Capítulo 27. Un castigo anunciado
Un castigo anunciado
B rianna no volvió a ver a Kieran desde aquella noche, y el silencio sobre él se volvió absoluto, como si lo hubieran borrado de forma sistemática de cada rincón de la casa.
Su madre, tras la bofetada, no tardó en descubrir el alcance de sus escapadas.
Brianna lo confesó todo antes de que obligaran a Alice a hablar, pero la lealtad de la doncella no bastó para salvarla: Alice fue enviada a trabajar a la casa de campo, lejos de Burford, como castigo por su complicidad.
Pasaron dos semanas de aislamiento absoluto.
Nadie le dirigía la palabra, salvo el personal de servicio para lo estrictamente necesario.
Un día, consumida por la frustración, Brianna tomó el libro que Kieran le había regalado y lo arrojó al suelo con los ojos anegados en lágrimas.
Seguía sin comprender las palabras gaélicas allí escritas, una metáfora perfecta de su propia realidad: había amado lo que no podía descifrar.
A la fuerza, entendió por qué él nunca le permitió cruzar aquella línea final, un deseo contenido que todavía le hacía apretar las piernas con un dolor punzante.
Estaba a punto de recoger el libro para lanzarlo a la chimenea cuando una inscripción en la última página captó su atención: «Si lees esto es porque lograste descifrarlo hasta el final. Pero si lo has encontrado por curiosidad, siempre puedes vencer tu terquedad y preguntarme».
Una sonrisa amarga y tonta asomó a sus labios.
Nunca lo había visto porque jamás tuvo la paciencia de llegar al final.
Sollozó con fuerza; llorar era un arte que había perfeccionado desde su gran decepción.
Había encontrado el amor, pero no podía permitirse el lujo de poseerlo.
Al escuchar la voz de su madre en el pasillo mencionando la cacería, Brianna se pegó a la puerta.
Recordó que Kieran se marcharía tras el evento.
Supuso que él solo buscaba el dinero de su padre para sus tierras en el norte.
Meditó en que él nunca mintió sobre sus intenciones, fue ella quien las confundió con un cuento de hadas. Determinada a cerrar aquel capítulo, salió de su habitación y se topó con la señora Davies.
—¿Brianna? —la llamó Anne con cautela.
—¿Ya te dio permiso mi madre para hablarme? —replicó ella con indiferencia.
—Tu castigo solo duraría hasta que reflexionaras sobre tus actos.
—Ya lo he hecho.
—¿Y qué decisión has tomado? Tus padres esperan que elijas un camino.
—¿Qué camino? ¿Aceptar a otro pretendiente adecuado? —escupió Brianna—. Da igual, no me dejarán casarme con Kieran.
—Eso es cierto —repuso Anne con una seriedad que helaba la sangre—. Pero es lord Callaghan quien está comprometido, Brianna. No tú. Por esa razón no le fue difícil representar su papel con tanta convicción.
El mundo pareció detenerse. Un nudo asfixiante se instaló en la garganta de Brianna mientras algo terminaba de resquebrajarse en su interior.
—¿Él... ya tiene un compromiso?
Anne asintió. El «bárbaro» ya tenía dueña en su tierra lejana.
—¿Qué harás ahora que lo tienes claro? —preguntó la mujer.
—Ir a la cacería —sentenció Brianna con los ojos encendidos.
—A tu madre le molestará, pero si tienes que ir, ve. Aclara tus ideas y toma una decisión de la que no te arrepientas.
Brianna no esperó más. Regresó a su alcoba, se enfundó en su grueso vestido de montar y se calzó las botas de cuero.
Corrió al establo, montó a su yegua y salió al galope hacia el lugar de la cacería.
Mientras se alejaba, sintió en la espalda la mirada gélida de su madre, que la observaba desde la ventana de la mansión como quien ve a una presa dirigirse voluntariamente a una trampa.