás bien? —preguntó él con voz ronca.
—Lo estoy —logró articular ella, sintiendo que aquel abrazo protector empezaba a dolerle en los huesos—. Ya puedes soltarme. La bala no me ha dado... ¿y a ti?
—Tampoco.
—Quien haya disparado... es una suerte que sea un mal tirador —murmuró ella, tratando de recuperar el aliento.
—No lo creo. Tal vez erró debido a la niebla.
—¿Insinúas que alguien nos ha disparado a propósito?
—No lo insinúo, Brianna, lo afirmo —arguyó él, escudriñando los alrededores con ojos de cazador.
Kieran la soltó y se puso en pie, dejándola un poco azorada.
—Quédate aquí —ordenó bajando la voz—. Quien haya disparado volverá a intentarlo.
Brianna abrió los ojos de par en par al inspeccionar la espesura.
En efecto, el disparo no había sido un error fortuito de la cacería.
Siguió la dirección que Kieran señalaba con la mirada y divisó un destello rojo que se movía inquieto entre los matorrales.
Con una agilidad asombrosa para su gran tamaño, vio al irlandés abalanzarse sobre el hombre de la casaca roja justo cuando el intruso recargaba su escopeta para un segundo intento.
Kieran no pudo evitar que el arma se disparara de nuevo; el proyectil rebotó entre los troncos, arrancándole un chillido a Brianna, que seguía hundida en el lodo helado con las manos en los oídos.
Cuando el silencio regresó, cargado de azufre, el impacto de los cuerpos contra la hojarasca selló el final de la lucha.
Brianna vio cómo Kieran inmovilizaba al «caballero» inglés contra el fango, apretándole la garganta mientras le arrebataba el arma.
Al reconocer al agresor, Brianna palideció.
—¿Es esta la hospitalidad que se le brinda a un ciudadano de su propia patria, Dale? —gruñó Kieran. Su voz ya no era un susurro, sino un trueno—. ¿Matar por la espalda lo que no pueden comprar con su oro?
Albert Dale, con el rostro amoratado y el sombrero perdido, buscó desesperado la mirada de Brianna.
—¡Este hombre es un salvaje! ¡Un intruso! No merece consideración. —Consiguió jadear.
La joven se puso en pie con una lentitud que helaba la sangre. Se sacudió el barro del vestido de montar con desprecio y se acercó a ellos. Sin mediar palabra, abofeteó a Dale, silenciándolo al instante.
—¿Le parezco una pieza de caza, Albert? —sentenció con una calma aterradora.
—¡No intentaba matarte a ti!
—¿Entonces a él sí? —preguntó ella, justo cuando el estruendo de la jauría y el tropel de caballos inundaron el claro, rodeándolos a todos.
—¿Qué ha sucedido aquí? —inquirió August Harper, siendo el primero en desmontar.
—Supongo que querían matarme —respondió Kieran con frialdad.
August miró con recelo a Dale.
—¡Albert! Explícanos qué está sucediendo. Hemos escuchado los disparos.
—No he sido yo —se defendió Dale con una risa nerviosa—. Mi rifle sigue atado a mi caballo.
—Kieran tiene razón, padre. Albert nos ha disparado —declaró Brianna, provocando una conmoción entre los presentes.
—¿Y por qué haría yo algo así? —insistió Dale, pero ella lo miró con absoluto horror.
—Debe ser porque no acepté su soborno de cincuenta mil libras para que dejara de cortejar a Brianna y regresara a mi pueblo —lo acusó Kieran.
August miró a Albert, estupefacto.
—¿Cincuenta mil?
—Eso no es cierto, no sé de qué habla —balbuceó Dale, mirando hacia el alcalde Bronwick.
—Entonces deberíamos preguntarle al señor Bronwick por qué tanto empeño en alejarme de lady Harper —continuó Kieran, desatando el murmullo de la multitud de hombres.
—Yo también quiero saberlo —terció Brianna.
El alcalde apareció en ese momento, fingiendo indignación absoluta.
—¿Qué es todo esto? ¡Señor Dale! Verlo de este modo me hará repensar el darle la mano de mi hija —sentenció Bronwick, sacrificando a su aliado para salvarse él—. Si has intentado dañar a alguien, pagarás por ello.
Tras la orden del alcalde de iniciar una investigación rigurosa, se llevaron a Dale, y el claro quedó finalmente en silencio, habitado solo por el roble astillado y los tres protagonistas.
—¿Brianna? —la llamó su padre. Luego se dirigió a Kieran—: Pensé que no vendría.
—Le prometí a su hija que me marcharía tras la cacería —respondió él, fijando su mirada en la joven.
—Si es cierto lo de Dale... ¿por qué se arriesgó a venir sabiendo el peligro?
—Porque quería cumplir mi palabra —sentenció Kieran.
—¿Es cierto lo de las cincuenta mil libras? —preguntó August, aún procesando la magnitud del engaño.
—Tan cierto como cada palabra que voy a redactar en el tratado de comercio del Ulster —repuso el irlandés, arrancándole un resoplido de involuntario respeto al barón.