Como atrapar el corazón de la esquiva señorita Harper Capítulo 28. A la caza de un irlandés
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Capítulo 28. A la caza de un irlandés

A la caza de un irlandés

B rianna marchó hacia el bosque, pero no iba tras los zorros rojos que obsesionaban a su padre y a los hombres de Burford.

Iba tras un irlandés, decidida a no dejar que se le escapara sin antes luchar por su propia felicidad, una que no estuviera dictada por las normas afiladas del mercado matrimonial.

Había peleado contra las convenciones hasta degradarse y, fiel a su determinación, lo haría hasta el final, aunque solo fuera para enfrentarse a su cruda realidad. Su yegua se espantó ante el grito metálico de la corneta que rasgaba el aire brumoso, desatando el caos de la jauría.

Brianna sostuvo las riendas con firmeza, espoleando al animal tras haberlo calmado.

Sabía que su yegua, a la que amaba tanto como Kieran a su semental, el cual había traído consigo de tan lejos, la llevaría hasta donde ella le indicara.

Retomó el galope, sintiendo como el barro helado, levantado por los poderosos cascos, saltaba contra sus botas hasta que divisó la marejada de casacas rojas.

Todos se quedaron mirándola, asombrados de verla aparecer como una amazona en mitad de la cacería. Sin pedir permiso ni respetar el protocolo, se abrió paso entre los caballeros.

—¡Brianna! ¿Qué demonios haces aquí? —la inquirió August con furia.

—Lo siento, padre —dijo ella, ignorando sus protestas—. ¿Dónde está Kieran Callaghan?

—¡Qué demonios! ¿Es que no puede controlar a su hija, barón Harper? —lo cuestionó Lucius Bronwick, emergiendo entre la multitud con su elegante indumentaria de observador.

—Solo dígame dónde está —insistió ella.

—Aún no llega. Debe venir por el vado, ya que le he prohibido pisar mis tierras —respondió su padre, haciendo que Brianna alzara las cejas. Aquella respuesta la hizo sonreír.

—Gracias, padre, por la información —replicó ella, haciendo girar a su yegua hacia la espesura.

—Brianna, ¿estás loca? —le gritó August.

—Sabes que siempre lo he estado —sentenció antes de arrear al animal hacia la Boca del Lobo, aquel atajo traicionero donde la niebla se volvía una muralla de vapor.

Solo tenía un objetivo: Kieran. Necesitaba mirarlo a los ojos antes de que su imagen de hombre indómito desapareciera para siempre.

Sin embargo, no tuvo que llegar al vado.

Al internarse entre los frondosos árboles, Kieran apareció, deteniendo su semental negro frente a la yegua torda de Brianna.

El contraste de colores era fascinante; su padre le había regalado aquella yegua porque desentonaba con las demás, pero a los ojos de Brianna resultaba única.

El silencio del bosque húmedo los envolvió.

El tiempo pareció detenerse mientras se clavaban la mirada.

Había rabia, decepción y dolor, pero también un anhelo que los embargaba a ambos, apenas roto por el jadeo de los caballos y el crujido de las ramas secas bajo los cascos.

Kieran guio a su montura hasta un claro donde un viejo roble centenario ofrecía un precario refugio.

Ella desmontó con determinación, con el rostro encendido por la carrera.

—¿Qué haces aquí, Brianna? —preguntó él con una frialdad que contrastaba con el fuego de sus ojos.

—Vine por una respuesta, Kieran. No me iré de aquí hasta que me digas la verdad.

—¿Qué verdad? —preguntó él, desmontando a su vez.

—¿Sigues intentando jugar conmigo? Dime... ¿es cierto que estás comprometido? —La agonía en su voz era palpable.

Kieran guardó silencio, apretando las riendas con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.

Pero antes de que pudiera articular palabra, el sonido de una rama quebrándose a sus espaldas los puso en alerta.

Un instante después, el estallido de la pólvora rasgó el silencio del bosque, espantando a los pájaros en un vuelo frenético.

Brianna quedó desorientada por el estruendo, pero antes de que pudiera reaccionar, Kieran se lanzó sobre ella. La empujó contra el suelo mientras el silbido de la bala pasaba peligrosamente cerca de su oído, impactando en el tronco del roble con un estallido de astillas y humo negro.

Kieran la apretó contra su pecho, y Brianna pudo sentir cómo el corazón de él latía con la violencia de un caballo desbocado en mitad de la niebla.