Capítulo 26. El dulce sabor de la traición
El dulce sabor de la traición
—N o —murmuró Kieran con voz grave y enronquecida, atrapando la mano de Brianna cuando ella intentó deslizarla bajo su pantalón. Se habían acostumbrado a la noche como su única y silenciosa testigo en aquellos encuentros furtivos—. No lo hagas.
—No haré nada, lo prometo —susurró ella, desafiante.
—No te creo. —Rio él de forma gutural, apresando sus manos para besarlas mientras ella se acomodaba a horcajadas sobre él, envuelta en la oscuridad del establo.
Brianna se movió con una osadía peligrosa, obligándolo a sujetarla por los muslos para frenar el travieso impulso.
—Lo digo en serio —insistió ella, inclinándose para buscar sus labios—. Solo quiero tocarte. Quiero comprobar que el tamaño es normal.
—Cielos, Brianna. Si sigues diciendo esas cosas, harás que pierda la cabeza y me convierta en un verdadero animal.
—¿Y qué más da? Vamos a casarnos, ¿no? —replicó ella, empujándolo suavemente hacia atrás.
Kieran se dejó caer sobre la capa que habían extendido sobre el pasto.
Brianna, sin demora, deslizó las manos bajo la tela de su camisa, recorriendo la piel que ya le era familiar.
Se movió buscando una satisfacción que rozaba el límite trazado por el irlandés, mientras él acariciaba sus costados y buscaba su pecho, apretándolo con una urgencia que hacía vibrar el cuerpo entero de Brianna.
Era un placer incompleto pero frenético, que la hacía encoger los dedos de los pies sobre la tierra fría.
—Dile a padre que te casarás conmigo —murmuró ella entre jadeos—. Ya es hora de poner una fecha.
Kieran se incorporó, obligándola a quedar frente a él mientras le bajaba ligeramente la bata, descubriendo su pecho. Se estremeció al sentir su aliento y los besos que él comenzó a sembrar en su piel.
—No te detengas —lo animó ella, embriagada por la exploración en la penumbra.
—No habrá fecha —soltó él de repente.
Brianna dejó de moverse. El entrecejo se le frunció en un gesto de absoluta confusión.
—¿Por qué no? Se supone que eres mi prometido. Debemos casarnos.
—Solo es un título, Brianna.
—Kieran... —Ella buscó su rostro en la oscuridad mientras él la rodeaba por las caderas con sus brazos grandes, como un cerrojo inexpugnable—. ¿Por qué dices eso?
—Porque es la verdad. Tu padre no es un mal hombre, pero ni siquiera él sería capaz de dejar a su hija en manos de un irlandés que debe luchar a muerte por mantener su tierra. No estás destinada para mí.
—¿Y cuánto tiempo más ibas a seguir con este juego? —preguntó ella, sintiendo cómo el horror marcaba cada línea de su rostro.
—Hasta después de la cacería.
La rabia estalló en el pecho de Brianna, desplazando al deseo. Se puso en pie de un salto, ajustándose la bata con manos temblorosas.
—Espero que sea mentira, Kieran. Padre sabe que no voy a casarme con nadie que él elija.
Él soltó una risa amarga ante aquellas palabras, y Brianna comprendió tarde el sentido de su burla: a él también lo había elegido su padre. El dolor punzante de la humillación la hizo salir corriendo del establo, internándose en la pradera sin mirar atrás.
Cuando alcanzó su habitación, agotada y con el corazón hecho jirones, no fue Alice quien la recibió.
En medio de la penumbra la esperaba la figura rígida de su madre.
Elena, al ver el estado desaliñado y el rastro de suciedad en el vestido de su hija, no medió palabra.
Se acercó y le asestó una bofetada tan fuerte que el sonido resonó en el silencio de la alcoba, llevando impresa toda la decepción y la furia que centelleaba en su mirada.