Capítulo 24. Una cita pactada
Una cita pactada
B rianna volvió a pasar la noche en vela, aunque esta vez tenía una razón de peso para obligarse a recordar.
Revivió una y otra vez aquel momento sublime en el que Kieran la había besado; de no haber sido por el llamado de su madre, que la obligó a huir del ático, estaba segura de que habría terminado haciendo algo mucho más temerario.
Lo extraño era que no sentía arrepentimiento ni vergüenza por la forma en que su cuerpo seguía reclamando el calor del irlandés. Se llevó las manos a la boca para ahogar el grito que moría por salir de sus labios.
—¿Te pasa algo, hija? —le preguntó Elena al ver su agitación.
—No —respondió Brianna con rapidez, adelantándose para entrar en una librería cercana.
—¿A dónde vas? No tenemos tiempo para perderlo entre estanterías.
—Necesito un diccionario —soltó ella mientras se alejaba, dejando a su madre y a la señora Davies sumidas en el asombro.
Preguntó por un glosario irlandés, pero al no encontrar rastro de uno, regresó a la calle con el semblante ensombrecido por el aburrimiento.
—Ya veo que no lo has encontrado —comentó su madre.
—No. Ya podemos irnos —repuso tras exhalar un hondo suspiro.
Caminaron hacia la sastrería donde August Harper elegía una nueva casaca roja. Allí encontraron a Kieran, de pie como un roble, observando con estoicismo cómo los sastres pinchaban a su padre con agujas para ajustar las medidas.
—Tu padre ya debe haber terminado —mencionó Elena.
—¿También elegirán una para lord Callaghan?
—Parece que cada vez le tienes más confianza —observó la baronesa, alzando una ceja.
—Solo lo trato por lo que es.
—¿Y qué es eso exactamente? —la inquirió su madre con un tono que irritó a Brianna.
Parecía que Elena disfrutaba recordándole que ella misma lo había traído como una mercancía. Brianna se encogió de hombros con fingida indiferencia.
—Mi prometido.
Su madre negó con la cabeza, esbozando una sonrisa tensa.
—Se la ofrecimos, pero se negó a aceptarla.
Brianna sonrió para sus adentros; no le sorprendía aquel gesto de independencia.
—Estaba segura de que lo haría.
—Como buen y orgulloso irlandés —adujo Elena—. Por eso no lo culpamos de que huyera durante la obra.
—A mí tampoco me gustó.
—¿Por eso estaban juntos? —la interrogó su madre con suspicacia.
—Ya te dije que nos encontramos por casualidad —mintió Brianna, apresurándose a entrar en el local.
Kieran posó su mirada en ella, provocándole un súbito calor que le encendió las mejillas. Evitó sostenerle la mirada y fijó sus ojos en las pesadas y gastadas botas del hombre, que contrastaban con la opulencia del lugar.
—¿Ya has acabado, querido? —indagó la baronesa.
—Aún falta un poco —respondió August—. ¿Podrías ayudarme con la elección de los botones, Elena?
—Si no hay más remedio...
—Estaré afuera —anunció Brianna, buscando aire.
—La acompaño —se ofreció Kieran de inmediato.
—Ve con ellos también, Anne —ordenó la madre, enviando a la señora Davies como escolta.
Caminaron hacia la plaza principal bajo la vigilancia de la señora Davies. Kieran le lanzaba miradas furtivas que a Brianna le producían una gracia exultante. Cuando la mujer pidió un momento para reposar en un banco, ellos lograron quedar a solas, guardando una distancia prudencial pero eléctrica.
—Padre me dijo que participará en la cacería —rompió ella el hielo.
—Me ha incluido en el grupo, así que no puedo negarme.
—¿Y es usted un buen cazador?
—No me jacto de ello —repuso él con modestia.
Brianna se mordió el labio de forma instintiva y tragó con fuerza al notar que él la observaba con un deleite secreto.
—¿Cuándo volverán a Burford?
—Más tarde. ¿Y usted?
—Esta noche —contestó ella. Movió los labios como si tratara de añadir algo más, pero la cautela se lo impidió.
—¿Le gustaría que nos viéramos? —lanzó él la pregunta, tomándola por sorpresa.
—¿Lo pregunta en broma?
—¿Acaso tengo cara de estar bromeando con usted?
—No. Y la respuesta es sí. Tal vez vaya a dar un paseo nocturno por la pradera —le sugirió ella, adelantándose para reunirse con la señora Davies antes de que la mujer sospechara del tono de la conversación.
—A las diez, la estaré esperando en la casa abandonada —murmuró él al pasar por su lado, en un tono que solo ella pudo percibir.
Kieran tomó la delantera con paso firme. Brianna abrió y cerró la boca, sintiendo que perdía el aliento. Conocía perfectamente aquel lugar y, por primera vez, deseaba con fervor que las diez de la noche llegaran para lanzarse al fuego.